Alguien me pregunta por ti y aunque nunca te has ido (ocupas uno de esos compartimentos estancos reservados para aquello que olvido olvidar) inevitablemente vuelves a estar presente con tu andar cansado y esa risa nerviosa que nunca me ha gustado, que de ninguna manera forma parte de tu encanto.
Vuelves a estar aquí, como si en algún momento no lo hubieras estado durante cuatro años, aunque en breves períodos de tiempo, incluso durante meses, alguien ursurpara el lugar que te correspondía por derecho. Como si desde ya hace más de una semana un post-it amarillo con dos números de teléfono y una calle de la ciudad de Oviedo no dejara de recordármelo.
Seis menos cuarto de la mañana, suena el despertador y como sonámbula me recibe la ducha y la preparación de un desayuno para una. Pulcramente colgado desde la noche anterior el meditado atuendo de martes porque aunque una sea del montón y no contenta con serlo también quiera parecerlo sin ponerse tacones en la percha me espera un vestido. Un imprevisto con el que no contaba, efecto colateral de la soledad, quién sube la cremallera por mi espalda. Malabarismo, contorsiones varias, serio riesgo de una contractura lumbar, pero consigo abrocharlo aunque sea la última vez por una larga, muy larga, me temo, temporada.
P.D. La de la foto, Marisa Tomei, la más guapa entre las guapas de la entrega de los Oscar.
Apandome´l mirar de los tos güeyos y, na cercia d´Agostu, los recuerdos del que fue un día monte, viesca y cielu onde dir cabalgar na clin del vientu. Apandome´l burbús de la to risa y na bluma d´abril tola mio ardicia al besar el llugar d´alborecida onde envede´l to cuerpu, la povisa
Coles piernes tremando, la voz fuxida, palpo adulces el tastu de la espina.
Alfredo González
Hay canciones que inexplicablemente se aferran a ti y te acompañan haciendo kilómetros a tu lado. Ésta es una de ellas.
Hoy tocaba entrada post-Oscar y crítica de los variados estilismos de las actrices en la alfombra roja. Pero me da mucha pereza, lo poco que he visto me ha aburrido soberanamente con tanto blanco y tanto look de princesita trasnochada, empezando por Pe (inmerecido Oscar en mi no humilde opinión por un anuncio promocional de Barcelona en el que sólo sale dando gritos y el bilingüismo no es ningún mérito). Y aunque la hijísima del hortera de Ray "don't break my heart" Cyrus iba de lo peor tuvo que llegar Beyoncé para exponer al máximo nivel lo que es el mal gusto. ¿Pero a esta mujer quién la viste? ¿Su peor enemigo?
P.D. Odio al insensato de Fito Páez, pero esta canción cantada por la gran Mercedes Sosa me parece sublime.
"I figured it out I need you Don't know why I didn't know it then I got it all wrong I miss you Don't know what I was thinking."
El sol luce tímidamente en este domingo de febrero invitando a despojarse de la ropa. Sobran los abrigos y las mangas largas. Pies descalzos hundidos en la arena tentando al agua de un Cantábrico aún demasiado frío.
A lo lejos un niño de apenas cuatro años ríe, corre y juega con un perro entre las dunas. Él aún no lo sabe, pero eso forma parte de lo que algunos llaman felicidad.
Y forma parte también de la mía que no puedo evitar sonreir al mirarle, al oir sus gritos reclamando a sus padres para mostrarles algún descubrimiento que ensanche su mundo pequeño.
Nadie más en una playa vacía. Acunada por el rumor de las olas rompiendo y el alboroto de las gaviotas con ecos de verano. La silla a mi lado sigue vacía, pero por primera vez en mucho tiempo en ella se sienta la ilusión hacia el futuro (y el miedo y la incertidumbre, aunque hoy no estánn convocadas a hacerme compañía).
Algún día, supongo, encontraré mi lugar. Eso (me) dicen todos. ¿Y de no ser así? Si pasan los años y yo sigo aquí, siempre de vuelta de todo cada día un poco más cansada. Agotadas las esperanzas y mermadas las ilusiones.
