Ni me quiero imaginar lo que me espera esta mañana, pero no me compadezcan, me lo merezco, no se puede pactar con el diablo y menos deberle favores; no se puede no saber decir "no".
En días como hoy... y bueno, este viernes también me gustaría serlo, desearía ser Daeddalus y que ésta no fuera tan sólo la cara B del disco rayado en el que me he convertido. Es fácil ser un personaje de ficción que siempre dice lo que piensa y que no se deja dominar por emociones o pulsiones; como Jessica Rabbit una siempre puede justificarse, I'm just drawn that way.
Feliz lunes a todos... a algunos más que a otros (y no es nada personal... o sí).
[Ya decía Alejandra Pizarnik que deseaba un silencio perfecto y que por eso hablaba. Y como la cobardía me persigue y yo no soy más rápida voy a contar y decir aquí, aunque a ustedes poco les importe, todo lo que a lo largo de este trimestre no dije y ni modo, tuve que decir. Que nunca es tarde, si la dicha es buena, aunque en este caso las palabras no pronunciadas hayan desembocado aquí y nunca lleguen a su destino.]
Una, dos, tres... empezamos por ti. que me gritaste... y a mí nadie me grita. En realidad nadie debería gritar a nadie, cierto. Y yo jamás grito... Me lo merecía, puede; el fondo, que no las formas. Aunque la llamada comenzara con una y mil disculpas, las mías; y que no fueran sinceras, porque no, no lo eran, carecía de importancia; eso tú no lo sabías (ni lo sabrás, eso que te pierdes).
Estaba cabreada, contigo; pero especialmente, y esa era la peor parte, conmigo. Por no haber sido capaz de decirte a la cara que la sangre había comenzado a hervir por mis venas cuando escuché lo que tuve que escuchar, cuando sin molestarte a buscar una absurda disculpa dijiste que tenías que irte, apuraste la cerveza te levantaste y te fuiste, pagando la cuenta, eso sí. Y negaré haber dicho esto, pero en ocasiones qué bien sienta que te mientan aunque sepas perfectamente que te están mintiendo. No te hubiese costado nada inventarte una excusa cualquiera, porque allí me quedé, sentada, procesando la información, que soy de ritmos lentos, sintiéndome más absurda, si cabe, de lo habitual... y luego al par de días me gritas al teléfono y yo aguanto estoicamente tus gritos casi creyendo que los merecía, y se me vuelve a olvidar decirte y contarte, lo mucho que me ha molestado, lo defraudada que me siento, el extraño en el que te has convertido, la lejanía que se ha interpuesto entre nosotros, el quebranto de las ilusiones empeñadas... No, no necesito que nadie venga a redecorar y ubicar mi vida... ah, claro, se me olvidaba que en realidad no lo hacías por mí, sino por él... y eso si que no, ni modo, los amigos de mis ya no amigos no son mis amigos.
