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viernes, marzo 16, 2012

Lou Reed dice que si cierras la puerta tal vez la noche (el sueño) dure para siempre




Estoy con C., que tiene muchos menos años que yo y casi tantas ilusiones como sueños. Estamos sentadas en una de esas confiterías con mantelitos blancos que tanto me gustan, cuyo gusto comparte conmigo, y donde la media de edad supera la edad de jubilación. Se nos había antojado comer pancakes con jarabe de arce, que no tortitas con nata y caramelo, que aunque sea lo mismo, no lo es, y no sólo por el sirope y tampoco porque en realidad C. diga panqueques y a mí no me guste la nata (no soporto la leche, ni sus derivados, ni nada que se le parezca en olor, apariencia o gusto aunque poco o nada tenga de producto lácteo; léase la horchata).

Y hablamos de chicos, que no de hombres... aunque es ella la que habla más bien. Y en un determinado momento me pregunta qué es eso de mantener una relación abierta, que lo ha visto en el Facebook o en el Lokalisten, ya no recuerdo. Y a mí estas cosas se me dan mal, pero lo intento pese a todo, y ella me contesta que sí, que ya le parecía, que los adultos somos muy raros.

Y hablamos de libros, de Cornelia Funke y el Capitán Alatriste; y me recuerda que yo les regalé toda la saga, pero que ella aún no los ha leído, piensa que igual no le gusta Reverte, que igual es de chicos, aunque esas distinciones le parezcan absurdas, que la saga Crepúsculo, aunque sea de chicas no va con ella.

Y hablamos de música, de Hannah Montana, aunque ella sea más de Ashley Tisdale y acabamos tarareando el 'Achy breaky heart' del padre de la artista, canción que ella no conoce pero que enseguida entona, y yo le cuento la historia de esa canción, todo un hit hace tantos años que yo probablemente tendría entonces los que ella tiene ahora. Y me pregunta qué música escucho ahora, tantos años después; qué músicos me gustan, así, que sean guapos, y no lo dudo ni un momento cuando me pide que le nombre a tres, aunque los tres a ella le parezcan unos viejunos: Bruce, Jorge y Andrés, que sobran las presentaciones. Y me dice que esos no valen, que no son guapos... y yo le digo que no es cierto y que no, que no son cosas de la edad, que yo a los catorce ya estaba enamorada de Bruce... pero ni modo, tengo que buscarme otros, pero que sean guapos de verdad de la buena, y no tan viejos, que yo no lo soy tanto... Pero no tengo otros, porque para mí eso es belleza... Aunque no la convenzo, o no del todo, y piensa que mis gustos son raros, o que no sé apreciar lo bonito, y yo digo que es como el que va repeinado con su raya al lado y sus zapatos relucientes, que las fachadas son sólo eso, fachadas, y no, no caigo en el absurdo tópico de que la belleza está en el interior, que puede ser cierto, o no, quién sabe... pero es que a mí me gustan los hombres así, que puede que no sean guapos, no sé, tal vez... pero a mí me lo parece, y eso, hasta el momento, me resulta suficiente, you know.





P.D. Helen Broderick y Constance Bennett

viernes, febrero 24, 2012

En mi habitación siempre son las cuatro y diez



Una vez quise que vieras "Los gozos y la sombras", la serie de TVE, que del libro de Torrente Ballester ni hablamos. Intenté convencerte con todo tipo de argumentos que empezaban y acababan en Charo López. No lo conseguí. No recuerdo el por qué de mi empeño, nunca he pensado que haya que compartir las mismas filias, aunque tú y yo ya no compartiéramos nada.

Yo habia visto la serie muchos años atrás, en vídeo, en aquellos temibles meses del que fue el peor de los inviernos. Leo y yo secuestrábamos el reproductor de VHS y la televisión y cada día visionábamos un capítulo ante las quejas del respetable. Aquel ambiente opresivo en el que siempre estaba lloviendo y que a mí tanto me recordaba a mi norte, era cambiado, a su fin, por el paisaje nevado que nos rodeaba. No paró de nevar aquel año... Aunque éramos jóvenes y el frío no nos daba miedo. Temíamos a aquel pueblo en medio de la nada, a sus gentes y ese improbable acento que nunca llegamos a dominar del todo... Y nos dabas miedo tú, la única luz de aquellos días. Sabíamos que un buen día tendrías que elegir. No te dio tiempo, llegó la primavera y con ella, el deshielo.

De aquellos días recuerdo poco. La nevera improvisada en el alféizar de la ventana. Los viajes en tren entre paisajes helados, ¿alguna vez han visto la desolación de una llanura envuelta en hielo? La calidez de Grönemeyer mostrándonos que siempre hay un camino... nunca, nunca, nunca, me olvidaré de esa canción. El frío comiéndose nuestras uñas moradas. Nuestra colección de boinas y la honestidad brutal de Calamaro que nos brindó banda sonora sin pedir nada a cambio.

Y recuerdo a Eusebio Poncela recién llegado de Viena, que día tras día se colaba en nuestras vidas... hasta que llegó esa película... Cuando no sabíamos que hacer, siempre nos decíamos, vamos a ver "Martín H", aunque al final siempre dejáramos de lado la pantalla. Ése se convirtió en nuestro grito de guerra. Pero que mal estandarte hicimos de él.

Sigo escuchando a Grönemeyer, suena ahora la canción... Sigo viendo "Martín H" cuando no sé, ni tengo nada mejor que hacer. Sigo pensando que hay que follarse a las mentes. Sigo queriendo que alguien me permita colarme en sus sueños aunque ya  no busque a alguien a quién contarle que aquél fue el peor de los inviernos.


jueves, febrero 09, 2012

Es wäre auch zu früh, weil immer was geht...



