viernes, septiembre 11, 2009

Descubrimiento





No sé por qué me gusta esta canción... bueno, sí, lo sé, podría haberla escrito yo, pero plantear la duda es lo adecuado cuando se habla de La quinta estación, una no puede confesar públicamente y quedarse tan ancha que le gusta una canción suya.

If you see him, say hello



"If you get close to her, kiss her once for me
I always have respected her for busting out and gettin' free
Oh, whatever makes her happy, I won't stand in the way
Though the bitter taste still lingers on from the night I tried to make her stay."


Bob Dylan


Hace demasiado tiempo que no me reconozco. No sé a ciencia cierta cuándo dejé de ser yo y me convertí en esa maraña de pelo castaño enmarcando la tristeza de mi mirada que me devuelve el espejo. No sé dónde fueron a parar mis sueños y mis promesas, los latidos de un corazón con arritmias. Sólo sé que yo no soy yo y que tampoco sé a qué estoy esperando para recuperarlo. De seguro que no será en todo caso este fin de semana.

miércoles, septiembre 09, 2009

Contraindicaciones


A mi hermana A. le parece una pésima idea. A mil kilómetros de distancia y vía telefónica recibo sus directrices acerca de la futura reforma. Quiero cambiar el suelo, odio el parquet, o cómo se llame y se escriba. Soy muy dada a arrastrar muebles, no me pregunten por qué, y eso siempre acaba pasando factura. El laminado no es una opción y la tarima sería una regresión a los suelos encerados de mi infancia, hasta que la modernidad, en forma de barniz, llamó a la puerta de mi madre, pero como ella no era la que enceraba, ni barnizaba, ni pasaba la aspiradora ni la mopa, ni en general, la que limpiaba, no la abrió. Ella sostenía, y sostiene, que el parquet tradicional es demasiado brillante, y que tanto brillo es una vulgaridad. A. me ha recomendado mantener el suelo actual pero metiéndole un buen fregado con algún producto semitóxico para que se vaya el brillo. Sí, lo han adivinado, también ella opina que es una falta de buen gusto pisar suelos que parezcan espejos.

En cambio a mí me gustan los suelos de tarima lacados de blanco, y me gustan por impropios motivos... A. puso el grito en el cielo (y los pies en la tierra) recordándome que se trataba de un apartamento de poco más de 50 metros cuadrados en Oviedo, no de una casa de verano en Jutlandia o en Schleswig-Holstein. Muy a mi pesar tuve que estar de acuerdo con ella. Descartada, pues, la tarima blanca, que sin embargo tuvo su momento de gloria cuando ya me soñaba caminando descalza sobre ella. Me transmite una calidez asombrosa y no precisa por tanto de alfombras, ni de aspiradora, un gasto menos siempre es de agradecer, en todo caso las odio, las alfombras, digo. El binomio tarima encerada más alfombras era un auténtico hit en casa de mis padres, y yo acabé por odiar ambas cosas, lógicamente.

Y sí, lo sé, últimamente estoy monotemática, pero que le voy a hacer, a partir de ahora mi vida se va a limitar a esas cuatro paredes y a tratar de llegar a fin de mes pagando el mayor número de facturas posible. No tengo nada claro que vaya a merecer la pena. ¿Pero cuándo hice yo algo que mereciera la pena?.

Concierto para violines desafinados



Leo a Mariam Keyes, "Un tipo encantador" o algo así. Nunca le hago demasiado caso a los títulos. Leo y olvido, rápido y sin dolor. Sus novelas no dejan huella. Tanto mejor. Me he pasado media vida tratando de borrar las mías, pasando de puntillas. Por momentos creo que lo he conseguido. Bienvenidos a mi circo, ante ustedes la portentosa mujer invisible.

