viernes, noviembre 11, 2011

Ya Bruce me lo había advertido... you're all dressed up in blue.




Nunca me imaginé a mi misma aficionándome al fútbol. Siguiendo la clasificación domingo tras domingo. Haciendo cálculos, sumando y restando puntos. 

Y lo curioso es que sí, que me gusta y me divierte. Que no es por complacer, ceder o acompañar... Tal vez sea mi tendencia y querencia hacia las causas perdidas. Que digo yo que si a mis años descubro una filiación futbolera al menos que sea hacia un equipo decadente, venido a menos y eso sí, con solera. Sin olvidar, obvio, que sus colores me sienten bien.

Claro que tampoco me imaginé a Paquirrín convirtiéndose en padre de famila...

Ni a Terelu en la portada del Interviú... 

Pa'habernos matao'.







P.D. Nancy Kovack, Donna Douglas y Sua Ann Langdon

La vida sin usar




Hasta hace no demasiado tiempo, aunque ahora éste parezca tan lejano que incluso a veces dudo de su existencia, cuando aún amanecía en las barras de los bares y las esquinas se quedaban desiertas, jugábamos a ser otras e imaginar nuevas vidas. Fantaseábamos, que no soñábamos, y es que no, no es lo mismo; porque deseos más o menos irreales tenemos todos y hasta llegamos a rozar con los dedos algún que otro sueño chiquito o nos dormimos pensando en lo bueno que sería que se hicieran realidad... que sonase ese teléfono que hace tiempo dejó de soñar, que el que fuera el amor de tu vida lo recordara o que no se dibujasen más horizontes y fronteras, que cada uno ya tenga los suyos...


Y no, tampoco valía eso de si nos tocase la lotería qué haríamos, entre otras cosas porque por ejemplo yo no juego, ni siquiera en Navidad. Pero abríamos el Hola, que puntualmente compraba todos los miércoles la madre de Sal, y hojeándolo, que nunca leyéndolo (como si nos importasen las declaraciones exclusivas de la señá Duquesa y su funcionario o las de la Genoboba de turno), en esas primeras páginas donde el aristócrata correspondiente, imagino que venido a menos y por consiguiente previo pago, mostraba su mansión de la nieve en Saint Moritz, su residencia de invierno en Martinica, su casa a orillas del Garda, en Kenia o en la costa de Amalfi; fantaseábamos con la idea de que eran nuestras y con el tipo de vida que elegiríamos.


Hay quién decía ser una Carrie Bradshaw, armario incluido, un Mr. Big a medida y su apartamento en el 66 de Perry St. Una escritora de frívolo éxito en un New York que nunca duerme. Otra, en cambio, prefería ser Samantha por motivos obvios, o ser una fotógrafa de moda free-lance con apartamento en la calle du Four y un amante no menos de 30 años mayor, con acento francés, obvio.


Yo, como imaginarán, nunca tuve problemas para inventarme otras vidas. Pirata en los mares del sur o concubina de un corsario. Corresponsal de guerra en la guerra de los Siete días o entre los cedros del Líbano. Expatriada rusa en el París de los años 20 o rica heredera norteamericana en el Sorrento de los 50. Scarlett O'Hara en los brazos de Rhet Buttler o si me apuran hasta la sosainas de Melanie Hamilton. Judía amante de un general nazi en el ghetto de Cracovia o hija de emigrantes de Galitzia en el Nueva York de principios de siglo y fundadora de los grandes almacenes Menken, Eleanor Parker en "Cuando ruge la marabunta" o Ava Gardner en "Mogambo", Ninotchka o Mrs. Muir, Rebeca o Mrs. Winter. Dueña de una plantación en la Indochina colonial o activista en la Sudáfrica del apartheid, antagonista en telenovelas venezolanas o estrella de rock con portada en la "Rolling Stone". Top-model en los años dorados, de las que no se levantaban de la cama por menos de 10.000 dólares diarios o descubridora de la penicilina. Amante circunstancial de Don Draper o de Sherlock Holmes en "El perro de los Baskerville", la Luisa de las novelas del joven Marías o protagonista de una novela de Antonio Gala. Sissi Emperatriz de Austria y Reina de Hungría o Erzsébet Báthory, la condesa sangrienta; buscadora de oro en California o pionera en Alaska... y de este modo un largo etc, desde premio Nobel de la Paz a Illsa Lazlo, Tamara de Lempicka, Cersei Lannister, trasunto de Barbra Cartland, Anna Karenina, personaje en "El gran Gastby", la mujer del cuadro, sobrina de Joseph Cotten, Ellen Ripley, superheroína de cómic o señorita de compañía novelada por Jane Austen...


