jueves, mayo 06, 2010

If I have a hammer


¿Alguien sabe cómo se cambia un telefonillo o portero automático o cómo se llame sin tener que pedirle ayuda al portero? Es que me he hecho socia del club "make it yourself" y obvio, no he conseguido hacer nada por mí misma.

Eternamente agradecida si alguien me echa una mano (aún siendo virtual y a distancia), aunque ya he dado mil vueltas a toda página de internet sobre el bricolaje y sigo sin aclararme, no puede ser tan complicado y yo tan torpe. Pa' alguna cuestión práctica debería servir tener un blog.

P.D.1 En realidad iba a hablar yo de una historia que me ha inspirado/recordado Fiebre en su última entrada, pero no, no me apetece ponerme triste (no más de lo que ya soy, que a veces en las ecuaciones hay que despejar más de dos incógnitas).

miércoles, mayo 05, 2010

Ángel Cristo y la sordidez

Siempre he pensado que los niños nacidos a mediados de los 70 fuimos unos privilegiados en lo que a televisión se refiere. Y viene este romano, que supongo se levantaría con la muerte de Ángel Cristo y no se le ocurriría escribir nada mejor, acusando a Chanquete de “latente pederastia”. Pa’habernos matao.

Porque yo lo valgo



Ya lo he contado en varias ocasiones, cuando era muy, muy chiquita y aún creía en los milagros (cómo sino iba a conseguirlo), quería parecerme a Audrey Herpburn. Para mi madre, que sólo veía películas de Gary Cooper (que estés en los cielos), el paradigma de belleza y saber estar era Grace Kelly. Pero ni modo, demasiado distante y fría su Alteza Serenísima. Así que saltando de una rubia a otra llegué a Veronica Lake y como ahí necesitaba un milagro y tres deseos, acabé por intentar ser como la otra Herpburn (Katherine), a donde salvando las distancias, me resultaba más fácil acercarme. Pero como de lo que quiero hablar no es de mis parecidos no razonables, se van quedando con las ganas (o no) de saber si alcancé mis objetivos. Porque superada (aunque no del todo) mi etapa de querer ser protagonista de peli en blanco y negro y olvidadas mis aspiraciones de una Madame Tura cualquiera (en realidad sólo aparcadas esperando tiempos más propicios), pasé a querer parecerme a casi cualquiera que apareciera en la portada del Super Pop y cómo no, yo también quise ser Jennifer “Rachel” Anniston (y tener su pelo). Más tarde pasaría una etapa mística, viviendo sin vivir en mí; quise ser como la Doña, María Felix, y ya puestos como cualquier mala antagonista de culebrón mexicano bañada en laca… y así un largo listado que no voy a exponer para no aburrirles, porque en definitiva nunca he querido ser yo (pero eso ya lo saben).

Una de mis últimas aspiraciones era ser morena, pero no de pelo, sino de tez. Es decir, estar morena y como lo de tomar el sol estaba descartado (sólo he conseguido acabar llena de ampollas) y era una chapucera con las cremas autobronceadoras (acabando llena de manchas) centré mis expectativas en las sesiones de rayos UVA cuando comenzaban a causar furor los solárium. Mi ‘ídola’ y ejemplo a seguir era y es, como no podía ser de otra manera, Begoña de Trapote; ya saben, la cuñadísima (qué bajo has caído Isidoro), una de las hermanas García Vaquero, más conocidas por las lenguas viperinas como las ‘Vacía Carteras’. Sólo ella es capaz de ir a un funeral (de 'alto standing') en leggins, negros, of course y 'peep toe' (ejemplo a seguir; no se me olviden tomar nota del estilismo, o 'outfit', como dicen ahora las 'egobloggers'; qué daño ha hecho The Sartorialist, equiparable al de Carrie Bradshaw). Tras más de 20 sesiones sólo conseguí un ligero tono dorado, como aquél de los eternos veranos de mi infancia a orillas del Cantábrico (seguro que de haber veraneado en Benidorm eso no me pasaba). Así que cada vez que salía de la cabina pasada la vigésima sesión y viendo que en lugar de avanzar en mi moreno lo que avanzaba, y a pasos agigantados, era la urticaria, ante las miradas entre despectivas y condescendientes de las monísimas chicas del centro de estética, decidí abandonar y resignarme al blanco lechoso en loor de mi salud dermatológica y en detrimento de la estética.

