martes, septiembre 15, 2009

Para el adios siempre hay tiempo



Se ha muerto Patrick Swayze. Me lo cuenta mi compañero de trabajo, el mismo que se pasa media mañana leyendo periódicos y la otra media fingiendo que trabaja. Lo de compañero es un decir, más bien alguien que trabaja en el mismo lugar en el que trabajo yo. No recuerdo los motivos de su muerte, alguna innombrable enfermedad probablemente. Nunca me gustó especialmente, me parecía demasiado soso e inexpresivo, y en películas como "Ghost", un bodrio infumable en mi no tan humilde opinión, yo iba con el malo. Pero confesaré que "Dirty Dancing" fue una de las películas de mi adolescencia, la otra fue "Sufre mamón", nunca volví a ver la segunda, infinidad de veces la primera. E. se sabe media película. Es su película preferida, no puedo culparla. Yo me sé diálogos enteros de "Johnny Guitar" o de "Ser o no ser". Todas soñamos con bailar con Patrick Swayze. Tuve un vinilo con su banda sonora. No me gustaba bailar, pero cerraba los ojos, le recordaba en "Norte y Sur". Que mal ha envejecido Lesley-Anne Down, como Veronica Hamel como madre de Jack Sephard en Lost (Perdidos), ya saben, el teniente Furilo. Supongo que le recordarán en alguna tele. Me juego lo puesto a que emitirán "Ghost" a modo de recuerdo. Me conformaría con volver a ver "Dirty Dancing", pero me encantaría que alguien se acordara de "Rebeldes". Patrick Swayze será recordado por las dos primeras, yo le recordaré por la tercera. Diane Lane sí ha sabido envejecer, es lo que tienen las pelirrojas.



P.D. Emilio Estevez, Rob Lowe, C. Thomas Howell, Matt Dillon, Ralph Macchio, Patrick Swayze y Tom Cruise en "Rebeldes".

lunes, septiembre 14, 2009

La mirada del otro


"I never loved nobody fully
Always one foot on the ground
And by protecting my heart truly
I got lost in the sounds
I hear in my mind
All these voices
I hear in my mind all these words
I hear in my mind all this music"


Regina Spektor

El afán proselitista en mi persona es prácticamente inexistente. No pretendo iluminar a los demás, ni guiar ni desbrozar los caminos. No me gusta pasear con alguien cogido de mi mano, ni elegir las corbatas. Ante la duda, siempre elijo la izquierda, aun contradiciendo al GPS y con riesgo de quedarse atrapado en un bosque de Vermont sin salida y sin gasolina. No soy práctica. No sé hacer café. Odio trasnochar y los días de verano. Adoro las telenovelas. Tengo infinidad de pares de zapatos que no me pongo nunca y más de una gabardina en el armario que aún no ha visto la luz. Odio los cacahuetes y los loros. Tengo mal carácter, humor sombrío y días grises. Me gustan las paredes de blanco, aunque no esté de moda. Poseo un acusado síndrome menstrual y estoy llena de interrogaciones y silencios. No me gustan los animales, aunque una vez tuve un perro y como es obvio, odio los gatos. Me gustan las mañanas heladas, los días tristes de otoño. Tengo un móvil de tarjeta, según uno de mis sobrinos, el más chungo del mercado. Un trabajo de ventanilla y vuelva usted mañana donde el tiempo pasa lentamente y un piercing en el ombligo. Ejerzo adicciones varias, los sugus de cereza y los regalices, las carreteras secundarias y el asiento trasero de su coche. Y como escribió Alejandra Pizarnik: He tenido muchos amores, pero el más hermoso fue mi amor por los espejos.




P.D. John Wayne y Maureen O'Hara en "El hombre tranquilo".

domingo, septiembre 13, 2009

Paren el mundo que yo me bajo de él


Cuentan los mentideros que a María Felix, La Doña, la mujer más guapa que ha parido México (sic), de la que se dice nació dos veces, cuando la alumbraron y cuando ella se inventó, en una ocasión le preguntaron si era lesbiana:

-"Si todos los hombres fueran tan feos como usted, pues sí sería lesbiana”.

Me lo pregunta alguien a mí. Querencia que le tiene la gente a clasificar, a etiquetar, a colocar en compartimentos estancos.