De este modo cuando hace unos días me llama alguien muy entrada la madrugada, para leerme en voz alta una lista puesto que cree firmamente en el poder sanador de éstas y les tiene tanta fe como yo a mi santo Malverde... no puedo evitar recordar cuando jugábamos a otras vidas y descartando que jamás seríamos el objeto de deseo de Marlon Brando, bailarinas del Bolshoi tras el telón de acero, Leonor de Aquitania o Margo Channing; que ya nunca nos amotinaríamos en el Bounty o descubriríamos las Galápagos o bailaríamos como Silvana Mangano, que ya nunca Jacques Brel cantaría para nosotras, ni Mikjail Baryshnikov crecería unos centímetros; volvíamos a nuestras irrealidades preferidas y a nuestros sueños chiquitos, ésos que nos decían que vistiéndonos de azul o esbozando una sonrisa o tendiendo una mano, cambiarían nuestras vidas.


Porque hace mucho que no fantaseo cerrando los ojos viviendo vidas paras las que no nací ni jamás estuve predestinada, y en cambio vivo sin vivir en mí soñando con que soy yo, siendo otra, aunque sea la misma y ya ni siquiera me pongo centímetros, ni me cambio el nombre o el lugar de residencia. Sí podría ser un poco más rubia o tal vez pelirroja, sí, esto último mejor, y quitar un poco de aquí y poner allá y una buen chute de autoestima y de seguridad en mí misma, y librarme de parte de mis miedos y haber leído ese par de libros que se me resisten y esa película de Bergman que nunca consigo terminar, y tener talento y un blog en el que escribiera deliciosos relatos cortos de pura ficción, y una casa dos habitaciones de más con estanterías de suelo a techo llenas de libros y discos, y posters en las paredes, llena de instrumentos, incluido un cello, porque sin llegar a ser una virtuosa yo sabría tocar el cello, y un piano de pared, y un nuevo ordenador...


Pero a mí ya no me urge hacer esa lista... sé que la cara B se va a quedar vacía.














P.D. Hope Lange y Natalie Wood

jueves, noviembre 10, 2011

In love...

Entre otras cosas de esta canción...


Una vida qu'ente nel cielu de les tos manos vacíes


[Hubo un tiempo, casi toda la vida de este blog, en el que yo establecía una suerte de diálogo aquí. Yo escribía y alguien, quien quiera que fuese, leía. A veces se daría por aludido, otras no. En ocasiones la presunción le podría, otras, la desazón.

Ahora que no hay un alguien que me lea, retomo la costumbre... quién sabe, tal vez algún día le haga llegar todo esto. De momento está bien así, ¿no?. Yo escribo, ustedes leen y alguien se queda].






Se dice, se comenta, se rumorea... sostienen al más puro estilo Pereira los hombres, que nosotras, las mujeres; y sí, soy mujer, pese a lo que pueda parecer y que a veces recuerde a un androide que sobrevivió a Rick Deckard; nos acusan de no saber lo que queremos y de que cuando llegamos a saberlo o a tenerlo, cambiamos de prioridades. Nosotras en cambio os acusamos a vosotros de ser simples, que no simplistas; de ser todosloshombressoniguales y de estar en celo permanente. De ser unos de Venus y otros de Marte, y eso parece ser, es algo que nos hace casi incompatibles. Aunque supongo que el casi está el matiz o la diferencia.