martes, septiembre 08, 2009

En días como hoy


Hoy aquí es festivo. Al igual que en no sé cuántos más sitios. Hace demasiado calor para plantearse seriamente hacer algo y yo me había planteado seriamente decapar, lijar, curar y remendar un mueble, pero hacerlo a pleno sol no es muy tentador y ni siquiera es para mí, de lo contrario tal vez haría el esfuerzo. Así que me he metido en la casa que en breve dejará de acogerme, aunque espero que siga haciéndolo los fines de semana, y he cerrado contraventanas y bajado persianas, he expulsado al perro, también de prestado, de mis dominios, apagado las luces, encendido un cigarrillo (hace siglos que no fumaba), pero alguien los dejó olvidados, me he preparado un gin-tonic con los restos de la Bombay azul del fin de semana, cuando veinte personas estábamos sentadas en esta misma mesa, he puesto a Miles Davis y me he acordado de ti por enésima vez en lo que va de mes. Te he arrancado promesas para ayudar en la mudanza, con la pintura de las paredes y los paquetes planos de Ikea y no sé si debo sentirme satisfecha.

Se han acabado los cigarrillos, y la ginebra. Las tiendas están cerradas, aunque la tienda más próxima esté a cinco kilómetros. Y debería lavar el coche, y no debo olvidar que prometí regar las plantas y las jardineras de los balcones y echarle la comida al perro... pero lo único que deseo es seguir tumbada, en la oscuridad, sola...



Mi elección




No quiero que mi padre lo conozca. Y no, no me importa su opinión, sin duda contraria a la mía, ni me haría cambiar de parecer, pero sé que no va a gustarle. Demasiado pequeño, demasiado oscuro, demasiado deslocalizado... Ya he recibido suficientes críticas y juro que no soportaría una más.

Tampoco pretendía que mi madre lo viese. Mismos motivos, aunque raramente (nunca en los últimos 15 años) me han dicho lo que tengo (o no) que hacer. No supe ver que ella contaba con más recursos, y con total traición y alevosía le pidió al portero que se lo enseñase. Se guardó, y mucho, obviamente, de hacer comentarios, y sólo se le escapó, intencionadamente, sin duda, que entendía que no podía permitirme algo mejor, pero que "de momento" serviría para cumplir mis expectativas (vaya usted a saber qué pretendería decir con eso).

Sé que lo que a ambos les hubiera gustado sería un piso de unos 200 metros cuadrados en alguna calle de la Vetusta señorial, con portero físico (en eso les he complacido) y que compartiera mi hipoteca con algún apuesto caballero que me superara en años, altura, moralidad y posición económica. Como de momento eso ni es posible ni probable, me temo que se conforman con que mi compromiso al menos sea con un banco (su anillo de compromiso seguirá esperando, el que prometió que sería para mí, al fin y al cabo, las otras, mis tres hermanas, hace tiempo que recibieron los suyos correspondientes).

En cambio si quise contar con la opinión de ellas y de sus correspondientes apuestos caballeros. Decisión poco meditada, de haberlo hecho la habría borrado de mi lista de pendientes, y que así, de pronto, me pareció ideal. En calidad de propietarios de diversos inmuebles se me ocurrió pensar, ingenuamente, que seguro que a ellos no se les escaparían los detalles que a mí, inexperta en cuestiones inmobiliarias, sin duda se me pasarían por alto.

Dado que las vacaciones suponen reunificación familiar salvando los mil kilómetros de distancia que nos separan organicé turnos de visita. Tres turnos de hermana, cuñado y en algunos casos sobrino o sobrina o sobrinos (gran error esto último, me temo que la superficie total de mi futuro hogar equivale a su cuarto de juegos, aunque con su exquisita educación germana no lo hicieron notar). Mi hermano pequeño, en calidad de no propietario, no estuvo invitado a la tourné. Dudo que se sintiera desplazado y/u ofendido.

Primer turno. Hermana y cuñado número uno. Sólo hacen comentarios de las vistas. No tendrías que poner cortinas, apunta mi hermana. Un parque al otro lado de la calle, sin vecinos ni edificios, al fondo la sierra del Aramo. Mi cuñado hace referencia a lo "apañao" que parece el portal (se reformó hace un par de años). De todo lo demás, no saben, no contestan.

