lunes, agosto 13, 2007

De ratones y hombres (III)

Comienza a contarme que desde hace meses ya no sale con otras mujeres y que esta historia va en serio. Le interrumpo y le pregunto desde hace cuántos meses,  porque no puedo creerme que tenga “novia” desde hace tanto tiempo y no me lo haya contado. Y no, no me creo que sea porque le daba vergüenza hablar de ello dado que la conoció a través del portal cibernético ése de citas que anuncian en TV como el nº 1 para encontrar pareja... según me voy enterando a medida que avanza la historia.


No, la vergüenza no se debe a eso. Tampoco a que desde !!!febrero¡¡¡ no haya sido capaz de decirme nada del asunto a mí, su mejor amiga, o eso creía hasta ese momento... La pregunta inevitable, obivo, es saber si le ha hablado de mí, su mejor amiga (reitero).


-“Sí, bueno, claro, sabe que existes y que de cuando en cuando nos vemos, pero no le gusta demasiado. Es un poco celosa.”


Me quedo más tranquila... ya entiendo por qué no nos ha presentado. Claro, si la chiquilla (tiene sólo !!!21¡¡¡ años) me conoce, correría el riesgo de sufrir tremendo ataque de celos ante semejante “mejor amiga”, a saber, tan sexy, guapa, inteligente y divertida. No sé si le tranquilizaría saber que a mí no me van los rubios y que Jens y yo ya estamos a estas alturas por encima de todo eso. 


De pronto comienzo a entender. Todo empezó aquella mañana en la que fingió una gripe para no ir a trabajar y se quedó en casa perdiendo el tiempo, entre otras cosas en internet, y cuando sin querer llegó hasta esa página de contactos y comenzó a fisgonear entre fotos y perfiles de chicas de su ciudad hasta encontrarse con la foto de la innombrable Camelia (la texana).


A día de hoy desconozco los mecanismos mentales que le llevaron a consultarme a mí en calidad de fisonomista, pero una vez yo le confirmé sus sospechas, sí, era ella, su cabeza entró en ebullición. Me pregunta qué creo yo que puede estar haciendo la Camelia en ese sitio, recordándome por si lo había olvidado que tenía novio, el otro, y que de eso no cabía duda.


-"Pues no sé, chico, tal vez no le vayan bien las cosas, o sea un divertimento o busque amigos o un polvo, yo qué sé. No soy la persona más indicada para intentar comprender los actos e ideas de Camelia. Nunca fuimos grandes amigas y apenas hubo confidencias entre nosotras. Ya sabes que no nos llevábamos precisamente bien. Teníamos ambas (buenos) motivos."


Le deja a él por el otro (lo que no cuenta Jens es que llegó a él dejando a otro tipo), y estando con ese otro, se anuncia en internet en busca de morenos entre 26 y 32.


Con esa idea que a mí pronto se me olvida, pues regreso a la discusión con Jesucristo Superstar, dimos por concluida la conversación “mensaggeriana” y al menos por mi parte le di carpetazo a la historia.


Jens cerró el Messenger y decidió pensar. La idea de que Camelia no fuera feliz con el otro le carcomía y pensó que tal vez la posibilidad de reconquistarla estuviera ahí en una pantalla de ordenador y en ese portal, el nº 1 y bla bla bla… así que ni corto ni perezoso se montó un perfil semifalso con más mentiras que verdades para tratar de adaptarse a la supuesta búsqueda de Camelia.


Aquí hay un salto al vacío en la historia que me cuenta Jens... además Finito ha entrado a matar y los abucheos son ensordecedores. Pitos, gritos de “vete pa casa mocín”, “arrímate más, ho”, “vete a vender exclusivas en el Hola”, “nun vales pa ná” y un largo etc. Cortó una oreja pese a todo (y eso creo que es bueno) aunque por el tendido se decía que no se la merecía. Y comenzó a llover.

Cuando Jens vuelve a la historia se salta varios meses de los que no merece la pena añadir detalles. Obviamente el acercamiento a Camelia fue inútil pero no así a un buen número de féminas. Y entonces apareció, llamémosla Nora… y lo que sigue es muy vulgar y manido y no lo contaré aquí. Chico encuentra chica y aún siguen en esa fase.


Llega el quinto de la tarde y la genial propuesta de Jens de que debería hacer lo mismo.


-“ ¿Qué es lo mismo que debería hacer mi querido holandés errante?”.


-“Poner un anuncio en ese portal nº 1 para buscarte un novio decente y dejar a esos “babayos” con los que te acuestas, porque supongo que no haces otra cosa con ellos”.


-“Una gran idea, querido, gran idea. Pero de poner un anuncio en busca de algo o de alguien no sería en busca de novio sino de algún tipo aparente dispuesto a pagar conmigo a medias una hipoteca, que me temo va a acabar siendo la única posibilidad para agenciarse una casa.”


Jens se ríe y me replica que habla en serio, yo le contesto que yo también lo hago y que tal vez no sea mala idea intentarlo. Así que cuando llego a casa esa noche me dispongo a abrirme un perfil en ese portal nº 1 en la búsqueda y supongo que encuentro de parejas.