Yo siempre he sabido lo que quería. Siempre quise parecerme a Veronica Lake, una vez descartado que jamás sería la reencarnación de Audrey Herpburn y dejé de soñar con ser una princesa por las calles de Roma (acertó Sabina, las niñas ahora sueñan con calzarse unos Jimmy Choo). Quería cantar como Emmylou y que las letras de mis canciones las escribiera Leonard Cohen, y pasearme por un escenario al lado de Mr. Cash y que Bruce me invitara a subirme a su coche. Quise mentir tan bien como Joan Crawford y llevar a la perdición a tipos como Joseph Cotten. Quería bajar las escaleras como lo hacía Bette Davis, y emborracharme como la Garbo y tener las piernas de Cyd Charisse y envejecer tan mal como Lucinda. Quise tener todo lo que no estaba a mi alcance y quería volar lejos y vestirme de azul y que me besaran como Cary Grant besó a Ingrid Bergmann... como yo te besaría a ti.

Como tú me besas a mí...









P.D. Anne Sheridan y Jack Dempsey

Una música inacabada




Me encuentro con "Una música constante". Un libro que en su momento me prestaron con promesa de devolución incluida y que dos años después sigue en una de las tres cajas con libros y papeles que han permanecido inamovibles tras aquella lejana mudanza.

Recuerdo haber asegurado que me había encantado, aunque no fuera cierto o no del todo. La persona que me lo dejó lo tenía como referencia y libro de cabecera. No supe o no quise decepcionarle. 

Lo encontré opresivo. Casi deprimente. Es extraño como la música y la literatura ejercen efectos diferentes en mí. No conozco mejor método para combatir la melancolía vital que la música, a ser posible triste y desgarradora, bien sea Chavela Vargas o Billie Hollieday. En cambio no puedo leer un libro sobre histerias y tristezas ajenas cuando yo me siento así. 

Me recuerdo en el tren de ida o de vuelta, leyendo, con un nudo en la garganta y los ojos empañados de lágrimas. Una historia de amor inacabada como tantas... Una ciudad en la retaguardia, Viena.

No fue en Viena, podría haberlo sido. Hay demasiadas ciudades que se parecen unas a otras. 

No fue en invierno, me hubiera gustado. Me gustaba aquella ciudad sumida en la penumbra invernal; las huellas sobre la nieve que ésta siempre se encarga de borrar, la humedad que cala hasta los huesos y los tranvías como refugio. El frío va bien con la decadencia, las fachadas de las mansiones recicladas para un futuro no mejor entre jardines abandonados a su suerte y los tilos bordeando el río lucen mal ante la luz del estío. La oscuridad desdibuja las formas, opaca los defectos... tal vez por eso me gustaba.






P.D. The third man

Pa'puras vergüenzas




Decía, cantaba, el cansautor Ismael Serrano hace cierto tiempo “... como todas las historias de amor, al menos las más bellas, la nuestra por supuesto también acabó en tragedia”. Y es que es tópico extendido y aceptado que las grandes historias de amor deben de ser trágicas. Aunque a mí sinceramente me parezca una bobería. Siempre he considerado que eso del amor era algo hermoso, probablemente la boba por tanto sea yo, pensarán ustedes. Aunque más temprano que tarde llegaran las rebajas y acabáramos en saldos de compra-venta (depende de la opción que cada cual eligiera o le tocara); que está muy bien eso del cariño, cantaba el otro. En todo caso de vez en cuando y sin plantearme ni de lejos eso de matar o morir por amor si me gustaría vivir una pasional, que no trágica, historia de amor. Ese ni contigo ni sin ti al estilo  Richard Burton vs. Elisabeth Taylor, y no como la boba de Julieta que acabó suicidándose por Romeo. Al menos Liz, la de los ojos violeta,  se volvió a casar otras siete veces (¿o fueron seis?).