Y es que sí, las chicas de peluquería, siempre son monas, jóvenes y perfectamente manicuradas, no sé si pedicuradas, aunque lo intuyo. Y te miran con altivez, de abajo a arriba y de arriba a abajo; y yo lo entiendo, por qué acaso se vive una situación más humillante (la del ginecólogo no cuenta) que encontrarte encuerada sobre una camilla y ante una (a veces dos) desconocida, dándote órdenes, arriba, abajo, ábrete de piernas, dobla la rodilla, date la vuelta, sube el tobillo; si duele, me lo dices; si te quema, me lo dices; y tú claro, no dices nada mientras te aplica ese infame instrumento de tortura que es la cera (qué lejanos aquellos tiempos, afortunadamente, previos a la cera ¿fría?).

Sí, hoy toca… (aunque me esté quitando y pasando a las nuevas tecnologías de la depilación, que igualmente duelen).

P.D. Betty Grable.

Palabras (agradecidas)ajenas


Me ha gustado tanto este artículo de Rosa Montero en El País, que copio y pego… desde luego todo un “alivio” para mi conciencia; aunque “La montaña mágica” no se encuentre entre esos ‘clásicos’ insufribles que mutilo sin piedad. Yo también podría hacerme esa pequeña biblioteca de retazos, cono justa cabida en una estantería Billy de Ikea; aunque no hay verano que no me proponga (re)leerlos sin saltarme una sola de sus páginas. No lo he conseguido, aún… obvio.

[Creo que, a estas alturas de mi vida, podría haber confeccionado una pequeña pero apañada biblioteca compuesta por todos los fragmentos de libros que me fui saltando mientras leía, páginas y páginas que me resultaron plúmbeas o inconsistentes y por las que simplemente crucé a paso de carga hasta alcanzar de nuevo una zona más sustanciosa. La novela es el género literario que más se parece a la vida, y por consiguiente es una construcción sucia, mestiza y paradójica, un híbrido entre lo grotesco y lo sublime en el que abundan los errores. En toda novela sobran cosas; y, por lo general, cuanto más gordo es el libro, más páginas habría que tirar. Y esto es especialmente verdad respecto a los clásicos. Axioma número uno: los autores clásicos, esos dioses de la palabra, también escriben fragmentos infumables. Quizá habría que definir primero qué es un clásico. Italo Calvino, en su genial y conocido ensayo Por qué leer los clásicos, lo explica maravillosamente bien. Entre otras observaciones, Calvino apunta que un clásico es "un libro que nunca termina de decir lo que tiene". Cierto: hay obras que, como inmensas cebollas atiborradas de contenido, se dejan pelar en capas interminables. Otra sustanciosa verdad calviniana: "Los clásicos son libros que, cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad". Guau, qué agudo y qué exacto. Y una sola observación más: "Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes". Chapeau a mi amado Calvino, que ha conseguido a su vez convertir en clásico este bello ensayo que uno puede leer y releer interminablemente.

Los clásicos, pues, son esos libros inabarcables y tenaces que, aunque pasen las décadas y los siglos, siguen susurrándonos cosas al oído. ¿Y por qué la gente los frecuenta tan poco? ¿Por qué hay tantas personas que, aun siendo buenos o buenísimos lectores, desconfían de los clásicos y los consideran a priori demasiado espesos, aburridos, ajenos? Axioma número dos: respetamos demasiado a los clásicos, y con ello me refiero a una actitud negativa de paralizado sometimiento. Yo no creo que haya que respetar los libros. Hay que amarlos, hay que vivir con ellos, dentro de ellos. Y pegarte con ellos si es preciso. Discutía el otro día con un amigo escritor sobre La montaña mágica de Thomas Mann, una obra que mi amigo recordaba como un auténtico tostón. Sé bien que el gusto lector es algo personal e intransferible, y que lo que lees depende mucho del momento en que lo lees. Pero me cuesta entender que La montaña mágica le pueda parecer a alguien un ladrillo, porque es un texto moderno, sumamente legible, hipnotizante. Una especie de colosal cuento de hadas (o de brujas) sobre la vida. El título no engaña: es una montaña mágica en donde suceden todo tipo de prodigios. La gente ríe bravamente frente a la adversidad, calla cosas que sabe, habla de lo que no sabe, ama y odia y, de la noche a la mañana, desaparece. Esa montaña que representa la existencia, permanentemente cercada por la muerte, es el escenario del combate interminable de los enfermos, que luchan como bravos paladines medievales o escogen olvidar que van a morir. La vida es una historia que siempre acaba mal, pero nos las apañamos para no recordarlo.