Segundo turno. Mi sobrina de 2 años no opina, pero le gustan los columpios que hay al otro lado de la calle, aunque como comenté anteriormente los 50 metros cuadrados no pueden competir con su dormitorio. Su hermana de nueve meses duerme plácidamente y no es de recibo importunarla. Su madre, mi hermana, sólo dice que no tiene balcón, ni terraza y que ella jamás se compraría un piso sin una mísera terraza o balcón donde asomarse. Me abstengo de comentar que ella jamás se compraría un piso, a secas, y que aquí las terrazas se usan para tender la ropa y que yo a Dios pongo por testigo que lo primero que haré será quitar ese horrible "nosécómosellama" artilugio para tender y comprarme una secadora, dónde colocar la secadora es algo que decidiré mañana. Mi cuñado número dos, cuyo abuelo era conde, familia de Prusia oriental venida a menos, efectos colaterales de la Segunda Guerra Mundial, descubre lo que es un patio de luces, asegura, y le creo, que es la primera vez que ve uno. Tras asomarse por la ventana de la cocina reiteradamente a dicho patio cae en un mutismo absoluto. Es un quinto piso, murmuro, podría ser peor. La luz y todo eso...


Tercer y último turno. Hubiese deseado cancelar la visita. Pero no tuve valor y creo que a mi hermana mayor, ilustre propietaria de tres inmuebles, le hubiese parecido un feo. Mi cuñado número tres, tan expansivo como siempre, sólo repite que lo importante es "Lage, Lage, Lage", o lo que es lo mismo, la ubicación. Cinco minutos andando, por reloj, hasta mi trabajo y a diez de la Calle Uría (para los profanos, la arteria principal de Oviedo). No le parece suficiente. Se me olvidaba que él se crió a medias entre el barrio de Schwabing y la calle Fruela (prolongación de Uría). Ella por el contrario sólo hace un comentario, se asoma al patio de luces, al que define como tragaluz, y afirma más que pregunta: "quitarás eso", aludiendo al artilugio para tender ropa anteriormente mencionado. Afirmo rotundamente y aclaro que me compraré una secadora. Arquea una ceja... ¿y la lavadora?. Deberías quitarla de la cocina, donde está actualmente y poner en su lugar un lavavajillas. Pero dónde las colocarías, porque deberías comprar por separado la lavadora y la secadora y colocarlas en torre. En la cocina no, obvio. Apunto tímidamente que aunque no sea la mejor opción, en realidad es la única, había planeado, aún no sé cómo, montarlo en el baño. Me miran, ambos, con cara de horror, mirada que devuelvo con resignación. No hay sitio para una washküche, claro, murmuran, no tienes sótano... No, ni una casa con tres pisos, ni buhardilla, ni trastero, sólo 50 metros cuadrados y un baño y un salón con cocina americana, y claro que no es el piso de mis sueños, ése está en la 77 oeste, pero "de momento" es mío (o será mío) y a Dios pongo por testigo, de nuevo, que en cuanto lo pinte y lo reforme no volverán a mirarme con esa cara de circunstancia, y lo que voy a ahorrarme en cortinas.




Dudas y regalos


-¿Qué quieres que te traiga de Londres? (léase London, la pendantería nunca jugó a su favor. Los tópicos, tampoco).



-Nada (yo raramente vuelvo con regalos de mis viajes, excepto que sean para mí misma. Obvio que las excepciones se rompen de cuando en cuando, pero ni quiero ni exijo reciprocidad).



-Siempre decís lo mismo y en realidad queréis algo (no me molesto en preguntar a quién engloba en esa segunda persona del plural).



-Conoces mis gustos, y especialmente mis disgustos (me rindo fácilmente)... pero por favor, si te empeñas, que no sea una de esas horribles (e inútiles) bolsas de Harrods.