Creo que a todos nos debería corresponder al menos vivir una a lo largo de nuestra vida, como aquellos cinco (¿o eran quince?) minutos de fama. Seguramente, o no, aprenderíamos lo suficiente como para no repetir los míseros errores que arrastramos una y otra vez. La mía incluso tendría banda sonora, la discografía completa de esa inconmensurable dama llamada Paquita la del Barrio, a ella pues, en cuestiones de despechos no le gana nadie.

Recién sonaba “Tres veces te engañé”, mítica canción entre muchas de las suyas, y a mí que siempre he cerrado puertas y heridas en la más absoluta de las discreciones me entran tremendas ganas, tras unas Pacífico de más, de tener a un tipo delante y cantarle con auténtico sentimiento todas esas lindezas. Pero no tengo a nadie, por no tener no tengo ni oído, ni voz, ni sentimiento... y aunque busque y rebusque en mi pasado no lo encuentro, nadie se ganó mi odio, ni mi rencor eterno; nadie se ha hecho merecedor de ser tildado como una rata de dos patas, y qué lástima, que el mío haya sido el único corazón de hotel.





miércoles, noviembre 09, 2011

La piel me é forana










William Hurt: No deberías llevar esa ropa.

Kathleen Turner: ¿Por qué? Sólo es una blusa y una falda.

William Hurt: Entonces no deberías llevar ese cuerpo.




[Fuego en el cuerpo]

De la salud y otros demonios

[Que digo yo que deberían estar prohibidas las páginas éstas de salud y autodiganóstico...]






Hoy ha sido la típica mañana perdida entre la sala de espera del médico y las respectivas colas que tuve que seguir. No me gusta conocer las enfermades ajenas. Que la señora a mi lado sentada me enumere todos sus males. La tensión alta, el colesterol, el sintrón... nunca fallan pese a sus buenos deseos y su "que te mejores, guapina", como si yo igualmente hubiese hilado mi historial clínico a lo largo de esos no menos veinte minutos de espera.

Pese a todo hoy eché de menos ese tipo de conversación. Aunque la espera no fuese especialmente larga de poder haber elegido me hubiese quedado con el monólogo sobre lo cara que se está poniendo la vida, la artritis, cualquier tiempo pasado fue mejor, los nietos o la pérfida nuera; y no tener que aguantar a mi vera, a ambos lados, a dos post-adolescentes con la música de sus respectivos teléfonos móviles a todo volumen. Otros dos hombres, en la veintena avanzada, en estado semicatatónico sin despegar la vista de sus pantallas y los pulgares de sus teclados. Sin olvidarme de la vocingleras de turno que considera que sus conversaciones y circunstancias vitales vía telefónica interesan a todos.

No. definitivamente no me gusta ir al médico. Yo casi nunca estoy enferma. Nunca me duele nada, o casi nada. Rara vez me quejo (de vez en mes suele haber una excepción). En mi casa no hay aspirinas, ni paracetamol, ni un armario ad hoc destinado a botiquín. Nunca he estado, que yo recuerde, de baja laboral en mi vida. Nunca me he roto un hueso, portado una escayola o sufrido un esguince. Nunca me duele la cabeza... pese a mis trastornos crónicos que hacen que de cuando en cuando tenga que hacerme análisis, recoger la receta de turno y sentarme frente a mi médico de cabecera que siempre espera que me queje de algo como si tuviera que justificar o excusar mi visita y decir que se me ha acabado el Eutirox no resultara suficiente.

