viernes, febrero 24, 2012

Down at the twist ans shout



"We can't speak like lovers we used to be.
We can't change ancient history
and love wounds with such simplicity
and I threw it down, down down down, down..."




Regreso de la biblioteca. Me gusta ir a tratar de estudiar allí, a perder el tiempo entre libros y leerme las páginas finales de novelas que nunca leeré. El piloto del contestador parpadea, pero sólo le sigue un pitido intermitente. Saludo al portero con un lacónico buenas tardes y recuerdo que anoche tuve un extraño sueño con él, pero sin ser él; tenía otra voz, un acento uruguayo, como aquel de mis viejos amores. Escucho a Mary Chapin Carpenter mientras me descalzo y me hago reverencias a mí misma a lo largo del pasillo al quitarme la ropa. Ya llego tarde y aún tengo que vestirme de señorita bien ubicada.

Y te vi. Esta tarde, hace un rato. Cruzando la plaza de la Gesta. Tal vez salías de la cafetería del Auditorio, donde casi siempre nos citábamos. A ambos nos gustaban los lugares impropios.

No sabía ni imaginaba que estuvieras aquí. Te sabía lejos, en la distancia y aún más en el tiempo. Te observé, dudé si acercarme y saludarte, hey, babe, here I am... Pero no lo hice. No hubiera sabido qué decirte, y cuando levanté la vista de nuevo, habías desaparecido en el subsuelo del parking.

Estabas guapo. Aunque tú no hubieses estado de acuerdo, siempre afirmabas sentirte ajeno a ti mismo con traje y corbata. Pero lo estabas, con tu gesto serio y adusto concentrado en tu Blackberry y tu nudo Windsor a medio deshacer (no me dio tiempo a aprender). Decías sentirte disfrazado cuando tocaba ponerse el saco gris, y yo no podía evitar sonreír y pensaba lo mucho que me enternecía veros desubicados entre patrones y solapas.

Nunca imaginé que fuera a ser así, un visto y no visto, un saludo abortado, unas palabras que no llegaron a salir, besos dados al aire. Siempre pensé que si alguna vez volvíamos a encontrarnos nos perseguirían un reguero de reproches y promesas incumplidas. No llegamos a ser amigos, no nos llamamos por nuestro cumpleaños ni nos felicitamos el nuevo año. No volvimos a contar el uno con el otro; y yo imaginaba palabras de más y explicaciones de menos. Llas que tú nunca dabas y por tanto nunca pedías; y yo, obvio, por tanto no contaba. Si tú no querías saber o no sabías preguntar, ni modo, no iba a ser yo. De atrofiada emocionalmente a atrofiado socialmente, hablar de lo que sentíamos nunca fue lo nuestro y de tanto que nos callamos, nos callamos hasta el final.

Recuerdo que una vez sí nos vimos. Como tantas otras noches, aunque esta vez por separado, en el Ca Beleño. Estaba acompañada de los madrileños y te vi de pasada al acercarme a la barra a pedir mi segunda Guinness. Estabais ambos sentados en una mesa del fondo, al final del humo y las conversaciones y supe que no me habíais visto. Podía haber vuelto a mi sitio y ciertamente estuve tentada de hacerlo, pero me dije que ya era hora de comportarme como una mujer adulta y que no podía pretender esconderme cada vez que fuera a encontrarme contigo. Así que con la mejor de mis sonrisas y uno de esos, mis chistes malos, en mis labios, me acerqué a vuestra mesa, os planté un par de besos a cada uno y supongo que hablé mucho y demasiado deprisa soltando una buena sarta de tonterías. Volví con los míos con la satisfacción del deber cumplido y pasados no más de cinco minutos, a pesar de que juraría que vuestras respectivas cervezas estaban intactas, pasasteis a mi lado con un vago gesto de despedida en dirección a la puerta. Dos semanas después me preguntabas vía correo electrónico qué habías hecho mal. No supe contestarte.

Y hoy, esta tarde, al verte, no sentí nada.




En mi habitación siempre son las cuatro y diez



Una vez quise que vieras "Los gozos y la sombras", la serie de TVE, que del libro de Torrente Ballester ni hablamos. Intenté convencerte con todo tipo de argumentos que empezaban y acababan en Charo López. No lo conseguí. No recuerdo el por qué de mi empeño, nunca he pensado que haya que compartir las mismas filias, aunque tú y yo ya no compartiéramos nada.