Este libro de Mann es una novela amenísima sobre la que pesa una sutil, indefinible sombra de amenaza que oscurece el luminoso cielo montañés. Algo se nos escapa constantemente, algo nos acecha y nos espera, y en ocasiones llegamos a notar sobre la nuca el cálido soplo del perseguidor. Pero además, en medio de ese permanente desasosiego, brilla el sentido del humor, y los personajes participan en juegos y en fiestas, coquetean, cotillean, se enamoran, se pelean y se fingen eternos. Como todos hacemos.

Ahora bien, no es un libro perfecto, porque ni en la vida ni en las novelas es concebible la perfección. La longitud de ese universo-talismán que es La montaña mágica depende de las ediciones, pero viene a ser de unas mil páginas. Y resulta que, desde mi punto de vista, le sobran varias decenas. Dentro del libro hay una parte que podríamos calificar de novela de ideas y que consiste en las discusiones filosófico-políticas de dos mentores antitéticos, Settembrini y Naphta. Intuyo que debía de ser lo que más le gustaba a Mann en su momento, pero yo hoy encuentro esas peroratas definitivamente roñosas y oxidadas, ilegibles, pedantes y pelmazas. Suele suceder con los grandes discursos que los autores meten de contrabando en sus novelas, creyendo que ahí están dando las claves del mundo: por ejemplo, le pasa al gran Tolstói en Anna Karenina, cuando Lyovin, álter ego del escritor, se pone a soltar doctrina.

Quiero decir que probablemente Mann creía que con esas sesudas lucubraciones estaba atrapando el desconcierto esencial de la vida y el caótico derrumbamiento de un mundo que se acababa y era reemplazado por otro (no en vano la novela se publicó en 1924, tras el trauma de la Primera Guerra Mundial), pero en realidad todo eso no lo aprendemos, no lo percibimos por medio de la verborrea mortecina de Naphta y Settembrini, sino en el ciego y desesperado patalear de los personajes a lo largo de la novela, o en la maravillosa escena de la pérdida del protagonista en una tormenta de nieve, en el fragor de la blanca soledad y en el delirio en el que sumerge. Ahí es donde Mann sigue siendo enorme. Por eso creo que hay que leer La montaña mágica y saltarse sin complejo de culpa todas las páginas que te parezcan muertas. O ignorar las tediosas novelitas pastoriles de la primera parte del Quijote. O pasar a toda prisa las aburridas y meticulosas descripciones de ballenas que incluye Moby Dick. Todos estos libros son maravillosos porque crecen y cambian y están vivos: uno no puede acercarse a ellos como si fueran textos sagrados esculpidos en piedra, dogmas temibles e intocables. Sáltate páginas, en fin, sumérgete y disfruta. ]


El artículo al completo... acá.

P.D. Olivia de Havilland y Rita Hayworth en "The strawberry blonde".

lunes, mayo 03, 2010

Obviedades



Llueve, hace un día triste, gris, como si el calendario hubiese ido hacía atrás plantándose en marzo... y me encanta. Subir los cuellos de la gabardina, esconderme entre sus pliegues y caminar bajo la lluvia con las gotas de agua enredándose en mi pelo... aunque todo el mundo diga que es la tarde perfecta para acostarse en un sofá a perder el tiempo. Yo pierdo el tiempo los días de sol viviendo sin vivir en mí.

P.D. Marlene Dietrich

(mucha) Pereza

1. ¿Saben cuál es el peor libro, pero lo peor de lo peor, que he leído en mi vida? Y he leído muchos, muchos libros y muchos libros malos, pero el más malo malísimo fue, hace ya un tiempo, “Perdona que te llame amor”, de un italiano, un tal Moccia. Juro que ha sido de lo más insufrible que me tenido que tragar en mucho tiempo. Y parece que hay una segunda parte y hasta una película dado su éxito que no comprendo… Por supuesto no me perderé ni el uno ni la otra.

2. Leo finalmente “Sin noticias de Gurb” y hasta me cuesta terminarlo pese a sus escasas 141 páginas. Dado que ha sido un regalo y se espera el veredicto, me pongo de acuerdo conmigo misma para mentir y contarle que me ha encantado, se me ha hecho corto, ha sido divertidísimo, etc, etc… afortunadamente sigo con la saga nocilla para resarcirme.

3. Más o menos (aunque en realidad menos que más) tengo un trabajo de 8 a 3 y una vida social cuasi inexistente, pero apenas saco tiempo para dedicarle a este invento y es un quiero y no puedo.

