martes, septiembre 08, 2009

En días como hoy


Hoy aquí es festivo. Al igual que en no sé cuántos más sitios. Hace demasiado calor para plantearse seriamente hacer algo y yo me había planteado seriamente decapar, lijar, curar y remendar un mueble, pero hacerlo a pleno sol no es muy tentador y ni siquiera es para mí, de lo contrario tal vez haría el esfuerzo. Así que me he metido en la casa que en breve dejará de acogerme, aunque espero que siga haciéndolo los fines de semana, y he cerrado contraventanas y bajado persianas, he expulsado al perro, también de prestado, de mis dominios, apagado las luces, encendido un cigarrillo (hace siglos que no fumaba), pero alguien los dejó olvidados, me he preparado un gin-tonic con los restos de la Bombay azul del fin de semana, cuando veinte personas estábamos sentadas en esta misma mesa, he puesto a Miles Davis y me he acordado de ti por enésima vez en lo que va de mes. Te he arrancado promesas para ayudar en la mudanza, con la pintura de las paredes y los paquetes planos de Ikea y no sé si debo sentirme satisfecha.

Se han acabado los cigarrillos, y la ginebra. Las tiendas están cerradas, aunque la tienda más próxima esté a cinco kilómetros. Y debería lavar el coche, y no debo olvidar que prometí regar las plantas y las jardineras de los balcones y echarle la comida al perro... pero lo único que deseo es seguir tumbada, en la oscuridad, sola...



Mi elección




No quiero que mi padre lo conozca. Y no, no me importa su opinión, sin duda contraria a la mía, ni me haría cambiar de parecer, pero sé que no va a gustarle. Demasiado pequeño, demasiado oscuro, demasiado deslocalizado... Ya he recibido suficientes críticas y juro que no soportaría una más.

Tampoco pretendía que mi madre lo viese. Mismos motivos, aunque raramente (nunca en los últimos 15 años) me han dicho lo que tengo (o no) que hacer. No supe ver que ella contaba con más recursos, y con total traición y alevosía le pidió al portero que se lo enseñase. Se guardó, y mucho, obviamente, de hacer comentarios, y sólo se le escapó, intencionadamente, sin duda, que entendía que no podía permitirme algo mejor, pero que "de momento" serviría para cumplir mis expectativas (vaya usted a saber qué pretendería decir con eso).

Sé que lo que a ambos les hubiera gustado sería un piso de unos 200 metros cuadrados en alguna calle de la Vetusta señorial, con portero físico (en eso les he complacido) y que compartiera mi hipoteca con algún apuesto caballero que me superara en años, altura, moralidad y posición económica. Como de momento eso ni es posible ni probable, me temo que se conforman con que mi compromiso al menos sea con un banco (su anillo de compromiso seguirá esperando, el que prometió que sería para mí, al fin y al cabo, las otras, mis tres hermanas, hace tiempo que recibieron los suyos correspondientes).

En cambio si quise contar con la opinión de ellas y de sus correspondientes apuestos caballeros. Decisión poco meditada, de haberlo hecho la habría borrado de mi lista de pendientes, y que así, de pronto, me pareció ideal. En calidad de propietarios de diversos inmuebles se me ocurrió pensar, ingenuamente, que seguro que a ellos no se les escaparían los detalles que a mí, inexperta en cuestiones inmobiliarias, sin duda se me pasarían por alto.

Dado que las vacaciones suponen reunificación familiar salvando los mil kilómetros de distancia que nos separan organicé turnos de visita. Tres turnos de hermana, cuñado y en algunos casos sobrino o sobrina o sobrinos (gran error esto último, me temo que la superficie total de mi futuro hogar equivale a su cuarto de juegos, aunque con su exquisita educación germana no lo hicieron notar). Mi hermano pequeño, en calidad de no propietario, no estuvo invitado a la tourné. Dudo que se sintiera desplazado y/u ofendido.

Primer turno. Hermana y cuñado número uno. Sólo hacen comentarios de las vistas. No tendrías que poner cortinas, apunta mi hermana. Un parque al otro lado de la calle, sin vecinos ni edificios, al fondo la sierra del Aramo. Mi cuñado hace referencia a lo "apañao" que parece el portal (se reformó hace un par de años). De todo lo demás, no saben, no contestan.