Siento cierto pudor en esas ocasiones. Y qué absurdo, que al fin y al cabo el médico realmente está para eso, para contarle lo que va mal, lo que intuyes que no funciona. Pero es que a mí siempre me pasan cosas raras, aunque imagino que en un ambulatorio hace tiempo que no se asustan con nada. Y cuando por fin me lanzo y digo que a lo mejor, que si no sé si debería preocuparme, que si esto o lo otro; la respuesta inevitable (y afortunadamente) es la misma. Haremos unos análisis, pero no te preocupes, no es habitual, no es peligroso, vamos a dejar que pase un poco de tiempo. No tiene ninguna importancia... 

Y salgo de la consulta aliviada, como si me hubiese quitado un peso de encima. Pero luego comienzo a recorrer los 25 minutos a pie que separan el ambulatorio de barrio con mi centro de trabajo y pienso que no puede ser normal que a mí nunca me pase nada y cuando me pasa en realidad tampoco me pasa nada. Llego a la oficina y me siento delante del ordenador, lo enciendo, abro el navegador, me coloco en google... y ya se imaginan... qué esquiva se vuelve a veces la ¿suerte?



P.D.Maureen O'Sullivan y Franchot Tone en "Between two women".

Siempre digo la verdad, incluso cuando miento digo la verdad


9


[Para D. y R., por los momentos de desmemoria]


Si algo he tratado de conseguir en esta vida es que los demás, los otros, no tengan que pasar por situaciones en las que a mí no me gustaría verme. A pesar de un puñado de lecciones mal aprendidas lo hice. No quería. Pero lo hice. Conscientemente. No pretendo disculparme. Y a estas alturas un “te lo advertí” ya está fuera de lugar.

Un corazón amputado más no inclina mi balanza. Ni fui buena ni quise ser mala aunque de cuando en cuando no pueda evitar caer en las redes de esa Veronica Lake que todas llevamos o pretendemos llevar dentro.

Cuando ya he sido juzgada debería ocupar un lugar en la desmemoria ajena y no ser más que un número de teléfono que pronto ha de ser olvidado, borrado y sustituido por otro; posiblemente más cercano y humano. No olviden que yo nunca quise acercarme, ni comportarme como la mujer que se esperaba que fuera.

No tendría que ser yo la que ayudara a hacer las maletas... pero no quiero, y menos justo ahora, que alguien se lleve algo que me pertenezca.

Haja o que houver







Cuanto espero del mundu, téngolo yá nes manos.

De la fe, les veletes del xelu sol cielu azul de xunu.
Del amor, el primer fogonazu y la certera bala.
De la nueche, la estrella cola que mio ma llee
de nueche los mios versos.

Del silenciu, los güeyos.

Del inviernu, los páxaros.

Cuanto espero de Aurelio González Ovies




P.D. Ava Gardner y Mickey Rooney

martes, noviembre 08, 2011

I don't have a heart... eso todo el mundo lo sabe




Últimamente me he dado cuenta; me he especializado en dar consejos, en decirle a la gente lo que debe o no debe hacer, en indicar el camino a seguir y las palabras precisas a pronunciar y escoger.

No deja de tener su gracia que alguien como yo les diga a los demás cómo actuar o sobrevivir y tirar p’alante a causa del despecho ajeno y del desamor. Precisamente yo, que si de algo no sé, aun no sabiendo de nada, es de amor.

Recordaba ahora, cuando estoy consiguiendo quitarme de las series de vampiros y ya sólo les rindo pleitesía a los hermanos Salvatore… The vampire diaries, ya saben… los de las muecas y guiños cuando quieren poner cara de malos...

Inciso para anunciar que con True Blood finalmente he visto la luz de final de túnel, y si no fuera señorita bien educada les diría a dónde he mandado a la mismísima Sookie Stackhouse.

Recordaba, pues, una de esas absurdas series de vampiros, The Gates. Una imposible mezcla entre vampiros, hombres lobo, criaturas sobrenaturales y brujas...