No encuentro una respuesta a sus palabras. Nunca he sido buena diciéndole a la gente lo que quiere oir, más bien al contrario, lo que yo pienso y por tanto digo no suele coincidir con ello. Callo, luego otorgo. Bien sabe que no hay nadie en el mundo que la entienda mejor, que pueda ponerse en su lugar y comprenderla. A mí también me asusta ese futuro.
Cuando esta semana en mi primer día de mi nuevo trabajo fui presentada a mi nuevo jefe y conducida a su despacho me temo que le abrumé con preguntas a las que ni sabía ni tenía ganas de contestar y le desconcerté desde el primer momento, cuando le tendí la mano adelantándome a cualquier otro movimiento, cansada como estaba ya de repartir tantos medios besos (odio eso de repartir pares de besos en las presentaciones de completos desconocidos).
Por fin me despedía, hasta la mañana siguiente y aludió a la persona que ocupaba hasta el día anterior mi puesto. "La interina esa", dijo literalmente, tenía revolucionada a la cuarta planta. No entendí la alusión a la cuarta planta, nosotros no ocupamos la cuarta planta. Tampoco entendí la alusión a la chica en cuestión. Supongo que eso interpretó en mi mirada de interrogación... "Nunca entendí por qué" dijo como a modo de excusa, "demasiado llamativa".
¿Cómo se supone qué debo entender eso? ¿Yo no soy tan guapa, tan llamativa para su gusto? ¿Acaso la nueva chica en la oficina debe de revolucionar a la cuarta planta y alguien se ha sentido decepcionado por qué no deja de ser del montón? ¿Si yo fuera un hombre alguien se hubiera molestado en juzgar la altura de mis tacones o el contorno de mis pechos? Es obvio que no. En todo caso prefiero seguir siendo la gran, gran desconocida (broma privada, el segundo gran es por la altura, y tampoco es que sea tan, tan alta).
Aunque supongo que podría haber sido peor y estar por debajo del montón.
Me sucede a menudo. Invariablemente en los aviones de Iberia. Las azafatas y azafatos (areomozos, como bien me gusta decir a mí) siempre me ofrecen la prensa extranjera (si es que la ofrecen), pasando de largo ante mí con su voceo de periódicos nacionales. Mi compañero de asiento, leyendo los recuerdos de Carmen Franco sobre su padre, el Generalísimo, es obsequiado a petición propia con El Mundo y La Razón y a mí me ofrecen el Financial Times mientras la diligente sobrecargo pregunta si la señorita habla español. Dado que estoy sentada en la salida de emergencia es su obligación, así lo dice, es mi obligación; enseñarme el procedimiento de apertura de la puerta.
En el vuelo de ida, mismo trayecto, pero a la inversa, una atribulada madre de familia acompañada de su prole, marido y cuñado (según deduje de la conversación, los españoles siempre a gritos y marcando el paso allá donde se encuentren) se dirige a mí en inglés; el avión aún no se había movido de Barajas, para solicitarme un cambio de asiento, ya se sabe que la familia que vuela unida permanece unida.
En el vuelo de vuelta y pese a la eficiencia alemana se anuncia un cambio de puerta poco antes de la hora de embarque prevista, anunciado en inglés y alemán. El grupo de españoles que acaban de pasar unas vacaciones en la nieve dado su atuendo y equipaje de mano, de incierta procedencia, he contabilizado una pareja de gallegos, unos cuantos madrileños, un probable vasco, algunos inciertos andaluces y sin duda un par de asturianos, se alborota, preguntándose unos a otros, como no podía ser de otra manera, a grito pelao qué han dicho por los altavoces. Tan sólo que han cambiado la puerta, de la 22 a la 16, les aclaro educadamente y a mi favor, a ver si se callan de una maldita vez. Me temo que mi intervención no surte el deseado efecto, pues uno de los presuntos andaluces, que por cierto resultó ser extremeño, una vez localizada la persona de la que proviene la aclaración, mi persona, y tras estudiarme seriamente durante escasos segundos tras la inevitable pregunta de "¿hablas español?", decide ilustrarme acerca de sus problemas con el idioma, con el agua, "en este puto país sólo se bebe agua con gas", con el alquiler del "puto coche" y "las putas autoridades germanas" y su uniforme marrón que tanto temor le inspiraban, tanto que dejó su cosecha de maría en Badajoz. Cosecha a la que me declaró formalmente invitada una vez dejáramomos atrás este "puto aeropuerto". Confieso que me aturdía tanta alusión a tan vieja profesión y el desconcierto debió reflejarse en mi cara. "Hablo demasiado ràpido para ti". Sí, va a ser eso...