Por momentos creí que me estaba enamorando de ti, falsa alarma, dudo haber estado enamorada de alguien en ésta, mi puta vida. Pero en ese momento así lo sentí, así lo dije y así te sorprendí aunque nunca me apeara del casi. Y tú única reacción fue decir que eso estaba mal, que estabas tratando de construir una relación, con otra... y que yo te había mentido... sí, claro, yo conozco a alguien y las dos horas y media puedo jurar y prometer que no voy a enamorarme, ni colgarme, ni engancharme, ni subirme a su moto, ni a meterme en su cama so pena de enamoramiento galopante y no correspondido. Joder, yo lo creía, y no tenía por qué callarme... y también dije que me iría, para que tú siguieras construyendo tu no-relación (que lo cortés no quita a lo valiente)... pero tú dijiste que no y yo dije que se me pasaría, siempre se me pasa, aunque fueras más alto que yo (incluidos tacones) y tuvieras esa voz y ese acento, y acariciaras la taza de café al beber y me llamaras borracho a las tres de la madrugada para decir que pese a todo ella no era como yo, aunque la que durmiera a tu lado era ella, y no te gustara Sabina (no puedo respetar a un tipo al que le guste Sabina), y tus zapatos nunca estuvieran relucientes (un hombre que dedica más tiempo a lustrar sus zapatos que a mirarte no es de fiar, no lo olviden nunca y no me den las gracias por el consejo)... sí, a pesar de tantas cosas, de creer firmemente que a lo mejor, tal vez, con el tiempo, quizás si la constelación de Orión brillara esa noche, podrías haber sido el hombre de mi vida; te olvidé, te borré, di un par de remiendos más a mi corazón, lo recoloqué y tire p'alante con tus risas y mis llantos. Te animé, apoyé, escuché y aconsejé. La maldecí a ella cuando tú la maldecías, la odié cuando tocó odiarla y la consideré sublime, alabé su savoir faire y su belleza cuando pasó por aquí. Y nunca, nunca, no sé si por respeto o cobardía, me permití crearme una opinión propia sobre la segunda persona del plural... y poco a poco fui olvidando y enterrando en el más profundo de los olvidos y la desmemoria la que tenía de la segunda del singular. Así que cuando llegó la decadencia, que siempre llega más temprano que tarde, no dije te lo advertí, no dije lo sabía, no dije que era lo inevitable, lo lógico posible, lo esperado, lo previsto... No, seguí siendo fiel a tu causa, en una guerra que poco a poco y casi sin darme cuenta había dejado de ser la mía, y colaboré a levantar tus trincheras y ofrecí mis risas a tus llantos y mi cama se convirtió en tu refugio por que llamabas siempre después de las once aunque supieras que yo siempre me retiro a las once, que salías en ese momento de la Uni y no querías estar solo, y que te harías la cena, mi nevera siempre vacía y te traerías el café y algo de licor; y yo como en la canción de Emmylou te decía que cogieras un taxi, que yo lo pagaría en la puerta, y te esperaba desvelada y te acompañaba redondeando los cuatro litros de agua diarios mientras tu te emborrachabas a la salud de todas las ingratas que en tu vida han sido, y acababas tan borracho que no quedaba otra que quedarte a dormir en el lado izquierdo de mi cama desocupada y yo retirando noche tras noche la torre de libros acumulados sobre la silla sobre la que reposaba la cobija. Y al día siguiente me levantaba tratando de no hacer ruido y te dejaba dormir, y regresaba a casa a mediodía y me encontraba una nota en la que siempre decías que ya me recompensarías, sino fuera porque la hacía pedazos podría jurar que siempre era la misma. Y ni te dabas cuenta que la única persona que había ocupado en ocho meses mi cama fueras tú, Y no sé si decir que es injusto, pero sí que es ingrato que la única persona que ha ocupado el lado izquierdo de mi cama se haya dedicado a dormir la borrachera que otras, nunca yo, provocaran.
[Siempre me he preguntado si alguien, alguna vez, se habrá emborracho por mí y pese a mí.]
Sigue sonando "Incident on 57th street" aunque hace largo rato que se me agotaron las lágrimas... y ahora te toca a ti. Ahora debería decirte lo que nunca te he dicho... tal vez lo haga... mañana.
Puede que a lo mejor hasta te lo diga... sólo a ti.
Está sonando el Incident, una y otra vez, a veces lo hago, escuchar una misma canción hasta el paroxismo... se me eriza el vello y las lágrimas comienzan a caer. Y me gustaría que estuvieras aquí, aunque nunca te gustara, o no del todo, o no como a mí, o no a mi manera, you know, y aquella vez hicieras la excepción sólo por complacerme, como lo hacías todo, por mí, sólo por mí, olvidándote de ti; y aparecías con bombones y un ramo de lirios, nunca te gustaron las rosas amarillas, no del todo, no como a mí, no a mi manera...
Y un buen día desapareciste... también por mí, yo te lo pedí. Aunque no te gustara la idea, o no del todo, o no como a mí, o no a mi manera... pero todo fuera por complacerme...
Y ni siquiera sé por qué te recuerdo ahora, cuando el tiempo ya nos ha alejado tanto, aunque siga sin borrar tu mensaje de felicitación de cumpleaños tres meses atrás... o quizá sí... tú lo sabrías...