Soy asocial, asexual y apática. Y al igual que Maria Felix, si todos los hombres fueran, no ya tan feos, sino tan tristes, como el que me preguntó, tendría la misma respuesta.



P.D. La misma Maria Felix.

Desmemoria



Me he convertido en ese personaje de "Mujeres de Manhattan", la mujer en crisis que se pasa los días encerrada en casa viendo pelis en blanco y negro. Veo una estúpida película de Lubitsch, "La viuda alegre". No me gustan los musicales. Los odio con toda la fuerza con la que se puede despreciar lo que se desconoce. Sal siempre dice que ese disgusto habla de mi sensibilidad. A. una vez me recomendó que me comprara peces como animales de compañía. Los peces no requieren contacto físico. Los peces no se tocan. En eso me parezco a mi padre. Estaba tan obsesionada con no ser como mi madre que he acabado pareciéndome a él.

Cuatro domingos en uno



"One can only guess
what would happen if
I got all my questions answered.
Then we'd know for sure
who's got the quickest draw,
who's laying dead
and who's above the law."


Ben Lee


No digas que fue un sueño. Título de una novela de Terenci Moix que nunca leí. Alguien me la regaló. Se perdió en alguna mudanza antes de que tuviera siquiera tiempo a leer su primera página.

Había una serie en televisión. Playas de China, con Dana Delaney y Diana Ross y las Supreme poniéndole banda sonora (Reflections). Hoy nadie parece recordarla. Yo sí.

Nunca me gustó su risa. Me parecía falsa, impostada. Tardé en comprender que simplemente me gustara o no, se reía así. Probablemente no sabía o no podía reírse de otra manera. Ayer descubrí que la odiaba porque se reía exactamente igual que P.L.. No sé cómo no me di cuenta antes.

Cree que no es cierto lo que ve, que como todos, mi tarea es la de fingir que soy la que no soy. Que las distancias que recorro son ficticias, que lo que cuento, que lo que muestro y lo que doy no es real. Cree que me conoce, que va a anticiparse a mis silencios o a mis actos, que sabe lo que hay detrás de mi fachada. No sabe que por vez primera me mostré como era, sin maquillaje ni artificios. La sucia realidad a veces empaña la ficción.



P.D. Hedy Lamarr en "Dishonored lady".

Hablemos de sexo



Agotados los temas de conversación triviales y típicos, el repaso general a la vida, obra y milagros de los presentes y muy especialmente de los no presentes y ausentes, la conversación deriva, como no podía ser de otra manera, hacia los temas de actualidad que últimamente copan las portadas de los periódicos: botellón en Pozuelo, Belén Esteban y el Defensor del Menor (de la Comunidad de Madrid) y el sexo de pago. No necesariamente por este orden ni en reparto equitativo de tiempo dedicado a cada uno de ellos.

Yo apenas opino. Desconocía hasta ese momento el tema de la Esteban. Afortunadamente alguien me gana y ni siquiera sabe quién es. Sí, es posible, aún hay gente que vive al margen de determinadas realidades, y que les dure.

El tema de Pozuelo, por otro lado, me aburre, lo dejo en manos de conciencias más doctas que las mías, algunas con hijos preadolescentes, que dictan sentencia a padres, hijos, fuerzas del orden y estamentos públicos.

Con el sexo (de pago) la conversación se caldea. La cuasi-unanimidad alcanzada con los dos tema anteriores se volatiliza y de pronto nos vemos (se ven) enfrascados en una discusión con dos tonos de voz más elevados de lo que sería considerado correcto. A un lado los promotores de la libertad del individuo por encima de todo y pese a todo, a otro los firmes defensores de unos valores y una dignidad perdida. Yo sigo sin opinar. Arreglar el mundo ha comenzado a parecerme una tarea ardua y terriblemente tediosa.

En honor a otros tiempos en los que para mí la discusión era un arte, alguien me pregunta mi opinión. Y qué voy a decir yo. Tal vez recordarle a J., que considera que quiénes somos nosotros para juzgar e interpretar un mero intercambio comercial, que no opinaba lo mismo cuando muchos años atrás pasábamos camino de nuestra compra semanal al Carrefour por cierta calle poblada y habitada por mujeres negociando meros intercambios comerciales. Putas de la vieja escuela, españolas en su mayoría, por aquel entonces la presencia de inmigrantes en las calles de Gijón no era demasiado común, atrapadas por el infierno de la heroína. Dudo que nunca, jamás, tuvieran la oportunidad de elegir.

