viernes, octubre 12, 2007

¿Qué será, será, será?


Llega la cuasi sagrada media hora de descanso que todos llaman "hora del café", nombre que me parece bastante impropio puesto que en la práctica no es una hora, sino media y no necesariamente hay que dedicarla a tomarse un café, al menos no en mi caso.

Se me acerca la viudita alegre y me pregunta si la acompaño a tomarse un te. Acepto y cojo el bolso y me pongo la gabardina. Llega la Carola encaramada en unas maravillosas botas de Mascaró y envuelta en un no menos maravilloso chaquetón de Ángel Schlesser. Dadas las coordenadas expuestas es lógico que mi sentido del gusto se vea tremendamente alabado cuando elogia (sinceramente) mi gabardina. Tras un sinfín de: ideal, fashion, chic,... la interrumpo diciéndole lo poco que me ha costado. Pero lo cierto es que no recuerdo lo que me costó, y aunque no creo que el precio hubiese sido especialmente excesivo no recuerdo que fuese una ganga. Ellas y yo somos incompatibles.

Me dice que si ha sido barata le gusta el doble. No entiendo esa respuesta como no he entendido la que a mí inconscientemente me ha salido. Y es una conversación que muchas veces he vivido. Alabas algo, generalemente una prenda de ropa o zapatos o un bolso y de inmediato la usuaria se jacta o presume de lo poco que le ha costado, mentira cochina probablemente la mayor parte de las veces.

¿Por qué lo hacemos? Acaso es una forma de aliviar nuestra conciencia por las cantidades de dinero que nos gastamos (algunas) en zapatos imposibles, bolsos que no necesitamos y ropa que llena nuestros armarios esperando su turno de salir a la calle.

La Col.lá Propinde




Podríais haberos esforzado un poquito más en el vídeo, digo. Tiene su gracia en todo caso aunque después de lo de anoche se os perdona todo a La Col.lá Propinde (léase "cochá") que no al Indio.

Quién nos lo iba a decir, Pelucas.

miércoles, octubre 10, 2007

Quizá me he confundido de pasado, de presente tal vez, y de futuro.

Sólo sangre




Encima de la mesita de noche
hay una máquina de escribir.
en el carro, en vez de papel,
hay un piel roja.

Vendían otros indios
en el tenderete de las postales.
les habían fotografiado
delante
de una pared
de ladrillos
de adobe rojo.
llevaban sombreros
de hongo y chalecos
de rayas.
tenían el pecho hundido.
para sostenerse
de pie
se agarraban a una botella
de whisky.

El indio
de mi máquina
de escribir
se agarra al pelo
de su caballo.

El indio
de mi máquina
de escribir
es un guerrero,
un sioux
oglala.

El ejemplo
que hay
que seguir.

Me recuerda
que no debo rendirme
nunca,
que debo mantenerme
siempre

en pie
de guerra.


de David González


(Es posible que os canséis de ver poemas de David González por aquí últimamente. Lo estoy releyendo estos días desde aquel "El demonio te coma las orejas" y con cada nueva lectura me gusta más. Hoy, ahora, especialmente recuerdo que debo elegir entre la rendición o la lucha).


martes, octubre 09, 2007

El círculo se ha cerrado (Useless desire IV)


[...] Lloro por él, por eso

se llama amor, yo lo inventé

en homenaje a ti

el sexto día...


No es por ti por quien lloro... de Ana Istarú

Muchas veces nos preguntamos o nos preguntan por qué un blog. Cuánto de exhibición o de literatura (no es este el caso). Yo misma me respondo. Desearía que me leyeras… como una vez lo hiciste. Que repitieses aquellas palabras y acabáramos por conocernos. Nunca lo hicimos.

Aquella noche desde luego no era el momento. Si hubiésemos tenido el coraje que algunos atribuyen a los valientes tal vez yo no hubiera acabado en sus brazos ni tú rozando los de ella en un ejercicio inútil entre la soledad y el deseo.

Recuerdo apenas lo que sucedió entonces. Probablemente haya preferido olvidarlo.


P.D. Quizás te gustaría saber en todo caso que hace escasos días que hemos dejado de vernos. Supongo que él te informará puntualmente, tal vez llegado el fin de semana cuando busque un hombro amigo con el que emborracharse y con el que representar el papel de amante despechado al que parece haberse aficionado.

