-“Mister… What does it mean when a man crashes out?”
-“Crashes out? That’s a funny question for you to ask now, sister. It means he’s free.”
Debería ser madrugada, pero apenas pasan cuatro minutos de las once de la noche de un domingo olvidado en un mes de agosto cualquiera en una pequeña ciudad del norte.
Debería sonar Bruce marcándonos la distancia entre los dos asientos de un coche... el tuyo, y el mío. Pero escucho a Mr. Johnny Cash y ni siquiera sé cuál es tu canción favorita. Yo no voy a ser original, y diré que la mía es Thunder road, aunque tenga no menos de 25 canciones favoritas.
Debería estar borracha o ligeramente ebria. Pero sólo me he tomado dos coca-colas que me desvelarán y harán que mañana, a las seis, cuando suene el despertador, me niegue a levantarme.
Las madrugadas dan cobijo, el alcohol excusas y Bruce ya dijo antes todo lo que yo podría decirte ahora.
P.D. Ida Lupino y Humprhrey Bogart en "High Sierra"
"If I push too hard it's because I want things to be better, I want us to be better, I want you to be better. Sure I make waves you have I mean you have to. And I'll keep making them till your everything you should be and will be. You'll never find anyone as good for you as I am, to believe in you as much as I do or to love you as much."
"Hoy te has ido de fiesta con amigas, y sin que tú lo sepas me regalas un tiempo de estar solo que ya empieza a ser raro en mi vida, un tiempo útil para intentar pensar en ti como si fueras lo que siempre debiste seguir siendo cuando pensaba en ti: aquella persona, en todo semejante a cualquier otra, que una noche lejana tuvo el gesto generoso y extraño de entregarme su amor.
Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías ridículos del otro, en implacables jueces que condenan sin pruebas y comparten sus estúpidas penas con el reo. El amor nos confunde y trata ahora de que vea en tu fiesta una traición.
Por huir de esa trampa me amenazo con los nombres que cuadran al que en ella se enreda: egoísta, ridículo, inseguro, celoso... y como un ejercicio de humildad pienso en ti divirtiéndote sola: te imagino bailando y mirando a otros hombres; al calor del alcohol confiesas a una amiga algunas cosas que te irritan de mí sin que yo lo sospeche, y por unos instantes saboreas una vida distinta que esta noche te tienta porque eres humana, aunque no me haga gracia.
Ahora caigo en la cuenta de que dudas como yo dudo a veces, y que también te aburres, y que incluso algún día habrás soñado follar como una loca con el tipo que anuncia la colonia de moda. Para calmarme un poco tras la última idea, yo me digo que el amor es un juego donde cuentan mucho más los faroles que las cartas, y procuro ponerme razonable, pensar que es más hermoso que me quieras porque existen las fiestas, y las dudas, y los cuerpos de anuncio de colonia.
Lo que quiero que sepas es que entiendo mejor de lo que piensas ciertas cosas, que soy tu semejante, que he pensado besarte cuando llegues a casa; y que es el amor -ese tipo grotesco y marrullero- el que va a hacerte daño con palabras absurdas de reproche cuando vuelvas, porque ya estás tardando, mala puta".
"Échale a él la culpa" de Vicente Gallego
[Anoche (o más bien hoy) regresé a altas fiebres de la madrugada. Una de esas salidas imprevistas que se alargan más de la cuenta, más por la pereza de regresar a una casa donde nadie te espera que por el placer de la compañía de una ciudad casi desierta.
El sueño decidió quedarse en la calle y tras dos capítulos más de "Sons of anarchy", y 20 artículos de la Ley de Contratos, me dediqué a leeros hasta que el sueño me venció, saltando de un blog a otro.
Con lo que leí en uno de ellos y ciertas ideas rondando mi cabeza, traídas de las conversaciones de la noche, me fui a la cama, donde seguí dándoles vueltas. No recuerdo quién era el autor del post en cuestión, un hombre. Mi mente estaba dispersa entonces (y no, no había bebido) y fui de un blog a otro enlazándolos durante largo rato; ahora no sabría ubicarlo. No hice allí ningún comentario porque era una entrada atrasada y con una discusión ya cerrada, pero me quedaron las ganas de decir algo al respecto, al menos que no, que no estaba de acuerdo ni poco, ni mucho, ni nada, con lo allí expuesto.
Y es que anoche, mis acompañantes y yo (y hasta un desconocido), volvimos a hablar de sexo. Pero no en términos, cómo diría, eróticos. Tampoco diría científicos, que al fin y al cabo ninguno de los allí presentes éramos sexólogos (aunque había un par de psiquiatras, nada que ver) y un psicólogo frustrado (el desconocido).]
No sé cómo se llegó a iniciar esa conversación. Yo estaba demasiado ocupada tratando de explicarle a E. (refrendada por uno de los psiquiatras) que lo de su ¿ex?novia era una conducta pasivo-agresiva, como si me fuera la vida en ello (aunque no, ya no me juegue nada). Así que no escuché el comienzo ni supe por qué de repente uno de los presentes, ejerciente este verano de Rodríguez (mujer e infantes vacacionando en Denia), comenzó a quejarse de la escasez y mala calidad de su vida sexual con su esposa. Al margen, que si las cuentas no me fallan, y probablemente lo hagan, acabara de meterse entre pecho y espalda el quinto güisqui de la noche.
Apenas conozco a su santa esposa y él no deja de ser un mero conocido, pero no me gustó el tono que utilizó para hablar de sus miserias matrimoniales, y mucho menos, las formas. El alcohol, en todo caso, siempre despeja las dudas.
Según él, fue casarse, incluso mucho antes de que llegaran los niños, y tener que rogar, presionar y hasta chantajear, para tener que dormir en la misma cama revueltos. Parece ser que antes de pasar por la vicaría, oportuno chaqué para él, Rosa Clará, para ella, compartir baño e hipoteca, él era un fiera en la cama. Y nunca, y repite y enfatiza el nunca, ha dejado a una mujer insatisfecha. Ni antes del matrimonio, ni después; que en algún lado tendría que encontrar lo que su mujer no le daba: 'no me permite bajar al pilón y ella ni se acerca al micrófono' (sic).
Risas generalizadas, comentarios del tipo 'la mayor causa del divorcio es el matrimonio' o 'una vez que te cazó ya no necesitó ofrecerse más a ti', etc... Y qué quieren que les diga, estando entre adultos, presuntamente educados, cultos, estudiados, profesionales, ¿he dicho adultos?, hay ciertas cosas, creo yo, que sobran; aunque el alcohol sea muy puñetero y una excusa perfecta, por otro lado.
No voy a hablar del matrimonio, que es algo que desconozco. Ni del obvio desgaste que ejerce la convivencia sobre una relación de pareja. Compartir facturas, crianza y despertares apurados no puede competir con una relación de fin de semana, con tres veces por semana en tu casa o en la mía, con una relación que empieza y acaba entre las cuatro paredes de una habitación de hotel. No puede... ni debe.