Yo habia visto la serie muchos años atrás, en vídeo, en aquellos temibles meses del que fue el peor de los inviernos. Leo y yo secuestrábamos el reproductor de VHS y la televisión y cada día visionábamos un capítulo ante las quejas del respetable. Aquel ambiente opresivo en el que siempre estaba lloviendo y que a mí tanto me recordaba a mi norte, era cambiado, a su fin, por el paisaje nevado que nos rodeaba. No paró de nevar aquel año... Aunque éramos jóvenes y el frío no nos daba miedo. Temíamos a aquel pueblo en medio de la nada, a sus gentes y ese improbable acento que nunca llegamos a dominar del todo... Y nos dabas miedo tú, la única luz de aquellos días. Sabíamos que un buen día tendrías que elegir. No te dio tiempo, llegó la primavera y con ella, el deshielo.

De aquellos días recuerdo poco. La nevera improvisada en el alféizar de la ventana. Los viajes en tren entre paisajes helados, ¿alguna vez han visto la desolación de una llanura envuelta en hielo? La calidez de Grönemeyer mostrándonos que siempre hay un camino... nunca, nunca, nunca, me olvidaré de esa canción. El frío comiéndose nuestras uñas moradas. Nuestra colección de boinas y la honestidad brutal de Calamaro que nos brindó banda sonora sin pedir nada a cambio.

Y recuerdo a Eusebio Poncela recién llegado de Viena, que día tras día se colaba en nuestras vidas... hasta que llegó esa película... Cuando no sabíamos que hacer, siempre nos decíamos, vamos a ver "Martín H", aunque al final siempre dejáramos de lado la pantalla. Ése se convirtió en nuestro grito de guerra. Pero que mal estandarte hicimos de él.

Sigo escuchando a Grönemeyer, suena ahora la canción... Sigo viendo "Martín H" cuando no sé, ni tengo nada mejor que hacer. Sigo pensando que hay que follarse a las mentes. Sigo queriendo que alguien me permita colarme en sus sueños aunque ya  no busque a alguien a quién contarle que aquél fue el peor de los inviernos.


jueves, febrero 09, 2012

Es wäre auch zu früh, weil immer was geht...



Me gusta Berlín porque es una ciudad de la que uno no espera nada. Nadie llega a ella en busca de la modernidad o de las ofertas en los almacenes Harrods. No es la ciudad del amor como Venecia, pese a sus sucios canales, ni se pretende vivir la llegada de la primavera, nunca fue una fiesta. No es Roma con su caótico tráfico cotidiano, ni sus romanos enfundados en trajes a medida y miradas lascivas. Ni siquiera Amsterdam con ese viciado aire de libertad que bruscamente desaparece cuando uno se adentra en el Rosse Buurt. Si acaso, lo único que le urge al turista despistado, que no quiere ser turista en tiempos políticamente correctos, es hacerse una foto ante los escasos restos de aquel famoso muro o buscar y encontrar, si la suerte está de su lado pese a la desaforada construcción y especulación inmobiliaria, algún vestigio del pasado comunista, no tan lejano, en forma de gris edificio de viviendas.

Me gustan sus inviernos con noches que rozan la eternidad y días tenuamente iluminados por farolas de escasa luz amarillenta. Los paseos helados entre la bruma y los sauces a orillas del Spree esquivando las sombras de un pasado decadente en una ciudad que nunca se ha creído su historia. Los cafés donde las damas, siempre vestidas de domingo, apuran sus tazas de café entre galanterías.  Las panaderías con sus Krapfen humeantes rellenos de mermelada de frambuesa. Glühwine, que siempre desecho, para calentar las manos; uñas moradas por el frío, sorteando a los escasos peatones. Y Alexanderplatz como punto de encuentro, promesa de una primavera que aún tardará en llegar. Para entonces yo ya no estaré en Berlín.

jueves, febrero 02, 2012

Para que veas que no te guardo rincón*




                                      No es que me conforme, ni me basten unos pocos minutos o apenas media hora; tampoco que me sobren los días...


       Que yo siempre he necesitado tiempo para ser certidumbre y evidencia,
para ser vaivén de palabras y silencios.


 Y como decía el poeta, 'qué pena, amor, que tu presencia dependa tanto de tu cuerpo'.