Me gusta Berlín porque es una ciudad de la que uno no espera nada. Nadie llega a ella en busca de la modernidad o de las ofertas en los almacenes Harrods. No es la ciudad del amor como Venecia, pese a sus sucios canales, ni se pretende vivir la llegada de la primavera, nunca fue una fiesta. No es Roma con su caótico tráfico cotidiano, ni sus romanos enfundados en trajes a medida y miradas lascivas. Ni siquiera Amsterdam con ese viciado aire de libertad que bruscamente desaparece cuando uno se adentra en el Rosse Buurt. Si acaso, lo único que le urge al turista despistado, que no quiere ser turista en tiempos políticamente correctos, es hacerse una foto ante los escasos restos de aquel famoso muro o buscar y encontrar, si la suerte está de su lado pese a la desaforada construcción y especulación inmobiliaria, algún vestigio del pasado comunista, no tan lejano, en forma de gris edificio de viviendas.

Me gustan sus inviernos con noches que rozan la eternidad y días tenuamente iluminados por farolas de escasa luz amarillenta. Los paseos helados entre la bruma y los sauces a orillas del Spree esquivando las sombras de un pasado decadente en una ciudad que nunca se ha creído su historia. Los cafés donde las damas, siempre vestidas de domingo, apuran sus tazas de café entre galanterías.  Las panaderías con sus Krapfen humeantes rellenos de mermelada de frambuesa. Glühwine, que siempre desecho, para calentar las manos; uñas moradas por el frío, sorteando a los escasos peatones. Y Alexanderplatz como punto de encuentro, promesa de una primavera que aún tardará en llegar. Para entonces yo ya no estaré en Berlín.

miércoles, noviembre 23, 2011

La vida sin usar







Una de las cosas buenas (o malas, según se mire) de escribir sobre las rutinas vitales es que pasado el tiempo es fácil echar la vista atrás y releer lo escrito si la memoria comienza a fallarnos. A mí me ha sucedido más de una, de dos o de tres veces; releyendo he recordado cosas, personas y situaciones que de alguna forma había olvidado. He revivido fantasmas cuyas cadenas ya ni ruido hacen al arrastrarse. He esbozado sonrisas aunque las más de las veces muecas forzadas por el pudor y la vergüenza. Me he indignado un poco, enfadado nunca.

Basta un rato perdido, como el de ahora, esperando una llamada importante. Elegir un día al azar, un mes, un año, tal vez una palabra, una canción o una fotografía. Puede ser retroceder un año y por ejemplo plantarse en el 23 de noviembre de 2010; o un día y dos meses, 22 de septiembre de 2011. Por poner dos ejemplos tontos, por ponerme contenta. Para perderse entre sombras una tarde de martes, un 26 de febrero de 2008 o recordar aquellas primeras naves ardiendo más allá del laberinto un 7 de julio de 2007. Para regresar a los sitios donde nunca he estado, para volver a Berlín en una mañana de domingo, un 20 enero de hace tres años, casi cuatro ya.

Y de pronto me he dado cuenta de que he escrito poco, muy poco, en este último año. Aunque no tema que los recuerdos creados estos doce meses pasados vayan a esfumarse como lágrimas en la lluvia. Si algo recordaré algún día, sin necesidad de palabras escritas, será todo esto.

En todo caso habrá que remediarlo.


P.D. Jeanne Moreau en The Lovers.

miércoles, noviembre 16, 2011

Huida y transformación



Dicen que'l viaxe ye un baille
qu'e abre les mentes
y riega'l corazón con vinu.

Dicen que'l viaxe
pon nos güeyos el blandu tastu
que siempre da la mar
los calores de la tierra
de la xente'l posu qu'ún alcuentra.

Dicen que'l viaxe ye un gayoleru baille
pa los sentíos...

Eso dicen.


Miguel Rojo



Recuerdo cuando me presentó a aquella, su última novia. Una polaca de nombre Angelika (o algo parecido), de piernas y melena rubia interminable e impecable; casi tanto como su acento.

Puedes llamarme Angie, me dijo mientras tendía su mano de perfecta manicura francesa y yo pensaba que era exactamente igual a las anteriores. Tal vez unos cm. más alta que Roxana, también polaca; o tal vez más rubia que Natalia, que si la memoria no me falla era rusa. Tan diferente, en cambio, de Carmen, la única morena de su interminable listado de conquistas; la única que yo encontré aceptable. Era búlgara, pese a lo que su nombre pudiese indicar. Se llamaba igual que su abuela o bisabuela, no recuerdo; comunista española exiliada durante o tras nuestra guerra en Sofia. La culpable de que yo sienta, aún sin conocerlo, una gran pasión por ese pequeño y olvidado país.

Recuerdo una noche, cuando a mí aún me gustaban las noches. Las últimas en abandonar la fiesta. Tal vez por no tener a donde ir, tal vez por no tener a nadie a quien esperar. La nieve cubre las calles adoquinadas y Angie mira con desesperación sus tacones de aguja a causa de mi propuesta de regresar caminando a casa. N. que me conoce mejor que yo misma y ha entendido a la perfección mi deseo de pasear la envía en un taxi y me acompaña en dirección al Pegnitz. Ambas conocemos perfectamente el camino que debemos seguir, el desvío hacia la helada orilla del río hasta llegar a la plaza sumida entre la niebla y las sombras, apenas iluminada por las farolas. Calle arriba se vislumbra el balcón del primer piso, las persianas bajadas y el más absoluto de los silencios.

Ahora está en Georgetown, da clases o algo así, murmura. Yo no contesto, sólo pienso en aquel verano en el que estuve en Washington. Me dediqué durante dos días a fotografiar las calles, casas, aceras y plazas de Georgetown. 