La primera vez que mantuve relaciones con un hombre, con un chico para ser más exactos, no era yo precisamente una púber adolescente. No fui especialmente precoz, al menos según lo que recogen las estadísticas, por mucho que se diga que éstas siempre mienten. Pasaba de los veinte, veinte y muy pocos. Supongo que hasta entonces no había sentido ninguna pulsión sexual y ni siquiera entonces; todo se debió a una apuesta, sí, como lo leen. Cuatro veinte y muy poco veinteañeras, vírgenes (cómo odio esa palabra), muchas fiestas universitarias, un trabajo que te hacía sentir adulta por vez primera, drogas, sexo y rock & roll, había que completar la ecuación. No quedaba otra.
Lo primero fue elegir el objetivo. Un objetivo común para tres de las cuatro (la cuarta no contaba, a ella le gustaban las mujeres). Fue fácil. Oli era el único moreno en un universo de rubiales, a pesar de su improbable acento de Stuttgart, Mercedes Benz, le llamábamos. Y ya saben; oh, Lord, won't you buy me a Mercedes Benz. Aquella noche de Carnaval, en la que la única no disfrazada era yo, descubrí lo fácil que era llevarse a un universitario veinteañero a la cama, o al menos hasta mi habitación; porque esto no se lo cuenten a nadie, y es que yo gané la apuesta, todos me vieron irme de la mano con él; pero tantos años después, sólo tres personas (una de ellas él) saben que allí (en mi habitación), no se completó la ecuación. Hubo drogas y mucho rockn'roll. Pero de sexo, queridos míos, nada más allá de unos cuantos besos torpes y apurados. Viviré por siempre con esa mentira sobre mi cabeza, que yo perdí la virginidad (cómo odio esa expresión) en una habitación de la Avenariustrasse, escuchando a Lou Reed y con un estudiante de Comunicación y Humanidades de acento imposible. A Dior pongo por testigo que negaré por los restos que no sea cierto, que lo cierto es mucho más torpe, sucio y oscuro, aunque sonara Springsteen, más por casualidad que premeditación. Espero me guarden el secreto.
Después llegarían otros, muchos, no sé si demasiados. Jamás he hecho una lista con mis amantes (sé de gente que lo hace y hasta los puntúa). Muchos de esos autoproclamados buenos, qué digo buenos, excelentes amantes. Que cual Atila van dejando un reguero de multiorgásmicas a su paso, que nunca han dejado a una mujer insatisfecha, y de ser así, obvio, ella era frígida, anorgásmica y una histérica de mucho cuidado, pues. Pues ni modo, durante mucho tiempo, tal vez demasiado, yo fui el pack completo. Fui frígida, anorgásmica e histérica; una y otra vez, un número suficiente como para creérmelo, primero; callármelo, después, y fingir, en último lugar. Hasta que dejé de hacerlo.
Tardé lo mío, pero cuando aprendí, lo hice rápido. A saber, en primer lugar que es fácil (y más cómodo) fingir, un orgasmo, dos, tres o los que sean necesarios. Segundo, a un hombre le encanta que le digas lo presuntamente bueno que es en la cama, y además, lo más importante es que SE LO CREE sin cuestionar, feliz como una perdiz y orgulloso como si le acabasen de conceder el Premio Nobel al descubrimiento de ese gran desconocido llamado clítoris. Y en tercer y último lugar es que las mujeres hemos vivido engañadas durante milenios, primero por obviar nuestra sexualidad, sometida al macho dominante. Ya saben, a las mujeres no nos gusta el sexo. No, claro que no nos gusta el sexo si éste consiste en mirar al techo con un tipo aporreándonos los ovarios. Y segundo porque con la llegada de la presunta liberación femenina continuó el engaño, ahora sí nos gusta el sexo, no tanto como a ellos, claro, eso nunca, que al fin y al cabo no somos muñecas hinchables, más quisieran. Y llega repasar por completo el Kamasutra, revivir la última película porno (qué daño ha hecho la pornografía), la obsesión por si el tamaño importa o no importa (y vaya si importa, especialmente la longitud de las neuronas), tener que convertirte en una autómata, ser por decreto multiorgásmica (ya dicen los sexólogos que todas lo somos en potencia), tener la garganta más profunda que Divine y los pechos más turgentes que Bo Derek. Y de repente, you know, alguien se percata, por fin, que mujeres y hombres tenemos ritmos distintos y hágase la luz, nacen "los preliminares". Aunque mucho me temo que llegan sin manual de instrucciones, y el objetivo sigue siendo meter hasta el abismo y más allá.
¿Y qué pasa a entender el macho dominante, que ve peligrar su liderazgo, con prelimanares? Ya saben, poner velitas con olor a frambuesa, a Barry White de fondo y a la parienta mirando pa'Cuenca embadurnada en sirope de fresa y chocolate mientras hace en CCC un cursillo acelerado de cunnilingus y masajes varios que pasan por tratar a los pezones como si fueran los botones del mando a distancia, ya se sabe que en una relación, por efímera que sea, quien ostenta el poder es quien posee el mando del televisor. Y sí, por efímera que sea, o nunca se han encontrado con un tipo aparente tras la bruma de las copas de más en el bar que nunca ha estado de moda y que tras los preliminares, el toma y daca y el cigarrillo compartido del después a altas fiebres de la madrugada; en lugar de quedarse dormido, como mandan los cánones masculinos; o vestirse discretamente e irse, como mandan mis propios cánones; agarra el mando y se pone a ver la teletienda. Por eso no tengo yo televisor en el dormitorio.
En esas me vi yo. Multiorgásmica en potencia (como todas). Pechos turgentes (como todas cuando se tienen menos de 25). Agilidad gimnástica y curiosidad insaciable (no decir que no a algo antes de haberlo probado; esto se me ha pasado con la edad). Aunque las películas porno me dieran risa (ahora me dan pena); todo fuera por la causa. El tamaño (el de las neuronas no cuenta, que ya habíamos quedado que sí) no importaba (¿nunca te dijeron que 20 cm era esto?). Un chico joven, moderno, sensible, respetuoso, atento, preliminal, y carajos, me gusta, un poco, lo suficiente, aunque no vaya a ser el hombre mi vida. El asiento trasero de su coche o del mío, y no suena, afortunadamente, Barry White. Y el chico le pone empeño, despliega todos los trucos aprendidos con sus dos ya ex-novias anteriores, y yo perdono la torpeza porque hace juego con la mía, aunque piense que el sexo no debe de ser eso, pero que ya aprenderé/aprenderemos.
Que no nos diera tiempo a descubrirlo juntos fue otra historia. No tragedy (qué linda canción la de la divina Emmylou), que vendrían otros a confirmar sin embargo lo que yo ya intuía, que caminaba directica a ser frígida, anorgásmica e histérica. Y como además era torpe, yo lo decía. Con mucha educación y dulzura, eso sí, la misma que he perdido con el paso de los años. Que algo hacemos/hago mal, siempre en plural, al principio especialmente; más tarde ya en el singular de la primera persona; que el romano siempre se hacía el ofendido, que era la primera con la que le pasaba, que a todas las demás las había llevado al séptimo cielo donde habita Greta Garbo. Que lo que yo debia hacer era relajarme (traducción: fumarme un porrito) y dejarme hacer (traducción: dejarme aporrear los ovarios hasta que él alcanzar el séptimo cielo, ése que habita Gary Cooper). Y vaya si le dejé hacer, tanto que le dejé de hacer.