Antes de llegar ya me voy



Estos poemas están dedicados
a todos los que me quieren mal.
A todos mis enemigos.
Que les follen, que se jodan.
He vivido el tiempo suficiente
como para escribir este libro.


El demonio te coma las orejas de David González


Yo llegaba de una guerra.
No arrastraba lástima ni sufrimiento
porque éste se elige.
Me senté frente a ti y te di la bienvenida.
No te equivoques, fui yo quien abrió la puerta.


No es miedo, ni ternura o piedad,
tan sólo indiferencia
lo que tú crees que nos une
y yo sé que nos separa
porque las palabras, no digamos los gestos,
tienden a traicionarme.


Me he conformado.
Carece de importancia ahora,
sólo queda vacío,
el que vas a sentir a partir de este instante
cuando acabe de escribir estas palabras.


Seré una mujer sola,
sola, sí,
pero no me asusta.
Estar sola significa estar acompañada de mí misma
y a día de hoy no concibo mejor compañía.

Os presento a Henry Felgueroso

lunes, octubre 08, 2007

Polvo de estrellas




A él se lo escuché:

al científico,

al escritor:

a John Gibbin:


Básicamente, dijo,

somos polvo de estrellas.


Sí, repitió, eso es lo que

somos: polvo de estrellas.


Convendría no olvidarlo.

Tenerlo siempre presente.


Polvo.


No estrellas.


De David González.

domingo, octubre 07, 2007

Useless desire (III)


Agua mineral y una triste ensalada para mí frente a tres devoradores de grasientas costillas. Me veía fuera de lugar y no sólo por asuntos gastronómicos. Me aburría. Me aburren los juegos de seducción y toda la impostura propia de esas circunstancias incluso cuando yo soy la protagonista, o más bien la antagonista, me sentía como una malvada de telenovela venezolana.

Harta como estaba de conversaciones banales, de tímidas sonrisas, de alardes fingidos y pasiones pasadas cuando ya llegábamos a los postres que nos saltamos para ir directamente al café comenzamos a discutir sobre qué hacer a continuación dado que no nos poníamos de acuerdo. Todos excepto yo tenían su propuesta, a mí me daba exactamente igual el lugar elegido, sólo quería levantarme de esa mesa.

Muy propio de mí es alejarme de las discusiones cuando nada tienen que ver o cuando no quiero implicarme por el motivo que sea así que me levanto y voy al baño. Allí me cruzo con un grupo de treintañeras celebrando una de esas absurdas despedidas de soltera en las que las chicas van todas vestidas iguales y a la novia y futura esposa la adornan con toda suerte de atributos sexuales masculinos. Nunca le he encontrado la gracia al asunto.

Cuando me acerco a la mesa aún se seguía sin alcanzar un acuerdo y la discusión seguía especialmente enconada entre él y tú. No entiendo como no pude darme cuenta en ese momento que lo que realmente os disputabais no era la elección de bar.

Soy tímida, lo he dicho en anteriores ocasiones. Patológicamente tímida y profundamente pudorosa pero cuando me aburro, por momentos y como desafío a esa timidez me vuelvo completamente irracional e impulsiva. De peligrosa me calificó una vez alguien, a lo que yo añadiría, básicamente para mí misma, no tanto para los demás.

Tengo una propuesta, digo tímidamente y los tres me miráis. Ella enseguida me interrumpe para asegurarse que no sea uno de esos bares de mala muerte de Cimatatown a los que soy tan aficionada. La tranquilizo:

-“No, chata, es demasiado pronto para esos antros de mi perdición. Ni se me ocurriría proponértelo a ti, ya sé que no son de tu agrado. Voy a pedirle unas páginas amarillas al camarero para buscar la dirección de algún sex-shop que supongo son de horarios tardíos y aún siguen abiertos a estas horas. Había pensado que podía pasarme por allí ahora para resolver un pendiente. Podéis acompañarme o nos encontramos luego.”

Ella pone los ojos en blanco apenas unas milésimas de segundo ante vuestra inmutabilidad. Él saca su teléfono móvil y me dice que no es necesario requerir al camarero, conoce a una compatriota suya que trabaja o trabajaba de dependienta en uno. Llama a alguien que contesta al otro lado del teléfono y en un idioma incomprensible supongo que saluda y plantea la cuestión. Me pasa el teléfono.

