Una de las cosas buenas (o malas, según se mire) de escribir sobre las rutinas vitales es que pasado el tiempo es fácil echar la vista atrás y releer lo escrito si la memoria comienza a fallarnos. A mí me ha sucedido más de una, de dos o de tres veces; releyendo he recordado cosas, personas y situaciones que de alguna forma había olvidado. He revivido fantasmas cuyas cadenas ya ni ruido hacen al arrastrarse. He esbozado sonrisas aunque las más de las veces muecas forzadas por el pudor y la vergüenza. Me he indignado un poco, enfadado nunca.
Y de pronto me he dado cuenta de que he escrito poco, muy poco, en este último año. Aunque no tema que los recuerdos creados estos doce meses pasados vayan a esfumarse como lágrimas en la lluvia. Si algo recordaré algún día, sin necesidad de palabras escritas, será todo esto.
No era 20 de noviembre, aunque podría haberlo sido. Día en el que comenzó todo, aunque no lo supiéramos. Aunque en realidad hubiese comenzado mucho tiempo atrás.
Sonaba Thunder road, pero podría haber sido cualquier otra. Drive all night, Racing in the street o Point blank. Cualquier canción lo suficientemente triste. Cualquier canción que justificase mis lágrimas.
Ahora toca salir a la calle y regresar a casa tras una infernal mañana laboral (mañana aún pese a que el reloj marca exactamente las 16:39). Llueve, y probablemente en una hora la noche haya caído casi tanto como los termómetros. Noviembre ha llegado y con él el mejor de los otoños.
Entonces ni siquiera estaba triste... o tal vez sí. Sólo un poco. Tal vez porque aún no he aprendido del todo a estar de otra manera.
No sé cómo acabamos allí. La ciudad entera se sumerge en la fiesta entre idas y venidas, conciertos varios y reencuentros, pero él me propone huir. Escondernos hasta de nosotros mismos, cómo si fuese posible, y acabo aceptando su propuesta, al lado del mar, al filo de la madrugada recorriendo los viejos bares, testigos de tantas de nuestras noches cuando aún creíamos en el futuro…
-“Las madrugadas son azules.” -Dice de pronto, tras un largo tiempo sumido en el silencio.
¿Azules?, ¿cómo tus ojos?, ¿cómo mi ginebra?, interrogo con la mirada (hay demasiado ruido).
Miro por encima de su hombro tras la cristalera que nos separa, aísla y protege del exterior. Está amaneciendo y la bruma se extiende sobre las inquietantes gaviotas que sobrevuelan las olas rompiendo contra el muro y pienso en cuál sería el color de mis madrugadas. Sin duda oscilaría entre el gris de los asientos traseros de mi coche y el rojo de su carrocería, el sombrío amarillo de las farolas iluminando la avenida donde me salto los semáforos y el lívido naranja de los besos con los que esa pareja, noche tras noche, se despide en la oscuridad del portal. Entre el violeta, color del que alguien me dijo se disfrazaba mi olvido y el azuloscurocasinegro en el que envuelvo mis sueños y deseos. Entre el verde desvaído con el que vistes tu mirada... Decididamente mis madrugadas no son azules. Claro está que el daltonismo vital nunca ha sido óbice para nuestra amistad.
Da un último trago a su cerveza y se levanta sin decir nada. Simplemente coge la cazadora que reposa colgada haciendo equilibrios en el respaldo de la silla y con uno de esos autoritarios gestos, señas de su identidad, me indica que quiere irse y me invita, ordena más bien, a acompañarlo. También yo con un gesto, inútil echar mano de las palabras entre el volumen de música y conversaciones, le digo que se vaya, que yo me quedo. Se encoge de hombros, como diciendo “allá tú si prefieres quedarte sentada sola en un bar a las siete de la mañana”.
Cuando llega a la puerta aún lanza una última mirada hacia mi rincón para comprobar, supongo, si sigo allí. Lo despido con un gesto. Conozco el segundo acto de la noche que ya ha dejado de ser noche y hoy no me apetece representar mi papel, son más de diez años ya, creo que va siendo hora de retirarme del escenario.