P.D. Por supuesto, sigo sin noticias de Gurb (el cazador cazado).

jueves, abril 29, 2010

A mí... tururú



Entre la Jequeza de Qatar y Adriana Abascal no puedo con mi vida. Y yo quería hablar de la prohibición del velo islámico (con la que por cierto, no estoy de acuerdo, pero eso ya lo he discutido suficientemente).

P.D. Lana Turner y Ava Gardner.

martes, abril 27, 2010

Apátrida

Veo Intereconomía. Sí, lo confieso, a veces veo ese canal de televisión y en este caso quería ver qué contaban sobre Garzón. Y eso sin tener en cuenta que el presentador de “Más se perdió en Cuba” me atrae y me repele a partes iguales (ese hombre da mucho miedo). Los televidentes mandan mensajitos (siempre me he preguntado quién se dedica a malgastar su dinero enviando SMS a programas de televisión, pero ésa es otra historia) y esos mensajes, a veces, dan, también, un poco de miedo, léase el ejemplo: “ya es hora de que obreros y criadas abandonen el Congreso y sólo se permita votar a gente de bien”. Para salir corriendo y cual Miguel Strogoff no parar hasta llegar a Irkutsk.

Traición


Fue una buena tarde. Comida (rape al horno), paseo (mostrar por vez primera a alguien los escondidos Jardines de la Rodriga), compra (ajena y en el Corte Inglés), más paseos y un par de Judas, más compras (en Cervantes y un libro de regalo), café y coca-cola, más paseos y despedida (ya hablamos). Recuperando la normalidad, volviendo a lo que nunca debimos (debí) dejar de ser. Y no es que sea suficiente, pero compartir una tarde con amigos y volver a reír es un buen comienzo de semana. Por supuesto sin noticias de Gurb, que ni está, ni se le espera.

Prometí comenzar y terminar (al fin y al cabo sólo son 141 páginas) en cuanto llegara a casa. No lo hice, me sumergí de nuevo en Paniceiros y su hestoria universal, y ya en la cama traicioné a Eduardo Mendoza con "Luna nueva" y no confundir con ésa de licántropos y vampiros pseudoadolescentes.

Mi vida sigue siendo una película en blanco y negro.

P.D. Carole Lombard y Cary Grant en “It name Orly” (Dos mujeres y un amor).

jueves, abril 22, 2010

Tengo una pregunta para usted

Ustedes dirán si esto me pasa sólo a mí. La mayoría de mis (escasos) contactos (hablo del Messenger) me habla con estados como No disponible o No conectado y cuando realmente está en Conectado no me dirigen la palabra.

Gente que no conozco, personas que he olvidado, gente que no reconozco... me envían invitaciones para que me haga su amiga o cómo se llame en el Facebook. Y yo sólo me he conectado al Facebook una vez en mi vida...

Por cierto, hoy he descubierto lo que es ser un "cani" y parece ser que yo sólo tengo un 9% de posibilidades de serlo (aunque ese 9 ya me parezca mucho).

martes, abril 20, 2010

Y si quieres verme sonreir...



Si quieres verme bailar sólo tienes que cantar esta canción. Si quieres, claro...

De indignación y confesiones



Dudaba seriamente si hablar de ello aquí. Duda un tanto absurda dado mi historial, qué puedo acabar contando que arruine o deforme más la imagen que el lector o lectora tenga de mí. Y al fin y al cabo, si he expuesto públicamente mis miserias (al menos algunas, y las que me quedan) y he hecho público que soy fan de Raffaella y Raphael (al que veré en breve en concierto), contar que me apasionan los (algunos) culebrones no va arruinar más mi reputación (que como cantaba Arjona, no es las primeras seis letras de esa palabra).

Sí, señores, lo confieso; adoro los culebrones; preferiblemente los mexicanos y colombianos (no tanto los venezolanos) por este orden, que en todo hay clases. Su falta del sentido del ridículo, sus guiones impostados, sus rocambolescos protagonistas, las malas interpretaciones, los peores actores y las imposibles actrices, las traiciones, los engaños, los falsos embarazos, los accidentes en carro que dejan ciega, paralítica o desmemoriada a la antagonista, pero sólo temporalmente, porque luego ha de fingir estar, ciega, paralítica, desmemoriada o embarazada para retener al galán de turno a su lado.