La noruega resulta ser una chica encantadora. La tienda en cuestión resulta estar en una calle que conozco. Y ellos resulta que deciden acompañarme.


Useless desire (II)

Yo me alejé
pero llevo en la mano
aquel cielo nativo
con un sol gastado.

Horizonte
de Vicente Huidobro


Viernes, en torno a las ocho de la tarde. Ella y yo perfectamente maquilladas, vestidas y encaramadas en nuestros tacones a la entrada de un centro comercial. ¿Se puede llegar a encontrar una en situación más ridícula (y denigrante) que citarse a la entrada de un centro comercial? La respuesta me temo es un rotundo no. Ya bastante grotesca es una cita a cuatro como para añadirle esa circunstancia, aunque en mi descarga añadiré que la idea obviamente no fue mía, ni siquiera de él, sino de ella, por motivos de cercanía, puntualidad y otros de índole diversa que no vienen al caso.

Que acabáramos en el
Ca Beleño supongo si debió ser idea mía, aunque no lo recuerdo es altamente probable. En las primeras citas me gusta pisar terreno conocido y donde me sienta cómoda al margen de que de alguna manera es una forma de marcar mi territorio. Éste es mi ambiente, ésta es mi gente, ésta es la cerveza que me gusta… si no te convence más vale que te olvides porque lo que ves forma parte de mí.

La conversación la dirigían ellos. Se entendieron desde el primer momento y siempre se cayeron bien. Tú y yo estábamos un poco al margen aunque de cuando en cuando él reclamaba mi atención y ella la tuya, y cuando la conversación pasó a versar sobre conflictos laborales no tuve más remedio que intervenir que de eso yo sé un rato. El único que parecía satisfecho con su trabajo eras tú así que no diste mucho juego pero el resto no dejamos de hablar acerca de la malignidad de nuestros jefes, la inoportunidad de nuestros colegas y la escasez de nuestros sueldos.

Estaba claro que ella ya había hecho el reparto y debería estarle agradecida porque a mí me había tocado el más guapo, porque efectivamente él era el más guapo (y muy guapo) y mucho más simpático y atento y no volvió a llamarme “linda” en toda la noche. Pero a mí no me gustan los guapos, ni los simpáticos, ni los que muestran tan descaradamente su interés no siendo recíproco. De todas formas obviamente ni tú ni yo íbamos a renunciar a los papeles que nos habían asignado, al menos a lo largo de esa noche. En tu caso por lealtad a tu amigo, supe más tarde, en el mío podríamos decirlo así. También influía el hecho de saber perfectamente el porque de la elección de ella. Al fin y al cabo no eras más que un probable desconocido.

Tras un par de cervezas y mucho intercambio de miradas como queriendo decir pero qué carajo hacemos aquí, fuimos a cenar. La elección del restaurante no pudo ser más pésima, lo que enervó aún más mi estado de ánimo. Una parrilla argentina donde sólo servían carne a la brasa.

Una noche que comienza para alguien que apenas prueba la carne citándose a la entrada de un centro comercial, cenando en una parrilla y jugando al dos por dos sólo puede acabar apostando por el uno equivocado.

sábado, octubre 06, 2007

Useless desire (I)


Si alguna vez la vida te maltrata,

acuérdate de mi,

que no puede cansarse de esperar

aquel que no se cansa de mirarte.

Dedicatoria (Habitaciones separadas) de Luis García Montero



Él siempre dice que las cosas no suceden ni pronto ni tarde, sino en su justo momento. Que no hay retrasos, ni por tanto anticipos. Que yo nunca llego tarde a las citas… aunque siempre me adelante a los acontecimientos.

No puedo estar más en desacuerdo, y no hablo de retrasarme, costumbre cada vez más mía, conjugándose los semáforos y las plazas de aparcamiento en mi contra. No… simplemente a veces llegamos tarde, sin disculpas… y en cambio otras es la vida la que nos adelanta.

No voy a excusarme, no aquí ni ahora, en todo caso de hacerlo tendría que ser ante mí misma y eso no se me da bien y me produce pereza, al menos hoy y en este momento.
Desde luego no ante él, sería perder el tiempo, un tiempo que ahora ya sólo es mío y no estoy dispuesta a malgastarlo en inútiles caminos. Tampoco ante ti, aunque llegara tarde ese día, o tal vez debería decir llegamos, y como decía la canción… tarde, pero nos reconocimos.