P.D. Alida Valli y Joseph Cotten en "The third man"
-"Así es como lo llevo cuando puedo ser yo misma."
The way we were
Decía Carrie "Sex and the city" Bradshaw (y mucho antes que ella lo dije yo) que en el mundo había dos tipos de mujeres, las mujeres de pelo liso, y las mujeres de pelo rizado. Las primeras eran las que acababan por ser felices con tipos como Hubbel (Robert Redford en 'The way we were'-Tal como éramos). Él sólo quería ser feliz y encontrar a alguien que se sentase a su lado a ver 'Friends' y se ríese de los mismos chistes al modo de Tina "I can see Russia from my home" Fey. Y yo, en fin, yo era (soy) una chica de pelo rizado...
Durante mucho tiempo y fíjeseustedquétontería, yo me creí eso de que fútbol y letras eran incompatibles. Que la intelectualidad estaba reñida con la elección de uno o varios colores, aunque luego llegaran Ángel Kappa o el joven Marías a contradecirme. O leía a Camus, que llegó a jugar de portero en sus años mozos, que sostenía haber aprendido del fútbol cuanto sabía de la moral humana.
Asociaba el fútbol con una panda de jóvenes descerebrados más interesados en insultar al árbitro, al contrario o a la madre del que pasaba por ahí en busca de broncas, peleas y lo que se terciara. Con toda esa panda de progenitores energúmenos creyendo que tienen un futuro Messi o Cristiano Ronaldo por hijo, las afinidades son libres, que pueblan los fines de semana los campos de fútbol infantil amenazando a propios y extraños con toda suerte de improperios y amenazas, llegando incluso a las manos, que con estos ojos que se comerán los gusanos lo he visto. Con todos esos clásicos a pie de barra en el chigre o la sidrería de turno, fichando jugadores, despidiendo entrenadores, dibujando jugadas, sentando cátedra en definitiva sobre todo lo divino y humano; pinta de vino en la mano, culín de sidra va y viene; con un tono de voz, que pa’eso soy un paisano, cagun' mimanto, diez decibelios por encima de lo que sería razonable. Con esa especie en peligro de extinción sentada en la grada de hormigón, transistor en ristre y farias humeante, será por perres, ho, mentando a la madre de todos los árbitros que en este mundo son y han sido. Con todos los adoradores de José Ramón de la Morena, de José María García, de Pepe Domingo Castaño, con las tardes aburridas de domingo, con la inercia de la multitud, de formar parte de un grupo, de reconocerte en el contrario. Con una visión simplista de la vida, Madrid o Barcelona. Con rivalidades absurdas, provincianas y baratas, Gijón y Oviedo. Con toda esa gente pobre de espíritu, huérfanos de letras. Con personas de segunda, aunque militaran en primera.
Pertenezco a una generación en la que aún el fútbol era cosa de hombres. No recuerdo a mis compañeras de infancia dándole patadas al balón, preocupadas por conseguir la camiseta del equipo de turno o paseándose los domingos de la mano de su abuelo camino del estadio. Había reparto de tareas, de colores y de posiciones vitales. El fútbol era cosa de ellos. Habría que esperar a la adolescencia para que tímidamente, generalmente en forma de fotos pegadas en las carpetas, alguna que otra comenzara a sentir cierto interés, más que por el fútbol, por los futbolistas.
A día de hoy, supongo, mayoritariamente sigue siendo masculino aunque la presencia de mujeres en los campos sea notoria; sea habitual que las niñas le den al balón y hasta periodistas deportivas con méritos propios y no cara bonita, haberlas, haylas.
A mí no me interesó nunca el fútbol. Me crié en una suerte de asepsia futbolera sin abuelos, padre o hermanos enganchados los domingos al transistor que me transmitieran la pasión por unos colores. Curiosamente en mi casa la única que tenía una cierta y poco definida afición era mi madre. Aunque generalmente tan sólo se manifestaba cuando jugaba la selección española o en alguna final importante de lo que entonces se llamaba Copa de Europa, hoy Champions, y a poder ser con el Madrid de protagonista.
