domingo, mayo 09, 2010

Más vale tarde (que nunca)


When I look at myself, I am so beautiful I scream with joy!

Maria Montez



En la pertinente llamada dominical mi madre me pregunta por ti -siempre le gustaste, supongo que porque no te conocía- y yo, que hace 39 entradas que te he olvidado siento la irreprimible tentación de importunarte irrumpiendo en tu paz dominical. Así son los caprichos, de ida y vuelta. Ahora que me has olvidado, yo te pedí que lo hicieras; soy yo la que no quiero que lo hagas.

sábado, mayo 08, 2010

Oro parece, plata no es

Adivina, adivinanza -he visto la foto y no he querido, aunque podido, resistirme- ¿quién es el buen mozo (disfrazado)vestido de hippy trasnochado, haciendo acto de presencia en la anual fiesta flower power de los petartos y petardas que en este país son y han sido?



Y ha sido ver a mi ídolo Javier "comoserricoycuasinomorirenelintento" Hidalgo y no poder, aunque querer, resistirlo.







P.D. En color... porque ellos lo valen.

Hopeless devoted to you



"Puede ser que un día de estos nos quedemos sin futuro,
y tú sigas con tu teatro".

Duele verte de Ricardo Arjona



Aunque a veces no lo parezca (demasiadas), especialmente en este foro, una tiende a ser tremendamente discreta. Tres balas en la recámara... ahí se quedan. Tres tremendas (y lindas) historias dignas de éste, no tan digno lugar; pero tú, tú y tú; léeis esto (aunque en concreto tú no sepas que yo sé). Ni modo, como la tumba falsa de los Tigres me quedo. Y se me quedan con las ganas (o no) de ser coprotagonistas tratando de encontrar la salida al laberinto. Para la próxima, quién sabe, igual se me antoja crucificarme en la pared.



P.D. 1 Jean Arthur y James Stewart en "You can take it with you" (Vive como quieras).

P.D. 2 Acá la gran Lola Beltrán.


On the rocks

(Mi)Andrés se ha cortao el pelo... y mi coche no arranca, ¿qué será lo próximo?


viernes, mayo 07, 2010

Even cowgirls get the blues



Ya lo cantaba Emmylou... y es que no se puede mirar hacia atrás (y mucho menos p'alante). Experta que es una en dar un paso p'alante retrocediendo otro de inmediato, acabando, obvio y ab eterno, en el mismo lugar; no vaya a volverme estatua de sal.


jueves, mayo 06, 2010

If I have a hammer


¿Alguien sabe cómo se cambia un telefonillo o portero automático o cómo se llame sin tener que pedirle ayuda al portero? Es que me he hecho socia del club "make it yourself" y obvio, no he conseguido hacer nada por mí misma.

Eternamente agradecida si alguien me echa una mano (aún siendo virtual y a distancia), aunque ya he dado mil vueltas a toda página de internet sobre el bricolaje y sigo sin aclararme, no puede ser tan complicado y yo tan torpe. Pa' alguna cuestión práctica debería servir tener un blog.

P.D.1 En realidad iba a hablar yo de una historia que me ha inspirado/recordado Fiebre en su última entrada, pero no, no me apetece ponerme triste (no más de lo que ya soy, que a veces en las ecuaciones hay que despejar más de dos incógnitas).

miércoles, mayo 05, 2010

Ángel Cristo y la sordidez

Siempre he pensado que los niños nacidos a mediados de los 70 fuimos unos privilegiados en lo que a televisión se refiere. Y viene este romano, que supongo se levantaría con la muerte de Ángel Cristo y no se le ocurriría escribir nada mejor, acusando a Chanquete de “latente pederastia”. Pa’habernos matao.

Porque yo lo valgo



Ya lo he contado en varias ocasiones, cuando era muy, muy chiquita y aún creía en los milagros (cómo sino iba a conseguirlo), quería parecerme a Audrey Herpburn. Para mi madre, que sólo veía películas de Gary Cooper (que estés en los cielos), el paradigma de belleza y saber estar era Grace Kelly. Pero ni modo, demasiado distante y fría su Alteza Serenísima. Así que saltando de una rubia a otra llegué a Veronica Lake y como ahí necesitaba un milagro y tres deseos, acabé por intentar ser como la otra Herpburn (Katherine), a donde salvando las distancias, me resultaba más fácil acercarme. Pero como de lo que quiero hablar no es de mis parecidos no razonables, se van quedando con las ganas (o no) de saber si alcancé mis objetivos. Porque superada (aunque no del todo) mi etapa de querer ser protagonista de peli en blanco y negro y olvidadas mis aspiraciones de una Madame Tura cualquiera (en realidad sólo aparcadas esperando tiempos más propicios), pasé a querer parecerme a casi cualquiera que apareciera en la portada del Super Pop y cómo no, yo también quise ser Jennifer “Rachel” Anniston (y tener su pelo). Más tarde pasaría una etapa mística, viviendo sin vivir en mí; quise ser como la Doña, María Felix, y ya puestos como cualquier mala antagonista de culebrón mexicano bañada en laca… y así un largo listado que no voy a exponer para no aburrirles, porque en definitiva nunca he querido ser yo (pero eso ya lo saben).