Segundo turno. Mi sobrina de 2 años no opina, pero le gustan los columpios que hay al otro lado de la calle, aunque como comenté anteriormente los 50 metros cuadrados no pueden competir con su dormitorio. Su hermana de nueve meses duerme plácidamente y no es de recibo importunarla. Su madre, mi hermana, sólo dice que no tiene balcón, ni terraza y que ella jamás se compraría un piso sin una mísera terraza o balcón donde asomarse. Me abstengo de comentar que ella jamás se compraría un piso, a secas, y que aquí las terrazas se usan para tender la ropa y que yo a Dios pongo por testigo que lo primero que haré será quitar ese horrible "nosécómosellama" artilugio para tender y comprarme una secadora, dónde colocar la secadora es algo que decidiré mañana. Mi cuñado número dos, cuyo abuelo era conde, familia de Prusia oriental venida a menos, efectos colaterales de la Segunda Guerra Mundial, descubre lo que es un patio de luces, asegura, y le creo, que es la primera vez que ve uno. Tras asomarse por la ventana de la cocina reiteradamente a dicho patio cae en un mutismo absoluto. Es un quinto piso, murmuro, podría ser peor. La luz y todo eso...


Tercer y último turno. Hubiese deseado cancelar la visita. Pero no tuve valor y creo que a mi hermana mayor, ilustre propietaria de tres inmuebles, le hubiese parecido un feo. Mi cuñado número tres, tan expansivo como siempre, sólo repite que lo importante es "Lage, Lage, Lage", o lo que es lo mismo, la ubicación. Cinco minutos andando, por reloj, hasta mi trabajo y a diez de la Calle Uría (para los profanos, la arteria principal de Oviedo). No le parece suficiente. Se me olvidaba que él se crió a medias entre el barrio de Schwabing y la calle Fruela (prolongación de Uría). Ella por el contrario sólo hace un comentario, se asoma al patio de luces, al que define como tragaluz, y afirma más que pregunta: "quitarás eso", aludiendo al artilugio para tender ropa anteriormente mencionado. Afirmo rotundamente y aclaro que me compraré una secadora. Arquea una ceja... ¿y la lavadora?. Deberías quitarla de la cocina, donde está actualmente y poner en su lugar un lavavajillas. Pero dónde las colocarías, porque deberías comprar por separado la lavadora y la secadora y colocarlas en torre. En la cocina no, obvio. Apunto tímidamente que aunque no sea la mejor opción, en realidad es la única, había planeado, aún no sé cómo, montarlo en el baño. Me miran, ambos, con cara de horror, mirada que devuelvo con resignación. No hay sitio para una washküche, claro, murmuran, no tienes sótano... No, ni una casa con tres pisos, ni buhardilla, ni trastero, sólo 50 metros cuadrados y un baño y un salón con cocina americana, y claro que no es el piso de mis sueños, ése está en la 77 oeste, pero "de momento" es mío (o será mío) y a Dios pongo por testigo, de nuevo, que en cuanto lo pinte y lo reforme no volverán a mirarme con esa cara de circunstancia, y lo que voy a ahorrarme en cortinas.




Dudas y regalos


-¿Qué quieres que te traiga de Londres? (léase London, la pendantería nunca jugó a su favor. Los tópicos, tampoco).



-Nada (yo raramente vuelvo con regalos de mis viajes, excepto que sean para mí misma. Obvio que las excepciones se rompen de cuando en cuando, pero ni quiero ni exijo reciprocidad).



-Siempre decís lo mismo y en realidad queréis algo (no me molesto en preguntar a quién engloba en esa segunda persona del plural).



-Conoces mis gustos, y especialmente mis disgustos (me rindo fácilmente)... pero por favor, si te empeñas, que no sea una de esas horribles (e inútiles) bolsas de Harrods.


Y me trajo una bolsa de Eclairs, perdición en mi infancia y que hacía siglos que no probaba. Bueno, en realidad un par de meses (pero pasaron siglos desde mi infancia hasta ese par de meses, en Cambridge)... Aún sigo dándole las gracias, a veces soy de un simple...

lunes, agosto 24, 2009

It's over now


No tengo tiempo... simplemente. Ni para mí, ni mucho menos para ti...

martes, agosto 18, 2009

Lectura para principiantes

La pasada noche terminé de leer, por fin, el peor libro que he leído en mi vida, y les aseguro que leo mucho y mal. Por tanto todo un record digno de ser mencionado. Y sí, tienen razón, también es cierto que no tengo nada mejor de lo que hablar, pero esperen a mañana. Esta tarde voy a visitar de nuevo un piso y esta vez tengo el presentimiento de que va a ser el definitivo y si no puedo encontrar al hombre perfecto qué menos que encontrar la casa perfecta, por mucho que los suelos de parquet no den abrazos ni los balcones susurren al oído. Así que ya les contaré, otro día, tal vez mañana, pero hoy toca hablar de "La enfermera de Brunete".