Por mi parte y a pesar de todo, en su momento sentí cierta debilidad impostada por el Atlético de Madrid. Que al fin y al cabo era el equipo de los perdedores y adictos a las causas perdidas. Más por pose, por tener algo de lo que hablar, por impresionar con unos conocimientos que no tenía al tipo de turno a cuyos ojos una chica que entendiera de fútbol ganaba enteros.
Durante un tiempo y con ese objetivo me sentaba puntualmente lunes tras lunes delante de la pantalla del televisor para tomar buena nota de “El día después”. El mítico programa de Canal + presentado por Michael Robinson y el partenaire de turno. En otra vida había llegado a pasearme día tras día con toda la bibliografía de Erich Fromm bajo el brazo. Y es que a veces se nos olvida que somos lo que somos, no lo que creemos que los demás quieren que seamos.
Aprendí entonces, y aún hoy sé reconocerlos, lo que era un fuera de juego, un corner, una vaselina, un penalti de Panenka, una chilena, la folha seca… Conocimientos que como podrán imaginar no me fueron especialmente útiles aunque de cuando en cuando efectivamente cumplieran su objetivo y algún incauto se creyera que se encontraba ante una chica lista.
Mi bautismo fue en un momento impreciso entre los 18 y 19. Guardiola era el chico de moda y las fotografías que ilustraron un reportaje de la revista Woman empapelaban todas las paredes de la residencia femenina para estudiantes donde por entonces vivía; excepto las de la habitación de S., de las que colgaban toda suerte de banderas, bufandas, posters, fotografías y hasta calcetines del equipo de sus amores, el Real Madrid. Y como no podía ser de otra manera el sueño de su vida era ver a su Real en vivo y en directo. Oportunidad que no le llegó hasta la temporada ¿92/93, 93/94? (si fuera una auténtica futbolera recordaría este dato) en el antiguo Carlos Tartiere frente a un Real Oviedo aún en primera división.
Recuerdo poco o nada de ese partido. Tan sólo que frente a todo pronóstico ganó el Oviedo, y lo recuerdo especialmente por el disgusto que se llevó S. La recuerdo a ella vestida de pies a cabeza (ropa interior incluida) con el uniforme del Real Madrid y como en nuestro paseo hasta la estación de tren para tomar el cercanías que nos llevara de Gijón a Oviedo era vitoreada por los gijoneses. Recuerdo que no era capaz de convencer a nadie para que la acompañara al partido, empecinada en aludir a méritos y razones deportivas. Yo lo hice por solidaridad. Las demás ante el convencimiento de que un estadio de fútbol lleno de exaltados jóvenes madrileños podía ser el paraíso.
Recuerdo cuando me presentó a aquella, su última novia. Una polaca de nombre Angelika (o algo parecido), de piernas y melena rubia interminable e impecable; casi tanto como su acento.
Puedes llamarme Angie, me dijo mientras tendía su mano de perfecta manicura francesa y yo pensaba que era exactamente igual a las anteriores. Tal vez unos cm. más alta que Roxana, también polaca; o tal vez más rubia que Natalia, que si la memoria no me falla era rusa. Tan diferente, en cambio, de Carmen, la única morena de su interminable listado de conquistas; la única que yo encontré aceptable. Era búlgara, pese a lo que su nombre pudiese indicar. Se llamaba igual que su abuela o bisabuela, no recuerdo; comunista española exiliada durante o tras nuestra guerra en Sofia. La culpable de que yo sienta, aún sin conocerlo, una gran pasión por ese pequeño y olvidado país.
Recuerdo una noche, cuando a mí aún me gustaban las noches. Las últimas en abandonar la fiesta. Tal vez por no tener a donde ir, tal vez por no tener a nadie a quien esperar. La nieve cubre las calles adoquinadas y Angie mira con desesperación sus tacones de aguja a causa de mi propuesta de regresar caminando a casa. N. que me conoce mejor que yo misma y ha entendido a la perfección mi deseo de pasear la envía en un taxi y me acompaña en dirección al Pegnitz. Ambas conocemos perfectamente el camino que debemos seguir, el desvío hacia la helada orilla del río hasta llegar a la plaza sumida entre la niebla y las sombras, apenas iluminada por las farolas. Calle arriba se vislumbra el balcón del primer piso, las persianas bajadas y el más absoluto de los silencios.