Y me trajo una bolsa de Eclairs, perdición en mi infancia y que hacía siglos que no probaba. Bueno, en realidad un par de meses (pero pasaron siglos desde mi infancia hasta ese par de meses, en Cambridge)... Aún sigo dándole las gracias, a veces soy de un simple...

lunes, agosto 24, 2009

It's over now


No tengo tiempo... simplemente. Ni para mí, ni mucho menos para ti...

martes, agosto 18, 2009

Lectura para principiantes

La pasada noche terminé de leer, por fin, el peor libro que he leído en mi vida, y les aseguro que leo mucho y mal. Por tanto todo un record digno de ser mencionado. Y sí, tienen razón, también es cierto que no tengo nada mejor de lo que hablar, pero esperen a mañana. Esta tarde voy a visitar de nuevo un piso y esta vez tengo el presentimiento de que va a ser el definitivo y si no puedo encontrar al hombre perfecto qué menos que encontrar la casa perfecta, por mucho que los suelos de parquet no den abrazos ni los balcones susurren al oído. Así que ya les contaré, otro día, tal vez mañana, pero hoy toca hablar de "La enfermera de Brunete".

Cuando quiero perder el tiempo leyendo y advierto aquí que para mí perder el tiempo es una forma estupenda de malgastarlo siempre que una elija como, leo a Mariam Keyes, esa escritora irlandesa autora de un buen puñado de best-sellers y sobre la que debo admitir que exceptuando el primero, el primero que leí, "Sushi para principiantes" (imagino una versión cinematográfica co Hugh Jackman haciendo de prota y me estremezco) el resto no me gustaron demasiado. Pero de vez en cuando viene bien leer historias de finales felices con mujeres que son más desgraciadas aún que una.

Me leí casi todos sus libros e incluso repetí con uno de ellos hasta que llegué a uno cuyo título no recuerdo ahora pero que era una mezcla entre "P.D. Te quiero" y una Bridget Jones a la irlandesa y que me pareció tan espantosamente ridículo, no sé qué esperaba, que suspiré aliviada cuando por fin cerré su última página (yo y mi manía de siempre, siempre terminar un libro).
Agotada la lista de posibilidades acudí a N., que siempre tiene un best-seller sobre la mesilla de noche, para que me recomendara un libro con el que anestesiarme. Ella es experta en los Ken Follet y Dan Brown de turno, se leyó de un tirón la trilogía de Stieg Larsson (qué valor) y ahora se ha aficionado, cómo no, a la novela policíaca sueca.

De la relación de N. con la literatura yo espero casi todo, como por ejemplo el incidente provocado en plena Semana Negra con un tipo de seguridad que valga la redundancia guardaba las espaldas de los ínclitos Victor Manuel y Ana Belén (por qué me caerán tan mal si no me han hecho nada), Joan Manuel Serrat y Luis García Montero, enfrentándose armada con el libro que este último había publicado sobre Ángel González. No recuerdo las palabras exactas de la discusión, algo así como que o la dejaba pasar para que Montero le firmara el libro o le abría la cabeza con él. Ni que decir tiene que el poeta debió escuchar las amenazas y tomárselas en serio porque acudió raudo y veloz, sonrisa dibujada en los labios y apartando de un plumazo al segurata para firmar el libro.

Lo que quiero contar con todo esto es que una mujer de semejante carácter no puede venderme "La enfermera de Brunete" como un novelón al estilo de "El corazón helado" pero a la inversa(curiosamente de la mujer del poeta anteriormente mencionado, Almudena Grandes, no me digan que no es adorable su voz de cazalla trasnochada). Y claro, voy yo y me lo creo y comienzo a leer.

Digamos que le concedí el beneficio de la duda hasta la página 25 y siendo muy generosa, y que puedo hablar con propiedad porque me he leído sus más de mil páginas y aún en sueños se me aparecen esos personajes y esos diálogos que se diría sacados de una mal telenovela barata. Juro que pocas veces he leído, y reitero que he leído mucha basura, diáologos tan pueriles, personajes tan mal dibujados y escenas tan grotescas. Sólo quiero saber si son imaginaciones mías y he acabado leyendo un libro en otra dimensión o de verdad ha existido siendo todo un éxito.