Como dicen algunos que a la tercera va la vencida yo tuve que asumir que tenía un problema, y una vez asumido lo que mandan los cánones es acudir a un experto, y qué mejor experta que mi amiga T. que acumulaba hombres y presuponía yo, orgasmos, a la par. Y sí, ciertamente T. acumulaba, más bien encandenaba, hombres, e igualmente orgasmos, aunque estos últimos de cosecha propia. Ojiplática me que quedé cuando me dijo que el último orgasmo proporcionado por un hombre lo alcanzó durante aquellas vacaciones en Salou cuando conoció a aquel brasileño (se ve que en Brasil el clítoris había dejado de ser ese gran desconocido), pero que los demás, autoinducidos. Y una aunque era torpe, ahora sólo lo soy un poquito menos, y boba de solemnidad, sabía sumar. Y sumé dos más dos, hey, babe, que yo de esos también, pero no cuentan. ¿Me venía a contar a estas alturas de la life que el santo y seña de la sexualidad no era alcanzar el orgasmo (vaginal) mediante la penetración? Parecía ser que sí, que santo y seña si era, pero de la sexualidad masculina, y que yo tan sólo formaba parte de ese elevadísimo porcentaje de mujeres que mayoritariamente tenían orgasmos clitoridíanos (¿se dice así?).
El anterior me había dicho que mi problema se debía a que yo era lo que él llamaba una "nueva virgen", que no tiene que llegar al matrimonio para mantener relaciones sexuales, pero sí que debe de estar enamorada para no dispersarse sexualmente. ¿Pero qué me está contando este romano? Ergo, yo no estaba enamorada de él. Así que como hay chico nuevo en Chez Daeddalus y me gusta de verdad, de verdad de la buena y viene bajo el brazo con el curso acelerado CCC de masajes y cunnilingus recién hecho; y parece entender de preliminares, aunque mucho me temo que entendemos cosas diferentes en ese término (y yo no pido la luna), nada puede salir mal. Error.
De nuevo, tragedy. Muy aplicado el chico, todo hay que decirlo, pero, y disculpen la expresión, parecía estar degustando mejillones al vapor. Y cómo decirle, cómo contarle. Recuerden, me gustaba, de verdad, de la buena, y no quería que se ofendiera como los anteriores si le decía stop. De modo que sin casi proponérmelo me vi transmutada por vez primera de Meg Ryan frente a Harry y de golpe se vió inaugurado el entreacto de fingimientos varios. Que hubiese descendido un par de escalones en mi dignidad perdida y ya nunca más recuperada, carecía de importancia porque todo se vió recompensado con una satisfacción que no le cabía en la cara a este romano, traducida en una muesca más en su sandalia que lucir con orgullo, me había llevado con sus recientes estrenadas habilidades, presuntamente, al séptimo cielo, ése que habita Mae West. Afortunadamente no preguntó si me había gustado o una sandez por el estilo, no creo que hubiera tenido el valor de mentir. Pero dijo algo ¿peor?: "Ahora te toca a ti". Un clásico recurrente en mi vida, no sé si en la suya.
Y oigan, que yo entiendo el sexo como un toma y daca, un quid pro quo, un lo uno lleva a lo otro. Y supongo es comprensible, él baja al pilón y ahora me toca a mí cantarle al micrófono (por usar la misma expresión que anoche tan diligentemente usó mi apreciado colega) y subirle al séptimo cielo, ése que habita Robert Mitchum. Pero no sé, me sonó, y me sigue sonando, tan mercantilista, que le dan ganas a una de colocarse en una esquina y al menos sacarle rentabilidad.
No se crean, pese a mis palabras, que mi vida sexual de aquel entonces fue tan patética, sólo casi lo fue. Algunos destellos y alguna stairway to heaven hubo. Especialmente cuando conocí a un tipo en uno de esos bares que no estaban de moda, que ni era más guapo, ni mejor amante, ni poseía más muescas en su revólver, ni era más experto, ni mejor dotado, pero que me llevó al séptimo cielo, ese que habita Ava Gardner, haciendo algo que ningún otro había hecho antes; algo tan fácil y tan complicado a un mismo tiempo, escucharme...
Pero no a la manera de otros, pobrecicos, que pretendían dibujar las coordenadas del mapa del tesoro sobre mi cuerpo. Tocólogos frustrados que me bombardeaban a preguntas, ¿cuántos centímetros de piel debo abarcar?, ¿cuántos centrímetros debo pulsar?, ¿cuánto tiempo traducido a centímetros debo introducir?, ¿cuántos besos por minuto?, ¿cuántas caricias por segundo?; tan firmemente convencidos de que el trabajo duro tiene recompensa, cómo defraudarlos y no ofrecerles un orgasmo de alquiler aunque a continuación llegara inevitablemente mi turno para hacerlos ascender al séptimo cielo, ése que habita Clark Gable.
Y la vaina era ésa. Ellos, pasase lo que pasase, yo me ocupaba de que pasara, siempre llegaban. Yo, a ratos; cuatro veces no, una sí. Pero como todo tiene un lado bueno, no sólo comencé a reconocer mi cuerpo, sino que aprendí a reconocerlos a ellos. Un tipo que no te mira cuando te habla, que no te escucha cuando eres tú la que hablas; un tipo que se va mirando en todos los espejos, nunca te hará subir al séptimo cielo, ése que habita Mae West. Y como soy inconstante por naturaleza me cansé del papel de fingidora universal, dejé que Sally se fuese con Harry y opté por un plan B.
En realidad y de ser sincera no había ningún plan B. Hubiese estado bien tenerlo, pero nunca he sido una mujer de recursos. Seguía viva, y tenía ya veintitantos, y entraba y salía de bares que no estaban de moda tras la bruma de cervezas de más y cigarros de menos, y carajo, yo por aquel entonces todavía ligaba en las barras de los bares, y la rutina estaba, y está, infravalorada; y había, y hay, que dejarse llevar y todo lo demás, también. Necesitaba un plan B, porque en tu casa o en la mía, y aunque no tuviera quince, sentía que no me llamaría de lo contrario, y malditas las ganas de tomar un taxi, y al diablo con mis inseguridades y mis dudas. Y ahí me veía yo con un tipo con el que quería estar pero no quería estar, sabiendo que estaba condenada al fracaso, que los orgasmos de alquiler estaban de más, había conseguido subir un peldaño, sólo uno, en la escalera de la dignidad, aunque acabase de bajar tres de un sólo salto al seguirle hasta el coche.
Así que decidí que en esos casos no le daría tregua a las casualidades, que yo y exclusivamente yo tomaría la iniciativa marcando los senderos a seguir. Nada de dejarle desplegar sus trucos y artes amatorias como un pavo real dejándome hacer e impresionar para que luego le tocara a él. Diría aquí mi amiga Sal, siempre tan sabia, que si no quieres caldo, dos tazas. Y si no quieres que baje él, baja tú antes. Resumiendo, ¿qué es lo que más le gusta a un hombre, sexualmente hablando, dejando al margen montárselo con dos mujeres a un tiempo? Una felación y disculpando el lenguaje soez... si se la chupas hasta elevarle al séptimo cielo, ése que habita Steve McQueen, se olvidará de todo lo demás. Convertir mis blow jobs en excelencia tan sólo fue un efecto colateral.
"Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos.
¿Qué queda de las alegrías y penas del amor cuando éste desaparece? Nada, o peor que nada; queda el recuerdo de un olvido. Y menos mal cuando no lo punza la sombra de aquellas espinas; de aquellas espinas, ya sabéis.