Cuando quiero perder el tiempo leyendo y advierto aquí que para mí perder el tiempo es una forma estupenda de malgastarlo siempre que una elija como, leo a Mariam Keyes, esa escritora irlandesa autora de un buen puñado de best-sellers y sobre la que debo admitir que exceptuando el primero, el primero que leí, "Sushi para principiantes" (imagino una versión cinematográfica co Hugh Jackman haciendo de prota y me estremezco) el resto no me gustaron demasiado. Pero de vez en cuando viene bien leer historias de finales felices con mujeres que son más desgraciadas aún que una.

Me leí casi todos sus libros e incluso repetí con uno de ellos hasta que llegué a uno cuyo título no recuerdo ahora pero que era una mezcla entre "P.D. Te quiero" y una Bridget Jones a la irlandesa y que me pareció tan espantosamente ridículo, no sé qué esperaba, que suspiré aliviada cuando por fin cerré su última página (yo y mi manía de siempre, siempre terminar un libro).
Agotada la lista de posibilidades acudí a N., que siempre tiene un best-seller sobre la mesilla de noche, para que me recomendara un libro con el que anestesiarme. Ella es experta en los Ken Follet y Dan Brown de turno, se leyó de un tirón la trilogía de Stieg Larsson (qué valor) y ahora se ha aficionado, cómo no, a la novela policíaca sueca.

De la relación de N. con la literatura yo espero casi todo, como por ejemplo el incidente provocado en plena Semana Negra con un tipo de seguridad que valga la redundancia guardaba las espaldas de los ínclitos Victor Manuel y Ana Belén (por qué me caerán tan mal si no me han hecho nada), Joan Manuel Serrat y Luis García Montero, enfrentándose armada con el libro que este último había publicado sobre Ángel González. No recuerdo las palabras exactas de la discusión, algo así como que o la dejaba pasar para que Montero le firmara el libro o le abría la cabeza con él. Ni que decir tiene que el poeta debió escuchar las amenazas y tomárselas en serio porque acudió raudo y veloz, sonrisa dibujada en los labios y apartando de un plumazo al segurata para firmar el libro.

Lo que quiero contar con todo esto es que una mujer de semejante carácter no puede venderme "La enfermera de Brunete" como un novelón al estilo de "El corazón helado" pero a la inversa(curiosamente de la mujer del poeta anteriormente mencionado, Almudena Grandes, no me digan que no es adorable su voz de cazalla trasnochada). Y claro, voy yo y me lo creo y comienzo a leer.

Digamos que le concedí el beneficio de la duda hasta la página 25 y siendo muy generosa, y que puedo hablar con propiedad porque me he leído sus más de mil páginas y aún en sueños se me aparecen esos personajes y esos diálogos que se diría sacados de una mal telenovela barata. Juro que pocas veces he leído, y reitero que he leído mucha basura, diáologos tan pueriles, personajes tan mal dibujados y escenas tan grotescas. Sólo quiero saber si son imaginaciones mías y he acabado leyendo un libro en otra dimensión o de verdad ha existido siendo todo un éxito.

En la cuerda floja

El paso de los años, demasiados, luchando por no ser juzgada. Obviar lo que dicen los demás, las opiniones contrarias. Siempre al borde del abismo, a un paso de perder el equilibrio.

jueves, agosto 13, 2009

I wanna do bad things with you





Nunca me ha gustado la expresión “viejo verde”. Muchas y muchos la han utilizado para calificar a Fernando Sánchez Dragó a raíz de su artículo en El Mundo y no puedo estar más en desacuerdo.

No me queda claro dónde está el límite, qué edad o qué circunstancias hay que rebasar para pasar de ser un estupendo y exquisito señor maduro con una mujer que podría ser su hija a modo de tercera esposa colgada del brazo, algo que, si bien veladamente criticado, se acepta socialmente (no tanto, curiosamente, si es a la inversa) a ser un “viejo verde”.