Pero no digo nada y sigo escuchando a G., que vive en Rumania, donde le ha mandado la multinacional para la que trabaja, cobrando un sueldo que multiplica por seis al mío. Que pese a ello no sabe situar a Valaquia o Bukovina en un mapa. Me miró como si fuera una marciana, tal vez lo sea, cuando le hablé de un futurible viaje siguiendo la ruta que Bram Stoker dibujó para Jonathan Harker. Desprecia al país que lo acoge y a sus gentes y sostiene que es lógico que sus ciudadanas prefieran trabajar, conscientemente, de trabajadoras del sexo en España, que fregando los suelos de su duplex en Bucarest. No le recuerdo la rabia e impotencia, las lágrimas que caían desde su casi metro noventa de estatura cuando fuimos testigos primero y oyentes después, de la perra vida y de las palizas que sufrió C., travesti callejera que a principios de los 90 inmortalizó muchas de nuestras noches de estudio, con la que compartimos alguna noche de desenfreno en algún tugurio de Cimadevilla, pocas, y de confidencias, muchas.

Después opina S., desde su digna posición de novia vestida de blanco frente al altar de la Iglesia de San Pedro en un par de semanas. Apela al abuso de las mujeres, a la falta de dignidad de los clientes, al sometimiento y a la violencia. Le queda un discurso muy emotivo sobre la fragilidad de la condición humana que bajo ningún concepto debe ponerse en venta. Me abstengo de preguntar si acaso ella no recuerda haberse puesto en venta dos veces por semana hace algunos años. Ella ofrecía su cuerpo, él un anillo de compromiso.

Sigo sumida en el mutismo más absoluto, pero todas las cabezas se dirigen hacia mí, la única que no ha hablado ni ha opinado hasta ahora. Y aunque supongo que ya no les sorprende mi falta de opinión, hace tiempo que dejé de tenerla cuando se habla de todo y de nada a un tiempo, me instan a que hable.

"La otra tarde vi un reportaje de investigación en la tele". Palabras mágicas, reportaje de investigación, siempre sugiere sexo, drogas y botellón. Consigo mantener la expectación pese a que alguien pregunta cómo es posible si yo nunca veo la tele. Obvio la pregunta y sigo. Trueques con sexo, ese era el tema objeto de “investigación”. Será consecuencia directa de vivir en provincias, pero yo nunca lo había oído. Todos asienten. Sale un tipo con voz distorsionada y sin que se le vea la cara, ha puesto un anuncio en el periódico en el que ofrece alquilar una habitación a cambio de un polvo diario con la posible inquilina. Teniendo en cuenta que la periodista que se hace pasar por presunta interesada está de buen ver el tipo parece encantado y dice que pueden llegar a un trato en ese mismo momento, diferente sería, añade él, que fuera de cuarenta, años, se entiende, entonces el posible acuerdo podría peligrar. Juraría que el tipo en cuestión no cumple los cincuenta, y no le acuso de que le gusten las jovencitas, es lógico, además es él el que pone su casa. Sólo pretendo ser lo más exacta posible. Estrechan sus manos y se ponen de acuerdo. Entonces él añade que deberían pagarle unos 100 euros al margen de los servicios sexuales requeridos. Digo yo que serán para los gastos de luz y agua y todas esas cosas. El mundo al revés, todos asienten.

Pero lo mejor viene tras la publicidad. De nuevo anuncio en el periódico. Se busca asistenta para limpieza de hogar y puta a partes iguales. Quitas y echas un polvo a un tiempo. Voz distorsionada de nuevo y sin apariencia de rostro, pero en este caso se dan más datos. Es hombre, de 40, vive con sus padres pero tiene un piso propio. Inciso, qué hace un tipo de cuarenta viviendo con sus padres y máxime teniendo una casa. La respuesta está en el viento.