Ahora está en Georgetown, da clases o algo así, murmura. Yo no contesto, sólo pienso en aquel verano en el que estuve en Washington. Me dediqué durante dos días a fotografiar las calles, casas, aceras y plazas de Georgetown.
Era un tipo que merecía la pena... Y eso, viniendo de quien viene, es más que un halago. Para ella todos los hombres son iguales, son lo mismo, escoria sin posibilidad de redención...
De haberlo sabido... Ahora soy yo la que murmuro. Hombres así, que forman parte de mi pasado, son los que me gustaría que formasen parte de mi futuro.
Le hubiera gustado saber, le hubiera gustado conocer lo que entonces aún era futuro.
"-¡Oh, cariño! Eres simple, eres superficial y eres una puta. Por eso somos almas gemelas."
Karen Walker (Will & Grace)
De un tiempo a esta parte lo escucho sin cesar en conversaciones ajenas. De un tiempo a esta parte han sido ya varios los blogs en los que se habla del tema… el eterno dilema; ellos de Marte, nosotras de Venus. Lo que unas dicen y los otros piensan. Que todos son iguales o al menos todos los que me interesan son iguales. Por qué no me quiere quién yo quiero y el que me quiere me hace daño. El perpetuo miedo al compromiso, los pasos encaminados, las reglas que no deben romperse.
No soy yo un ejemplo a seguir, pero si de algo estoy segura y fíjense que en mi vida hay muy pocas certezas, es que la cobardía es la madre de todas las huidas.
Recuerdo un capítulo deSex and the city, de la última o penúltima temporada cuando Carrie se echa por novio a un aspirante a escritor fracasado llamado Jack Berger. Las seguidoras de la serie seguro que recuerdan al tipo del coletero, el mismo que se paseaba con cara de infinito cabreo luciendo chupa de cuero. Algo por otro lado perfectamente comprensible en alguien que tuviera que aguantar las histerias y neuras de Carrie Bradshaw.
Carrie invita a Samantha, Charlotte y Miranda a cenar para presentarles a ese aspirante a escritor fracasado con cara de infinito cabreo llamado Jack Berger (o algo parecido), y como no podía ser de otra manera la conversación acaba derivando en las relaciones hombre-mujer. Y Berger, en la escena más lúcida de todos los tropecientos capítulos que conforman esta serie, les dice a unas estupefactas mujeres con cara de no creer lo que están escuchando, que las SEÑALES no existen.
No existen más allá de su propia imaginación, apostillaría yo.
Si un tipo no te llama es porque no le interesas, no porque esté sucumbiendo a esa regla no escrita de que no se puede llamar antes de dos días tras la primera cita. Si un tipo no quiere acostarse contigo no es porque lo esté posponiendo hasta la tercera. Si un tipo no contesta a tus llamadas no es porque haya que dejar espacio y tiempo. Si un tipo te dice que tiene miedo al compromiso es porque efectivamente tiene miedo al compromiso, pero al compromiso contigo. Si un tipo te dice "esto está yendo demasiado rápido", no está diciendo "estamos yendo demasiado rápido", sino "tú estás yendo demasiado rápido".
No existen designios, señales o máscaras más allá de las que impone la cobardía. La nuestra para no ver una realidad que no queremos ver y la ajena, que impide mostrar lo que realmente se piensa.
El miedo a quedarse solo. A estar solo. Las ganas de perder el tiempo. El ego que necesita cinco comidas al día. El por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo. El te quiero cariño, ya te cambiaré. Construir certezas desde un quizás travistiendo de eternidad el yo pasaba por aquí. Ver señales donde sólo hay humo. Preguntarse por qué ha desaparecido, por qué se ha ido... porque nunca estuvo, niña; porque nunca llegó.