¿No tienen derecho las personas de cierta edad a la sexualidad? ¿O de tenerlo sólo es posible que lo tengan con sus coetáneos? Y es que a veces da la impresión de que el sexo (y buena culpa de ello tiene la televisión, el cine y los medios de comunicación en general) está reservado a los más jóvenes, que por supuesto han de ser bellos y lucir cuerpos esculturales (aunque como dijo Coco Chanel nunca se está suficientemente delgado). Se diría que los gordos, los feos y por supuesto los viejos, son seres asexuados o en todo caso condenados al onanismo o a la castidad.

Será porque a mí siempre me han atraído los hombres mayores que yo, en ocasiones bastante más mayores. Siempre he huido de las caras de niño, de los hombres gamba (Cristiano Ronaldo o Rafa Nadal son buenos ejemplos), de la dudosa inmadurez de los veinteañeros, incluso cuando yo lo era, y he centrado mi atención en las canas y en las tarimas, en la madurez del buen hacer en la cama. Prefiero a un hombre con arrugas en el alma.

Y me da igual que el señor Dragó sea un petardo, un egocéntrico, una auténtica bestia parda, que se haya acostado con más de mil mujeres y presuma de ello, que no estemos de acuerdo en más de cien y una cosas porque lo encuentro encantadoramente descarado, políticamente incorrecto y absolutamente adorable desde hace un buen puñado de años (tendré que hacérmelo mirar un día de estos, lo sé, pero no por el momento). Fíjense ustedes que de haber oído el llamamiento que lanzó me hubiese presentado voluntaria sin pensármelo dos veces para poner a prueba su ingesta de Cialis.

Imitación a la vida


A través de la ventana que da a la galería veo su foto. Colgada en esa pared que alguien un buen día consignó como incomparable marco y que a lo largo de los años se ha ido completando con los retratos de cuatro generaciones.

Nunca antes me había fijado en ella y no recuerdo cuándo fue colgada allí. Probablemente en tiempos recientes, salvada de los restos del naufragio de su casa madrileña.

Supongo que tendría unos 30 años cuando se la hicieron, aunque es difícil determinar su edad. No parecía envejecer, sólo en los últimos años de su vida, con los estragos causados por la enfermedad. Pero nunca perdió su porte ni su innata elegancia.

Luce una mantilla española, de un color que la fotografía en blanco y negro no permite definir y un traje de chaqueta entallada, probablemente copia de algún Balenciaga o Dior, los dioses paganos a los que tanto adoraba y que sin duda pondría a la altura del más convencional, al que rezaba, siendo, pese a sus excentricidades y alardes de mujer libre, católica de misa y comunión los domingos y fiestas de guardar.

Aparece sentada frente a un velador de mármol, en algún café. A su espalda la cristalera que da a una concurrida calle de una ciudad que no logro identificar. Las manos enguantadas sobre el regazo, sumisamente, en una actitud que contradice su mirada desafiante, los ojos apuntando directamente a la cámara.

Yo la recuerdo viviendo ya en Barcelona. Ciudad que adoraba y centro de su mundo. Como inevitable consecuencia arrastraba un ligero acento catalán adquirido con los años y las primeras (y casi únicas) palabras que yo sé de esa lengua las aprendí de ella. Casi siempre expresiones de desconcierto o de ira.

Ciudadana del mundo. Fotografías y postales llenas de recuerdos que atestiguan su paso por Jerusalén, Caracas o Amsterdam. Aunque sus veranos siempre estaban ligados a Asturias y es precisamente de entonces cuando la recuerdo. Llegaba con su aire de las Ramblas y su “maca” dispuesta a tomarse todo el sol que la verde y gris Asturias podía ofrecer, que no era mucho. Y por supuesto a arrastrarnos a los demás en su intento.

Con uno o dos días de antelación se nos avisaba de su llegada y había que meterse en el baño y cambiar los shorts con zapatillas Victoria y las camisetas llenas de sietes por los vestidos con merceditas, y la cola de caballo por una melena cuidadosamente peinada con su lazo correspondiente. Luego llegaban los días de playa en Luanco o Ribadesella e incluso Gijón, cuando eran de ida y vuelta. Pese a que yo odiara la playa de San Lorenzo, demasiado grande y ruidosa, y la visita anual a la Feria Internacional de Muestras era de mortal aburrimiento. Que no era más que un pueblo grande y aunque no haya dejado de serlo, aún le quedaban unos cuantos años para travestirse de esa modernidad que ahora le identifica.