No, no estoy triste... sólo cansada, confusa... extraña.
P.D. Mirna Loy y William Powell en "The thin man".
Hace dos meses que no le veo. Hace un mes que le debo una llamada y que no contesto a las suyas. Todos los días a eso de las once, justo después de lavarme los dientes, cuando comienzo a deambular quitándome la ropa, cojo el teléfono y comienzo a escribir un mensaje que nunca envío y que siempre comienza con una disculpa... de marcar y descolgar (o viceversa), ni hablamos...
Ha pasado un año... y a mí me parece un siglo...
Hace un mes que nos vimos. Hacía dos años que no lo hacíamos. No hemos vuelto a vernos. Ha llamado un par de veces desde entonces. Yo sólo he contestado una de ellas. Han llegado invitaciones desde entonces. Las he rechazado todas. Me da miedo ver en sus ojos a la mujer en la que me he convertido... que es exactamente igual a la de entonces.
Han pasado seis años... y yo no olvido...
Esta mañana me pregunta... me hace la pregunta que yo no quiero hacerme... ¿Para qué voy a preguntarme si conozco la respuesta y ésta no va a gustarme? Y lo sabe... y eso duele, más, si cabe...
Aunque sepa, una vez más, que me estoy equivocando...
Quería ir al cine, pero no me apetece volver a conducir hoy, el cine más cercano en esta ciudad está a 15 minutos (en coche). Me he puesto a leer, esta mañana me compré dos libros por 2 euros, en realidad iban a ser tres, pero el vendedor me miraba con cara rara y dejé "El amante de Lady Chatterley". No me concentro, me pongo a ver una serie, me levanto a los diez minutos. Tengo que planchar, la pila de ropa es inmensa y aunque nunca planche los vaqueros si no lo hago mañana no tendré nada que ponerme; y mañana tengo que ir vestida decentemente, tacones incluidos aunque tenga los pies destrozados; mi nula asertividad es lo que tiene. Tengo hambre , pero no quiero cocinar y tampoco quiero llamar al chino por quinta vez en esta semana (aunque su comida sea pésima yo soy omnívora). No me apetece estudiar; ni salir a la calle, está medio lloviendo; ni meterme en la cama a dormir la siesta; ya he limpiado el baño; he tarareado cinco canciones; escrito toda esta sarta de tonterías aquí; he abierto el Facebook y sigo sin saber para qué sirve ; nunca veo la tele; no tengo con quién hablar; no quiero beber a solas...
sí, decididamente prefiero, pese a todo, equivocarme.
No quiero que mis domingos, no quiero que mis días, sean así...
Hace un tiempo hice un absurdo curso de ésos que nos ofrece el Instituto de Administración Pública. En realidad hago muchos, de continuo, pero generalmente con objetivos tangibles, acumular apuntes y puntos. En este caso no fue así, ni siquiera por acumular bagaje vital... La comunicación asertiva, ése era su nombre.
Dícese en la Wikipedia: "Comportamiento comunicacional maduro en el cual la persona no agrede ni se somete a la voluntad de otras personas, sino que manifiesta sus convicciones y defiende sus derechos."
Vamos, que yo lo resumo en aprender a decir no... Algo que por supuesto no he aprendido aún. Y no, el curso no me sirvió absolutamente para nada, por que mis "no" suelen ser mentales y con un retardo de unos 30 segundos.
Y he vuelto a hacerlo, a decir "sí" cuando en realidad quería decir "no". Efectos colaterales... que buena parte del lunes no tendré que trabajar... Pero no, eso no es ningún consuelo.
El listado de cosas que a mí me atraen de un hombre no sólo es interminable, sino que igualmente esperpéntico. Y es curioso, pese a todo, el baile nunca ha estado incluido en los requisitos. Será porque tampoco es lo mío...
Pero llegan los señores de 'El País' y esta mañana publican esto: Según el estudio, una mujer distingue a un buen de un mal bailarín y, por ende, a un hombre atractivo de uno que lo es menos, por la envergadura y la variabilidad del movimiento de su tronco y de su cuello, del hombro y la muñeca izquierdos, y la velocidad del movimiento de la rodilla derecha.