En la cuerda floja

El paso de los años, demasiados, luchando por no ser juzgada. Obviar lo que dicen los demás, las opiniones contrarias. Siempre al borde del abismo, a un paso de perder el equilibrio.

jueves, agosto 13, 2009

I wanna do bad things with you





Nunca me ha gustado la expresión “viejo verde”. Muchas y muchos la han utilizado para calificar a Fernando Sánchez Dragó a raíz de su artículo en El Mundo y no puedo estar más en desacuerdo.

No me queda claro dónde está el límite, qué edad o qué circunstancias hay que rebasar para pasar de ser un estupendo y exquisito señor maduro con una mujer que podría ser su hija a modo de tercera esposa colgada del brazo, algo que, si bien veladamente criticado, se acepta socialmente (no tanto, curiosamente, si es a la inversa) a ser un “viejo verde”.

¿No tienen derecho las personas de cierta edad a la sexualidad? ¿O de tenerlo sólo es posible que lo tengan con sus coetáneos? Y es que a veces da la impresión de que el sexo (y buena culpa de ello tiene la televisión, el cine y los medios de comunicación en general) está reservado a los más jóvenes, que por supuesto han de ser bellos y lucir cuerpos esculturales (aunque como dijo Coco Chanel nunca se está suficientemente delgado). Se diría que los gordos, los feos y por supuesto los viejos, son seres asexuados o en todo caso condenados al onanismo o a la castidad.

Será porque a mí siempre me han atraído los hombres mayores que yo, en ocasiones bastante más mayores. Siempre he huido de las caras de niño, de los hombres gamba (Cristiano Ronaldo o Rafa Nadal son buenos ejemplos), de la dudosa inmadurez de los veinteañeros, incluso cuando yo lo era, y he centrado mi atención en las canas y en las tarimas, en la madurez del buen hacer en la cama. Prefiero a un hombre con arrugas en el alma.

Y me da igual que el señor Dragó sea un petardo, un egocéntrico, una auténtica bestia parda, que se haya acostado con más de mil mujeres y presuma de ello, que no estemos de acuerdo en más de cien y una cosas porque lo encuentro encantadoramente descarado, políticamente incorrecto y absolutamente adorable desde hace un buen puñado de años (tendré que hacérmelo mirar un día de estos, lo sé, pero no por el momento). Fíjense ustedes que de haber oído el llamamiento que lanzó me hubiese presentado voluntaria sin pensármelo dos veces para poner a prueba su ingesta de Cialis.

Imitación a la vida


A través de la ventana que da a la galería veo su foto. Colgada en esa pared que alguien un buen día consignó como incomparable marco y que a lo largo de los años se ha ido completando con los retratos de cuatro generaciones.

Nunca antes me había fijado en ella y no recuerdo cuándo fue colgada allí. Probablemente en tiempos recientes, salvada de los restos del naufragio de su casa madrileña.

Supongo que tendría unos 30 años cuando se la hicieron, aunque es difícil determinar su edad. No parecía envejecer, sólo en los últimos años de su vida, con los estragos causados por la enfermedad. Pero nunca perdió su porte ni su innata elegancia.

Luce una mantilla española, de un color que la fotografía en blanco y negro no permite definir y un traje de chaqueta entallada, probablemente copia de algún Balenciaga o Dior, los dioses paganos a los que tanto adoraba y que sin duda pondría a la altura del más convencional, al que rezaba, siendo, pese a sus excentricidades y alardes de mujer libre, católica de misa y comunión los domingos y fiestas de guardar.

Aparece sentada frente a un velador de mármol, en algún café. A su espalda la cristalera que da a una concurrida calle de una ciudad que no logro identificar. Las manos enguantadas sobre el regazo, sumisamente, en una actitud que contradice su mirada desafiante, los ojos apuntando directamente a la cámara.

Yo la recuerdo viviendo ya en Barcelona. Ciudad que adoraba y centro de su mundo. Como inevitable consecuencia arrastraba un ligero acento catalán adquirido con los años y las primeras (y casi únicas) palabras que yo sé de esa lengua las aprendí de ella. Casi siempre expresiones de desconcierto o de ira.