Sólo pretende que pase la fregona un par de veces a la semana, dos horas, 15 euros y antes o después, no lo aclara, todo lo demás también. Como no vive allí, especifica que hay poco que limpiar. Intuyo yo que cambiar las sábanas y recoger los condones usados. Dice que es una persona “normal”, de gustos “normales” y que quiere las cosas “normales”: caricias, besitos y demás, no aclara si la normalidad se circunscribe a la postura del misionero o el sexo anal u oral entran en esa categoría. Dudo mucho que un hombre que pague por mantener relaciones sexuales con una mujer no baraje esas posibilidades. Quién c* va a acostarse con un tipo a cambio de 15 euros teniendo que limpiarle además la casa, me pregunto yo y todos asienten. La candidata acompaña a semejante “mastuérzano” al piso en cuestión, donde se discuten los métodos anticonceptivos a usar. Me equivocaba en mi suposición anterior cuando decía que probablemente la limpieza se limitase a cambiar sábanas y recoger los preservativos usados. A estas alturas me da que es de los que no cambian las sábanas y que no tiene ninguna intención de usar condones, pero no, el tipo ha pensado en todo, y tiene su propio método anticonceptivo, se administra vía vaginal mediante unas jeringuillas, que el disculpa diciendo que son de las “pequeñitas” y que no hacen daño. Pero qué está contando este romano. Todos asienten.

Aprovechando el desconcierto emocional en el que todos se han sumido; elucubraciones mentales acerca del tamaño de las jeringas, incluida S., que pese a ser enfermera se estremece, me levanto y me despido. Todos asienten.

El tipo del fondo de la barra no ha dejado de mirarme en toda la noche, y yo si he cambiado las sábanas.




viernes, septiembre 11, 2009

Descubrimiento





No sé por qué me gusta esta canción... bueno, sí, lo sé, podría haberla escrito yo, pero plantear la duda es lo adecuado cuando se habla de La quinta estación, una no puede confesar públicamente y quedarse tan ancha que le gusta una canción suya.

If you see him, say hello



"If you get close to her, kiss her once for me
I always have respected her for busting out and gettin' free
Oh, whatever makes her happy, I won't stand in the way
Though the bitter taste still lingers on from the night I tried to make her stay."


Bob Dylan


Hace demasiado tiempo que no me reconozco. No sé a ciencia cierta cuándo dejé de ser yo y me convertí en esa maraña de pelo castaño enmarcando la tristeza de mi mirada que me devuelve el espejo. No sé dónde fueron a parar mis sueños y mis promesas, los latidos de un corazón con arritmias. Sólo sé que yo no soy yo y que tampoco sé a qué estoy esperando para recuperarlo. De seguro que no será en todo caso este fin de semana.

miércoles, septiembre 09, 2009

Contraindicaciones


A mi hermana A. le parece una pésima idea. A mil kilómetros de distancia y vía telefónica recibo sus directrices acerca de la futura reforma. Quiero cambiar el suelo, odio el parquet, o cómo se llame y se escriba. Soy muy dada a arrastrar muebles, no me pregunten por qué, y eso siempre acaba pasando factura. El laminado no es una opción y la tarima sería una regresión a los suelos encerados de mi infancia, hasta que la modernidad, en forma de barniz, llamó a la puerta de mi madre, pero como ella no era la que enceraba, ni barnizaba, ni pasaba la aspiradora ni la mopa, ni en general, la que limpiaba, no la abrió. Ella sostenía, y sostiene, que el parquet tradicional es demasiado brillante, y que tanto brillo es una vulgaridad. A. me ha recomendado mantener el suelo actual pero metiéndole un buen fregado con algún producto semitóxico para que se vaya el brillo. Sí, lo han adivinado, también ella opina que es una falta de buen gusto pisar suelos que parezcan espejos.

En cambio a mí me gustan los suelos de tarima lacados de blanco, y me gustan por impropios motivos... A. puso el grito en el cielo (y los pies en la tierra) recordándome que se trataba de un apartamento de poco más de 50 metros cuadrados en Oviedo, no de una casa de verano en Jutlandia o en Schleswig-Holstein. Muy a mi pesar tuve que estar de acuerdo con ella. Descartada, pues, la tarima blanca, que sin embargo tuvo su momento de gloria cuando ya me soñaba caminando descalza sobre ella. Me transmite una calidez asombrosa y no precisa por tanto de alfombras, ni de aspiradora, un gasto menos siempre es de agradecer, en todo caso las odio, las alfombras, digo. El binomio tarima encerada más alfombras era un auténtico hit en casa de mis padres, y yo acabé por odiar ambas cosas, lógicamente.