Me gustaría pensar que tengo la capacidad de que puedo contar sin contar. De que puedo hablar de mí, de mis intimidades y miserias; pero que no puedo implicar a los otros, no más allá de una inicial puede que equivocada o cuatro esbozos mal contados de personas que han estado de paso.
Creo que nadie de los que me lee me conoce, y hablo de conocer de verdad, de verdad de la buena, más allá de encuentros circunstanciales o pasados.
Sé que hay límites que no debo cruzar, pero que son tentadores. Algo así como lo de Dominguín y Ava Gardner, qué sentido tiene hacerlo si luego no puedes contarlo. Pese a todo no cuento o si lo hago intento no contarlo. Y eso me gusta, porque yo cuento y ustedes interpretan e imaginan y a veces hasta aciertan, en todo, en parte o en nada.
[Esto va por vosotros dos y espero que al menos uno me entienda; esta vez sí...
y si no, la vida sigue igual, ¿no?]
Ayer tarde, en torno a las cuatro quedábamos tres personas en la oficina. Sin jefes, café de máquina gratis y poco y aún menos ganas, por hacer. El catálogo Ikea 2011 pasa de una mano a otra, los tres estamos inmersos en mudanzas más o menos prolongadas (gano yo, 8 meses y lo que me queda). Hablamos, pues, de mudanzas, bancos, hipotecas y cambio de residencia, de ciudad y hasta de país.
Son horas de confraternizaciones y conversaciones extrañas. Tres colegas que a duras penas se dan los buenos días, que ignoran día tras día la presencia del otro de forma ridículamente ostensible y que de pronto se ponen a discutir la conveniencia de los sofás Karlstad. Y como lo uno lleva a lo otro, y que levante la mano (y alguna sin duda habrá levantada) el que sea capaz de mantenerse al margen de críticas y cotilleos, acabamos por hablar de los no presentes y también ausentes, igualmente envueltos en cuestiones inmobiliarias.
Porque parece ser que en el caso de, pongamos Jota, ya era hora. Que tiene más de 45, me aclaran, y sigue viviendo con sus padres. Así que bienvenido su nuevo piso, que a lo mejor le da tiempo a mudarse antes de cumplir los 46, si es que no los ha cumplido ya.
A mí Jota me cae mal, francamente mal y mi opinión se basa en algo tan objetivo como el desconocimiento mutuo y absoluto. Pero eso no es óbice para que me moleste el tono y las formas con las que se comienza a hablar de su presunta vida privada.
Yo no soy su amiga y a duras penas me considero su colega, prefiero decir que ocupamos el mismo espacio laboral. Pero el otro sí, el que se burla de que a sus 45 o 46 o los que tenga, en todo caso parece que cuarentaymuchos, siga soltero, y viva con sus padres, y nadie le quiera o le soporte o le tolere... Son amigos, o al menos colegas; y tienen largas conversaciones sobre lo humano y lo divino, me consta; y diariamente comparten media hora de café o lo que se tercie, y las cañas de los viernes a las dos a las que nunca he sido invitada... Y sí, es cierto que yo también lo había pensado, que tenía toda la pinta de ser del club de los que aún viven con sus padres a mesa puesta y camisa planchada, por no hablar de la cama hecha todos los días. Pero fíjense ustedes lo que me importa, que al fin y al cabo yo también soy soltera y nadie me quiere o me soporta o me tolera, aunque sea yo quien me haga la cama y me planche, malamente, todo hay que decirlo, las camisas.
No, a mí no me importa su vida. A mí Jota no me gusta y me da exactamente igual cómo y con quién viva. Y aunque me gustara me seguiría dando exactamente lo mismo. No mentiré, no desprecio las vidas ajenas, algunas hasta me interesan, pero la superioridad moral me puede. Yo soy más guapo, más listo, más socialmente brillante y adaptable, más, todo más... que Jota y que tú y que el vecino de enfrente... y hago chistes y me río, aunque luego le pase la mano por la espalda y nos vayamos al café de la esquina este viernes a eso de las dos a tomarnos unas cañas y entonces sea otro de quién nos riamos... quién sabe, a lo mejor de mí.