Sé que no soy la típica niña morena y mona prototipo de española de las que cuando besa, besa de verdad ni tampoco respondo al perfil de rubia pepera de mechas y excedida de rayos uva, pero carajo, acaso tengo tanto aspecto de guiri. Tendré que aumentar la dosis de autobronceador.
"The trouble, doll Is not moving mountains, but Digging the ground that you're on If it's true That good fortune gives no chase We got just what it takes."
Canciones como ésta se están convirtiendo en la banda sonora de unos días ya olvidados. El optimismo ha vuelto. Se ha vuelto a dibujar una sonrisa, un guiño saluda desde el otro lado del espejo y ya sólo se ve reflejada mi cara. Hoy mi felicidad depende de mí, mío es el mañana y la esquina que estoy a punto de doblar. Sea lo que sea lo que vaya (o no) a encontrarme en el camino.
Debo confesar que estoy feliz, radiante, contenta y que por tanto nada tengo que contar hoy aquí. No he echado de menos a nadie. Las noticias que he recibido a pesar de la distancia y los 17 bajo cero en los que venían envueltas tenían cierto regusto a esperanza. A pesar de tener que usar un ordenador con contraseña prestada y programas a modo de prueba, "tú no valides nunca", mi mentor por fin comprendió a eso de las doce del mediodía que yo era una chica lista que aprendía rápido y mi nuevo jefe, a todas luces un auténtico panoli tuvo la cortesía de preguntarme tropecientas veces a lo largo de la mañana "qué tal en tu primer día". Una veintena de pares de ojos masculinos levantaron la mirada de sus respectivos escritorios para examinar a la "nueva", trabajar en un universo eminentemente masculino me resulta curiosamente más relajado que hacerlo con mujeres y su veredicto poco o nada me preocupa. En fin, espero recordar esto dentro de dos meses, mantengo que las primeras impresiones siempre hay que tenerlas en cuenta.
Sobre mi mesa reposaba una antología de Ángel González, todavía no se había muerto y nadie se había apropiado de su memoria, hace cuatro años de esto. Él se acercó con su sigilo habitual, su media sonrisa y un educado buenas tardes. Tomó el libro entre sus manos con una mal fingida sorpresa. No recuerdo si fue quién me contó que lo había tenido de profesor en la Universidad en sus años de estudiante a su vuelta de Alburquerque, tal vez fue el otro, el Jefe, no me imagino al insigne poeta dando clases en la Facultad de Filosofía. En todo caso habláramos de lo que habláramos seguro le escucharía atentamente, sonreiría sin parar y asentiría a cada una de sus palabras invadida por la turbación que su presencia siempre me ha infringido y de la que nunca he podido librarme pese a la aparente ausencia de motivación para ello.
El libro se abrió, como no podía ser de otra manera por "Muerte en el olvido". Ni que decir que ambos estábamos de acuerdo en que ése era nuestro preferido... ahora ya ni recuerdo por qué estoy hablando de esto. Si recuerdo en cambio su voz recitando esos últimos versos finales, pocos meses después su mujer le dejó por otro.
Confirmado, soy una sentimental sin remedio. Las lágrimas me pudieron cuando ya montada en el coche entraba en la autopista, emocionada y agradecida por los abrazos, los besos, las palabras de agradecimiento, las despedidas... de todos, menos de la única persona de la que de veras quería despedirme. Y yo, que hasta le planté un par de besos a mi ya ex-Jefe me quedé con las ganas de dárselos a él. Hablamos a primera hora, de la melancolía; hablamos a media mañana, de mi estado de felicidad; y deseaba abrazarle y besarle a última hora, agradecerle lo que él me agradeció a mí, desearle la suerte que él me brindó... me resultó imposible entre el maremágnum de gente exigiéndome la promesa de una visita.