Ciudadana del mundo. Fotografías y postales llenas de recuerdos que atestiguan su paso por Jerusalén, Caracas o Amsterdam. Aunque sus veranos siempre estaban ligados a Asturias y es precisamente de entonces cuando la recuerdo. Llegaba con su aire de las Ramblas y su “maca” dispuesta a tomarse todo el sol que la verde y gris Asturias podía ofrecer, que no era mucho. Y por supuesto a arrastrarnos a los demás en su intento.

Con uno o dos días de antelación se nos avisaba de su llegada y había que meterse en el baño y cambiar los shorts con zapatillas Victoria y las camisetas llenas de sietes por los vestidos con merceditas, y la cola de caballo por una melena cuidadosamente peinada con su lazo correspondiente. Luego llegaban los días de playa en Luanco o Ribadesella e incluso Gijón, cuando eran de ida y vuelta. Pese a que yo odiara la playa de San Lorenzo, demasiado grande y ruidosa, y la visita anual a la Feria Internacional de Muestras era de mortal aburrimiento. Que no era más que un pueblo grande y aunque no haya dejado de serlo, aún le quedaban unos cuantos años para travestirse de esa modernidad que ahora le identifica.

Trabajaba en algo relacionado con la moda, nunca supe exactamente en qué y nunca pregunté a sabiendas de la más que imprecisa respuesta que recibiría. En la familia nunca se habla de la familia que no vive según los cánones acordados, que siendo mujer usa pantalones y viaja sin compañía o lo que es mucho peor, con ella, pero sin ser la apropiada, la que vive según sus propias reglas haciendo de su capa un sayo (cuántas veces oiría esta expresión en mi infancia).

Cuando se jubiló, puntualmente a los 65, de ese impreciso trabajo que la ligaría por siempre, al menos en mi memoria, a Barcelona, todo el mundo imaginaba que volvería a casa o que en todo caso acabaría sus días al sol de la Barceloneta. Pero en una vuelta de tuerca más de su sorprendente vida y pese a tener un piso en propiedad que le aguardaba y al que regresaba siempre en las vacaciones, permitiéndole ver a la familia el tiempo necesario para recordar por qué quería vivir lejos de ella, se mudó a Madrid.

El escándalo que provocó su mudanza madrileña fue mayúsculo, y sí, es cierto que en mi familia se escandalizaban, y se escandalizan, por bien poca cosa. Pero he de confesar que yo estaba encantada. Aún recuerdo cuando con unos 12 o 13 años aterricé en Barajas proveniente de Munich y ella me recogió en el aeropuerto y en lugar de llevarme directamente a casa nos fuimos al El Corte Inglés de Serrano, dejando el equipaje con el portero, para sentarnos más tarde en El Café Gijón en Recoletos, donde yo me tomé una horchata. Lo recuerdo perfectamente porque fue la primera y última vez que hice ambas cosas, beberme una horchata y sentarme en el Gijón. Un día de estos tendré que repetirlo, al menos lo segundo.

Se compró un piso en el barrio de Salamanca y años después allí acabaría sus días en una luminosa mañana de finales de junio donde, literalmente, cuatro personas la despedimos en el cementerio de la Almudena. Días después y tras trasladar sus cenizas en un rocambolesco viaje del que yo fui testigo y protagonista (prueben ustedes a viajar con una urna con cenizas de un fallecido en transporte público) llegaría el funeral, ya multitudinario con la familia al completo, que ya se sabe que hay pocos actos sociales mejores donde ver y ser visto que un buen funeral católico de luto riguroso.

No todo está perdido



Las contraventanas entrecerradas tamizan la luz de agosto. El olor dulzón de la wisteria en pugna con la passiflora amenazando con invadir la casa, se cuela por la ventana entreabierta, más allá el castaño de indias y la inmensidad del verde asturiano. Shostakovich, el rumor del agua, algún grillo despistado, Proust y regaliz rojo. Si existe el paraíso debe parecerse a esto.


