Secreto a voces
He vuelto a humillarme, o tal vez tenga un concepto mal entendido del orgullo. He hecho feliz a alguien, le he hecho sentirse importante cual Nerón bajando el dedo condenándome no ya a la muerte, sino al ostracismo. Y esta persona ni siquiera me importa... Pero de vez en cuando siento la necesidad de interferir en la vida de alguien, aunque sólo sea para que me aparte de un empujón. Bien, es cierto, técnicamente aún no lo ha hecho, aún no me ha enviado derechita a un rincón envuelta en sombras y aunque tiene toda la semana para hacerlo, para brindarme el silencio, no dudo, ni por un instante, que no vaya a hacerlo. No va a desaprovechar la oportunidad, intuyo.
Te lo cuento a ti porque sé que en parte te sientes culpable, por haberme empujado a unos brazos tan poco receptivos. Y si te dijera que pienso que es gay (aunque esta conclusión, no te equivoques, no es consecuencia del rechazo)… que en realidad no me importa ni me ha importado nunca (aunque no entienda por tanto esta necesidad de dar explicaciones, de revolcarme en un mal orgullo herido)… Y a todo esto, el vasco, por supuesto, no ha llamado.
P.D. Mirna Loy y William Powell en "The thin man" (La cena de los acusados).