Me senté frente al ordenador, busqué la página y me dispuse a hacerlo. Pero un ataque de cordura de escasos dos segundos de duración me lo impidió y me dedique a otros menesteres más provechosos y placenteros.


Al día siguiente, el domingo, tenía previsto ir a la playa. O mejor dicho y de ser sincera, había quedado con unos amigos, en el caso de que hiciera buen tiempo, cosa harto improbable según las previsiones meteorológicas y precisamente en base a esas predicciones había aceptado su invitación con el convencimiento de que al final no iría.


Son una pareja encantadora, mis amigos, digo. Pero tienen un pequeño gran defecto. Un hijo. Y no me entiendan mal, a mí me encantan los niños, los adoro. Pero éste queda bastante lejos de ser precisamente eso, un niño. Es un pequeño monstruito consentido, maleducado, avaricioso y tirano, y bien sé que una criatura de ocho años no es precisamente la responsable de su educación. Pero tras varias experiencias algunas de ellas playeras con ese reyezuelo de escasa estatura se me han quitado las ganas de encontrarme con ellos si hay niño por el medio. No es francamente agradable tener que pasearse con un crío que va rompiendo y dando patadas a todos los castillos de arena que a su paso han construido sus congéneres o cuya mayor diversión es cargar con todos los utensilios playeros de estos últimos, negándose rotundamente a devolverlos bajo la mirada reprobadora de sus padres, a la que le sigue un alzamiento de hombros a modo de disculpa. Una no sabe si hacerse un agujero en la arena y meterse en él cuando el niño celebra sus gamberradas con un grito que se oye en toda la playa de “mira lo que hago, tía” (que yo no soy tu tía, carajo, que ya tengo sobrinos y bien educados por cierto) y lo que hace es tirar cubos llenos de arena y agua en los bañistas que toman el sol. Es decir, que fue un alivio que amaneciera nublado y “orbayando”. Llamada de disculpa, ya nos veremos otro día… La cordura que me había invadido la madrugada anterior se disipó y me dispuse seriamente a buscar a mi media naranja vía internet (y bien sé que somos o deberíamos ser naranjas completas).

Bueno, mi media naranja según Jens y un tipo aparente con el que compartir hipoteca, según yo.

De ratones y hombres (II)

Jens y yo nos vemos poco últimamente, así que aprovechamos la comida, la posterior fase de embriaguez y parte de la corrida, para hacer eso que algunos llaman ponerse al día.

Lo cierto es que yo me siento terriblemente culpable por vernos tan poco, llevo unos meses bastante liada, apenas salgo, comienzo a padecer principios de agorafobia y reniego sistemáticamente de todos los planes que me ofrecen si no se me permite ir con mis leyes y apuntes debajo del brazo. También sé que él tiene problemas laborales que le traen por la calle de la amargura y que una parte de su vida social está irrenunciablemente destinada a sus muchas novias. Así que cuando no soy yo, es él el que tiene algún compromiso irrenunciable y apenas nos vemos en un café apurado y con prisas a la salida de su trabajo o del mío.

Nuestra conversación pasa inevitablemente por el plano sentimental. Sé que entre esas muchas novias hay alguien especial desde hace cierto tiempo, pues se le escapa su nombre de pila en ocasiones y eso no es habitual en él. Como tampoco es frecuente que reincida con la misma chica tras un par de semanas. Pero al margen de su nombre, poco más se le ha escapado en estos últimos meses, así que me sorprende con un “quiero hablarte de ella pero me da vergüenza”. Conociendo mínimamente a este holandés de 190 cm cuesta creer que haya algo que le avergüence, suele hacer de su capa un sayo y que nadie se de por aludido. Mi cara de incredulidad lo decía todo.

-“¿Recuerdas aquella vez que vimos una foto de Camelia (la texana) en un portal de esos de búsqueda de parejas?” Me pregunta.

Sí, recuerdo. Me llama una mañana al trabajo diciéndome que por favor, si es posible, me enchufe al Messenger, que tiene algo importantísimo que mostrarme. En ese momento estoy en plena discusión con Jesucristo Superstar por un quítame allá ese destornillador (algún día tendré que hablar de él, especialmente ahora que se nos va a ir) y no estoy para zarandajas de ese tipo. Pese a todo Jens es Jens y enciendo el messenger y espero a que me muestre eso tan importante. Resulta ser una foto de una chica parapetada tras unas gafas de sol ridículas, redondeadas a lo Lennon.

-“¿La conoces?, ¿Te recuerda a alguien?”.

No soy especialmente buena fisonomista, pero yo diría que esa es la innombrable, Camelia “la texana”, su ex. La ex de todas sus ex. Que lo dejó por otro, aunque se supone que esto Jens no tiene que saberlo, pero lo sabe. Que para eso es cinéfilo irredento y admirador hasta el tuétano de Sam “Bogart” Spade y sus ademanes detectivescos.