Trabajaba en algo relacionado con la moda, nunca supe exactamente en qué y nunca pregunté a sabiendas de la más que imprecisa respuesta que recibiría. En la familia nunca se habla de la familia que no vive según los cánones acordados, que siendo mujer usa pantalones y viaja sin compañía o lo que es mucho peor, con ella, pero sin ser la apropiada, la que vive según sus propias reglas haciendo de su capa un sayo (cuántas veces oiría esta expresión en mi infancia).

Cuando se jubiló, puntualmente a los 65, de ese impreciso trabajo que la ligaría por siempre, al menos en mi memoria, a Barcelona, todo el mundo imaginaba que volvería a casa o que en todo caso acabaría sus días al sol de la Barceloneta. Pero en una vuelta de tuerca más de su sorprendente vida y pese a tener un piso en propiedad que le aguardaba y al que regresaba siempre en las vacaciones, permitiéndole ver a la familia el tiempo necesario para recordar por qué quería vivir lejos de ella, se mudó a Madrid.

El escándalo que provocó su mudanza madrileña fue mayúsculo, y sí, es cierto que en mi familia se escandalizaban, y se escandalizan, por bien poca cosa. Pero he de confesar que yo estaba encantada. Aún recuerdo cuando con unos 12 o 13 años aterricé en Barajas proveniente de Munich y ella me recogió en el aeropuerto y en lugar de llevarme directamente a casa nos fuimos al El Corte Inglés de Serrano, dejando el equipaje con el portero, para sentarnos más tarde en El Café Gijón en Recoletos, donde yo me tomé una horchata. Lo recuerdo perfectamente porque fue la primera y última vez que hice ambas cosas, beberme una horchata y sentarme en el Gijón. Un día de estos tendré que repetirlo, al menos lo segundo.

Se compró un piso en el barrio de Salamanca y años después allí acabaría sus días en una luminosa mañana de finales de junio donde, literalmente, cuatro personas la despedimos en el cementerio de la Almudena. Días después y tras trasladar sus cenizas en un rocambolesco viaje del que yo fui testigo y protagonista (prueben ustedes a viajar con una urna con cenizas de un fallecido en transporte público) llegaría el funeral, ya multitudinario con la familia al completo, que ya se sabe que hay pocos actos sociales mejores donde ver y ser visto que un buen funeral católico de luto riguroso.

No todo está perdido



Las contraventanas entrecerradas tamizan la luz de agosto. El olor dulzón de la wisteria en pugna con la passiflora amenazando con invadir la casa, se cuela por la ventana entreabierta, más allá el castaño de indias y la inmensidad del verde asturiano. Shostakovich, el rumor del agua, algún grillo despistado, Proust y regaliz rojo. Si existe el paraíso debe parecerse a esto.


Los efectos secundarios del salitre y el cloro, de los rayos de sol que se cuelan entre la glicinia y la hiedra, el olor a romero y barbacoa, a pan horneado en horno de leña y a risas de una infancia recién estrenada. Tiempo desgastado en largas tardes de estío.

Aeropuertos y aviones en el horizonte. Inmobiliarias y bancos, apartamentos de 46 metros cuadrados, muebles de Ikea, pies de lámparas traídos desde Périgord y vajillas de Sussex desde un séptimo piso.

Puede que tan sólo sea la calma que precede a la tormenta.

lunes, agosto 10, 2009

Fernando y el sexo


Mi Fernando (Sánchez Dragó) siempre ha apuntado maneras. Extracto de lo publicado hoy en El Mundo… como para no declararse fan irredenta de su persona.

El artículo completo acá, y más abajo, algunas perlas:

[…]

- ¡Pero si yo nunca he tenido ese problema! Tendría, en todo caso, el contrario, y ahora, con la edad y lo del tantra, más aún. ¿Quieres matarme por agotamiento? ¿Quieres que hinque el pico sobre una chavala después de tirarme ocho horas dale que te pego?

- Pues ahora que lo dices… ¡Menudo notición! Seríamos los primeros en darlo. Bueno, déjate de historias. ¿Aceptas o no?

- Si me pagáis una puta de lujo...

[…]

Tanto más cuanto que a estas alturas de mi ancianidad, para levantar el ánimo y otra cosa una vez a la semana, porque de ahí no paso, me enjareto una galleta María (sí, sí, María… Ya saben), una petaca de whisky, media dormidina y 10 miligramos de Cialis.

¡Menudo mejunje! Eso sí: mano de santo. Resisto dos o tres horas con la bandera izada.