Ayer se cumplían exactamente ocho meses desde que vivo en mi nuevo piso. Ocho meses desde que habito unas paredes cien por cien de mi propiedad obviando al banco y a la hipoteca. Un espacio que no tengo que compartir con nadie, donde no tengo que hacer cola para entrar al baño ni jurar en arameo porque alguien me ha comido mis yogures o usado mi taza favorita. Donde no me despiertan los jadeos ajenos de la habitación de al lado, los portazos y las risas alcoholizadas en plena madrugada o la retransmisión radiofónica de los San Fermines la primera semana de julio en torno a las ocho de la mañana (una vez tuve una compañera de piso que ni era de Pamplona, ni le gustaban los toros, ni había estado nunca en plenos San Fermines, pero, ay, pobre de mí, se levantaba día tras día con los encierros en la radio a todo volumen).
Sí, ya llevo ocho meses aquí, en una ciudad que no es la mía y de la que dudo seriamente que algún día llegue a serlo. Echando de menos otras ciudades, deseando volver a aquellas en las que nunca he estado; sintiéndome cada día que pasa más extraña, después de tantos años de visitas y paseos sigue habiendo barrios, calles, que no conozco... sigo conservando intacta la capacidad para perderme por el casco antiguo (mi sentido de la orientación siempre ha sido nulo) pese a que tan sólo son cuatro calles mal contadas y algún que otro turista despistado preguntando dónde está Williams Arrensberg, el culo de Úrculo o la gafas de Woody. Sigo añorando Gijón, el mar, el bullicio de las calles los domingos, su adorable fealdad, las noches perdidas, el gris de sus barrios y el horizonte.
Me pregunta alguien, un tipo despistado que ha tenido la incierta suerte de tropezarse conmigo: "¿dónde paras?". Entiendo que me pregunta qué bares habito, qué barras me acogen... no sé qué contestarle, hace demasiado tiempo que no nos vemos en los bares. Probablemente hace al menos diez años que no piso las calles de Oviedo más allá de medianoche y de los bares de entonces, que nunca estuvieron de moda, en el transcurso de otras vidas, puede que no quede ninguno, nunca fueron muy recomendables... Nunca me ha gustado beber sola.
No, ahora no trasnocho y apenas voy a conciertos. ¿Ya les he hablado del estupendo cartel musical con el que que nos obsequiará el excelentísimo ayuntamiento la próxima semana? He cambiado el humo por conversaciones y la cerveza por las tazas de chocolate en esas cafeterías de barrio alto, hábitat natural de los collares de perlas, los visones y la ropa de entretiempo. Me fascinan sus manteles blancos, las charlas circundantes y las caras con las que las señoras de bien miran a esa chica alta tan rara que en una mesa de esquina y mientras revuelve el chocolate lee sentada a solas. Y me recuerdan tanto a esos cafés de Centroeuropa con sus impecables ancianitas vestidas de domingo, sus sombreritos, guantes blancos y colores pastel, sus improbables bicicletas. Aunque aquí haya pasteles (nada tienen que envidiar los milhojas en todo caso), allá Sacher y Schwarzwälder Torten, Krapfen y Apfelstrudel mit Vanillesosse.
He cambiado de hábitos, de horarios, de costumbres y hasta de compañía hasta quedarme a solas. La última vez que amanecí a las nueve de la mañana en un bar estaba sobria. Sal despedía su vida de soltera por haber encontrado la hombre de su vida (o eso creía ella, aunque a día de hoy siga creyéndolo y siga estando soltera), aunque festejáramos ella y yo a solas y en la compañía no precisamente de ese hombre. Aquella madrugada con vistas al Cantábrico supe que sería la última. No he vuelto a esos bares. Ahora duermo en el lado derecho de mi cama, me levanto cuando suena el despertador y si hay cervezas en la nevera siempre son para los otros, para las eventuales visitas; al igual que esa botella de ron que trajo quién ya no recuerdo para emborracharse a mi salud (a mí ni siquiera me gusta el ron) y que ahí sigue, esperando que otro brinde por mí.