Las siguientes páginas son el recuerdo de un olvido."
Luis Cernuda
¿Por qué no convertir esto en un diálogo unidireccional?
Yo me dirijo a ti y tú ignoras que es a ti a quien escribo... Al fin y al cabo en eso consiste mi vida.
Creo que tras tres días de infructuosos intentos de colgar las cortinas, la sabia decisión de rendirse fue la apropiada. Tendría que haberme puesto a estudiar, pero ya se sabe que cualquier excusa es buena para postergar ese momento, así que decidí hincarle el diente a "Sons of anarchy", serie a la que le tenía ganas desde hace tiempo.
Descarté "Spartacus" tras un solo episodio (o comienzo a hacerme serie-selectiva o tendré que dedicar el resto de la vida que me queda, y parte de la inmortalidad que sin duda me está reservada, a sentarme delante de una pantalla). Aunque dicen los iniciados que a medida que avanza la trama mejora, no estoy dispuesta a comprobarlo; que llega "Dexter" y ya está ahí lo nuevo de "Brothers & sisters" y ni siquiera he visto la segunda de "Damages" ,"The pillars of the earth" está llamando a la puerta y tengo que finiquitar "Nip/Tuck". Lo dicho, necesito cinco vidas al margen de la mía: una para vivirla, otra para leer y las otras tres para sentarme a ver series y películas sin mala conciencia por el tiempo que les dedico y le robo al estudio y al vano intento de colgar unas cortinas.
"Sons of anarchy" va de moteros, de esos malos malísimos (a lo Hell's angels), más bien tirando a feos como un demonio (véase Ron "Hellboy" Perlman). Traficantes de armas y de lo que se tercie en un pueblo de mierda en la soleada california sometido al dominio y protección de sus Harleys. Ley y orden a base de amenazas, negocios sucios, chantajes y la familia unida jamás será vencida. Difusa la línea que separa el bien y el mal. Inquebrantables lealtades y no lugar para los alardes de conciencia con cierto tufillo shakespeariano.
Indiscutible el paralelismo con 'Hamlet' del guaperas Jackson 'Jax' Teller (Charlie Hunnan). Hijo del difunto fundador de la banda de moteros. Hijastro del actual líder, Clay (Ron Perlman), vía matrimonial con la desconsolada viuda, Gemma (Katey Seagal, la inolvidable Peggy de "Matrimonio con hijos" y en mi no humilde opinión, protagonista absoluta de la serie, cual una revivida y tatuada Lady Macbeth. Aunque los créditos dictaminen que ese honor le corresponde al rubiales de su hijo, no ha lugar.
Pero no se crean, no es todo balaceras y tacos de billar. Para la ternura, siempre hay tiempo. Hijo neonato y prematuro por el medio y hasta triángulo amoroso, aunque no puedo evitar quitarme de la cabeza qué carajos hace Rachel 'Mad men' Menken, vestida de médico.
P.D. Puede que no sea apta para todos los públicos, sólo por eso ya me encanta. Cuándo aprenderemos en España a hacer televisión que no sea paratodalafamilia.
Una playa del norte. Pasan ya de las ocho y comienza la retirada de bañistas y veraneantes. Sopla el nordeste y refresca invitando a recoger las toallas. Se nota el declive del verano. Aquí siempre dicen que el otoño comienza en la segunda quincena de agosto, que los días comienzan a ser más cortos y las noches más frías. Puede que sea cierto, aunque yo me quedo. Cuando más me gusta la playa es ahora, vaciándose; cuando el juego de luces y sombras inicia su baile.
Leo ajena a todo, los pies enterrados en la arena, ya no tan caliente. Abducida por la historia de Hortense y Gilbert, los dos orgullosos jamaicanos que a duras penas comprenden que en la madre patria de 1948, en la gran isla, adonde Helene Hanff enviaba latas de carne y medias de nylon, no tiene cabida el color de su piel (por momentos este libro, "Small island "(Pequeña isla), de Andrea Levy, me recuerda a Zadie Smith y su "Dientes blancos". Salvando las distancias y las pretensiones).
A mi lado Carol y Sal dormitan o miran la vida pasar, medio enrrolladas en sus toallas, envueltas en el silencio; roto por el romper de las olas o por los gritos airados de alguna madre cuyo hijo no quiere quitarse el bañador mojado o limpiarse la arena de los pies.
A escasos metros de nosotras, una madre, que lleva exactamente cuatro horas en la misma posición tostándose al sol, mientras sus dos criaturas, de edad incierta, juegan peligrosamente entre las olas. Y de repente, hágase la luz. O lo que es lo mismo, tres cabezas giran para contemplar al apolíneo Adonis; bermudas, camiseta y foulard del color de las turquesas al cuello; que parece, sólo parece, camina hacia nosotras con una enorme sonrisa.
No es vanidad la nuestra. No somos tan ilusas para pensar que tan ilustre y bello desconocido nos elija a nosotras, tres mujeres de treintaytantos, rebozadas en arena; entre todo un ejército de chicas entre los 15 y los 25 (las de 15 parecen de 30, las de 25 parecen púberes adolescentes). Nos recuerda a alguien, aunque yo juraría que éste no es él.
Lobezno no era tan alto. Pero no digo nada, no quiero romper los breves instantes de ilusión; porque parece, sólo parece; a medida que el acercamiento se torna en realidad desvía el paso y se dirige a la que suponemos es su mujer, que por fin parece salir de su letargo; y a sus presuntos hijos, los infantes que peligrosamente chapotean entre las olas y a los que inmediatamente reclama que salgan del agua.
No, no es él. Es más alto, definitivamente. Aunque tiene el mismo pelo, negro, salpicado, si se mira con mucha atención, de alguna cana bien disimulada; los cuarenta no perdonan. Tiene la misma forma indolente de andar, el tumbao que llevan los guapos al caminar, que bien dijo Rubén Blades. Esa indolencia del que se sabe admirado.
Cuántas noches soñé que nos cruzábamos en el Escocia o El escondite, esos bares que hace mucho dejaron de estar de moda, si es que alguna vez lo estuvieron. O en cualquier tugurio de Cimadevilla que jamás estuvo de moda y donde aún se puede escuchar a los Burning y los litros de alcohol nunca dejaron de correr por nuestras venas. O en un concierto de Bruce con su chaqueta de cuero moviendo las caderas al ritmo de 'Dancing in the dark'.
Pero no es él y yo vuelvo a mi libro; y Carol se enrrolla de nuevo en su toalla y Sal suspira... lo vuestro es una tragedia griega, dice. Y sin que nadie le pregunte, ella nos explica el por qué.
-"Que os gusten los guapos, a vosotras" -ella no se incluye- "es una tragedia griega. Porque vosotras ya no lo sois; si es que alguna vez lo fuisteis. Si prestaseis atención a los simples mortales seriáis más felices. Tú, Carol, ¿cuántos de tus novios fueron guapos?, ¿cuántos de ellos te hicieron feliz?, ¿cuántos tenían más de 25 ?”
Carol no se digna a contestarla. Si hay dos personas que encarnen a la perfección el concepto de amienemiguismo, son ellas.