Era un tipo que merecía la pena... Y eso, viniendo de quien viene, es más que un halago. Para ella todos los hombres son iguales, son lo mismo, escoria sin posibilidad de redención...

De haberlo sabido... Ahora soy yo la que murmuro. Hombres así, que forman parte de mi pasado, son los que me gustaría que formasen parte de mi futuro.

Le hubiera gustado saber, le hubiera gustado conocer lo que entonces aún era futuro.







P.D. Jill Haworth y Sal Mineo en "Exodus".






[Para N., que tampoco leerá esto 
y a quien siempre llevo en el corazón]

jueves, noviembre 10, 2011

Una música inacabada




Me encuentro con "Una música constante". Un libro que en su momento me prestaron con promesa de devolución incluida y que dos años después sigue en una de las tres cajas con libros y papeles que han permanecido inamovibles tras aquella lejana mudanza.

Recuerdo haber asegurado que me había encantado, aunque no fuera cierto o no del todo. La persona que me lo dejó lo tenía como referencia y libro de cabecera. No supe o no quise decepcionarle. 

Lo encontré opresivo. Casi deprimente. Es extraño como la música y la literatura ejercen efectos diferentes en mí. No conozco mejor método para combatir la melancolía vital que la música, a ser posible triste y desgarradora, bien sea Chavela Vargas o Billie Hollieday. En cambio no puedo leer un libro sobre histerias y tristezas ajenas cuando yo me siento así. 

Me recuerdo en el tren de ida o de vuelta, leyendo, con un nudo en la garganta y los ojos empañados de lágrimas. Una historia de amor inacabada como tantas... Una ciudad en la retaguardia, Viena.

No fue en Viena, podría haberlo sido. Hay demasiadas ciudades que se parecen unas a otras. 

No fue en invierno, me hubiera gustado. Me gustaba aquella ciudad sumida en la penumbra invernal; las huellas sobre la nieve que ésta siempre se encarga de borrar, la humedad que cala hasta los huesos y los tranvías como refugio. El frío va bien con la decadencia, las fachadas de las mansiones recicladas para un futuro no mejor entre jardines abandonados a su suerte y los tilos bordeando el río lucen mal ante la luz del estío. La oscuridad desdibuja las formas, opaca los defectos... tal vez por eso me gustaba.






P.D. The third man

miércoles, noviembre 09, 2011

Siempre digo la verdad, incluso cuando miento digo la verdad


9


[Para D. y R., por los momentos de desmemoria]


Si algo he tratado de conseguir en esta vida es que los demás, los otros, no tengan que pasar por situaciones en las que a mí no me gustaría verme. A pesar de un puñado de lecciones mal aprendidas lo hice. No quería. Pero lo hice. Conscientemente. No pretendo disculparme. Y a estas alturas un “te lo advertí” ya está fuera de lugar.

Un corazón amputado más no inclina mi balanza. Ni fui buena ni quise ser mala aunque de cuando en cuando no pueda evitar caer en las redes de esa Veronica Lake que todas llevamos o pretendemos llevar dentro.

Cuando ya he sido juzgada debería ocupar un lugar en la desmemoria ajena y no ser más que un número de teléfono que pronto ha de ser olvidado, borrado y sustituido por otro; posiblemente más cercano y humano. No olviden que yo nunca quise acercarme, ni comportarme como la mujer que se esperaba que fuera.

No tendría que ser yo la que ayudara a hacer las maletas... pero no quiero, y menos justo ahora, que alguien se lleve algo que me pertenezca.

jueves, noviembre 03, 2011

Para vivir


Dicen algunos que la infancia es nuestra patria, y yo añado a esos algunos que tal vez lo sea sólo para determinadas personas. Lo sea o deba serlo, al menos para los que por caprichos del destino habitamos este bien o mal llamado primer mundo. Nos brindan cariño, protección, un mundo a nuestra medida, caprichos y deseos; en algunos casos educación o respeto. 

Pero a veces la vida opta por tomar caminos raros, no esperados, para los que no estamos preparados ni a los que sabemos o no nos han enseñado (o dado el suficiente valor) a enfrentarnos. Y ahí es cuando todo se desbarata y se viene abajo sin trincheras ni refugios. Se buscan soluciones que no se hallan pues difícil es encontrarlas para problemas a los que cuesta siquiera identificar. Se tienden manos de consuelo, consejos desubicados o pretensiones de ayuda. Al final tan sólo queda el silencio como el telón que cae sobre el escenario poniendo fin a la función ocultando camerinos y tramoyas.


La felicidad en ocasiones se alía con la suerte, con el azar, o con los Dioses a los que algunos  rezan. Y yo, que siempre sostengo que la suerte no existe o que en su defecto hay que buscársela, la reclamo hoy y ahora. A veces no hay esquinas que doblar para encontrársela y es necesario conjugarla para que venga a nuestro encuentro. Ojalá ésta sea una de ellas.







[Acá debería sonar Lucinda... Lake Charles]

martes, septiembre 20, 2011

Our life is not a movie or maybe




Tendiendo puentes que puedan cruzarse en ambos sentidos. Volviendo a ciudades y lugares que nunca he pisado. Cruzando áridos desiertos, fértiles valles o nevadas montañas. Huyendo de un pasado que por momentos es más rápido que yo y me transporta a otros países, otras lenguas y otras vidas. A personas que ya no son más que anotaciones en tinta que el tiempo si bien no se ha encargado de borrar ha cubierto de polvo y telarañas en una memoria que se resiste a envejecer y que quiere olvidar aquella buhardilla en la Peissenbergstr., las calles de Salzburgo o un hotel de Barcelona.