[…]

Por cierto, y a propósito del Cialis (que es un remedio para la disfunción eréctil similar al Viagra y al Levitra)… También me tomo, aparte de los 10 miligramos en situaciones de emergencia, una dosis de mantenimiento de cinco miligramos al día. Eso sirve para estar en permanente situación de ataque. ¿Pasa una gacela? Pues el tigre se abalanza y la adentella. ¿No pasa? Pues tan tranquilo.

[…]

¿Viejas? Sí, como yo, que lo soy verde, y por eso me gustan las jovencitas. Bueno, por eso, no, porque también me gustaban cuando era un mocito barbero. ¡Qué le vamos a hacer! Lo que es, es, aunque la corrección política, el feminismo, el Imserso, Bibiana y la ideología imperante se empeñen en lo contrario.

[…]

Tampoco me voy a ir de putas, porque me meterían prisa, y se trata justamente de lo contrario. Hacer eso, además, es ahora deporte de mucho riesgo. Lo mismo aparece una lechera (no es alusión) y acabas en el trullo. Con Franco tampoco ocurría eso.
Vuelvo a telefonear a Manu...

-Oye… ¿Y si me hago una manuela?

[…]

-Oye, Manu… Que yo, con 20 abriles, aguantaba otros tantos minutos y siempre he ido, en eso, al paso de la edad. Ahora puedo resistir 72, tirando a más, y tan fresco.
En fin...¡Allá que voy! ¿Dónde? ¡Pues a un club de intercambio de parejas! Más estímulo no cabe. Es un plus. Es un extra. Es llegar y besar el santo (y otras cosas), aunque no abunde allí la santurronería.

¿Digo a cuál? ¿Y por qué no? Al mejor de Madrid, por supuesto, que tiene además dos ventajas: no me cobra, por ser parroquiano relativamente asiduo, y no me exigen que vaya acompañado.

[…]

Veni, vidi, vici. Siempre cumplo en las orgías. El gatillazo, en tal circunstancia, es imposible. ¡Hasta en el túnel de Raymond Moody se me empinaría!

Ya sé, ya sé que soy un desvergonzado, un depravado, un libertino, un pervertido, un promiscuo, un todo a cien, y que si la lujuria es culpa, me condenaré por ella.

[…]

I wish I were blind



Me llamarás por teléfono rompiendo nuestra habitual relación epistolar y cibernética. Hace dos, tres, tal vez cuatro meses que no nos vemos las caras, ni recuerdo cuándo fue la última vez, aunque puntualmente y casi a diario das señales de vida en unas breves letras. El trabajo bien, gracias. La vida sigue. Proyectos de vacaciones y conciertos. Nubes (negras) desplazándose a velocidad vertiginosa.

Pero no, miento, sí que nos vimos, por casualidad, cierto. Una noche, que resultó ser la de los encuentros, escudados tú y tu acompañante, quién iba a ser, tras las cervezas de rigor y el asombro. Ya ni lo recordaba, y fue no hace tanto. En todo caso no cambia las cosas.

Sé que llegará ese día y que probablemente no esté muy lejano. Con tu corrección habitual, de la que siempre has hecho gala, al menos con mi persona, llamarás y me dirás que tenemos que vernos. La excusa utilizada será lo de menos, regalos (mutuos) pendientes, un libro por devolver prestado hace un año o un simple “porque sí” y unos bombones de Peñalba. Y nos sentaremos en cualquier bar, probablemente en tu ciudad eligiendo tú el sitio y caerán al menos un par de cervezas antes de que cuentes lo que has venido a contar.

Yo estaré encantada de haber(te)me conocido y charlaré por los codos y sonreiré sin parar, abrumándote con consejos que debería aplicarme a mí misma. Discutiremos como siempre por el modo de enfrentarnos a nuestros miedos y cuando menos me lo espere lo soltarás de golpe y por breves décimas de segundo se me helará la sonrisa, espero que sea un momento lo suficientemente breve para que no lo adviertas y seguirán las sonrisas que ahora serán amargas y un poco forzadas y llegará un redoble de “ya te lo dije” a modo de un no tan velado reproche.

Porque sí, bien lo sabes, te lo dije y muchas, tal vez demasiadas veces. Con convencimiento absoluto. Porque te lo merecías. En aquel hotel con dos camas gemelas una noche tras la otra. Siempre algo más, siempre algo mejor. Y yo, yo intentaré dar lo mejor de mí. Probablemente no lo consiga. Nunca he sabido estar a tu altura.




domingo, agosto 09, 2009

Decembers of love



"... well lucky you to have me by your side
never would you know never could you decide
taking my hands as your own, cover it in gold
leave me for a moment and I watch you grow old."