Fui a... bueno, fui a unos grandes almacenes a comprarme un teléfono para mi hoteldecarreterademediopelo... de esto hará unos meses. Yo con las nuevas tecnologías no me entiendo, y sí, supongo que para muchos de ustedes un teléfono de esos fijos, de casa, no es una nueva tecnología; pero para mí todo lo que tiene botones lo es, y no, no me entiendo. Así que me pasé diez minutos mirando más que teléfonos, precios; hasta que un amable dependiente, siempre son amables, se me acercó para preguntarme qué se me ofrecía y si podía ayudarme.
-"Esto... bueno, sí... quería un teléfono con contestador automático; o un teléfono y un contestador automático..."
Va a ser, y yo ya lo inutía, que eso de los contestadores automáticos debía de haberse quedado en el principio de los tiempos... al menos eso decía su mirada. Pero ya se sabe que los dependientes de los grandes almacenes siempre son extraordinariamente amables y tienen bien aprendido eso de que el cliente tenga o no tenga razón, siempre la tiene. Que sí, que yo debo de ser una chica rara y me quedé en los 80... y siempre quise tener un contestador automático... en realidad no sabía para qué, ya tendría tiempo de decidir eso... y acabé por llevarme a casa un teléfono con contestador incorporado último modelo (dejemos para otro momento determinar en qué año exacto se puso a la venta ese último modelo).
Lo instalé con la misma ilusión con la que estreno unos zapatos de altura imposible que sólo me pondré una vez porque acabarán por destrozarme los pies y el equilibrio. Y hasta me llamé, obvio, para poder escuchar eso de: 'Tiene un nuevo mensaje'.
Creo que fue la primera y última vez que pude escucharlo, cualquier día de estos tendré que volver a llamarme. Pese a que ayer, al atardecer, cuando llegué a casa, la lucecita indicadora de los mensajes estaba parpadeando; se me disparó la ilusión tan rápido como me bajó cuando tras darle al botón sólo se oyó el "pi, pi, pi"... habían colgado. Y en fin, que yo me ilusiono por cualquier cosa, que al fin y al cabo sólo dos personas me llaman a ese número, y una de ellas, una de mis cuatro hermanas, está fuera, de vacaciones, en la playa, y aislada del mundanal ruido, descartada por tanto que hubiese sido ella; y la otra, en fin, la otra es mi madre...
Llamo, pues, a mi santa madre y le suelto la fatídica frase que a mí tan poco me gusta. Sí, hay frases a las que les tengo manía aunque de cuando en cuando se me escapen: "¿Me has llamado?", y mi madre, con su agudeza habitual me contesta que sí preguntándome cómo he sabido que ha sido ella cuando le consta que no tengo identificador de llamadas. En realidad sí lo tengo, ahora sí, no al principio, pero no la saco de su error; quiero evitarme el discurso para la próxima vez que llame y no conteste, dado que ella pensará que no quiero coger el teléfono al ver su número (virgencita, virgencita, que no me parezca a ella si en algún momento llego a convertirme en respetable señora).
Le explico que es una cuestión matemática, dos menos uno sigue siendo uno. Sólo podía ser ella...
-"Bueno, no será para tanto... alguien más te llamará... no, si yo no quiero saber quién te llama... si ya sabes que yo no quiero meterme en tu vida... no vas a negarme que te llama más gente... no tienes por qué contarme quién te llama... no pretenderás que crea que te llamamos sólo nosotras... no, no tienes por qué decirlo... cómo no te va a llamar nadie más... si ya digo que eres una exagerada... seguro que te llama alguien más... seguro que es que no quieres decírmelo... si tú no me cuentas nunca nada... y ya sabes que yo no pregunto, que no me intereso, que no es de mi incumbencia... alguien más te llamará... Si es que nunca cuentas nada..."
Juro que a veces desearía llevar la vida que mi madre se imagina que vivo...