Hago de nuevo un inciso para malmeter contra esta tendencia cada vez más extendida en las teen series de vampiros, la de incluir brujas todopoderosas, en algunos casos, tomen nota de la osadía, procedentes de Logroño (si al menos fueran de Zugarramurdi). Porque cuándo se ha visto a una witch disfrazada de bitch, come on sugar darling let me scrath your itch volviendo catatónico al mismísimo Eric Northman… para los no iniciados un vampiro vikingo y guapérrimo de mil años de antigüedad o de edad, que en el caso de los Nosferatu viene a ser lo mismo. Ay, si Fritz Lang levantara la cabeza. Se iba directico a tomarse unos güisquis con Allan Poe y Bram Stoker, ver para creer...

Cierro el segundo inciso...

En esa absurda serie de vampiros (y de hombres lobo, y brujas y criaturas sobrenaturales), The Gates, recuerden…

Tercer inciso… repito el nombre para que se queden con él y no caigan en la tentación una triste tarde de domingo de echarle un ojo. Que si en una tarde triste de domingo hay que caer en alguna absurda tentación mejor sintonicen Intereconomía y caigan en las garras, digo redes, infinitas de Juan Manuel de Prada y su ya señora creyéndose Maureen O’Hara y John Wayne… Porque lo espinoso del asunto es que efectivamente se lo creen (supongo que él también se creerá que su señora esposa le ha dado el consentimiento por amor al arte y no precisamente al televisivo).


No me den las gracias, que si tienen suerte igual hasta les ponen una película de ésas de verdad. Y no sean exquisitos que el cine se inventó en blanco y negro...

En The Gates, reitero, a la manera de Mary “Downton Abbey” Crawley, ya saben “I don’t have a heart”, un ente de ésos; persona, animal o cosa, quién sabe, que para eso ya lo cantaba Rafa Pons; no sólo se pasea por las calles sin corazón, sino que lo guarda en una caja… que acaben robándosela y por ende el corazón, es otra historia…

Y no me digan que no sería una maravillosa solución para las Mary Crawley que en este mundo son y han sido. Para las portadoras my way de un corazón de Frankenstein apuntalado con hilos de mil colores y agujas de remendar.

Una caja de jacarandá para guardarlo, para tenerlo a buen recaudo, a salvo de las inclemencias emocionales, de la lluvia salada de las lágrimas y de las nostalgias tatuadas.








P.D. Anne Francis

It takes two when it used to take one



Del mismo modo que existe el día sin humo, aunque éste ya casi carezca de sentido con todo este afán prohibicionista (y yo diría que inútil); o el día sin coche y los centros de las ciudades se cierran al tráfico (medida que a mi juicio debería extenderse a todos los días del año y a a hacer uso, y abuso, de los transportes públicos, a caminar sin fin por las aceras o a pedalear hasta la extenuación), deberían instaurar el día sin reloj (tal vez exista y yo no me haya enterado)... y deberían prohibir salir a la calle con él en la muñeca y permitir llegar tarde a las citas, y saltarnos las comidas y los horarios...

Y lo dice alguien que es extremadamente puntual. Que casi nunca llega tarde, que casi siempre con los cinco minutos de antelación de rigor, que casi siempre espera... y que por vez primera en mucho tiempo, no desespera.














P.D. Audrey Herpburn y Gregory Peck en "Roman holiday".

Sed de ilusiones infinita




"Hay algunos hombres malos,

hay algunos hombres buenos,

hay algunas miradas que no miran nada,

que olvidaremos..."



Andres Calamaro









Es tan fácil hacer daño. Aunque no queramos...


Pero las más de las veces en nuestro fuero interno lo estamos deseando. Que me recuerde, ¿no?, aunque sólo sea porque me odia.


Perversiones que tiene la anhelada inmortalidad.









P.D. Maureen O'Hara y John Payne en "To the shores of Tripoli".

lunes, noviembre 07, 2011

Don't let us get stupid...