Imogen Heap


Este ha sido, está siendo, el fin de semana del Descenso, de "les piragües", del "Asturias entera está de borrachera". Cita ineludible todos los primeros sábados de agosto de mi infancia frente al televisor, en La 2, cuando aún no era La 2, sino la segunda cadena de dos. Años después, muchos, la viví por primera y última vez en persona. Una y no más, Santo Tomás (y no precisamente el de Aquino). Una deuda de 20 euros, el último trago de ron y mensajes intempestivos de un guapo zamorano siempre de paso del que no recuerdo su nombre pero sí su sonrisa fueron el saldo final de aquellos tres días en inmejorable compañía (de ésta, en cambio, sigo recordando su nombre, su sonrisa, sus rizos y hasta a Erich Fromm).

Cuentan las crónicas que ha sido el más rápìdo de la historia, supongo que la abundancia de agua en el río Sella ha tenido algo que ver. Bajo un auténtico aguacero y no sólo de monteras piconas. Ríos de alcohol y el inevitable tren atestado de autoridades en busca de una foto. Pero yo he acabado por odiar las aglomeraciones de gente y me decanto por las más modestas y si me apuran más auténticas, romerías o "fiestas de prao". Con su misa de doce con gaita y tambor, irrumpiendo el "Asturias patria querida" antes (¿o es después?) de la consagración y su "puya'l ramu", en peligro de extinción, las verbenas al ritmo de la orquesta de medio pelo de turno nunca antes de las doce y su letanía de pasodobles y cumbias, sin que nunca falte "Ni más ni menos" (¿Los Chichos?), ni la Lambada (¿alguien se acuerda de ella?).

Supongo que fue el "orbayu", la oscuridad del día, el gris perlado del cielo o el verde que emborracha el que me hizo cambiar mis planes de sábado por la mañana y acabé en la piscina olvidando que los sábados de verano abren más tarde de lo habitual. En días así me gusta la calidez del agua y la soledad de unas calles sólo para mí y cuando me encontré con el cartel en la puerta con el cambio de horario, una hora de adelanto, en lugar de regresar a casa con lo puesto y desistir, decidí mal perder el tiempo durante esa hora para regresar, y cómo no, me fui de compras. Siendo lo peor que se puede hacer exactamente eso, entrar en un supermercado sin tener nada que comprar (la única tienda abierta a esas horas). El resultado: chocolate blanco, una nueva debilidad, brownies, helado de dulce de leche y croissants. Si bien es cierto que también metí en la cesta pan integral, lo cual no tiene ningún mérito, me encanta el pan integral, un melón, ídem y yogures desnatados, no noto ninguna diferencia con el resto. Como es obvio tuve que volver a casa para al menos meter en el congelador el helado y cuando regresé a la piscina, ya abierta, tuve al menos un cuarto de hora para mí sola y por mala fortuna no estaba ese monitor apodado "El Duque". Sí, lo han adivinado, por su parecido físico con un tal Duque de una serie que nunca he visto pese a la sugerencia de su título, "Sin tetas no hay paraíso". Me temo que tengo de lo primero y que los únicos paraísos que me interesan son los terrenales. Y sí, es terriblemente guapo, aunque para mi modesto gusto le sobran tatuajes. Pero en esta ocasión no hubo suerte y mis largos sólo se vieron interrumpidos por una media docena de padres y me refiero a la parte masculina de los progenitores, acompañados de su prole. Desconocía que la piscina municipal fuera territorio paterno-filial a esas horas de un sábado por la mañana, como lo son los laborables, a eso de las siete de la tarde, para las madres acompañadas de sus hijos.

En resumen, mi rutina del sábado se vió alterada, la limpieza pseudo-general autoimpuesta se vió mermada y cuando por fin la terminé pude sentarme en el sofá con mi coca-cola semanal. Me estoy quitando y sólo bebo una a la semana. Realmente ahora que lo pienso ya no sé qué me queda, no fumo, no tomo café, ya ni bebo coca-cola ni me acuesto con hombres y no tomo alcoholes destilados. Que fuera light y sin cafeína sólo fue fruto de la más infausta casualidad, fueron compradas por encargo, mío, y debió de haber una mala transcripción en el post-it de color de amarillo.