P.D. Audrey Hepburn


*Nicanor Parra

La importancia de ser bellas


Pues va a ser que sí, aunque sea políticamente incorrecto decirlo, o precisamente por eso.

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/01/31/actualidad/1328026312_166358.html


P.D. Hildegard Knef

viernes, enero 27, 2012

Todos hemos perdido tanto que probablemente hasta lo hayamos olvidado... y cuando todo se acaba aún tenemos algo que perder



Ayer, a última hora de la mañana, entró en la oficina murmurando, asegurando a quien quisiera oírle, que olía a nieve. Alguien hizo alguna broma sobre la noticia que por enésimo día consecutivo venía en portada de los periódicos locales, la presunta ola de frío polar que se abatiría de forma inminente sobre el Principado (entre otros lugares, imagino) y que traería, parece ser, nieve y termómetros en bajada permanente, it's gettin' colder.

A mí sólo se me ocurrió preguntar. Las preguntas siempre son una buena forma de combatir la indefensión aunque suponga asumir el riesgo de que no te gusten las respuestas, esta mañana sin ir más lejos. ¿Era en Oviedo donde olía a nieve (yo me disponía en ese momento a salir a la calle) o en Ibias (para los profanos, lugar perdido de la geografía asturiana), de donde venía?... En Ibias, aquí huele a lluvia. Saqué el paraguas por tanto. Fin de la conversación.

Pero hoy sí hace frío, o al menos esta mañana a las siete y diecisiete minutos lo hacía. Frío de nieve, y sí, olía a nieve, aquí en Oviedo, imagino que también en Ibias. Escasa media hora más tarde entra frotándose las manos para entrar en calor y vuelve a hacer el mismo comentario con la medio sonrisa expectante y desdeñosa que se les desdibuja a los niños de ahora ante la sección de vídeojuegos en el FNAC. Que va a nevar, que sí, que huele a nieve.

Cinco, tal vez diez minutos después, se me acerca sigilosa la Reina del Sur y me invita a acompañarla a la máquina de café a tomar un sucedáneo de café con sucedáneo de leche en un vaso de plástico, cucharilla de plástico y tres de azúcar. Comienza a hablar de esto y de lo otro, o lo que es lo mismo, de éste y del otro. No me libro de la sensación de que en realidad quiere contar o preguntar algo en concreto y no entiendo muy bien adónde quiere ir a parar. Tal vez algún cotilleo, alguna información vital para nuestra supervivencia laboral; una alegría en medio de tantas miserias, aunque esto último sea altamente improbable.

-¿A qué huele la nieve? ¿Es una broma no? Que la nieva tenga olor, que se perciba, que se sepa que va a nevar más allá del anuncio del hombre -o la mujer, siempre tan políticamente correcta ella- del tiempo anunciándolo. ¿Eso es como lo de las nubes del anuncio ése donde te dicen que hay unos días al mes en los que hay que darle gracias al Dios al que algunos le rezan por ser mujer, no?


Mi cara de 'no entiendo nada de lo que me estás contando' la fuerza a seguir hablando y contando y explicando y preguntando. Que no lo entiende en el caso de que no sea una broma. Le aclaro que no, que no lo es. Que hay días de invierno en los que huele a nieve, y días de otoño o de primavera en los que huele a lluvia, días de verano en los que se avecinan las tormentas; que eso lo sabemos todos, que cualquiera que haya mirado alguna vez al norte lo sabe. Pero ella no entiende, ella dice que sabe a qué huele el mar embravecido de su estrecho, el olor a algas, a sal, a pescaíto frito, a manzanilla, a jara y a romero, a qué huelen los días de Feria. Y pregunta si el olor a nieve es como el de la hierba recién cortada, pero yo le digo que no, es como cuando se avecina l'aire les castañes, el Föhn, el viento del Sur; como cuando en Xixón sopla el nordeste... Y ella dice que los norteños somos muy raros.

Pero sí, hay días en los que huele a nieve y una sabe que ésta se avecina sin necesidad de escuchar al hombre o a la mujer, siempre políticamente correcta, del tiempo. Sin necesidad de comprobar en el termómetro que la temperatura ha subido o bajado hasta situarse en torno a los cero grados. Y trato de explicarle, pero no sé y ella no me entiende. ¿Cómo explicarle a alguien que apenas ha visto la nieve? Escasas cuatro veces en los últimos cinco inviernos. Que nunca disfrutó de ella en su infancia, que nunca se ha visto envuelta en una batalla campal de bolas o se lanzó en un viaje suicida con un trineo por una ladera sin destino. Que no se ha visto hundida hasta el alma en ella. Que no ha visto nevar un día tras otro y otro y otro más, en el que fue el peor de los inviernos.