Y sí, lo sé, últimamente estoy monotemática, pero que le voy a hacer, a partir de ahora mi vida se va a limitar a esas cuatro paredes y a tratar de llegar a fin de mes pagando el mayor número de facturas posible. No tengo nada claro que vaya a merecer la pena. ¿Pero cuándo hice yo algo que mereciera la pena?.

Concierto para violines desafinados



Leo a Mariam Keyes, "Un tipo encantador" o algo así. Nunca le hago demasiado caso a los títulos. Leo y olvido, rápido y sin dolor. Sus novelas no dejan huella. Tanto mejor. Me he pasado media vida tratando de borrar las mías, pasando de puntillas. Por momentos creo que lo he conseguido. Bienvenidos a mi circo, ante ustedes la portentosa mujer invisible.

martes, septiembre 08, 2009

En días como hoy


Hoy aquí es festivo. Al igual que en no sé cuántos más sitios. Hace demasiado calor para plantearse seriamente hacer algo y yo me había planteado seriamente decapar, lijar, curar y remendar un mueble, pero hacerlo a pleno sol no es muy tentador y ni siquiera es para mí, de lo contrario tal vez haría el esfuerzo. Así que me he metido en la casa que en breve dejará de acogerme, aunque espero que siga haciéndolo los fines de semana, y he cerrado contraventanas y bajado persianas, he expulsado al perro, también de prestado, de mis dominios, apagado las luces, encendido un cigarrillo (hace siglos que no fumaba), pero alguien los dejó olvidados, me he preparado un gin-tonic con los restos de la Bombay azul del fin de semana, cuando veinte personas estábamos sentadas en esta misma mesa, he puesto a Miles Davis y me he acordado de ti por enésima vez en lo que va de mes. Te he arrancado promesas para ayudar en la mudanza, con la pintura de las paredes y los paquetes planos de Ikea y no sé si debo sentirme satisfecha.

Se han acabado los cigarrillos, y la ginebra. Las tiendas están cerradas, aunque la tienda más próxima esté a cinco kilómetros. Y debería lavar el coche, y no debo olvidar que prometí regar las plantas y las jardineras de los balcones y echarle la comida al perro... pero lo único que deseo es seguir tumbada, en la oscuridad, sola...



Mi elección




No quiero que mi padre lo conozca. Y no, no me importa su opinión, sin duda contraria a la mía, ni me haría cambiar de parecer, pero sé que no va a gustarle. Demasiado pequeño, demasiado oscuro, demasiado deslocalizado... Ya he recibido suficientes críticas y juro que no soportaría una más.

Tampoco pretendía que mi madre lo viese. Mismos motivos, aunque raramente (nunca en los últimos 15 años) me han dicho lo que tengo (o no) que hacer. No supe ver que ella contaba con más recursos, y con total traición y alevosía le pidió al portero que se lo enseñase. Se guardó, y mucho, obviamente, de hacer comentarios, y sólo se le escapó, intencionadamente, sin duda, que entendía que no podía permitirme algo mejor, pero que "de momento" serviría para cumplir mis expectativas (vaya usted a saber qué pretendería decir con eso).

Sé que lo que a ambos les hubiera gustado sería un piso de unos 200 metros cuadrados en alguna calle de la Vetusta señorial, con portero físico (en eso les he complacido) y que compartiera mi hipoteca con algún apuesto caballero que me superara en años, altura, moralidad y posición económica. Como de momento eso ni es posible ni probable, me temo que se conforman con que mi compromiso al menos sea con un banco (su anillo de compromiso seguirá esperando, el que prometió que sería para mí, al fin y al cabo, las otras, mis tres hermanas, hace tiempo que recibieron los suyos correspondientes).

En cambio si quise contar con la opinión de ellas y de sus correspondientes apuestos caballeros. Decisión poco meditada, de haberlo hecho la habría borrado de mi lista de pendientes, y que así, de pronto, me pareció ideal. En calidad de propietarios de diversos inmuebles se me ocurrió pensar, ingenuamente, que seguro que a ellos no se les escaparían los detalles que a mí, inexperta en cuestiones inmobiliarias, sin duda se me pasarían por alto.

Dado que las vacaciones suponen reunificación familiar salvando los mil kilómetros de distancia que nos separan organicé turnos de visita. Tres turnos de hermana, cuñado y en algunos casos sobrino o sobrina o sobrinos (gran error esto último, me temo que la superficie total de mi futuro hogar equivale a su cuarto de juegos, aunque con su exquisita educación germana no lo hicieron notar). Mi hermano pequeño, en calidad de no propietario, no estuvo invitado a la tourné. Dudo que se sintiera desplazado y/u ofendido.