Intento recordar cómo acabamos los cuatro juntos y perdidos en aquella ciudad que yo afirmé rotundamente conocer y que me era por completo desconocida:

-“Oh, sí… cómo no. Claro que conozco un buen puñado de bares con buena música y mejor ambiente. Si me aceptáis como guía prometo que no olvidaréis esta noche”. Mentía descaradamente ante la mirada complaciente de ella y vuestros rostros iluminados por la mejor de las sonrisas.

El plan era, creo recordar, cena, ella y yo con unos amigos y nuestra
amienemiga favorita. Dada esta última circunstancia todo indicaba que la noche en compañía acabaría pronto, precisamente para buscar una distinta y nueva. No contábamos con vosotros.

Nos presentó uno de los chicos. Que no os presté demasiada atención fue evidente, que ellas os prestaron demasiada, también. Para mí y en aquellos primeros momentos no representasteis más que dos tipos aparentes y probables*, estaba demasiado ocupada con mi teléfono móvil en tiempos y distancias mejores.

Tras la cena y la llegada de las primeras discrepancias, ella no quería despegarse de vosotros, yo quería ir a mi Diario y la otra quería ir a bailar salsa, nos separamos entrando en juego mi impostura, conociendo como conocía sólo dos calles, arriba y abajo y un par de bares de mala muerte donde las probabilidades de encontrarme con El profesor eran altamente peligrosas.

Resultasteis ser dos tipos tan encantadores, al menos aquella noche, que la improvisación cedió lugar a las cervezas, al ron, al humo y a las conversaciones (a gritos para hacernos oir); al intercambio de teléfonos y emails cuando ya amanecía y nos despedíamos con la promesa de volver a vernos… en cuanto fuera posible.

Él dejó caer que el lunes tendría que pasar cerca de mi lugar de trabajo, que tal vez, si me apetecía, podríamos vernos, comer juntos a mediodía… si me latía… si surgía…

-“Sí, cómo no… ya hablamos… te llamo… me llamas”, confesaré que no había mucha convicción por mi parte, pero ya había comenzado a notar como ella te miraba.

Mañana de lunes. Me llama ella. Prescinde de la corrección y el saludo, ni un lacónico buenos días que si recibe por mi parte; ni que los lunes tuvieran algo de bueno y no es que lo tengan de malo.

-“¿Le has llamado?”

Apenas me da tiempo a acomodar el auricular en la oreja y ya me está interrogando. No sé de quién me habla. No recuerdo a quién debía llamar. ¿Acaso tenía una llamada pendiente?.

-“Porque si él no te ha llamado deberías llamarle tú”.

El interrogatorio da paso a una disertación acerca de cómo tomar la iniciativa.

-“¿Opinas que debería hacerlo?” (Ni que me importara su opinión).

-“Por supuesto que sí, ni lo dudes. Ya estás tardando”.

Le prometo que lo haré ipso facto, en cuanto deje de hablar con ella y tras un breve intercambio de estados e información nos despedimos con la palabra dada de llamarle.

Pero no lo hago. Mi diligente cabecita me dice que sería más apropiado un impersonal (y más barato) SMS del tipo: “Hola, soy Daedalus, nos conocimos el viernes, tal vez me recuerdes (o no). Nos presentó un amigo común..."

Cumplida mi misión vuelvo a mis tareas laborales y me olvido del tema. Al escaso cuarto de hora suena el teléfono.

-"¿Ya le has llamado?, ¿Qué te ha dicho?, ¿Habéis quedado?.

Le digo que le envié un mensaje, que no me apetece hacer llamadas personales desde el trabajo, que está lloviendo a cántaros para salir fuera a la calle y llamar desde mi móvil... ninguna de mis disculpas la acaban de convencer del todo, me temo, tampoco lo pretendo.

-"En cuanto te conteste me avisas".

La respuesta se hace esperar y cuando por fin llega, como no podía ser de otra manera, es una disculpa del tipo: "hoy estoy liadísimo etc, etc". Como yo no soy del género insistidor y mi interés en él oscila entre el poco y el nada decido llamarla antes de que ella lo haga para informarle y cerrar el tema. Su decepción no puede ser más grande (y mi alivio).