El tiempo perdido entre plegarias, faldas a cuadros y escaleras bajadas mientras otros subían. Regalando sonrisas, odiando la condescendencia y callando. Egoísmo a raudales y supervivencia. Aprendiendo del no conocido rencor y apresando miradas. A veces, no siempre, hay una silla vacía.

El mío país



Del país onde yo vivo,

nun fala naide.

Naide s’ocupa

del pasu sele

que marquen sobre él les estaciones,

nin de cómo l’iviernu

aporta de sutrucu

y s’espurre cásique hasta xunu,

húmedu y cruel.

Naide nun toma cuenta d’eso.



Como tampoco falen de la llerza

qu’en dellos díes de borrina

escluca dende dientro de los güeyos,

nin del calter atlánticu y ambiguu

que nos fai amar l’agua y la grisura,

anque siempre digamos lo contrario.

Naide nun diz nunca nada d’ello.



Naide que pinte

el milagro d’oru la nozal

nes mañanes serondes de noviembre.



Naide que grabe

el quexíu pantasmal del cuquiellu,

que namás les mimoses de febrero

son a esconxurar.



Nadie pa cuntar

el crecimiento ansiosu de les sebes,

l’esbarrumbe esmeralda de les fontes,

l’esnalar sele

y ausente

de la muerte

penriba d’unes cases

de les que naide nunca dixo nada,

y apenes queda nada pa dicir.

Marta Mori



martes, junio 07, 2011

(May)Be


Siempre supe que no estaba enamorado de mí. Tal vez lo estuviera de otra, alguna mujer inalcanzable que ignorara su presencia o alguna ex copretérita a la que echaba de menos en las tardes de luningo. No sé, tal vez, tan sólo lo supongo, sin certezas ni evidencias, que al fin y al cabo tampoco yo estaba enamorada de él. Nunca le pregunté, nunca me preguntó, coexistíamos simplemente el uno al lado del otro en ratos, noches y madrugadas. Conciertos, cenas y mediodías.

Sé que me quiso, probablemente mucho. O al menos eso decía con relativa frecuencia, incluso cuando estábamos follando él de repente me decía, "te quiero, te quiero mucho"... pese a mis reproches, no se le dice a una mujer que la quieres en esas circunstancias, nunca se lo va a creer. Tampoco antes, obviamente. Pero él me contradecía y decía que simplemente le parecía de una ternura infinita. Yo asentía y como tantas veces callaba. Al fin y al cabo yo también le quería. Aunque aquella primera vez, a pesar de su miedo a que yo saliera huyendo, como si tuviera algún lugar a donde ir más lejos de su abrazo y su mirada infinita, yo me quedara una vez más callada, sin respuesta.

Me hubiera gustado, ahora lo confieso, que hubiera caído en los sentimientos y comportamientos más abyectos. Que sintiera celos de que los hombres me miraran o de que algún intrépido ignorando su presencia a mi lado en "La piel del tripulante" se acercara a mí, que le molestase que sus amigos (algunos) opinaran que tenía un buen polvo y que más allá de códigos masculinos no hubiesen dudado en llevarme a la cama, que tal vez se hubiera pegado por mí en plena calle, que me llamase desesperado de deseo a las tres de la madrugada... no sé, quién sabe si malinterpretaba el amor y creía que sin semejantes muestras éste no era completo.

Y no, no es lo mismo querer que estar enamorado, porque a veces se puede querer como quieres a tu perro Óskar, ese amigo leal que siempre a tu lado sin reproches permanece. Pero qué se yo de amor, y de celos y de ternura... si nunca... bueno, sólo una vez creí querer, y ni siquiera entonces lo supe de cierto.



miércoles, abril 27, 2011

Tal vez entonces no... pero ahora si tenga un pedacito de alma



Supongo que es lo que tiene haber visto demasiadas películas, que acabas creyendo en los happy endings, en los reencuentros imposibles en lo alto del Empire State o justo en la mitad del puente de Brooklyn. En los encuentros casuales en los que nada hay que decirse porque las miradas lo dicen todo y en los yopasabaporaquí y qué casualidad que tú hicieras lo mismo.

Siempre imaginé, por tanto, cuando aún imaginaba, que si algún día nos encontrábamos, sonarían violines y habría ramos de peonías y disculpas, y cuánto te he echado de menos y no ha habido una sola noche en la que no me acordara de ti, en la que no maldijera la cobardía de no buscarte, de no llamarte, de no reclamarte... Bueno, en realidad tiempo después de aquel portazo hubo un reencuentro casual y no premeditado, pero como mi memoria es selectiva y a la carta, ese reencuentro no cuenta, porque en lugar de disculpas, buenas palabras y arrepentimientos varios, sólo hubo reproches; unidireccionales, todo hay que decirlo. Y fíjense ustedes lo poco o nada que pudo gustarme a mí que meses después viniera un romano a reprocharme lo dura que fui con él, lo desconsiderada al abandonarlo a su suerte. Pues vaya que sí, si lo único que hice fue adelantarme a los acontecimientos y antes de que él me dijera adiós, le dije yo no te digo hasta luego porque no pienso volver a verte nunca.

Así que en un ejercicio portentoso de desmemoria olvidé aquel encuentro en el Escocia y olvidé los SMS reiterados y repetitivos en el transcurso de los meses con ese tenemos que vernos cuando te pases por aquí, que no sé nada de tu vida. Y que yo en un alarde de dignidad probablemente mal entendida borraba de inmediato, no fuera a convertirme en estatua de sal. Y pasaron los meses, y hasta los años, tal vez más de tres, y de cuando en cuando me acordaba de él cuando me encontraba con algún chico guapo que me lo recordaba, e iba olvidando poco a poco, día a día, e imaginando que un día cualquiera volveríamos a vernos y que sería como la primera, donde ninguno de los dos tuvo duda alguna de como acabaría aquella noche y las siguientes, mientras nos preguntábamos de qué color eran las madrugadas.