-"¿Y tú, Dae? ¿Qué fue del marinero noruego, y del holandés errante y de toda tu colección de los metro noventa, de todos aquellos que ibas a conocer en un concierto de Bruce o en la barra de un bar mientras sonaba el 'Tougher than the rest’? ¿Dónde han quedado cumplidos los 30?"
Y yo no es que no quiera contestarle, es que no tengo respuesta y corro el riesgo de darle la razón y eso es algo que no puedo permitirme. No quiero acabar por creer que mi felicidad pasa por tener un hombre a mi lado (que sea más o menos guapo es lo de menos).
Recuerdo cuando a los 18, en la Escuela de Ingenieros, mayoritariamente masculina; los chicos se sentaban en lo alto de las escaleras y a viva voz iban puntuando a las chicas que subíamos. A ésta un ocho, a ésta un tres, a ésta un aprobado raspado. Era algo tan habitual como escaparse a la cafetería de la Escuela de Marina Civil a aprender a jugar al mus, que acabó por resultarnos completamente indiferente. Y muchos años después, me decía D., uno de mis metro noventa, ingeniero que también había pasado por esa escuela aunque él juraba que nunca había formado parte de tan popular jurado, que un ocho nunca saldría con una cuatro, o que una nueve nunca le gustaría un seis. Que era ley de vida y que cuanto antes lo aceptáramos más felices seríamos todos. Otro que se apuntaba a la teoría de la tragedia griega. Nunca le pregunté qué puntuación consideraba que tenía (ni él, ni yo).
El padre de familia con un foulard del color de las turquesas al cuello comienza a pasearse delante de nosotras hablando a su teléfono móvil con un tono de voz ligeramente elevado, lo suficiente para reclamar la atención no sólo por su aparente presencia. Sí, si que se le parece, dice Carol… Y Sal, supongo que para reafirmar que a ella no le interesan los guapos, deja de mirarle y pregunta con displicencia qué fue de Lobezno. Las dos me miran esperando una respuesta, como si les interesara o yo la tuviera…
-"Lo último que supe de él es que estaba en un instituto de la cuenca, que seguía volviendo locas a sus alumnas y siendo tan guapo y distante como entonces."
-“¿Sigue siendo interino?"
-“No tengo ni idea”… el padre de familia con el foulard al cuello del color de las turquesas sigue pavoneándose como un pavo real y nosotras aterrizamos en la realidad y comenzamos a hablar de concursos de traslados, oposiciones, interinidades y hombres quizás no tan guapos, pero reales...
Y conciertos de Bruce Springsteen mientras suena 'Tougher than the rest'.
Se pregunta Nebroa, desde su orilla, si algún lector (o lectora) la tornaría en protagonista de sus fantasías sexuales. Es una pregunta trampa, porque es evidente que sí, que habrá muchos lectores y probablemente varias lectoras, que lo hagan.
Nunca, en cambio, me lo había planteado. Yo, que siempre me pregunto por qué la gente, o el menos cierta gente, me lee. Aunque ahora que lo pienso, y perdonen mi presunción, intuyo que también. Algún que otro lector; no creo que alguna otra lectora, en cambio. Es lo que tienen a veces algunas palabras, algunas imágenes. Acá no somos seres humanos, mujeres de carne y hueso; sino sólo vocales y unas cuantas consonantes, y como Jessica Rabbit, we just drawn us that way.
No se preocupen, no voy a pedirles que mientan y que en ordenada fila confiesen ante mí, armada con látigo a lo Betty Page, sus sueños eróticos en los que yo sea protagonista, esto es irrenunciable, indiscutible (tampoco les disuado de hacerlo, si les place). Y no porque no los tengan, algunos de ustedes, insisto; que haberlos, haylos, sin duda; sino porque considero que las fantasías eróticas de cada cuál no deben ser del dominio público. Que como el amor, sean cosa de dos por dos; o de tres por tres, o de la cifra que ustedes juzguen pertinente; aunque a mí ya me resulte multitud.
¿Y yo?, se preguntarán... o no. En todo caso yo les contesto. No, yo no. Yo no tengo fantasías sexuales más que con Hugh Jackman. Siento que el resto de los mortales, Bruce no es mortal y Jakob Dylan se le acerca, no estén a la altura. Lo siento por ustedes, escasos blogueros del género masculino que leo con interés, no por mí; dado que son mis fantasías erótico-festivas y soy yo quien mando, me quedo con Hugh "patillas" Jackman, o nada. Al fin y al cabo sigo respirando igualmente trece veces por minuto sin ellas; porque las otras... las otras no cuentan.
P.D. 1 Laura Antonelli
P.D. 2 Jon Hamm, o lo que es lo mismo, Don Draper (Mad men), tampoco cuenta. Será que me recuerdas a él.
Sé que entre izquierda y derecha siempre opto por la izquierda. Que si he de elegir, me quedo con el número impar, con el camino largo y tortuoso que te adentra en el bosque (con elevado riesgo de no encontrar la salida, dada mi nula capacidad de orientación) y no la senda que me conduzca a la cumbre donde aún brilla el sol. Que cruzo por los pasos de cebra aunque eso me suponga doblar tres esquinas y espero a que el semáforo se pongo en rojo derrochando los minutos (yo, que siempre llego tarde). Que prefiero la sal en las heridas y el café sin azúcar. Las guitarras desnudas a los sonidos efervescentes. El verde que emborracha al sol, el día a la noche. El humo para esconderme, la lluvia para camuflarme y las palabras para defenderme.
Sé que me gusta la luz, pero siento irremediablemente atraída por la oscuridad. Sé que quiero la alegría, pero me dejo llevar por las tristezas (las ajenas). Sé que me están tendiendo una mano para salir de las tinieblas. Y sé que yo estoy mirando hacia otra esquina, sin futuro, sin abrazos... Y te sigo.
En realidad pensaba regresar mañana. Madrugar mucho, mucho y llegar directamente al trabajo; apurar al máximo este largo fin de semana (aquí hoy es festivo). Pero recibo una llamada de petición de auxilio. Por favor, por favor, por favor; Dae, te necesito. Empaco mis pertenencias escasas de fin de semana y abandono el ranchito entre besos y abrazos. Recojo a Sal por el camino, no todos los días alguien me pide ayuda, y menos ella.
No llego a entender del todo que es lo que le ha pasado, lo que le pasa; que no es lo de siempre. Aunque sea lo mismo y luzca un sol tan esplendoroso como insoportable que hace que nos decidamos a meternos en un cine. La oscuridad de la sala hace juego con sus lágrimas. Pero antes, pido permiso, nos pasamos por mi casa, dejo mis cosas, el coche en el garaje y saco el paquete de cigarrillos para las emergencias de debajo del colchón.
Todo está en orden. Han sido sólo tres días pero siento que ha pasado un mundo entre el viernes a las dos de la tarde y yo. Entro en el dormitorio y me encuentro una cama revuelta (olvidaba que el viernes muy de mañana con las prisas la dejé a medio hacer). Sal sonríe por vez primera en lo que llevamos de tarde con una de sus clásicas bromas que tras casi veinte años sigo sin comprender.
"¿No te importa, verdad? Cinco minutos, hago la cama y nos vamos ", no soporto las camas a medio hacer. Pero sí, le importa, y me mira con cara de: "estás peor de lo que imaginaba, ¿no te vas a poner a hacer la cama ahora? " Ciertamente sí, eso era exactamente lo que pensaba hacer; pero no me da tiempo a responderle porque en ese preciso instante suena su teléfono, abre un mensaje y se le cambia la cara mientras murmura un "tengo que dejarte, ya hablamos". Abre la puerta y se va... Yo me quedo, y hago la cama.