Los efectos secundarios del salitre y el cloro, de los rayos de sol que se cuelan entre la glicinia y la hiedra, el olor a romero y barbacoa, a pan horneado en horno de leña y a risas de una infancia recién estrenada. Tiempo desgastado en largas tardes de estío.

Aeropuertos y aviones en el horizonte. Inmobiliarias y bancos, apartamentos de 46 metros cuadrados, muebles de Ikea, pies de lámparas traídos desde Périgord y vajillas de Sussex desde un séptimo piso.

Puede que tan sólo sea la calma que precede a la tormenta.

lunes, agosto 10, 2009

Fernando y el sexo


Mi Fernando (Sánchez Dragó) siempre ha apuntado maneras. Extracto de lo publicado hoy en El Mundo… como para no declararse fan irredenta de su persona.

El artículo completo acá, y más abajo, algunas perlas:

[…]

- ¡Pero si yo nunca he tenido ese problema! Tendría, en todo caso, el contrario, y ahora, con la edad y lo del tantra, más aún. ¿Quieres matarme por agotamiento? ¿Quieres que hinque el pico sobre una chavala después de tirarme ocho horas dale que te pego?

- Pues ahora que lo dices… ¡Menudo notición! Seríamos los primeros en darlo. Bueno, déjate de historias. ¿Aceptas o no?

- Si me pagáis una puta de lujo...

[…]

Tanto más cuanto que a estas alturas de mi ancianidad, para levantar el ánimo y otra cosa una vez a la semana, porque de ahí no paso, me enjareto una galleta María (sí, sí, María… Ya saben), una petaca de whisky, media dormidina y 10 miligramos de Cialis.

¡Menudo mejunje! Eso sí: mano de santo. Resisto dos o tres horas con la bandera izada.

[…]

Por cierto, y a propósito del Cialis (que es un remedio para la disfunción eréctil similar al Viagra y al Levitra)… También me tomo, aparte de los 10 miligramos en situaciones de emergencia, una dosis de mantenimiento de cinco miligramos al día. Eso sirve para estar en permanente situación de ataque. ¿Pasa una gacela? Pues el tigre se abalanza y la adentella. ¿No pasa? Pues tan tranquilo.

[…]

¿Viejas? Sí, como yo, que lo soy verde, y por eso me gustan las jovencitas. Bueno, por eso, no, porque también me gustaban cuando era un mocito barbero. ¡Qué le vamos a hacer! Lo que es, es, aunque la corrección política, el feminismo, el Imserso, Bibiana y la ideología imperante se empeñen en lo contrario.

[…]

Tampoco me voy a ir de putas, porque me meterían prisa, y se trata justamente de lo contrario. Hacer eso, además, es ahora deporte de mucho riesgo. Lo mismo aparece una lechera (no es alusión) y acabas en el trullo. Con Franco tampoco ocurría eso.
Vuelvo a telefonear a Manu...

-Oye… ¿Y si me hago una manuela?

[…]

-Oye, Manu… Que yo, con 20 abriles, aguantaba otros tantos minutos y siempre he ido, en eso, al paso de la edad. Ahora puedo resistir 72, tirando a más, y tan fresco.
En fin...¡Allá que voy! ¿Dónde? ¡Pues a un club de intercambio de parejas! Más estímulo no cabe. Es un plus. Es un extra. Es llegar y besar el santo (y otras cosas), aunque no abunde allí la santurronería.

¿Digo a cuál? ¿Y por qué no? Al mejor de Madrid, por supuesto, que tiene además dos ventajas: no me cobra, por ser parroquiano relativamente asiduo, y no me exigen que vaya acompañado.

[…]

Veni, vidi, vici. Siempre cumplo en las orgías. El gatillazo, en tal circunstancia, es imposible. ¡Hasta en el túnel de Raymond Moody se me empinaría!

Ya sé, ya sé que soy un desvergonzado, un depravado, un libertino, un pervertido, un promiscuo, un todo a cien, y que si la lujuria es culpa, me condenaré por ella.

[…]

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