A mí es muy fácil engañarme. Si alguien se lo propusiera, digo... que no creo que nadie pierda parte de su tiempo contándome milongas paraguayas. Pero de hacerlo, de tener la intención, la necesidad o la querencia, les resultaría insultantemente fácil porque yo me creo todo lo que me cuentan a la manera de mi sobrina de apenas tres años cuando se aburre en el coche y se cansa y decide reclamar su cuota de atención y se pone a lloriquear. Su hermana de casi cinco, para distraerla, le dice que mire por la ventana, que hay un burro volando... ella deja de gimotear, estira el cuello y pega la nariz al cristal con la obstinación en su gesto. Si su hermana mayor le dice que los équidos vuelan, ella no será quién lo ponga en duda.

Me sucede un poco lo mismo. No importa si eres el amigo más fiel, mi amienemiga favorita, el cuñado que no es familia, el mejor de los amantes, la vecina del sexto que siempre riega sus plantas cuando yo acabo de limpiar los cristales, el ilustre desconocido con el que me cruzo en los semáforos o el más enconado enemigo. Tú cuentas y yo te creo y no dudo ni discuto lo contado. Puede que no le de importancia, ubicación o interés. Puede que te tenga en tan alta estima que ni se me ocurra que faltes a la verdad. Puede que allá tú, que la vida son dos días y la imaginación es libre, que ya otros levantaron los adoquines.

Puedes por tanto revolver la verdad, agitarla a la manera de la pequeña Violeta; ella que dice que las verdades siempre sobran y a mí el tiempo nunca me falta... yo la escucharé impertérrita y asentiré cuando proceda.

Sí, es fácil mentirme, y las más de las veces ni siquiera sé que me mienten. Porque aceptar una mentira como verdad no siempre implica aceptar una verdad como mentira; aceptar que el que cuenta no fabula, no imagina, no inventa... porque yo acepto, pero no entiendo. Y no entiendo la cobardía, que es la madre de todas las mentiras.




[Y aún no he decidido qué habrá de sonar aquí]




P.D. Peggy Dow






[Para los suspicaces, siempre al acecho, que haberlos haylos. 
No, ésta no es la crónica de una mentira..
.
O tal vez sí... 
Ayer, un gesto cotidiano, sin nombre y apellidos, sin importancia,
 me llevó a otro gesto de hace mucho tiempo atrás, más de un año sin duda;
 con iniciales, vocales y consonantes;
en otra vida; en otra ciudad, siempre de paso.
Y volví a recordar la inutilidad de la mentira, de mentirme a mí, que todo me lo creo... 
incluso cuando yo no me importa].








jueves, noviembre 03, 2011

Para vivir


Dicen algunos que la infancia es nuestra patria, y yo añado a esos algunos que tal vez lo sea sólo para determinadas personas. Lo sea o deba serlo, al menos para los que por caprichos del destino habitamos este bien o mal llamado primer mundo. Nos brindan cariño, protección, un mundo a nuestra medida, caprichos y deseos; en algunos casos educación o respeto. 

Pero a veces la vida opta por tomar caminos raros, no esperados, para los que no estamos preparados ni a los que sabemos o no nos han enseñado (o dado el suficiente valor) a enfrentarnos. Y ahí es cuando todo se desbarata y se viene abajo sin trincheras ni refugios. Se buscan soluciones que no se hallan pues difícil es encontrarlas para problemas a los que cuesta siquiera identificar. Se tienden manos de consuelo, consejos desubicados o pretensiones de ayuda. Al final tan sólo queda el silencio como el telón que cae sobre el escenario poniendo fin a la función ocultando camerinos y tramoyas.


La felicidad en ocasiones se alía con la suerte, con el azar, o con los Dioses a los que algunos  rezan. Y yo, que siempre sostengo que la suerte no existe o que en su defecto hay que buscársela, la reclamo hoy y ahora. A veces no hay esquinas que doblar para encontrársela y es necesario conjugarla para que venga a nuestro encuentro. Ojalá ésta sea una de ellas.







[Acá debería sonar Lucinda... Lake Charles]

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