No, en mis planes no entraba una tarde-noche de domingo bajo la lluvia en un campo de tercera división, ni que yo hubiera ejercido tanto la desmemoria que necesitara no menos de un cuarto de hora en entender que aquel chico tan aparente rodeado de cables y paraguas, tres años después, era el mismo. Aquél que tuvo en suerte ser el Holandés Errante, naufragando en las orillas ajenas, justo ahora cuando el barco ya ha zarpado del puerto.


P.D. Irene Dunne

martes, abril 26, 2011

Goodnight old world



Aunque mi capacidad para evadir el aburrimiento siempre haya sido asombrosa, me aburría. Allí estaba, sentada bajo la lluvia en una tarde-noche de domingo, alargando ese fin de semana más largo de lo habitual que algunos llamaron vacaciones de Semana Santa, y pensando que realmente no debería haber estado allí. Que tendría que haber regresado a casa, tenía ganas de Joseph Cotten, tal vez "La sombra de una duda", con Charlie y su tío Charlie. Deshacer la maleta y acomodar los recuerdos de esos días pasados entre idas y venidas, sábanas de lino de cien años, gin-tonics a la pimienta y verdines con langostinos. Pero quise alargarlos, supongo, previendo la soledad de esta semana, y bueno, si una finalmente se aficiona al fútbol, qué menos, siendo adicta a las causas perdidas, que volverse forofa de un equipo de Segunda B con un pie en el descenso y otro en la desaparición; en un campo de tercera y en una desapacible tarde de domingo bajo el más pertinaz de los orpines.

Me aburría, reitero, y cuando me aburro invento las vidas ajenas. Y por qué no inventarme la vida de ese chico tan aparente, al menos en la lejanía, que parece trabaja para la TPA (Todo por Areces). Puede que él se aburra igualmente y esté tratando de inventarse mi vida, porque no deja de mirarme. Y tan sólo al final, cuando se pasea por delante en un amago de saludo que no llega a producirse y ya se aleja entre cables y paraguas, me doy cuenta que no tenemos ninguna vida que inventarnos mutuamente porque tan sólo tenemos que echar  la vista atrás. Y claro, que la visita al oftalmólogo para revisar mi miopía, que siempre estoy retrasando, no admite más dilación.

jueves, febrero 03, 2011

Prohibir un idioma equivale a prohibir un pensamiento



"Del país onde yo vivo,
nun fala naide.
Naide s’ocupa
del pasu sele
que marquen sobre él les estaciones,
nin de cómo l’iviernu
aporta de sutrucu
y s’espurre cásique hasta xunu,
húmedu y cruel.
Naide nun toma cuenta d’eso.

Como tampoco falen de la llerza
qu’en dellos díes de borrina
escluca dende dientro de los güeyos,
nin del calter atlánticu y ambiguu
que nos fai amar l’agua y la grisura,
anque siempre digamos lo contrario.
Naide nun diz nunca nada d’ello.

Naide que pinte
el milagro d’oru la nozal
nes mañanes serondes de noviembre.

Naide que grabe
el quexíu pantasmal del cuquiellu,
que namás les mimoses de febrero
son a esconxurar.

Nadie pa cuntar
el crecimiento ansiosu de les sebes,
l’esbarrumbe esmeralda de les fontes,
l’esnalar sele
y ausente
de la muerte
penriba d’unes cases
de les que naide nunca dixo nada,
y apenes queda nada pa dicir".

Marta Mori




Se ha muerto Jesús "Chuchu" Neira... me levanto con la noticia. Que seguro que una inmensa mayoría de ustedes no saben de quien les hablo y menos les importe, pero no quiero dejar de contarlo. Y no, no era aquel profesor travestido de héroe urbano. Fue alguien, o ha sido alguien, sabio en toda la inmensidad de la palabra, que dignificó la llingua asturiana. Descanse en paz.




lunes, enero 03, 2011

A veces se me olvida y desprecio cuanto ignoro, y juzgo, y clasifico y etiqueto... y ni siquiera me arrepiento



Estaba ahí, en ese bar de barrio y esquina que nunca cierra, escribiendo en servilletas, sentada en la barra y pidiéndole al camarero canciones de Lucinda Williams entre el segundo y el tercer gin-tonic. Él estaba al fondo, no le vi al entrar. No sé si lo hizo detrás de mí o si ya estaba allí cuando yo lo hice, sólo recuerdo que de pronto se acerca a saludar a alguien a mi lado y me ve o me descubre con aparente sorpresa. Los dos besos y el 'feliz año' de rigor; el 'cómo tú por aquí', aunque en realidad estamos en su barrio. Las vacaciones bien, gracias. No tanto como las tuyas, los profesores, ya se sabe. La familia, los traslados y las inquietudes pasadas y perdidas. El silencio, y de nuevo los dos besos, sin más nada que decir. Me ha alegrado mucho verte. Lo mismo digo y lo mismo te deseo...

Se aleja y vuelve a su rincón al fondo de la barra donde le espera una rubia. Parece mayor. Siempre me decía que yo no aparentaba la edad que tenía, que parecía más joven. Perfectamente peinada, vestida de un negro que resalta sus mechas y manicura francesa frente a mis uñas pintadas de un burdeosocurocasinegro, mis vaqueros con camiseta remangada y brazaletes tintineantes en mis muñecas. Y será que voy por el tercer gin-tonic, pero pienso que su sonrisa es forzada, y que no, definitivamente no le va nada, que no le pega. Como si a mí me importara o me importase. Como si yo tuviese algo que decir u opinar al respecto. Como si dos mujeres tan distintas no pudiesen gustar al mismo hombre.