Una de mis últimas aspiraciones era ser morena, pero no de pelo, sino de tez. Es decir, estar morena y como lo de tomar el sol estaba descartado (sólo he conseguido acabar llena de ampollas) y era una chapucera con las cremas autobronceadoras (acabando llena de manchas) centré mis expectativas en las sesiones de rayos UVA cuando comenzaban a causar furor los solárium. Mi ‘ídola’ y ejemplo a seguir era y es, como no podía ser de otra manera, Begoña de Trapote; ya saben, la cuñadísima (qué bajo has caído Isidoro), una de las hermanas García Vaquero, más conocidas por las lenguas viperinas como las ‘Vacía Carteras’. Sólo ella es capaz de ir a un funeral (de 'alto standing') en leggins, negros, of course y 'peep toe' (ejemplo a seguir; no se me olviden tomar nota del estilismo, o 'outfit', como dicen ahora las 'egobloggers'; qué daño ha hecho The Sartorialist, equiparable al de Carrie Bradshaw). Tras más de 20 sesiones sólo conseguí un ligero tono dorado, como aquél de los eternos veranos de mi infancia a orillas del Cantábrico (seguro que de haber veraneado en Benidorm eso no me pasaba). Así que cada vez que salía de la cabina pasada la vigésima sesión y viendo que en lugar de avanzar en mi moreno lo que avanzaba, y a pasos agigantados, era la urticaria, ante las miradas entre despectivas y condescendientes de las monísimas chicas del centro de estética, decidí abandonar y resignarme al blanco lechoso en loor de mi salud dermatológica y en detrimento de la estética.

Y es que sí, las chicas de peluquería, siempre son monas, jóvenes y perfectamente manicuradas, no sé si pedicuradas, aunque lo intuyo. Y te miran con altivez, de abajo a arriba y de arriba a abajo; y yo lo entiendo, por qué acaso se vive una situación más humillante (la del ginecólogo no cuenta) que encontrarte encuerada sobre una camilla y ante una (a veces dos) desconocida, dándote órdenes, arriba, abajo, ábrete de piernas, dobla la rodilla, date la vuelta, sube el tobillo; si duele, me lo dices; si te quema, me lo dices; y tú claro, no dices nada mientras te aplica ese infame instrumento de tortura que es la cera (qué lejanos aquellos tiempos, afortunadamente, previos a la cera ¿fría?).

Sí, hoy toca… (aunque me esté quitando y pasando a las nuevas tecnologías de la depilación, que igualmente duelen).

P.D. Betty Grable.

Palabras (agradecidas)ajenas


Me ha gustado tanto este artículo de Rosa Montero en El País, que copio y pego… desde luego todo un “alivio” para mi conciencia; aunque “La montaña mágica” no se encuentre entre esos ‘clásicos’ insufribles que mutilo sin piedad. Yo también podría hacerme esa pequeña biblioteca de retazos, cono justa cabida en una estantería Billy de Ikea; aunque no hay verano que no me proponga (re)leerlos sin saltarme una sola de sus páginas. No lo he conseguido, aún… obvio.

[Creo que, a estas alturas de mi vida, podría haber confeccionado una pequeña pero apañada biblioteca compuesta por todos los fragmentos de libros que me fui saltando mientras leía, páginas y páginas que me resultaron plúmbeas o inconsistentes y por las que simplemente crucé a paso de carga hasta alcanzar de nuevo una zona más sustanciosa. La novela es el género literario que más se parece a la vida, y por consiguiente es una construcción sucia, mestiza y paradójica, un híbrido entre lo grotesco y lo sublime en el que abundan los errores. En toda novela sobran cosas; y, por lo general, cuanto más gordo es el libro, más páginas habría que tirar. Y esto es especialmente verdad respecto a los clásicos. Axioma número uno: los autores clásicos, esos dioses de la palabra, también escriben fragmentos infumables. Quizá habría que definir primero qué es un clásico. Italo Calvino, en su genial y conocido ensayo Por qué leer los clásicos, lo explica maravillosamente bien. Entre otras observaciones, Calvino apunta que un clásico es "un libro que nunca termina de decir lo que tiene". Cierto: hay obras que, como inmensas cebollas atiborradas de contenido, se dejan pelar en capas interminables. Otra sustanciosa verdad calviniana: "Los clásicos son libros que, cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad". Guau, qué agudo y qué exacto. Y una sola observación más: "Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes". Chapeau a mi amado Calvino, que ha conseguido a su vez convertir en clásico este bello ensayo que uno puede leer y releer interminablemente.