Primer turno. Hermana y cuñado número uno. Sólo hacen comentarios de las vistas. No tendrías que poner cortinas, apunta mi hermana. Un parque al otro lado de la calle, sin vecinos ni edificios, al fondo la sierra del Aramo. Mi cuñado hace referencia a lo "apañao" que parece el portal (se reformó hace un par de años). De todo lo demás, no saben, no contestan.

Segundo turno. Mi sobrina de 2 años no opina, pero le gustan los columpios que hay al otro lado de la calle, aunque como comenté anteriormente los 50 metros cuadrados no pueden competir con su dormitorio. Su hermana de nueve meses duerme plácidamente y no es de recibo importunarla. Su madre, mi hermana, sólo dice que no tiene balcón, ni terraza y que ella jamás se compraría un piso sin una mísera terraza o balcón donde asomarse. Me abstengo de comentar que ella jamás se compraría un piso, a secas, y que aquí las terrazas se usan para tender la ropa y que yo a Dios pongo por testigo que lo primero que haré será quitar ese horrible "nosécómosellama" artilugio para tender y comprarme una secadora, dónde colocar la secadora es algo que decidiré mañana. Mi cuñado número dos, cuyo abuelo era conde, familia de Prusia oriental venida a menos, efectos colaterales de la Segunda Guerra Mundial, descubre lo que es un patio de luces, asegura, y le creo, que es la primera vez que ve uno. Tras asomarse por la ventana de la cocina reiteradamente a dicho patio cae en un mutismo absoluto. Es un quinto piso, murmuro, podría ser peor. La luz y todo eso...


Tercer y último turno. Hubiese deseado cancelar la visita. Pero no tuve valor y creo que a mi hermana mayor, ilustre propietaria de tres inmuebles, le hubiese parecido un feo. Mi cuñado número tres, tan expansivo como siempre, sólo repite que lo importante es "Lage, Lage, Lage", o lo que es lo mismo, la ubicación. Cinco minutos andando, por reloj, hasta mi trabajo y a diez de la Calle Uría (para los profanos, la arteria principal de Oviedo). No le parece suficiente. Se me olvidaba que él se crió a medias entre el barrio de Schwabing y la calle Fruela (prolongación de Uría). Ella por el contrario sólo hace un comentario, se asoma al patio de luces, al que define como tragaluz, y afirma más que pregunta: "quitarás eso", aludiendo al artilugio para tender ropa anteriormente mencionado. Afirmo rotundamente y aclaro que me compraré una secadora. Arquea una ceja... ¿y la lavadora?. Deberías quitarla de la cocina, donde está actualmente y poner en su lugar un lavavajillas. Pero dónde las colocarías, porque deberías comprar por separado la lavadora y la secadora y colocarlas en torre. En la cocina no, obvio. Apunto tímidamente que aunque no sea la mejor opción, en realidad es la única, había planeado, aún no sé cómo, montarlo en el baño. Me miran, ambos, con cara de horror, mirada que devuelvo con resignación. No hay sitio para una washküche, claro, murmuran, no tienes sótano... No, ni una casa con tres pisos, ni buhardilla, ni trastero, sólo 50 metros cuadrados y un baño y un salón con cocina americana, y claro que no es el piso de mis sueños, ése está en la 77 oeste, pero "de momento" es mío (o será mío) y a Dios pongo por testigo, de nuevo, que en cuanto lo pinte y lo reforme no volverán a mirarme con esa cara de circunstancia, y lo que voy a ahorrarme en cortinas.




Dudas y regalos


-¿Qué quieres que te traiga de Londres? (léase London, la pendantería nunca jugó a su favor. Los tópicos, tampoco).



-Nada (yo raramente vuelvo con regalos de mis viajes, excepto que sean para mí misma. Obvio que las excepciones se rompen de cuando en cuando, pero ni quiero ni exijo reciprocidad).



-Siempre decís lo mismo y en realidad queréis algo (no me molesto en preguntar a quién engloba en esa segunda persona del plural).