P.D. Sofia Loren y Jane Mansfield

martes, diciembre 14, 2010

Ya lo decía Arjona, mejor vayamos aclarando este asuntico...




[Es la una de la madrugada y no puedo dormir. Me he levantado de la cama y he puesto música, bajita, muy bajita. Canta, casi susurra, Caetano Veloso y su "Fina estampa". No sé por qué me gusta ese disco en concreto, y tanto. Si en realidad me gusta más cuando canta en portugués, y no deja de ser un disco de versiones y yo no soy muy de versiones, pero éste me gusta, no importa por qué y me gusta eso que suena ahí abajo, mucho, pero mucho, de verdad de la buena... y no encuentro motivos. Tampoco hacen falta.


Y me pongo a perder el tiempo, y curioso, aunque no creo demasiado en el azar ni en las casualidades, pero me encuentro con esto, después de tanto tiempo, ¿dos años?, no sé, ya he olvidado sin olvidar. Lo escribí entonces, no recuerdo si lo publiqué aquí, tal vez, o tal vez lo borré. No importa, ahora sí lo hago, aunque ahora tampoco importe]



No pensaba hablar de ti, aunque mi propósito y como dice alguien muy querido, sea hablar de todos los desgraciados que me rodean. Pero es que me dolió y creo que especialmente por venir de quién venía.

Pongamos que te llamas F., que eres un abogado que ronda los cuarenta aunque la gente cuando te ve te situa en los 30 y cuando te conoce, en los 25.

Digamos que coincidimos de lunes a viernes unas cuantas horas todas las mañanas desde hace casi cuatro años. Que siempre nos caímos bien aunque tú ya formaras parte de la tribu de los Brady, y sus intentos de abducirme acabaran en el más absoluto de los fracasos.

Hubo un tiempo perdido en el que compartíamos cumpleaños y celebraciones varias; libros, incluso confidencias, declaración de intenciones y regalos, aquella especie de Lebkuchen de Estambul o una pequeña cruz de madera de aquel monasterio en Bulgaria (queda pendiente ese viaje). Asesoramiento legal, declaraciones de la renta y revoluciones.

Viajero, que no turista. De esos que se alquilan una autocaravana y se pasean por las Montañas Rocosas escuchando a Josh Rouse mientras Jack Kerouac reposa en el asiento de atrás. Si me hubieses invitado probablemente te hubiera acompañado, y hasta sorprendido. Pero creo que eso ya lo sabes. Siempre lo supiste. Fui yo la que tardé en darme cuenta, y ni modo, ya era demasiado tarde.

Más Holly Golightly que Carrie Bradshaw en todo caso y pese a todo, incluido mi falso Birkin, no tan falso al fin y al cabo, al menos no comparado con otros. Ni yo tan así*, supongo... comparada con otras. Pero las comparaciones siempre han sido odiosas, ¿verdad?




*De las torpes, de las ingratas, de las emocional y socialmente atrofiadas.


P.D. Rochelle Hudson y Michael Whalen

miércoles, diciembre 08, 2010

Parafraseando a Heine, podría decir algo parecido a que die Stadt Düsseldorf ist sehr schön, und wenn man in der Ferne an sie denkt, und zufällig dort geboren ist, wird einem wunderlich zu Muthe. Ich bin dort geboren und es ist mir, als müsste ich gleich nach Hause gehn. Und wenn ich sage nach Hause gehn, dann meine ich die Bolkerstraße und das Haus, worin ich geboren bin... aunque a mí Düsseldorf siempre me haya parecido una ciudad espantosa, de la que sólo salvo la zona portuaria, por canalla y arrabalera, obvio.



Leo, en realidad releo, a Auster; aunque quién quería que me acompañase estos días era Enrique Vila-Matas, pero por motivos que no alcanzo a comprender o que tal vez prefiera no analizar ni descubrir, cambio la "v" por la "a" y estiro la mano sin mirar hasta coger un libro, que resulta ser "Trilogía de Nueva York", aunque podría haber sido cualquier otro, "El palacio de la luna" o "La invención de la soledad" o "Brooklyn Follies" o incluso ese pequeño volumen de relatos, "The red notebook", que fue el primer libro de Auster que cayó en mis manos y que leí en algún momento impreciso de mi otra vida hará unos quince años. Y es el poder que tienen los libros, y algunas canciones, que de inmediato me veo trasladada a ese pasado, que tan remoto se me antoja ahora, en el que me enamoraba en alemán, leía a Auster en inglés y recibía cartas de un aspirante a doctor en medicina nepalí desde la verde Irlanda que se había enamorado de mí cuando nuestras miradas se cruzaban entre bostezos en las mañanas compartiendo vagón de metro... sí hubo un tiempo en el que se escribían cartas, aunque ahora supongo se nos ha olvidado y siempre haya alguien que te recuerde que en realidad ahora no todo es tan distinto, que están los emails de ida y vuelta y el ciber-sexo (aunque para mí estas últimas dos palabras nunca deberían ir unidas, entiendo son incompatibles).

