Los domingos se han hecho para bailar (dicen algunos)
Sonaban los Burning en un bar de esos en los que aún suenan los Burning. Estuve a punto de decir lo mucho que me gustaba esa canción, pero no, no éramos dos.
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Mi amigo Y., madrileño adoptivo, que un buen día cruzó el charco para para licenciarse en la Sorbona y acabó de teleoperador en Madrid, es un adicto a la comida y a la coca-cola light, que no Zero, aunque no necesariamente en este orden. De lo primero da fe su oronda figura, de lo segundo, la infinidad de botellas vacías que decoran su cocina en interminable hilera.
Siempre que voy a cenar con él y cenamos fuera, en un restaurante, se entiende, se reproduce la misma escena. Arqueo de cejas y mirada entre el divertimento y la incomprensión del camarero o camarera de turno. Supongo no les resultará habitual que alguien pida cenar con cola-cola light y al mismo tiempo se meta entre pecho y espalda tres platos de la carta sin olvidar el postre. Recientemente, cenando en determinado ilustre local de Gijón casi llegó a las manos con la camarera que a eso de las once de la noche se negaba a servirle un arroz caldoso con bogavante, un chuletón de buey, una ensalada de bacalao y un revuelto de morcilla con pasas y piñones tras las distintas tapas que para el resto fue cena y para él tan sólo un antipasti a la italiana, regados con sidra, obvio, y coca-cola light. Alcanzado finalmente el acuerdo se negoció el postre, arroz con leche, como es de rigor, tarta de queso Afuega'l pitu y algo más que no puedo recordar pero creo que llevaba castañas.
Faltaría más que alguien tuviese que justificar sus adicciones o explicar sus contradicciones, pero a él continuamente le requieren el por qué de la coca-cola sin azúcar si después no se corta ni un pelo en la ingesta de todo tipo de calorías.
-“Porque me gusta, carajo.”
A mí por ejemplo me gusta el pan integral mucho más que el blanco, aunque éste sea irrenunciable para determinadas recetas. Y no, no tengo problemas de fibra intestinal, o tal vez sí, que nunca he tenido claro qué significa eso. Ni tampoco estoy a régimen ni lo he estado nunca y así me va. Simplemente me gusta. Se me antojan pocos manjares más exquisitos que una buena rebanada de pan negro, mantequilla y jamón de la Selva Negra acompañado de una buena Weizen. Y no, por supuesto que no le hago ascos al pan con tomate, apunte para los patrios, como tampoco al Fladenbrot con tzaziki y olivas, ni siquiera a un Big Mac.
En ocasiones todo es tan simple como eso. Algo te gusta, sin más, no es necesario dar explicaciones. No hay dobles intenciones... Si las necesitas, apuntas a la persona equivocada.
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Escasos 35 minutos de trayecto, de los cuales 20 los hago inesperadamente acompañada. Los suficientes para recordar, por si se me había olvidado, por qué no nos hemos mantenido en contacto con el paso del tiempo. Pocas personas tienen la virtud de sacarme de quicio, ésta se lleva el primer premio.
En torno al minuto doce y en un ataque de mal entendida vanidad, no importa a cuento de qué, confieso que escribo en un blog desde hace años.
-¿Y sobre qué escribes?
Me sorprende la pregunta, más el interés, que parece sincero. En todo caso no me conoce ni mucho, ni poco, pero sí lo suficiente como para intuir que no escribiré sobre física cuántica o la reproducción del berberecho salvaje. Ni que esto sea un trasunto del Sartorialist.
-De mí. Hablo de mi yo, de mi mismidad y circunstancias. De mi ego y vanidades varias. De mis hechos y desechos. Sobre las personas que se cruzan conmigo y en algunos casos cambian el curso de mi vida.
Se le ilumina la mirada mientras pregunta, con voz queda, si acaso es una de esas personas. Como si nombrarlas aquí fuese un inmerecido honor que se acepta con falsa humildad. La pregunta ofende, no ha cambiado ni el mal humor con el que me levanto por las mañanas. Pero el que calla otorga y se acerca su parada. Nos despedimos entre vagas promesas y se funde con la marea de gente que abandona el tren.
He escrito sobre mucha gente, al margen de mí. Probablemente sean muchas y muchos más sobre los que haya caído un manto de silencio. He hablado sin parar, pero he callado lo que de verdad me atormenta. He mostrado mis sueños, pero no mis insomnios. Me quedan en el tintero muchas historias que probablemente nunca verán la luz y otras en cambio que sí me gustaría contar pero tal vez nunca lo haga. Por ejemplo siempre he querido hablar de ti, y nunca lo he hecho.
De cuando en cuando has sido una inicial seguida de su correspondiente punto. Algún comentario sobre lo que me dices, tus consejos siempre son sabios. Un par de líneas acerca de nuestras vivencias, también pocas. Yo no les di tiempo.
No sé si lees esto. Creo recordar que en su momento lo hiciste. Desconozco si sigues haciéndolo. En aquel momento pensé que si eras capaz de entrar aquí y leer mis miserias sin perder ni las ganas ni la sonrisa es que merecería la pena. Tu respuesta fue besarme, la mía, romper mis defensas, justo antes de salir corriendo.
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