Los clásicos, pues, son esos libros inabarcables y tenaces que, aunque pasen las décadas y los siglos, siguen susurrándonos cosas al oído. ¿Y por qué la gente los frecuenta tan poco? ¿Por qué hay tantas personas que, aun siendo buenos o buenísimos lectores, desconfían de los clásicos y los consideran a priori demasiado espesos, aburridos, ajenos? Axioma número dos: respetamos demasiado a los clásicos, y con ello me refiero a una actitud negativa de paralizado sometimiento. Yo no creo que haya que respetar los libros. Hay que amarlos, hay que vivir con ellos, dentro de ellos. Y pegarte con ellos si es preciso. Discutía el otro día con un amigo escritor sobre La montaña mágica de Thomas Mann, una obra que mi amigo recordaba como un auténtico tostón. Sé bien que el gusto lector es algo personal e intransferible, y que lo que lees depende mucho del momento en que lo lees. Pero me cuesta entender que La montaña mágica le pueda parecer a alguien un ladrillo, porque es un texto moderno, sumamente legible, hipnotizante. Una especie de colosal cuento de hadas (o de brujas) sobre la vida. El título no engaña: es una montaña mágica en donde suceden todo tipo de prodigios. La gente ríe bravamente frente a la adversidad, calla cosas que sabe, habla de lo que no sabe, ama y odia y, de la noche a la mañana, desaparece. Esa montaña que representa la existencia, permanentemente cercada por la muerte, es el escenario del combate interminable de los enfermos, que luchan como bravos paladines medievales o escogen olvidar que van a morir. La vida es una historia que siempre acaba mal, pero nos las apañamos para no recordarlo.

Este libro de Mann es una novela amenísima sobre la que pesa una sutil, indefinible sombra de amenaza que oscurece el luminoso cielo montañés. Algo se nos escapa constantemente, algo nos acecha y nos espera, y en ocasiones llegamos a notar sobre la nuca el cálido soplo del perseguidor. Pero además, en medio de ese permanente desasosiego, brilla el sentido del humor, y los personajes participan en juegos y en fiestas, coquetean, cotillean, se enamoran, se pelean y se fingen eternos. Como todos hacemos.

Ahora bien, no es un libro perfecto, porque ni en la vida ni en las novelas es concebible la perfección. La longitud de ese universo-talismán que es La montaña mágica depende de las ediciones, pero viene a ser de unas mil páginas. Y resulta que, desde mi punto de vista, le sobran varias decenas. Dentro del libro hay una parte que podríamos calificar de novela de ideas y que consiste en las discusiones filosófico-políticas de dos mentores antitéticos, Settembrini y Naphta. Intuyo que debía de ser lo que más le gustaba a Mann en su momento, pero yo hoy encuentro esas peroratas definitivamente roñosas y oxidadas, ilegibles, pedantes y pelmazas. Suele suceder con los grandes discursos que los autores meten de contrabando en sus novelas, creyendo que ahí están dando las claves del mundo: por ejemplo, le pasa al gran Tolstói en Anna Karenina, cuando Lyovin, álter ego del escritor, se pone a soltar doctrina.

Quiero decir que probablemente Mann creía que con esas sesudas lucubraciones estaba atrapando el desconcierto esencial de la vida y el caótico derrumbamiento de un mundo que se acababa y era reemplazado por otro (no en vano la novela se publicó en 1924, tras el trauma de la Primera Guerra Mundial), pero en realidad todo eso no lo aprendemos, no lo percibimos por medio de la verborrea mortecina de Naphta y Settembrini, sino en el ciego y desesperado patalear de los personajes a lo largo de la novela, o en la maravillosa escena de la pérdida del protagonista en una tormenta de nieve, en el fragor de la blanca soledad y en el delirio en el que sumerge. Ahí es donde Mann sigue siendo enorme. Por eso creo que hay que leer La montaña mágica y saltarse sin complejo de culpa todas las páginas que te parezcan muertas. O ignorar las tediosas novelitas pastoriles de la primera parte del Quijote. O pasar a toda prisa las aburridas y meticulosas descripciones de ballenas que incluye Moby Dick. Todos estos libros son maravillosos porque crecen y cambian y están vivos: uno no puede acercarse a ellos como si fueran textos sagrados esculpidos en piedra, dogmas temibles e intocables. Sáltate páginas, en fin, sumérgete y disfruta. ]


El artículo al completo... acá.