Supongo que Glee (para los profanos, serie de televisión que creo que emitía Fox) me gusta porque es un falso musical para adolescentes, que ni es musical, ni es para adolescentes. Y muy especialmente porque está Sue Sylvester, la entrenadora del grupo de animadoras, procaz, deslenguada, envidiosa, chantajista, manipuladora y tirana. A la que acabo de subir a mis altares particulares, justo al lado de Karen “cariño, todas somos lesbianas cuando no hay un hombre cerca” Walker (Will & Grace).
Sé que es difícil superar a Karen Walker: " -¡Oh, cariño! Eres simple, eres superficial y eres una puta. Por eso somos almas gemelas."
Pero Sue lo intenta, y se acerca, especialmente cuando reprende a Will, su archienemigo, profesor de español (ella considera que este idioma es una lengua muerta y que los alumnos sólo deben aprenderla si quieren acabar por convertirse en jardineros o dedicarse a lavar platos), director del coro y el hombre del pelo rizado (Sue desconfía de los hombres de pelo rizado, no se sabe qué pueden esconder entre sus rizos):
-Haz con ese depresivo grupo de chicos lo que yo hice con mi adinerada y anciana madre: aplica la eutanasia.
-Estoy bastante segura de que añadirás venganza a la larga lista de cosas que no sabes hacer… justo después de mantener un matrimonio, dirigir un coro de instituto y encontrar un estilo de peinado que no te haga parecer una lesbiana.
-Ya sé que no soy como el resto de ustedes, hippies; preocupándose por los sentimientos de los chicos como si fueran reales.
-Madonna dijo una vez: soy ambiciosa y sé lo que quiero. Si eso me convierte en una perra, está bien. Seguro esa frase la robó a Sue Sylvester. En serio, yo lo dije primero.
-¿Estoy pidiendo demasiado a la Junta Estatal que planea los días festivos en Ohio? Sólo pido un día al año en el que no me asalten visualmente feos y gordos. En serio, Ohio, estas retinas necesitan un descanso.
-Así que aquí está el sueño… viernes, después de Navidad, el cual tengo libre. Si eres horrible quédate en casa. Pasa el día entero viendo vídeos caseros de un tiempo cuando no estabas demasiado repulsivo para mí.
Y es que Glee está lleno de personajes casi tan adorables y entrañables como Sue. Emma la orientadora, enamorada en secreto de Will o el entrenador Tanaka del equipo de fútbol americano, enamorado secretamente de Emma:
-No quería quedar atrapada en la secundaria luchando contra enfermedades mentales; o soltera a los 40, entrenando el peor equipo de fútbol; o yendo todas las semanas a la peluquería para hacerme una permanente (a Emma, Tanaka y Will, respectivamente).
-Rachel (una alumna): No he podido vomitar, no tengo reflejo de arcada.
-Emma: Cuando seas mayor eso se convertirá en un gran regalo.
Las dos animadoras, Santana y Brittany:
-Santana: Acostarse no es salir.
-Brittany: Si lo fuese, Santana y yo estaríamos saliendo.
-Brittany: ¿Sabías que los delfines son sólo tiburones gays?
-Rachel: ¿Cómo hago para que un chico no se enoje conmigo por decirle ‘no’?
-Santana: Haz lo que hago yo, nunca digas ‘no’.
-Sue Sylvester: Hay una sola persona en el mundo que puede decirte quién eres.
-Kurt (alumno gay): Yo.
-Sue: No, yo, Sue Sylvester. Y todavía no me decidido acerca de ti.
Kurt sigue reflexionando sobre su homosexualidad.
-Sue: Dejé de prestarle atención a esta conversación hace un minuto. Tengo que dejar de hablar con los estudiantes en los pasillos, es una gran pérdida de tiempo.
Corran al televisor más cercano y no me den las gracias.
"Miró de nuevo a su alrededor. La lluvia había dibujado un reguero en la maraña de un zarzal, un brillo de plata que descendía hasta el fango del sendero.
El agua era muy trasparente y muy limpia. Se echó la carabina al hombro y regresó despacio a la guerra."
Leo "Paz", de Richard Bausch. Libró que ganó el 'Dayton Price', curioso premio que tiene por objeto destacar el pacifismo de una obra literaria. Un género que a mí se me antoja algo difuso; si me pidieran nombrar tres novelas, tres alegatos sobre la paz; creo que sólo sería capaz, a bote pronto, de nombrar dos, y una con ciertas dudas. "Adios a las armas", de Hemingway; y "La tregua", de Primo Levy (las dudas son sobre esta última). Aunque obviamente haya muchas más.
"Paz" es una novela tan corta, casi, como su título. Podría devorarse, más que leerse, de un tirón; si no fuera porque resulta tan opresiva, que al menos yo, cada cierto tiempo, tenía que dejar de leer.
Un argumento muy simple desarrollado en una sola e interminable noche. Tres soldados norteamericanos, casi adolescentes, realizando una misión de exploración en la Sicilia a punto de ser abandonada por el ejército alemán en 1944. No hay consignas, ni banderas, ni ideologías. Sólo confusión y deriva. Presente siempre el miedo, fundido en negro. Hielo y lluvia omnipresentes.
Comienza la novela, y esto no es un 'spoiler', con un asesinato. El sargento nortemericano mata a bocajarro a un soldado alemán y a una mujer que le acompaña. El soldado alemán va armado y antes de morir dispara; mata a dos de los soldados norteamericanos. La mujer, una prostituta, va desarmada; su única defensa, las palabras. Grita, supongo que insulta, en alemán, y recibe un disparo en la cabeza. Eso es la guerra, ¿no?
Lo mejor de una semana (martes a martes) de esos benditos moscosos, es haber estado con los pies enterrados en la arena sin estar de vacaciones (éstas siempre en otoño, que las cosas buenas siempre pasan entonces, bien lo decía el poeta). No tan bueno son los por lo menos cinco kilos de más que me traigo. Lo que tiene dedicarse a no hacer absolutamente nada, excepto mimar a los que quiero; las cervezas bien frías y todas las cositas buenas que una se ha dedicado a comer. La lectura de libros absurdos (algunos más que otros): Juego de tronos, Eclipse, Luna nueva y Mankell. Las siestas al sol, el moreno casi imperceptible y el diseño de mi futura cocina en mente.
Por delante, un mes de agosto que por vez primera no borraría del calendario (aunque no tenga motivos, ni para lo contrario).
P.D. Pocos lo entienden (ni falta que les hace), pero Arjona (Ricardo) es una de ésas, de mis absurdas debilidades musicales. Y señores, que sepan que saca nuevo disco, a la venta en dos semanas. "Poquita ropa", se llama el asunto; y yo, hasta me lo compraré (tiempos lejanos aquellos en los que aún se compraban discos). Ojalá Diosito me oiga y vuelva a dignarse a pisar los escenarios españoles, que allí estará una haciedo el ridículo patria, como única caucásica en metros a la redonda. Y ahora que va a ser papá (de nuevo y con la asquerosa ésa con la que se fue al dejar a la miss boricúa) espero que se le mejore el carácter.