P.D. Anne Francis
Quería poner "Lovin' you again", de esa Diosa llamada Emmylou Harris.
Que no tiene nada que ver con lo que cuento,
pero se me ha metido esta mañana en la cabeza por extraños motivos.
No la encuentro (tampoco la he buscado demasiado), ya saben, esa que dice:
'you call me froma phone booth with tears in your voice...'
Y es que soy muy mía y a la vez muy del cosmos, muy de las tinajas y de los moldes de galleta, de las vainas y los pomos cromados, de la cola y el carril más lento, de embalsamadores y taxidermistas, del rincón del aburrido; soy muy de los desprendidos de la crítica, fiestas provocadas y tijeretazo en casa, del orden cosas y cosas por vicio. Soy muy de todo esto y de aún más cosas. Sólo espero que alguien me reclame... sería muy violento tener que hacerlo yo misma...
Deja tus paranoias o tus deseos, gritos al aire, diarios, confesiones, declaraciones de amor o de guerra, o simplemente tu firma, tu mensaje, tus besos, saludos o consejo, bromas o entusiasmo, reminiscencias o cañones recortados, y ya descubriremos si tenemos algo de lo que hablar...
Ser ese pincel aguado por la lluvia que esboza en cada bocanada una bahía, dos volcanes y diez maneras de decir lo que deseas. Una bandada de gaviotas. La ginebra. Las noches sin futuro. Una colección de lunas llenas. Las verbenas de barrio. Una tormenta sobre el azul inmenso del océano. Arrastrando la cobija. Tristezas a la carta por alegrías. Billie Holliday rasgando la noche. Una visita imprevista y deslenguada. Los calvos que se quitan el sombrero. Las noches "nuremberianas" al calor del Eulenspiegel repletas de ron, humo y conversaciones. Aquella voz, aquel acento."Mis" poetas: Á. González, Huidobro o Cernuda. La lluvia que parió charcos y barro. Viajar en tranvía. Volar cometas. Un par de botas sucias. El canto del urogallo. Alain Delon en "Rocco y sus hermanos". Caminar sobre hojas secas. Las tímidas que salen respondonas. Aviones que despegan. Las rosas amarillas, los lirios, las violetas. Las raras excepciones. ARJONA (con mayúsculas). Medianoche en una estación de tren. La honestidad brutal de Calamaro. Una tormenta sobre el azul inmenso del océano. Aquella buhardilla en la Peissenbergstr. Silvana Mangano en "Arroz amargo". Pisar charcos. El 14 (y la lluvia) de abril. Mi chupa de cuero. La Coca-Cola (nadie es perfecto). Besos con risas. Silvio y Ojalá como coartada. Lengua con besos. El castellano de Umbral. Esencia de playa y sal de un lugar donde habitaban las gaviotas. Pisar charcos. Un vestido y un amor. Salitre 48. EL hombre del piano. Luka, el niño del 2º piso. Compay y Celia, el son y la salsa de luto. La primera mirada por la ventana al despertarse. Las noches que sonríen en forma de luna. Estoy Bartok de todo. El olor a tiempo desgastado. Simon & Garfunkel. Waits & Cohen. Los trenes que viajan hacia el este. Rosas a Rosalía. En Lisboa, sobre lo mar. El cambio de estaciones. Dylan y su hijo Jakob. Un amanecer en la playa del Silencio. El piano ha estado bebiendo. Puentes que se cruzan en ambos sentidos. El Urriellu. Una Delirium Tremens. Las carreteras secundarias. Un otoño de párpados caídos. Los domingos al sol en el Englischer Garten. Camarón sin camisa. Frambuesas en la tarta. Las sesiones de madrugada. Las montañas mágicas de esta tierra que plantó mi corazón recibiendo el regalo de la lluvia. Chavela por Jose Alfredo. Los labios que aprovechan los rincones más olvidados, más olvidables. Veloso y su fina estampa. El miedo, el futuro incierto, el camino, la búsqueda. Je vous ai apporté des bonbons parce que les fleurs c'est périssable. Los que pudieron ser y no han querido... Dream, baby dream.