Y pienso, qué bueno, que al final todo es cuestión de elegir y yo puedo elegir, para contar aquí, se entiende, entre cuatro nostalgias distintas. El pasado de hace 15 años; el de hace dos, con el que me tropecé ayer sin querer; el más inmediato que me persigue como si de mi propia sombra se tratara; y el presente, que intuyo en breve se va a convertir en pasado; así que a este último debemos darle aún una oportunidad, o más bien un receso o una tregua, y al inmediatamente anterior un descanso, que si ni siquiera soy capaz de aceptar porqué entre todas las letras escogí la "a" de Auster (el libro en concreto sí fue ya cuestión del más puro azar), pues ni modo. El de hace dos años aún me desconcierta, pero será por poco tiempo, que soy incapaz de no mirar a los ojos durante demasiado tiempo y más temprano que tarde acabaré por preguntar qué hace un chico como tú volviendo a una chica como ésta. Y todo lo demás también... que a quién carajo le va a importar lo que sucedió hace quince años cuando ya ninguno de los de entonces somos los mismos (afortunadamente, en algunos casos) y la teoría de los seis grados de separación está más presente que nunca.

Y aunque algunos de ustedes piensen que no viene a cuento de nada... es que no, nunca acabaron por gustarme "The Beatles", fíjatetúquétontería...

Y no, aclaro, esto no tiene nada que ver con el aniversario de la muerte de Lennon.






P.D. Maria Schell


[Estos días, obvio, tiene que sonar Roy Orbison...
pero siempre tuve debilidad por cómo cantaba esto Linda Ronstadt ]      

martes, diciembre 07, 2010

Show must go on... Le pese a quién le pese, incluidos a ti y a mí.



Son casi las cinco de la madrugada del sábado cuatro de diciembre cuando escribo esto. Desconozco qué día y a qué hora saldrá publicado, aún no lo he decidido. Estaré ausente unos días, y para paliar mi ausencia, sé que pese a todo habrá quién eche de menos no ya a mi persona, sino a mis letras, por increíble que (me) parezca, había decidido dejar preparadas una serie de entradas para que se fueran publicando estos días... Acabo de borrarlas todas, quizás es que el insomnio me devuelve la coherencia o la dignidad o las entendederas, o tal vez es que me he quedado sin voz y hace un frío del carajo ahí afuera y se me han congelado las ganas, pero hace escasa media hora que deambulo por la casa y aunque debería meterme en la cama, que dentro de tres horas sonará el despertador, he puesto música, bajita, bajita, y suena Alejandro Escovedo y bailo, por dentro, al ritmo de las notas de rock and roll que me he metido en vena esta noche, cuando a las 21:30 y con puntualidad inapropiada Javier Andreu me recordó que hace años en España ya se rockanrolleaba como si del mismísimo Nashville se tratara y unos tipos tras de mí le gritaban a Julián Hernández que eran de Monforte (de Lemos, supongo) mientras que otros, al otro lado, exigían el cuenca minera, borracha y dinamitera, que somos de la cuenca, ho, y alguien tras de mí, me pedía insistentemente que no dejara caer su chupa de cuero de la valla que nos separaba del escenario, que es lo que tiene ser una jodida groupie, que sin proponérselo, ni hacer colas, ni atropellar a nadie, acabo en primera fila, pegada a la valla de seguridad y justo centrada frente al escenario, que hasta de forma totalmente involuntaria salgo en el periódico [editado, acá, es que salgo hasta mona y tal, perdonen el autobombo]... y luego estaba Johnny, que nunca nos hace olvidar que la sombra de Pepe Risi es alargada, pero que te canta eso de que no es extraño que yo esté loca por ti y casi se me olvida, aunque en realidad por quién yo esté loca después de por ti, sea por el Loco, valga la redundancia, y haya perdido la cuenta de las veces que me  ha recordado, yo abajo, él arriba, a veces casi a la misma altura, salvando la distancia de mi 175 a su imponente presencia, la suerte que he tenido de conocerle.

Y me acordé de Ana, obvio, porque Ana es la fan número uno de Loquillo, yo soy la fan número dos, hace mucho tiempo que asumí que no podía competir con ella. Me hubiera gustado una vez más compartir ese concierto con ella, y con Mar, que es la fan número uno de Extremoduro, y con Palmira, que era la fan número uno de un cantautor mexicano de cuyo nombre nunca me acuerdo, pero que cantaba nuestro himno número dos (ése que decía algo así como préstame tu máquina del tiempo), porque nuestro himno número uno era y es "El ritmo del garaje" y hasta tenemos un himno número tres, "Point blank", aunque mi canción sea el "Tougher than the rest", que por cierto, gran detalle por parte de la persona que me acogió en su coche y me acompañó en el concierto, que hizo sonar en mi honor justo esa canción cuando yo subía, con premeditación y alevosía, que una será una sentimental, pero esas cosas me emocionan casi tanto como cuando el Loco a mi lado me hizo rozar por momentos la eternidad.

Y me acordé de que Manel y yo nos prometimos, en el que fue el peor de los inviernos, como si estuviésemos en medio de una película de Meg Ryan, que si al cumplir los 35 seguíamos solos nos casaríamos el uno con el otro, que el hecho de que él fuera gay y a mí me gustasen apenas el 0,01% de los hombres, carecía de importancia. Y de nuevo de Ana, Palmira y de Mar, del calor de nuestras noches a ritmo de rock and ron y de actitudes inconfesables. Y de Gabriel Sopeña, que era el primo del hermano del amigo del vecino del que tenía aquel programa de radio, al que no dejamos de acosar, presionar y chantajear hasta que nos consiguió un tête à tête con el señor Sanz en aquel minúsculo estudio de radio casi sentadas sobre sus rodillas, una para Ana, otra para mí, tras finalizar la entrevista, discutiendo sobre lo divino y lo humano, y puede que él lo olvidara enseguida, nosotras, obvio, iba a ser que no... y la despedida ya en la calle poniéndose de puntillas y la calidez de su abrazo, pese a que año tras año y concierto tras concierto siempre le recordáramos que éramos nosotras, y quién sabe, como imaginar es gratis y es lo que tienen ser una jodida groupie, a lo mejor hasta me reconoció cuando se paró y me obligó a mirarle, que al fin y al cabo, que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde.