En la tarde de ese mismo día, ya en casa, comienza a oírse por algún rincón la melodía que Antón Karas compuso para la banda sonora de El tercer hombre (ahora sustituida por Mancini y su Pink panther). Como es habitual en mí no sé donde he dejado abandonado el teléfono. Cuando por fin lo localizo guiándome por su música ya ha dejado de sonar. Era él el que llamaba. Ya volverá a llamar, me digo.

Efectivamente, vuelve a llamar. Tras un “¿cómo estás, linda?” que me deja descolocada (pero qué me ha llamado este romano) viene una sucesión de disculpas (nada me irrita más que las disculpas no precisadas) y la propuesta de que nos veamos el viernes. Como soy una buena amiga, especialmente de mí misma, propongo ampliar la cita a cuatro e invitarla a ella y a ti. Parece dudar en los primeros momentos, no sabe si tú, su amigo, tendrás ganas. Estás muy liado, no pasas por buenos momentos, tu última novia te ha dejado, aún no te has recuperado y un buen montón de razones y excusas que a mí, inasequible al desaliento, me parecen muy poco convincentes. Propongo ser yo la que hable contigo. Seguro que soy capaz de convencerte porque alguien que presenta ese cuadro de despropósitos nunca podrá negarse a emborracharse en compañía.

Me arrepiento de haberlo dicho nada más decirlo pero él aunque a desgana parece estar de acuerdo y deja en mis manos la tarea de organizarlo todo excepto la elección de restaurante, eso es cosa suya.
Así comienza un baile de llamadas y mensajes entre él y tú, eso lo supe más tarde, ella y él, eso lo supe casi al instante, ella y yo y por fin tú y yo. Desde luego supiste fingir a la perfección tu sorpresa ante mi llamada, que ya era esperada, y a pesar de hacerte de rogar un poco, supongo que eso formaba parte del papel a representar, a los escasos dos minutos ya teníamos una cita, aunque fuera a cuatro manos.

*Los hombres se clasifican, o yo los clasifico, en posibles, imposibles, probables e improbables. Una clasificación al margen se ocupa de los macarras, que es la clase suprema, el resto se dividen entre metrosexuales de gym y gafapasta con ínfulas intelectuales.

Primeras frustraciones


Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo pera meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pinto o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayo un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda; entonces yo lo arrolle lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allá lo tiró con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkiria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu'en hiver, a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a arboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película húngara. Y quedo entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movió, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabo.

Oh Maga, y no estábamos contentos.


No creo que necesite presentación...

viernes, octubre 05, 2007

Para la terapia de este viernes se recomienda...



Estoy Bartok de todo,
bela
bartok de ese violín que me persigue
de sus fintas precisas,
de las sinuosas violas
de la insidia que el oboe propaga
de la admonitoria gravedad del fagot,
de la furia del viento,
del hondo crepitar de la madera.

Resuena bela en todo bartok: tengo
miedo.
La música
ha ocupado mi casa.
Por lo que oigo,
puede ser peligrosa.

Échenla fuera .

de Ángel González







P.D. Y ya sé que lo que suena no es Bartok...

jueves, octubre 04, 2007

Free Burma!


Aunque suelo ser bastante escéptica con este tipo de cosas opino que no siempre hay que quedarse callado.
Lo he visto en el blog de León el Africano y me ha parecido interesante. Si quieres unirte a la iniciativa pincha aquí, por una Birmania "libre".

By(e) the way




Razones habría muchas.

Tal vez no alcancen los dedos de tus manos para contarlas.
Tal vez alcancen tus sentidos para comprenderlas…

¿La primera de ellas?

Probablemente mi falta de constancia que hace que no me guste competir, con nadie ni por nada, ni apostar, ni jugármela por un tipo que probablemente no merezca la pena (y aunque la mereciera).

No tengo interés en llegar la primera a la meta para verme rodeada de hipócritas sonrisas y falsas adulaciones.

-“¿Por qué te interpones en mi camino, pues?”.

Preguntas con tu perfil más intimidante e inquisitivo, ése que sacas a pasear de cuando en cuando si las cosas se tuercen en tu presuntamente ordenada (y controlada) vida.

Si ésa es la única pregunta que se te ocurre hacer tendrás que encontrar tú la respuesta…

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