Aquel invierno en el que olía tanto a nieve que mi nariz no dejaba de sangrar (juraría en ocasiones que en otra vida fui de sangre real y varón). En el que todas las mañanas al salir y pisar la calle, al hollar la inmaculada nieve virgen, impoluta y deslumbrante caída durante la noche, la sangre inevitable ensuciando hasta el límite de la indecencia. Sucia como mi vida de entonces. Vacía, como el pequeño cerco que dibujaba tiñendo de rojo el blanco, por momentos, hasta que los copos de nieve que con un poco de suerte volverían a caer, harían desaparecer. Y eso significaba que sería un buen día, que seguiría nevando, que el termómetro subiría hasta quedarse en menos 3 o menos 2, tal vez al mediodía en torno a los cero grados, y luciría un tímido sol, nunca suficiente para caldear nuestros corazones, pero siempre necesario. Y cuando ese viernes me emborrachara en el Enchilada -sentido del humor el que le puso ese nombre a ese bar en ese pueblo perdido entre montañas tan lejos de México, tan lejos de todo- podría compartir con Manuel, el cordón umbilical que me mantenía unida a las sonrisas y a mi lengua, el camarero mexicano, tan lejos de México, tan lejos de todo. Ese rayo de luz, de esperanza; de que el fin del invierno tendría que llegar en algún momento.



Y cuando ya estamos a punto de regresar a nuestros puestos a reiniciar nuestra laboral mañana de viernes, vuelve a preguntar. ¿Y el hielo? ¿A qué huele el hielo?... A nada, el hielo no huele a nada, el hielo quema, abrasa, vacía... pero no huele. Basta mirar hacia el cielo en una noche cualquiera de invierno, si está plagado de estrellas, ni modo, amaneceremos con hielo en nuestros corazones.





P.D. Julie Christie y Omar Sharif en ¿hace falta decirlo?

miércoles, enero 18, 2012

Apaga y vámonos

Siempre dije que si alguna vez me iba nunca me despediría, que lo haría sin avisar y sin hacer ruido, de puntillas, un día cualquiera… Pero estos más de cinco años se merecen un final medianamente digno, en el caso de que las palabras, mis palabras, puedan llegar a ser dignas.

No hay motivos, ni razones, ni argumentos; al menos no merecedores de ser aquí expuestas y expuestos. Simplemente me voy.

Probablemente volveré en algún momento, no sé si pronto o muy tarde. No sé bajo que nombre ni bajo que bandera, encontrar la entrada a otro laberinto no me resultará fácil.

A algunos de vosotros os debo mucho, a otros, por qué no decirlo, absolutamente nada.
En todo caso, señoras y señores, ha sido un placer.

P. D. Y como siempre he dicho deja tus paranoias o tus deseos, gritos al aire, diarios, confesiones, declaraciones de amor o de guerra, o simplemente tu firma, tu mensaje, tus besos, saludos o consejo, bromas o entusiasmo, reminiscencias o cañones recortados… Siempre estaré al otro lado, daeddalus@gmail.com.

martes, enero 10, 2012

Envenenándome de azules


A veces, de rato en rato, de tarde en tarde siento el irrefrenable deseo de volver a tener 15 años, o 20, o incluso 25; cualquier edad racionalmente irracional. No por parecer más guapa, más mona, más joven o más delgada. Ni siquiera más ingenua, que eso viene conmigo de serie. No por deseo de volver atrás con todo lo vivido y lo poco aprendido, eso me es indiferente pues sigo tropezando con las mismas piedras con las que tropezaba hace veinte años... Hubo un tiempo en el que decir veinte años era un mundo; hace veinte años no eras nada, no tenías apenas recuerdos. Ahora, hace veinte años ya había una vida. Y eso da un poco de vértigo.