P.D. Acá debería sonar "A case of you" de Joni Mitchell. Por extrañas e inexplicables razones siempre asocio esa canción con ese tipo de historias. Y también es cierto que me la recordé hace unos días hablándole de ella, de Joni Mitchell, a alguien que no la conocía.
[Para S., que nunca leerá esto y que hoy me llegó al corazón]
Una tiene un sueño, chiquito, de esos que te asaltan en plena madrugada de desvelos o cuando suena la voz rota de Bruce o te asomas al otro lado, al vacío; cuando te ahogas entre palabras ajenas. Es pequeño, pasa casi inadvertido entre las grandes esperanzas de mi vida, entre otros sueños probablemente más cabales, más lógicos y razonables. Abandonar esta ciudad e irme a Berlín, buscar otro trabajo o tener el pelo liso y encontrarme en el boardwalk de Asbury Park con Bruce y acabar casándonos en Las Vegas con Elvis de testigo, porque por si no lo saben, señores, Elvis está vivo. Pero es tenaz, y recurrente, y aparece por sorpresa, con la guardia baja, cuando menos te lo esperas y como todo buen sueño, me hace soñar y volar lejos.
Y un buen día te tropiezas con un extraño, que tendrá miles de sueños, algunos cabales, y razonables y hasta con su lógica, pero que también tiene un sueño ahí escondido, de ésos poco importantes, un personaje secundario. Y el extraño te cuenta y tú le cuentas, y descubres que ese sueño chiquito, agazapado, casi olvidado; es compartido. Y por momentos se te olvida que estás despierta, que los sueños, sueños son; que la vida real no se alimenta de ellos, sino de certezas. Pero qué más da, te dices; es mi sueño chiquito y parece estar a un paso de hacerse realidad, si quiero, si me lo propongo, aunque yo no sea una mujer de recursos o precisamente por eso.
Pero de pronto recuerdas, que sólo es un sueño, que los sueños nunca se hacen realidad. Que tu vida no es una película en blanco y negro y no eres Deborah Kerr citándote en lo alto del Empire State. Y que estás despierta, que tienes que estar despierta, aunque no quieras renunciar a tus sueños, que son los que te impulsan a cada paso, los que te hacen sonreír... los que te hacen soñar, porque, qué es una vida sin sueños... una vida vacía.
El mundo está lleno de estúpidos. De estúpidos que no se arrepienten nunca… de nada. De esos que siempre dicen:
-“Yo sólo me arrepiento de que dejo de hacer, no de lo que hago”.
Pues no, señores, yo me arrepiento, y lo hago a menudo sin importarme un carajo si el arrepentimiento está de moda o es políticamente correcto.
Me arrepiento cuando dudo si doy dos pasos atrás por uno adelante. Me arrepiento de las veces en que dije sí cuando quería decir no. Me arrepiento de las soluciones erradas, de los caminos que me llevaron a perderme en círculos, de los espejos donde sólo se refleja lo que yo quiero ver. Me arrepiento de mis miedos… miedo a los cambios, a no dar la talla, a los peldaños de su escalera, al dolor, al hombre que se refugia tras esas manos, a las verdades, a la soledad, a ser yo misma, a las pasiones, a las piedras con las que tropiezo, a los fantasmas, a las puertas cerradas, a la rutina.
En el alero del tejado, palomas.
En el alfeizar de la ventana, gaviotas.
En la puerta, carcoma.
En las baldosas, entre las rendijas, musgo.
Por las esquinas, arañas.
Por el pasillo, hormigas.
Por el patio de luces, gorriones.
A la luz del fluorescente, mosquitos y polillas.
Nunca me imaginé a mi misma aficionándome al fútbol. Siguiendo la clasificación domingo tras domingo. Haciendo cálculos, sumando y restando puntos.
Y lo curioso es que sí, que me gusta y me divierte. Que no es por complacer, ceder o acompañar... Tal vez sea mi tendencia y querencia hacia las causas perdidas. Que digo yo que si a mis años descubro una filiación futbolera al menos que sea hacia un equipo decadente, venido a menos y eso sí, con solera. Sin olvidar, obvio, que sus colores me sienten bien.