Como es lógico tengo un triunvirato particular, una Santísima Trinidad de telenovelas sin orden ni concierto; a los que ustedes queridos míos y sin duda felices en su ignorancia, deberían dedicar algo de su preciosa atención. No concibo vida alguna sin haber visto al menos:

- “Te voy a enseñar a querer” (tarareen conmigo la pegadiza canción que le da título). Herencias disputadas, paralíticos (sólo temporalmente, obvio), apuestos y recientes viudos (y tanto que apuestos) manteniendo relaciones ilícitas con la que podría ser su hija que a su vez es la novia de su hijo, corridas de toros, ex-prostitutas que ocultan su pasado y que se hacen pasar por la hermana de la que en realidad es su hija, estafas, asesinatos, escenas subídisimas de tono y un largo desfile de ropa interior, sin olvidar a un malo malísimo llamado Melquiades Contreras, ni Juan Rulfo, oiga.

- “Huracán”. Donde galán y protagonista se hacían llamar Ulises y Helena, pa’que después digan que en los culebrones la cultura brilla por su ausencia y que no necesita más presentación que decir que fue protagonizada por Eduardo “Juan el Diablo en Corazón Salvaje Palomo. El mejor actor de telenovelas de todos los tiempos, tristemente fallecido.

- “La mentira”. Me emociono sólo de recordar a Demetrio Asunzolo (digno nombre para una novela de García Márquez) y su empecinada venganza contra V. Más paralíticos, falsos embarazos y embarazos verdaderos, traficantes de droga, yonkis y mucho tequila.

Y por qué cuento todo esto, se preguntarán (o no). Pues porque ayer el infame canal de televisión más conocido como Antena 3 tuvo la desfachatez de estrenar una serie llamada Gavilanes, burda copia a lo spanish, de la sin par, inigualable e inimitable "Pasión de Gavilanes", ya saben quién es ese hombre. No se me ocurre justificación alguna para semejante atropello, tal falta de lucidez e ideas, que ha llevado a que Rodolfo Sancho se convierta en un Juan Reyes de tres al cuarto.

P.D. 1 No me he olvidado de "Machos" , tan sólo es que merece un Olimpo propio.

P.D. 2 No se pierdan Nurse Jackie, sin olvidar a Carmela Soprano.

P.D. 3 No me den las gracias.

Secreto a voces



He vuelto a humillarme, o tal vez tenga un concepto mal entendido del orgullo. He hecho feliz a alguien, le he hecho sentirse importante cual Nerón bajando el dedo condenándome no ya a la muerte, sino al ostracismo. Y esta persona ni siquiera me importa... Pero de vez en cuando siento la necesidad de interferir en la vida de alguien, aunque sólo sea para que me aparte de un empujón. Bien, es cierto, técnicamente aún no lo ha hecho, aún no me ha enviado derechita a un rincón envuelta en sombras y aunque tiene toda la semana para hacerlo, para brindarme el silencio, no dudo, ni por un instante, que no vaya a hacerlo. No va a desaprovechar la oportunidad, intuyo.

Te lo cuento a ti porque sé que en parte te sientes culpable, por haberme empujado a unos brazos tan poco receptivos. Y si te dijera que pienso que es gay (aunque esta conclusión, no te equivoques, no es consecuencia del rechazo)… que en realidad no me importa ni me ha importado nunca (aunque no entienda por tanto esta necesidad de dar explicaciones, de revolcarme en un mal orgullo herido)… Y a todo esto, el vasco, por supuesto, no ha llamado.

P.D. Mirna Loy y William Powell en "The thin man" (La cena de los acusados).

lunes, abril 19, 2010

¿Tougher? than the rest



Iba a decir que de este fin de semana no pasa; pero este fin de semana, como el anterior, tengo una cita con un par de personitas que apenas levantan dos palmos del suelo y me llenan de abrazos y besos, de esos que saben a regaliz y sugus de cereza; y tendré que despedirlas como sólo ellas merecen. Si es que el volcán ése, cómo se llame, permite el despegue de su vuelo en dirección hacia ese norte más lúcido.

Pero imaginemos en todo caso que sí, que el viernes (me gustan más los viernes que los sábados), me visto enterita de azul y me acodo en una barra cualquiera y entonces apareces tú, quién quiera que seas, ofreciéndome tu mano y diciéndome, tú sabes, que éste es un pueblo de perdedores, y nosotros hemos nacido para ganar. Que tu coche nos espera fuera y no debemos perder un segundo, que el amanecer nos espera al borde de cualquier orilla (aunque para mí el único mar que cuente sea el áspero Cantábrico).

Porque me he pasado más de la mitad de mi vida esperándote, y aunque no seamos los mejores, nunca lo fuimos; aún queremos seguir estando vivos y la música nunca ha dejado de sonar.




P.D. Anne Sheridan

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