Si ahora estuviera aquí con 23 todo sería absurdamente más fácil. Tendría eso que algunos llaman 'la vida por delante', generalmente escasas preocupaciones más allá de que no se me fuera a correr el rímmel o que mis vaqueros favoritos estuviesen disponibles para la noche de viernes. Probablemente estaría planeando ir al cine, no le quitaría ojo al teléfono esperando una llamada que puede que sí o que puede que no se fuera a producir. Incluso puede que fuera yo la que llamase. Estaría echando de menos a alguien, a lo mejor a quien nunca tuve. Me habría peleado con Sal con motivo de su último 'buenoparanada', tendría cervezas enfriando en la nevera y un curso de idiomas a medio terminar.

No recuerdo dónde estaba yo a los 23, tendría que hacer sumas y restas vitales. Puede que en un pueblo con mar o puede que a muchos cientos de kilómetros de donde estoy ahora. Tampoco recuerdo la vida que llevaba entonces, con quién me relacionaba y ni siquiera sé de cierto que la vida fuese más fácil, que la vida mancha y eso lo sabemos todos. Pero todo encajaba. Podía pasarme una tarde entera encerrada en mi habitación escuchando música sin saber qué hacer, o encadenar películas en blanco y negro y helado. Podía ser huraña e ingrata, soberbia e insegura. Eran cosas de la edad, de una vida a medio hacer. Podía llorar, y no sólo en los cines y engancharme de cualquier tipo que me prometiera la eternidad que dura una fin de semana.

Eran cosas de la edad, de una vida a corto plazo. Eran lujos que una podía permitirse; emborracharse de tristeza, modificar la realidad a nuestro antojo, soñar despierta y trazar senderos de baldosas amarillas. Conducir toda la noche y calificar de gilipollas a todos los tíos del mundo mundial que preferían a cualquier camarera que jamás les miraría a los ojos antes que a mí. Los duelos duraban menos y los estados idiotizantes eran pasajeros, nunca faltaba un roto para un descosido y siempre había alguien dispuesto a hacer causa común conmigo.

Pero ahora no, ahora no es de recibo sentirse como una recién estrenada veinteañera en guerra con el mundo y parte de sus habitantes, con ganas de llorar a cada paso que doy para retroceder. No tiene sentido sentir y pensar, y querer y desear; no querer o poder o saber aceptar. No es posible saber pero no creer y estar sentada delante de una pantalla en blanco un día cualquiera a la tarde y enfadarse pero no gritar, y no perdonarse; y caer y no querer levantarse como si todavía tuviera 20 años y todo nos estuviese permitido. Por creer que los sueños que se tienen a los 15 se harán realidad pasados los 30.


lunes, diciembre 12, 2011

Si yo sólo pasaba por aquí... y es lo que tiene, no me pude resistir



Iba a hablar de fútbol... tenía (tengo) una foto y una canción en la recámara; pero al modo de el joven Marías no quise saber pero supe y la curiosidad mató al gato, que ojos que no ven, corazón que no siente... y no es que no sepa qué decir, es que no sé qué pensar. Acostumbrada estoy a quedarme sin palabras, pero no sin ideas.







P.D. Laura Antonelli

Try (just a little bit harder)



Sobre el papel sé reconocerlo, sé expresarlo. La felicidad no es más que adaptarse a las circunstancias, por adversas que sean. No ya conformarte si te vienen mal dadas, sino saber darles la vuelta. Ver la botella medio llena. No lamentar lo que no fue porque probablemente nunca pudo haber sido. Sacar alguna lectura, no siempre evidente, de los errores del pasado, aunque sin mirar atrás; no vaya a convertirme en estatua de sal y muchas veces, las más, sea inevitable repetirlos. Saber cambiar de dirección y velocidad, cruzar la calle y si es necesario no esperar a que cambie el semáforo o subirse a un tren, aunque éste ya esté en marcha. Tener siempre a punto aguja e hilo para remendar un corazón y un alma que se escudan en estar hechos jirones y no tener remedio. El laberinto siempre tiene una salida, sólo se trata de errar y rectificar el suficiente número de veces hasta encontrarla.





P.D. Jane Wyman

viernes, diciembre 09, 2011

Life is the fast lane





Hay días luminosos pese al gris del cielo tan sólo porque una canción se cuela en tus oídos y va marcando tus pasos mientras conjuras la siempre esquiva suerte frente al espejo de los buenos días.