Claro que tampoco me imaginé a Paquirrín convirtiéndose en padre de famila...
Ni a Terelu en la portada del Interviú...
Pa'habernos matao'.
P.D. Nancy Kovack, Donna Douglas y Sua Ann Langdon
Y es que soy muy mía y a la vez muy del cosmos, muy de las tinajas y de los moldes de galleta, de las vainas y los pomos cromados, de la cola y el carril más lento, de embalsamadores y taxidermistas, del rincón del aburrido; soy muy de los desprendidos de la crítica, fiestas provocadas y tijeretazo en casa, del orden cosas y cosas por vicio. Soy muy de todo esto y de aún más cosas. Sólo espero que alguien me reclame... sería muy violento tener que hacerlo yo misma...
Deja tus paranoias o tus deseos, gritos al aire, diarios, confesiones, declaraciones de amor o de guerra, o simplemente tu firma, tu mensaje, tus besos, saludos o consejo, bromas o entusiasmo, reminiscencias o cañones recortados, y ya descubriremos si tenemos algo de lo que hablar...
Ser ese pincel aguado por la lluvia que esboza en cada bocanada una bahía, dos volcanes y diez maneras de decir lo que deseas. Una bandada de gaviotas. La ginebra. Las noches sin futuro. Una colección de lunas llenas. Las verbenas de barrio. Una tormenta sobre el azul inmenso del océano. Arrastrando la cobija. Tristezas a la carta por alegrías. Billie Holliday rasgando la noche. Una visita imprevista y deslenguada. Los calvos que se quitan el sombrero. Las noches "nuremberianas" al calor del Eulenspiegel repletas de ron, humo y conversaciones. Aquella voz, aquel acento."Mis" poetas: Á. González, Huidobro o Cernuda. La lluvia que parió charcos y barro. Viajar en tranvía. Volar cometas. Un par de botas sucias. El canto del urogallo. Alain Delon en "Rocco y sus hermanos". Caminar sobre hojas secas. Las tímidas que salen respondonas. Aviones que despegan. Las rosas amarillas, los lirios, las violetas. Las raras excepciones. ARJONA (con mayúsculas). Medianoche en una estación de tren. La honestidad brutal de Calamaro. Una tormenta sobre el azul inmenso del océano. Aquella buhardilla en la Peissenbergstr. Silvana Mangano en "Arroz amargo". Pisar charcos. El 14 (y la lluvia) de abril. Mi chupa de cuero. La Coca-Cola (nadie es perfecto). Besos con risas. Silvio y Ojalá como coartada. Lengua con besos. El castellano de Umbral. Esencia de playa y sal de un lugar donde habitaban las gaviotas. Pisar charcos. Un vestido y un amor. Salitre 48. EL hombre del piano. Luka, el niño del 2º piso. Compay y Celia, el son y la salsa de luto. La primera mirada por la ventana al despertarse. Las noches que sonríen en forma de luna. Estoy Bartok de todo. El olor a tiempo desgastado. Simon & Garfunkel. Waits & Cohen. Los trenes que viajan hacia el este. Rosas a Rosalía. En Lisboa, sobre lo mar. El cambio de estaciones. Dylan y su hijo Jakob. Un amanecer en la playa del Silencio. El piano ha estado bebiendo. Puentes que se cruzan en ambos sentidos. El Urriellu. Una Delirium Tremens. Las carreteras secundarias. Un otoño de párpados caídos. Los domingos al sol en el Englischer Garten. Camarón sin camisa. Frambuesas en la tarta. Las sesiones de madrugada. Las montañas mágicas de esta tierra que plantó mi corazón recibiendo el regalo de la lluvia. Chavela por Jose Alfredo. Los labios que aprovechan los rincones más olvidados, más olvidables. Veloso y su fina estampa. El miedo, el futuro incierto, el camino, la búsqueda. Je vous ai apporté des bonbons parce que les fleurs c'est périssable. Los que pudieron ser y no han querido... Dream, baby dream.