Será que hoy ha amanecido en gris, llueve, o para ser más preciso, orbaya. Aunque debería estudiar, el aburrimiento me puede. Esto está vacío, o están de vacaciones o una comisión ha sacado a prácticamente todos mis colegas de la oficina. He dormido mal, fatal en realidad, me he despertado varias veces con malos sueños; tal vez el calor. Hoy no parece que sea verano, lo que no es malo del todo. Estoy cansada, tengo anemia, sueño y un ligero cabreo con el mundo en general y mi mismidad en particular. La semana que viene me la he tomado libre... Todo esto para qué. Para qué lo cuento, digo; absolutamente para nada. Simplemente me apetece.
Igual que durante mucho tiempo no contestaba a los comentarios. Porque no me apetecía, porque no tenía nada que decir. Además se evitaban los agravios comparativos, si no contesto a ninguno, nadie se puede sentir ofendido. Y es que de comentarios precisamente quiero hablar, de los tuyos en concreto, estimad@ Anónimo.
No sé quién eres ni cuál es tu motivación para que día sí, día también, entres, leas y de cuando en cuando (supongo que lo sabes, pero eres, cuando menos, tan previsible como yo), comentes. Conozco las razones por las que yo día sí, día también (me he quitado), visitaba páginas de gente cuyos escritos me irritaban por el motivo que fuera. La diferencia es que yo no comentaba. Y no, no es que yo fuera más educada que tú, o que tú seas más valiente que yo; porque en todo caso desconozco por completo tus razones, si es que las tienes.
Mentiría si dijera que no me interesa conocerlos. Como mentiría igualmente si dijera que no me importa saber quién eres. Cualquiera que escriba un blog, supongo, tendrá curiosidad por saber quién le lee y por qué. Aunque siempre parto de la idea de que si te haces asiduo visitante de un lugar es porque lo que encuentras allí, te agrada. Entiendo que no es este tu caso. Lo acepto, no me importa, ni siquiera me molesta; pero la curiosidad, obvio, es más que evidente.
Doy por hecho que siempre eres la misma persona. Tal vez me equivoque, pero tengo "fichados" dos Anónimos que habitualmente comentan aquí. Vuestros estilos, tonos y comentarios son tan característicos que casi sin dudar tengo claro que sóis siempre los mismos. Uno parece ser que es de Soria; el otro, tú, no tengo la menor idea y menos interés. Ni siquiera sé si eres hombre o mujer, tampoco eso me preocupa. No eres tú quién expone su vida, sino yo; no eres tú quién deba dar explicaciones; pero discúlpame la curiosidad, reitero.
También parto de la idea de que eres exactamente eso, un anónimo, seas quién seas y que no me conoces absolutamente de nada, más allá de esta página. Sería divertido, sin duda, que fueses alguien que me conociese de mi vida 'real'. Pero va a ser que no, intuyo. ¿Qué nos queda? Que lees esto, por el motivo que sea; y comprensiblemente te parezco un horror y decides no callarte. Entiendo que creas que me conoces, pero lo siento, no, no me conoces. Lees y sacas tus propias conclusiones. Y probablemente sean acertadas y lo que tú crees que soy y represento dé en la diana. Es más que seguro que no te equivoques en tus suposiciones o intuiciones, puede que sean paralelas a mi realidad; pero es que exactamente son sólo eso.
Puede que ni siquiera yo sea yo, que no sea una mujer en la treintena y que todo lo que cuente aquí o en su mayor parte sea absolutamente ficción. ¿Podría ser, no? Que fuésemos varias personas, o un hombre o una adolescente. Bien, vale, no, no cuela, ambos lo sabemos. Pero y qué. No tengo talento para la ficción, no sé inventarme otras vidas más allá de la mía. Internet está lleno de blogs así. ¿No tenemos derecho las personas amargadas y sin talento a tener nuestro propio espacio donde desahogarnos? Si nos dedicásemos a autopublicar libros lo entendería, estaríamos contribuyendo a la desaparición de los bosques. Pero ocupar un mínimo del espacio virtual mundial con nuestras gilipolleces no creo que vaya más allá de un atentado contra el buen gusto. También es posible que a la manera de la Liga de liberación de los enanos de jardín haya un movimiento que promueva el buen gusto en la red y haya quién se empeñe en perseguir los espacios absurdos, inútiles y llenos de egocentrismo mal entendido, como el mío. A lo mejor ésa se ha convertido en tu cruzada. No sé, digo.
Así que partiendo de la idea de que tengo un mínimo derecho a mis cinco minutos de fama, a escupir aquí mi vida o lo que yo creo que es mi vida, a exponer mi victimismo y mi amargura. Porque, qué le voy a hacer si mi cerebro no da para más. Si mi vida es esto, una queja constante de lo que no tengo, de lo que no soy, de lo que no alcanzo. Probablemente necesitaría más prozac y menos Platón, supongo, aunque acabe por sustituir la química por la virtualidad.
Soy recurrente, sí; cansina, me repito, hablo (casi) siempre de lo mismo. Y no, no creo que mi vida le importe a nadie, pero menos aún creo que importen mis opiniones sobre lo divino o lo humano. En el supuesto que tuviera opiniones, claro. Así que entre lo peor, mis opiniones; elijo lo menos malo, es decir, yo.
Hace cinco años que escribo aquí. Hace por lo menos cuatro que aprendí que esto no sirve para ligar, aunque ya sabemos que la esperanza es lo último que se pierde. Esto lo cuento por tus comentarios reiterados sobre mi presunta desmedida afición por "pillar" o "mojar"; utilizando tus propias palabras.
No, acá no se liga. Ingenua de mí en un principio (aunque no fuera precisamente ésa la motivación para escribir esto) llegué a pensar que expresarse y mostrarse por escrito podría ser una buena manera de conocer gente. De quitarnos caretas y mostrarnos por dentro, de encontrar a alguien (o que alguien te encontrara a ti) que te valorase por lo que eres y no por cómo eres en apariencia. Pero va a ser que no, que una imagen sigue valiendo más que mil palabras. Hace mucho que desistí. Si lo que pretendiese es ligar por aquí, no hubiese contado muchas de las cosas que he mostrado; soy consciente que no me dejan precisamente en buen lugar. Todo proceso de seducción genera impostura, nadie es tan idiota como para abrirse en canal dejando a la vista vísceras y pulsiones cuando de lo que se trata es de conquistar al otro.
Si traté de ligar vía internet era por supuesto, como tú ya imaginarás, porque en la 'realidad' no tengo ninguna opción. Eso también es evidente. Y no porque sea la más fea, la más gorda y la más estúpida del mundo mundial; al fin y al cabo entro en los parámetros de la normalidad, aunque de la normalidad hacia abajo, claro, tampoco voy a presumir de lo que carezco. Porque ésa es otra, ya tú sabrás; estoy atrofiada emocionalmente, soy frígida, asexual y anorgásmica, torpe, patológicamente tímida, egocéntrica, envidiosa y un poco idiota. En definitiva, una inadaptada social.
Y también entenderás que mi anhelo no es que un 'macho man' venga a quitarme las telarañas. No, lo que yo quiero es ser madre (no menos de tres) y esposa; casarme de blanco, entrar en la iglesia del brazo de mi padre al son del Canon de Pachelbel e iniciar el vals rodeada de gaitas tocando el O son do ar. Los sueños, al menos los míos, siguen siendo gratis.