martes, noviembre 09, 2010

¿Acaso sabes tú cuánto mide la memoria?... Porque no olvides que ésta siempre cambia el tamaño de las cosas (I)



Si mi madre leyese esto, que no lo va a hacer, supongo, entre otras cosas porque desconoce su existencia, obviamente, y ni oportunidad va a tener, creo que se sentiría especialmente defraudada conmigo, y probablemende decepcionada consigo misma. Diría algo así como que ella no ha educado a su cuarta hija para que estuviera llena de miedos, de temores, de infelicidad, de inseguridades y abismos; y que ni modo, desde luego tampoco para que su felicidad dependa de tener o no un hombre a su lado; ni para que viviera en un cuento de le lechera permanente, haciendo planes de continuo sobre qué hacer con su vida en caso de tocarle la lotería, cuando ni siquiera se compra un mísero cupón de la Once.

Tres hermanas mayores siempre independientes y felices; y un hermano pequeño, el príncipe no precisamente destronado; y yo, la cuarta de cinco, la autónoma y autosuficiente, siempre a solas por los rincones de esa enorme casa con un padre en exceso autoritario y una madre siempre ocupada. Obediente y cabal, rodeada de libros adultos y discos robados a los novios de mis hermanas, Leonard Cohen y Mike Ríos iniciaron el camino que nunca llegaría a Itaca, sino a Atlantic city; construyéndome un mundo a medida en cualquier rincón entre las sombras, siempre pasando desapercibida y tratando de no molestar y no hacer ruido. Una vida que comenzaba al bajarme a las cinco y media de la tarde del autobús, me quitaba el uniforme del colegio mientras merendaba con Espinete de fondo y hacía los deberes sin que nadie me recordara que era mi obligación. Puntualmente a las ocho en la cama con un libro entre las manos, la luz apagada no más allá de las diez y el walkman escondido entre las sábanas. Si ese día, Pilar Miró que estés en los cielos mediante, ponían una de Gary Cooper o de Montgomery Clift, mi madre concedía la excepción que nunca confirmó la regla.

Yo sabía en todo momento lo que tenía qué hacer, cuáles eran mis deberes y obligaciones, cuándo tocaba sonreir y sentarse con la falda bien estirada y las rodillas bien juntas. Cuándo correspondía asentir y dar las gracias y dejarse peinar y subirse los calcetines para pasar revista ante las visitas, ante las tías que siempre me recordaban que yo era rubia y rizosa como ella, pero que ojalá no heredara su carácter y esa total falta de ausencia de buenos modales, sentido común y protocolo. Y mi hermana C., tres años mayor, siempre preguntaba a quién se parecía por tanto ella, y mi tía P. le decía que si mis cabellos brillaban como el oro, los suyos lo hacían como la plata, y ella asentía satisfecha, hasta que un buen día se sentó frente al espejo comparando el tono oscuro de su pelo con la fotografía enmarcada en plata de la foto de bodas de los abuelos... esa misma tarde se acabó mi infancia, que los Reyes son los padres, por si no lo sabías.



domingo, noviembre 07, 2010

Extraña, como un barco a la deriva sobre las olas del diluvio



Ayer me vestí de domingo, pero sólo cinco minutos antes de salir por la puerta cambié de idea y haciendo malabarismos, he llegado a ser una experta en recorrer cremalleras por mi espalda, me quité el vestido, me puse los jeans de diario y me vestí de negro y plata, consiguiendo, pese a todo, ser fiel a mi puntualidad casi británica.

Ayer me peiné, y hasta me sequé el pelo, y supongo por eso volvieron a besarme, no una, ni dos, sino varias veces; pero tuve que hacerlo con los ojos abiertos, porque si los cerraba sentía que eran otros labios los que lo hacían; diez años y un mes después. Y sentía que los dos últimos abrazos que di o recibí en este otoño que tan esquivo me está resultando, dos ciudades distintas, dos escenarios distintos, dos personas diferentes en diferentes aceras, dos chaquetas de cuero casi iguales; duraron segundo y medio más de lo preciso, y que ninguno de los dos se dibujó con un beso; que me hubiera gustado, que me besara como nadie lo ha hecho en diez años desde la última vez que él lo hizo, que me hubiera gustado despedirme con un beso de ti.

Y anoche, mientras otro lo hacía bajo la lluvia de madrugada, siempre oportuna para camuflar mis lágrimas negras, abría los ojos para evitar sentir y querer y pensar y desear que eras tú el que lo hacías con lo besos que hace una década él me brindaba.

Que el mundo es injusto, chaval, bien lo decía Sabina... que yo también sé jugarme la boca, yo también sé besar.





"No lo digas, no levantes la voz
No me pares, no lo quiero ni oír
No me pidas que contemple esa opción
No he venido para verme llorar al espejo
Esta noche

No entra en mis planes remover el baúl
Sólo aguardo a poder recordar
Calendarios que un día guardé bajo llave
Y hoy vuelven a estar en mis sueños
De esta noche

No contaba con verme caer
No contaba con precipitarme
No contaba con aparecer,
tras volatilizarme
No contaba con esto

Ahora es tarde, tú ya debes dormir
No me esperas, al menos por hoy
Mis promesas siguen en pie
Mis recuerdos no dejan de hablarme de ti
cada noche

No contaba con verme caer
No contaba con precipitarme
No contaba con aparecer,
tras volatilizarme
No contaba con esto
No contaba con eso".



P.D. Whitney Blake

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