Aunque a medida que mi tiempo devora las horas que ya no volveré a vivir y me he dedicado a malgastar entre ensoñaciones, dedicando demasiado tiempo a imaginar cómo sería todo si todo no fuese como es, mi cielo vuelve a teñirse de gris mientras me llega un mensaje de alguien que me dice que no desea en absoluto, nada más lejos de su realidad, que piense que se ha olvidado de mí. Me fascina el sentido del humor de alguna gente y me importaría si me importara.













P.D. Tuesday Weld 

jueves, diciembre 01, 2011

No es oro todo lo que reluce


[Para C., ahora que ya no es C. 
A la que nunca tuve valor de decirle que dejara de serlo.]


No me gustan las mentiras. No soporto que me mientan. Me considero una persona lo suficientemente cabal y con cierto encaje para la verdad, por desagradable, impulsiva o dolorosa que pueda llegar a resultarme. No comulgo con las personas que hacen uso y abuso de la impostura, de los fuegos de artificio para llegar a sus metas. Si quieren algo de mí sólo tienen que pedirlo, aún a riesgo de que les niegue; pero no, estas personas prefieren las carreteras secundarias, los caminos no transitados para alcanzar lo que persiguen justificándose a sí mismas cuando tienden la mano izquierda en lugar de la derecha; cuando exhiben su falta de principios y hacen gala de la más infame cobardía. Claro que ellas consideran que SU fin justifica SUS medios y aunque no lleguen a creerse sus propias mentiras venden su “verdad” a precio de saldo; orgullosas de sí mismas, sin fisuras; seguras de su determinación, de que la pobre imbécil del otro lado, la presunta ingenua que pasaba por aquí, se las creerá a pie juntillas, sin dudas ni cuestiones.


Pues no, señores, que sepan que abomino de toda esa panda de idiotas que consideran ser merecedores de reverencias a su paso. Que te detesto a ti, a ti, al otro también, a ti y a usted que posiblemente me leas o pases por aquí. Y no, no confundas mi silencio, mi gesto de asentimiento o mi forzada sonrisa (sonrío mejor cuando no quiero sonreír) con una mala entendida buena educación o una meditada hipocresía por tanto. No, te desprecio tanto que no tengo el menor interés en demostrártelo.


P.D. Carole Lombard y Robert Montgomery en "Mr. and Mrs. Smith"


[Acá tendría que sonar la gran Paquita... 
o aquello de teatro, lo tuyo es puro teatro] 

miércoles, noviembre 30, 2011

A veces me cuesta mucho decirlo, expresarlo... que no sentirlo. Por esto tal vez lo demás no lo vean, no lo noten. Pero sí... y me gustaría gritarlo en todas las esquinas, a los cuatro puntos cardinales.




"Yo al principio pensaba que la vida era una de esas fiestas con piscina donde todo el mundo se baña desnudo pero alguien se queda vestido, o sea, yo. Pero últimamente he estado sintiéndome al revés: me había quitado la ropa, me había tirado al agua en bolas tan confiada y resulta que todos seguían vestidos, y alguno como mucho parecía dispuesto a venirse al agua conmigo pero con un superbañador bermudas o un bikini blanco. Así que me he largado, ¿sabes? O sea, no he vuelto a salir y he pedido una toalla y he puesto cara de pues qué buena el agua y aquí estamos. No. Lo que he hecho ha sido coger mis cosas, secarme sí, vestirme, pero luego coger mis cosas y pirarme; ahora voy por ahí con el pelo mojado y el verano en el cuerpo aunque nieve".


'Deseo de ser punk' de Belén Gopegui


     P.D. Myrna Dell 

martes, noviembre 29, 2011

We are dust in the wind



"Now I live my life in silence
Though I'm not quite in a shell
I drink and listen to that song"



'A Whiter Shade of Pale' "


Una vez quise ser Albania, vivir en la autarquía. Acabando por ser mi corazón el país más derrotado, porque el tiempo, ya se sabe, no respeta los deseos y se olvida de los sueños.



Una vez... pero de eso hace mucho tiempo.




P.D. Tuesday Weld 

jueves, noviembre 24, 2011

Haciendo memoria





Este lunes de mañana, de camino al trabajo, hablaba y recordaba un libro. Recuerdo ahora que en su momento hablé aquí de él. Recuerdo que tengo que llamar a Blancanieves, que seguro se alegrará de saber. Tengo que releerlo:


http://daeddalus.blogspot.com/2008/10/busque-las-siete-diferencias.html


P.D. Viveca Lindfors

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