P.D. Por supuesto eres bienvenid@, tú y tus críticas; no me molestan en absoluto... pero lo dicho, la curiosidad me puede.
La gente que me conoce, y me conoce bien; poquitas personas, pero haberlas haylas, y que sin embargo me quieren; no acaban de entender que hago yo aquí. Léase aquí: de funcionaria de medio pelo, ventanilla y vuelva usted mañana. Y si me tropiezo con alguien a quien no veo desde hace unos quince años, entonces ni les cuento lo mayúsculo de la sorpresa. Me halaga, hasta cierto punto, que todos consideren que esto se me queda pequeño o que creyeran que yo estaba destinada para alcanzar altas cumbres laborales y/o profesionales. Y como las preguntas siempre son inevitables, el por qué, el cómo, los motivos y las circunstancias; he acabado por escribirme un guión aprendido a fuerza de repetirlo; impostado en su mayor parte, todo hay que decirlo.
Lo que más repito es que llegué por casualidad, sin vocación, ni premeditación, ni alevosía. Es cierto, en parte. Desde luego ni tuve ni tengo vocación funcionarial, y les aseguro que existe. Nunca he creído en las casualidades y en todo caso aprobar una oposición exige como poco ciertas dosis de estudio; premeditación y alevosía por tanto. Pero en realidad era un plan C, un plazo de tiempo relativamente breve y un 'vamos a ver qué pasa' sin mucho convencimiento de que pasara algo; mezclado con muchas cruces pintadas de rojo en la geografía de las grandes capitales europeas (Madrid no es Europa). Casi sin darme cuenta me vi jurando o prometiendo mi cargo de funcionaria de carrera y tuve que elegir entre quedarme aquí con el nombramiento bajo el brazo, un exiguo sueldo, estabilidad laboral y horario presuntamente de ocho a tres (de lo que se presupone es la vida en la administración pública tendríamos para hablar largo rato) o seguir viviendo como hasta entonces; allá, aquí y entre medias en ningún lado, que francamente siempre ha sido lo que mejor se me ha dado; aunque paradójicamente no tuve dudas en elegir lo primero.
Y no dudé porque de repente tuve claro cuáles eran mis prioridades y qué futuro quería para mí. Futuro que por cierto no ha llegado (o yo no supe llegar a él), pero eso es otra historia. Así que sigo mintiendo, y no cuento, y no digo... porque la única vez que lo hice se lo tomaron a broma; no, tú no, tú no eres así, no te pega, no va contigo, tú no, qué sentido del humor... Y sigo dibujando un personaje a golpe de remiendos de rímmel y corazón.
P.D. Gerald Butler. Acabo de descubrir el concepto de 'hombre empotrable' , no recuerdo donde, voy saltando de un blog a otro, tirando del hilo, y acabo perdida. Si alguien reconoce la autoría del concepto, reivindíquelo.
Me ha gustado tanto lo de 'empotrable' que a partir de ahora cuando me pregunten cómo es mi hombre irreal ideal diré que tiene que ser empotrable, a la par que una mezcla entre salvaje y ñoñas; más salvaje que ñoñas, en todo caso; y esto se lo robo sin permiso a Nebroa, que sé que me perdonará. Además de un largo etcétera ya de mi autoría que no creo interese a nadie. Pero por si acaso, por si acaso interesa, digo; hombres empotrables y salvajes (y algo menos noñas) serían Gerald Butler, Javier Bardem y obvio, Hugh Jackman. Bruce, claro está, pertenece a otra categoría, superior, única e intransferible. Aunque ahora que lo pienso, Hugh Jackman también.
Y es que soy muy mía y a la vez muy del cosmos, muy de las tinajas y de los moldes de galleta, de las vainas y los pomos cromados, de la cola y el carril más lento, de embalsamadores y taxidermistas, del rincón del aburrido; soy muy de los desprendidos de la crítica, fiestas provocadas y tijeretazo en casa, del orden cosas y cosas por vicio. Soy muy de todo esto y de aún más cosas. Sólo espero que alguien me reclame... sería muy violento tener que hacerlo yo misma...
Deja tus paranoias o tus deseos, gritos al aire, diarios, confesiones, declaraciones de amor o de guerra, o simplemente tu firma, tu mensaje, tus besos, saludos o consejo, bromas o entusiasmo, reminiscencias o cañones recortados, y ya descubriremos si tenemos algo de lo que hablar...
Ser ese pincel aguado por la lluvia que esboza en cada bocanada una bahía, dos volcanes y diez maneras de decir lo que deseas. Una bandada de gaviotas. La ginebra. Las noches sin futuro. Una colección de lunas llenas. Las verbenas de barrio. Una tormenta sobre el azul inmenso del océano. Arrastrando la cobija. Tristezas a la carta por alegrías. Billie Holliday rasgando la noche. Una visita imprevista y deslenguada. Los calvos que se quitan el sombrero. Las noches "nuremberianas" al calor del Eulenspiegel repletas de ron, humo y conversaciones. Aquella voz, aquel acento."Mis" poetas: Á. González, Huidobro o Cernuda. La lluvia que parió charcos y barro. Viajar en tranvía. Volar cometas. Un par de botas sucias. El canto del urogallo. Alain Delon en "Rocco y sus hermanos". Caminar sobre hojas secas. Las tímidas que salen respondonas. Aviones que despegan. Las rosas amarillas, los lirios, las violetas. Las raras excepciones. ARJONA (con mayúsculas). Medianoche en una estación de tren. La honestidad brutal de Calamaro. Una tormenta sobre el azul inmenso del océano. Aquella buhardilla en la Peissenbergstr. Silvana Mangano en "Arroz amargo". Pisar charcos. El 14 (y la lluvia) de abril. Mi chupa de cuero. La Coca-Cola (nadie es perfecto). Besos con risas. Silvio y Ojalá como coartada. Lengua con besos. El castellano de Umbral. Esencia de playa y sal de un lugar donde habitaban las gaviotas. Pisar charcos. Un vestido y un amor. Salitre 48. EL hombre del piano. Luka, el niño del 2º piso. Compay y Celia, el son y la salsa de luto. La primera mirada por la ventana al despertarse. Las noches que sonríen en forma de luna. Estoy Bartok de todo. El olor a tiempo desgastado. Simon & Garfunkel. Waits & Cohen. Los trenes que viajan hacia el este. Rosas a Rosalía. En Lisboa, sobre lo mar. El cambio de estaciones. Dylan y su hijo Jakob. Un amanecer en la playa del Silencio. El piano ha estado bebiendo. Puentes que se cruzan en ambos sentidos. El Urriellu. Una Delirium Tremens. Las carreteras secundarias. Un otoño de párpados caídos. Los domingos al sol en el Englischer Garten. Camarón sin camisa. Frambuesas en la tarta. Las sesiones de madrugada. Las montañas mágicas de esta tierra que plantó mi corazón recibiendo el regalo de la lluvia. Chavela por Jose Alfredo. Los labios que aprovechan los rincones más olvidados, más olvidables. Veloso y su fina estampa. El miedo, el futuro incierto, el camino, la búsqueda. Je vous ai apporté des bonbons parce que les fleurs c'est périssable. Los que pudieron ser y no han querido... Dream, baby dream.