Parte de la rutina de sentarse con la coca-cola tras la limpieza es poner música a todo volumen, bailar y evidentemente cantar a voz en grito camino de la ducha. Cuanto más inconfesable mejor, léase Raphael, Raffaella Carrá, Paquita la del Barrio, Los Tigres del Norte, Intocable y un largo etc... aunque esta vez tocó Demasiado corazón, homenaje póstumo a Willie de Ville, y aclarado queda que su música en absoluto era y es inconfesable. Acabando por encender la tele y toparme por casualidad con la retransmisión a punto de finalizar del Descenso del Sella en la TPA (la televisión autonómica del Principado de Asturias o lo que es lo mismo, "Todo por Areces"). Por extraños motivos no hice zapping a medida que el periodista se despedía y comenzaban a desfilar los créditos, nombres de cámaras, técnicos de luces y sonido y todo un sinfin de profesionales que supongo lo habían hecho posible. Envuelta en una especie de mantra sin sentido me dediqué a leerlos. De repente apareció un nombre seguido de su correspondiente apellido. Por escasos segundos dejé de ser yo y me recordé a mí misma cuando todavía era yo. Y recordé un anillo. Apagué la tele y seguí cantando...

"Every morning I'm broken
Every day I die
Every night I weaken
And every night I cry
Standing in the rain
In the street outside
Running down my face
Tears in my eyes..."


Para llevarte a vivir


De lo dicho sin pensar, de lo que callo y no digo
de las cosas por pasar, de las trampas del azar,
de las cartas del destino.
Tengo un lápiz colorao con un librito guardao
para escribirlo contigo.

Si la suerte inoportuna te jugara una encerrona,
si no hay salida ninguna,
si la gracia y la fortuna se apartan de tu persona,
tengo un farolillo verde por si de noche te pierdes
y la luna te abandona.
Tengo la rosa de Oriente,
el oro del sol naciente y lo que quieras pedir.
Tengo el mapa del tesoro, tengo el Palacio del Moro
para llevarte a vivir, para llevarte a vivir.

De todo lo que besé no doy beso por perdido
pa’ que me vuelva a morder con la locura de ayer
tu boca contra el olvido.
Guardo un beso de reserva para rodar por la hierba
cuando te vengas conmigo.

El sur que te prometí tiene al sur otra frontera,
las cuerdas de mi laúd siguen buscando la luz
más al sur de la quimera.
Tengo una playa desierta y una calesa en la puerta
para lucirme a tu vera.
Tengo la rosa de Oriente,
el oro del sol naciente y lo que quieras pedir.
Tengo el mapa del tesoro, tengo el Palacio del Moro
para llevarte a vivir, para llevarte a vivir.

Javier Ruibal



P.D. Sigue lloviendo en un domingo iluminado por la luz del sur que se mece en la voz de Javier Ruibal, resonando en todos los rincones de la casa mezclándose con las risas y los descubrimientos de la mejor compañía que una pueda imaginar.

viernes, agosto 07, 2009

Negación

Llueve en agosto. Cambiando el fucsia desvaído por rojo, con sorpresa e imprevistos. El sofá ¿Karlstad? de Ikea, marrón chocolate, hace malabarismos en el maletero. Mi voz cansada en Atención al cliente. Odio los centros comerciales en tardes como ésta, refugio de familias con niños chillones y maleducados. Nadie parece entender que ser niño no está reñido con la buena educación, léase no pegar patadas a tu vecina de mesa mientras le derramas el chocolate, sin los churros, por encima de sus, afortunadamente, no tan inmaculados vaqueros. Odio Ikea, llena de parejas que parecen recién salidas de un catálogo de Casa y Jardín, embarazadas en su plenitud acompañadas de madres o suegras, imposible distinguirlas o mujeres maduras presuntamente modernas con su tinte color ciruela debatiéndose entre edredones nórdicos y cocinas Faktum. Odio la autopista atrapada en la niebla, bajo una lluvia que no está en los escritos, parkings abarrotados, semáforos en rojo y atascos interminables... Pero no quiero convertir esto en un catálogo de odios. El día es demasiado gris y hermoso. Aún no ha acabado de amanecer del todo, pocos minutos sobrepasan las siete y la niebla y la lluvia se confunden entre la oscuridad que no permite divisar el Aramo, solaz en mis ratos de ocio a través de mi ventana cuando imagino cumbres más altas. No parece viernes, no parece inicios de agosto. Y esta doble negación me gusta. Hoy hace juego con mi rímmel.

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