-Conoces mis gustos, y especialmente mis disgustos (me rindo fácilmente)... pero por favor, si te empeñas, que no sea una de esas horribles (e inútiles) bolsas de Harrods.


Y me trajo una bolsa de Eclairs, perdición en mi infancia y que hacía siglos que no probaba. Bueno, en realidad un par de meses (pero pasaron siglos desde mi infancia hasta ese par de meses, en Cambridge)... Aún sigo dándole las gracias, a veces soy de un simple...

lunes, agosto 24, 2009

It's over now


No tengo tiempo... simplemente. Ni para mí, ni mucho menos para ti...

martes, agosto 18, 2009

Lectura para principiantes

La pasada noche terminé de leer, por fin, el peor libro que he leído en mi vida, y les aseguro que leo mucho y mal. Por tanto todo un record digno de ser mencionado. Y sí, tienen razón, también es cierto que no tengo nada mejor de lo que hablar, pero esperen a mañana. Esta tarde voy a visitar de nuevo un piso y esta vez tengo el presentimiento de que va a ser el definitivo y si no puedo encontrar al hombre perfecto qué menos que encontrar la casa perfecta, por mucho que los suelos de parquet no den abrazos ni los balcones susurren al oído. Así que ya les contaré, otro día, tal vez mañana, pero hoy toca hablar de "La enfermera de Brunete".

Cuando quiero perder el tiempo leyendo y advierto aquí que para mí perder el tiempo es una forma estupenda de malgastarlo siempre que una elija como, leo a Mariam Keyes, esa escritora irlandesa autora de un buen puñado de best-sellers y sobre la que debo admitir que exceptuando el primero, el primero que leí, "Sushi para principiantes" (imagino una versión cinematográfica co Hugh Jackman haciendo de prota y me estremezco) el resto no me gustaron demasiado. Pero de vez en cuando viene bien leer historias de finales felices con mujeres que son más desgraciadas aún que una.

Me leí casi todos sus libros e incluso repetí con uno de ellos hasta que llegué a uno cuyo título no recuerdo ahora pero que era una mezcla entre "P.D. Te quiero" y una Bridget Jones a la irlandesa y que me pareció tan espantosamente ridículo, no sé qué esperaba, que suspiré aliviada cuando por fin cerré su última página (yo y mi manía de siempre, siempre terminar un libro).
Agotada la lista de posibilidades acudí a N., que siempre tiene un best-seller sobre la mesilla de noche, para que me recomendara un libro con el que anestesiarme. Ella es experta en los Ken Follet y Dan Brown de turno, se leyó de un tirón la trilogía de Stieg Larsson (qué valor) y ahora se ha aficionado, cómo no, a la novela policíaca sueca.

De la relación de N. con la literatura yo espero casi todo, como por ejemplo el incidente provocado en plena Semana Negra con un tipo de seguridad que valga la redundancia guardaba las espaldas de los ínclitos Victor Manuel y Ana Belén (por qué me caerán tan mal si no me han hecho nada), Joan Manuel Serrat y Luis García Montero, enfrentándose armada con el libro que este último había publicado sobre Ángel González. No recuerdo las palabras exactas de la discusión, algo así como que o la dejaba pasar para que Montero le firmara el libro o le abría la cabeza con él. Ni que decir tiene que el poeta debió escuchar las amenazas y tomárselas en serio porque acudió raudo y veloz, sonrisa dibujada en los labios y apartando de un plumazo al segurata para firmar el libro.

Lo que quiero contar con todo esto es que una mujer de semejante carácter no puede venderme "La enfermera de Brunete" como un novelón al estilo de "El corazón helado" pero a la inversa(curiosamente de la mujer del poeta anteriormente mencionado, Almudena Grandes, no me digan que no es adorable su voz de cazalla trasnochada). Y claro, voy yo y me lo creo y comienzo a leer.

Digamos que le concedí el beneficio de la duda hasta la página 25 y siendo muy generosa, y que puedo hablar con propiedad porque me he leído sus más de mil páginas y aún en sueños se me aparecen esos personajes y esos diálogos que se diría sacados de una mal telenovela barata. Juro que pocas veces he leído, y reitero que he leído mucha basura, diáologos tan pueriles, personajes tan mal dibujados y escenas tan grotescas. Sólo quiero saber si son imaginaciones mías y he acabado leyendo un libro en otra dimensión o de verdad ha existido siendo todo un éxito.

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