P.D. Olivia de Havilland y Rita Hayworth en "The strawberry blonde".

lunes, mayo 03, 2010

Obviedades



Llueve, hace un día triste, gris, como si el calendario hubiese ido hacía atrás plantándose en marzo... y me encanta. Subir los cuellos de la gabardina, esconderme entre sus pliegues y caminar bajo la lluvia con las gotas de agua enredándose en mi pelo... aunque todo el mundo diga que es la tarde perfecta para acostarse en un sofá a perder el tiempo. Yo pierdo el tiempo los días de sol viviendo sin vivir en mí.

P.D. Marlene Dietrich

(mucha) Pereza

1. ¿Saben cuál es el peor libro, pero lo peor de lo peor, que he leído en mi vida? Y he leído muchos, muchos libros y muchos libros malos, pero el más malo malísimo fue, hace ya un tiempo, “Perdona que te llame amor”, de un italiano, un tal Moccia. Juro que ha sido de lo más insufrible que me tenido que tragar en mucho tiempo. Y parece que hay una segunda parte y hasta una película dado su éxito que no comprendo… Por supuesto no me perderé ni el uno ni la otra.

2. Leo finalmente “Sin noticias de Gurb” y hasta me cuesta terminarlo pese a sus escasas 141 páginas. Dado que ha sido un regalo y se espera el veredicto, me pongo de acuerdo conmigo misma para mentir y contarle que me ha encantado, se me ha hecho corto, ha sido divertidísimo, etc, etc… afortunadamente sigo con la saga nocilla para resarcirme.

3. Más o menos (aunque en realidad menos que más) tengo un trabajo de 8 a 3 y una vida social cuasi inexistente, pero apenas saco tiempo para dedicarle a este invento y es un quiero y no puedo.

P.D. Por supuesto, sigo sin noticias de Gurb (el cazador cazado).

jueves, abril 29, 2010

A mí... tururú



Entre la Jequeza de Qatar y Adriana Abascal no puedo con mi vida. Y yo quería hablar de la prohibición del velo islámico (con la que por cierto, no estoy de acuerdo, pero eso ya lo he discutido suficientemente).

P.D. Lana Turner y Ava Gardner.

martes, abril 27, 2010

Apátrida

Veo Intereconomía. Sí, lo confieso, a veces veo ese canal de televisión y en este caso quería ver qué contaban sobre Garzón. Y eso sin tener en cuenta que el presentador de “Más se perdió en Cuba” me atrae y me repele a partes iguales (ese hombre da mucho miedo). Los televidentes mandan mensajitos (siempre me he preguntado quién se dedica a malgastar su dinero enviando SMS a programas de televisión, pero ésa es otra historia) y esos mensajes, a veces, dan, también, un poco de miedo, léase el ejemplo: “ya es hora de que obreros y criadas abandonen el Congreso y sólo se permita votar a gente de bien”. Para salir corriendo y cual Miguel Strogoff no parar hasta llegar a Irkutsk.

Traición


Fue una buena tarde. Comida (rape al horno), paseo (mostrar por vez primera a alguien los escondidos Jardines de la Rodriga), compra (ajena y en el Corte Inglés), más paseos y un par de Judas, más compras (en Cervantes y un libro de regalo), café y coca-cola, más paseos y despedida (ya hablamos). Recuperando la normalidad, volviendo a lo que nunca debimos (debí) dejar de ser. Y no es que sea suficiente, pero compartir una tarde con amigos y volver a reír es un buen comienzo de semana. Por supuesto sin noticias de Gurb, que ni está, ni se le espera.

Prometí comenzar y terminar (al fin y al cabo sólo son 141 páginas) en cuanto llegara a casa. No lo hice, me sumergí de nuevo en Paniceiros y su hestoria universal, y ya en la cama traicioné a Eduardo Mendoza con "Luna nueva" y no confundir con ésa de licántropos y vampiros pseudoadolescentes.

Mi vida sigue siendo una película en blanco y negro.

P.D. Carole Lombard y Cary Grant en “It name Orly” (Dos mujeres y un amor).

jueves, abril 22, 2010

Tengo una pregunta para usted

Ustedes dirán si esto me pasa sólo a mí. La mayoría de mis (escasos) contactos (hablo del Messenger) me habla con estados como No disponible o No conectado y cuando realmente está en Conectado no me dirigen la palabra.

Gente que no conozco, personas que he olvidado, gente que no reconozco... me envían invitaciones para que me haga su amiga o cómo se llame en el Facebook. Y yo sólo me he conectado al Facebook una vez en mi vida...

Por cierto, hoy he descubierto lo que es ser un "cani" y parece ser que yo sólo tengo un 9% de posibilidades de serlo (aunque ese 9 ya me parezca mucho).

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