Tengo un post-it con sus números de teléfono. Cortesía de una ya ex-colega, birlados con total traición y alevosía por su parte, solicitados con falsas verdades y medias mentiras por la mía. Sé que no los usaré, pero también sé que he de conseguir que él use el mío. Puede que haya necesitado cuatro años y una (no)despedida para darme cuenta... Ahora canta Cesarea Évora, sobre el CD escrito de su puño y letra: Para E., gracias por todo...
Y es que soy muy mía y a la vez muy del cosmos, muy de las tinajas y de los moldes de galleta, de las vainas y los pomos cromados, de la cola y el carril más lento, de embalsamadores y taxidermistas, del rincón del aburrido; soy muy de los desprendidos de la crítica, fiestas provocadas y tijeretazo en casa, del orden cosas y cosas por vicio. Soy muy de todo esto y de aún más cosas. Sólo espero que alguien me reclame... sería muy violento tener que hacerlo yo misma...
Deja tus paranoias o tus deseos, gritos al aire, diarios, confesiones, declaraciones de amor o de guerra, o simplemente tu firma, tu mensaje, tus besos, saludos o consejo, bromas o entusiasmo, reminiscencias o cañones recortados, y ya descubriremos si tenemos algo de lo que hablar...
Ser ese pincel aguado por la lluvia que esboza en cada bocanada una bahía, dos volcanes y diez maneras de decir lo que deseas. Una bandada de gaviotas. La ginebra. Las noches sin futuro. Una colección de lunas llenas. Las verbenas de barrio. Una tormenta sobre el azul inmenso del océano. Arrastrando la cobija. Tristezas a la carta por alegrías. Billie Holliday rasgando la noche. Una visita imprevista y deslenguada. Los calvos que se quitan el sombrero. Las noches "nuremberianas" al calor del Eulenspiegel repletas de ron, humo y conversaciones. Aquella voz, aquel acento."Mis" poetas: Á. González, Huidobro o Cernuda. La lluvia que parió charcos y barro. Viajar en tranvía. Volar cometas. Un par de botas sucias. El canto del urogallo. Alain Delon en "Rocco y sus hermanos". Caminar sobre hojas secas. Las tímidas que salen respondonas. Aviones que despegan. Las rosas amarillas, los lirios, las violetas. Las raras excepciones. ARJONA (con mayúsculas). Medianoche en una estación de tren. La honestidad brutal de Calamaro. Una tormenta sobre el azul inmenso del océano. Aquella buhardilla en la Peissenbergstr. Silvana Mangano en "Arroz amargo". Pisar charcos. El 14 (y la lluvia) de abril. Mi chupa de cuero. La Coca-Cola (nadie es perfecto). Besos con risas. Silvio y Ojalá como coartada. Lengua con besos. El castellano de Umbral. Esencia de playa y sal de un lugar donde habitaban las gaviotas. Pisar charcos. Un vestido y un amor. Salitre 48. EL hombre del piano. Luka, el niño del 2º piso. Compay y Celia, el son y la salsa de luto. La primera mirada por la ventana al despertarse. Las noches que sonríen en forma de luna. Estoy Bartok de todo. El olor a tiempo desgastado. Simon & Garfunkel. Waits & Cohen. Los trenes que viajan hacia el este. Rosas a Rosalía. En Lisboa, sobre lo mar. El cambio de estaciones. Dylan y su hijo Jakob. Un amanecer en la playa del Silencio. El piano ha estado bebiendo. Puentes que se cruzan en ambos sentidos. El Urriellu. Una Delirium Tremens. Las carreteras secundarias. Un otoño de párpados caídos. Los domingos al sol en el Englischer Garten. Camarón sin camisa. Frambuesas en la tarta. Las sesiones de madrugada. Las montañas mágicas de esta tierra que plantó mi corazón recibiendo el regalo de la lluvia. Chavela por Jose Alfredo. Los labios que aprovechan los rincones más olvidados, más olvidables. Veloso y su fina estampa. El miedo, el futuro incierto, el camino, la búsqueda. Je vous ai apporté des bonbons parce que les fleurs c'est périssable. Los que pudieron ser y no han querido... Dream, baby dream.