Hay que aclarar que Camelia, ni se llama Camelia ni es texana, y acá entre nos, me jugaría el pellejo a que ni siquiera sabe dónde está Texas. El nombre fue cosa de Jens, en honor a la protagonista de Contrabando y traición, el narcocorrido de Los tigres, donde la tipa se fuga con el dinero y la droga, no hay que olvidar que la traición y el contrabando son cosas incompartidas. Yo intuyo que también tiene algo que ver eso de los siete balazos con algo de índole erótico-festiva, pero como tanto Jens como yo somos de natural discreto, ni él cuenta ni yo pregunto.

De ratones y hombres (I)

Me “mensajea”, Jens (mi cultamigo), semanas atrás: "¿Hacen unos toros?" Jens es un holandés políglota afincado en España desde hace cierto tiempo, y a veces, me temo, aún se confunde con las palabras. Porque, qué quiere decir con eso de “hacen unos toros”.

Lo que quería decir, aclaración tras un par de mensajes y una llamada, es si quería ir a los toros. La respuesta es no, y la verdad es que tampoco le imagino a él en la plaza, así se lo hago saber y él me lanza un rollo macabeo que pasa de puntillas por la antropología y acaba en Cayetano Rivera Ordóñez, hijo de los difuntos Paquirri y Carmina "sois unos desahogaos" Ordóñez.

Más tarde me enteraré de ser la única persona a la que ha convencido. Claro está que yo no puedo fallarle y que paga él las entradas en tendido de sombra, que yo no sé qué es, pero que cuestan un riñón. Sólo pongo una condición, en realidad dos. La primera que tiene que invitarme a comer antes y a emborracharme después, que yo sobria no asisto ni a rastras a ese supuesto espectáculo, y la segunda, tras consultar el cartel, que vayamos el domingo 12 de agosto, que torea el ya mencionado Cayetano. Meses atrás le ví en unas fotos que publicó la revista dominical de El País y sólo pude decir: eso es un hombre y yo quiero verle (ir a los toros era mejor alternativa que asaltar la puerta del hotel cual groupie enloquecida, que una no tiene quince años, ni ganas).

Y fuimos a los toros, pero no el domingo, que ya no quedaban entradas. El furor por ver a Cayetano Rivera Ordóñez debía haberse extendido por toda la ciudad y sé que más de una tras gastarse una cantidad ingente de dinero se subió por las paredes cuando supo que no toreaba por estar convaleciente de una cogida y tenía que ser sustituido por otro torero de desconocido nombre.

De la terna de toreros que a nosotros nos tocaron sólo conocía a Finito de Córdoba, y por las revistas del colorín, de los otros dos no recuerdo ni el nombre. Sólo puedo decir que uno de ellos, de los dos que no recuerdo, salió a hombros. Y eso debe querer decir que lo hizo bien. Pero no voy a hablar de toros y mucho menos de toreros, y aunque no me gustan los toros porque me gustan los toros, no negaré que me divertí con el respetable. Había un tipo cerca de nosotros entrado en años y en carnes con un enorme farias en la boca cuyos improperios, insultos y lindezas varias dedicados a Finito, con la venia del tendido, eran antológicos. Como no menos antológica fueron la lluvia de almohadillas, los pitos y los pañuelos blancos; tan blancos como la mini-minifalda de la mujer de Rafi Camino (ex torero y empresario taurino) que nunca debió escuchar a Manolo Escobar cantar eso de “Cuando vayas a los toros no te pongas minifalda”.

domingo, agosto 12, 2007

Él y ella on the trail

No pretendo hacerle la competencia al estimado Doc, Burlador de mitos, autoproclamado crítico de blogs, aunque la mar de las veces lo que consiga es una inestimable, impagable y en algún que otro caso inmerecida publicidad. Pero dado que nos dan la oportunidad de indicar en nuestra bitácora los blogs que leemos habitualmente, por qué no explicar también el por qué.

Mi idea inicial es hacer un repaso por todos y cada uno de los que figuran en mi lista (y subiendo) pero como me conozco sé casi con seguridad que esa empresa no se llevará a cabo en su totalidad. Máxime en estos momentos en los que estoy especialmente ocupada (aunque este domingo lluvioso, extraño y perezoso no sea un buen ejemplo de ello) a punto de irme, por fin, de vacaciones. Si no sucede una catástrofe o fuerza mayor me lo impide, a saber, el próximo miércoles día 15.

Así que antes de que la idea caiga en el olvido, más temprano que tarde lo hará, no quiero dejar pasar la oportunidad de hablar de ellos.

Ellos son Él y Ella, o lo que es lo mismo, Isabel y Jose. Ella, Isabel, es de Castellón, creo, por lo leído en el blog, y es que no la conozco. Él, el perro irlandés (espero
Shami que me permitas apropiarme de ese apodo que le viene estupendamente sin ser perro ni mucho menos irlandés) es asturiano, un viejo conocido. Ambos ex-residentes en Dublín y en la actualidad y por espacio de casi un año, trotamundos.

Han tenido la estupenda idea de ir “reportándonos” su viaje a los que como yo desde la tranquilidad de nuestros escritorios hacemos cálculos: cuántos años de ahorros, cuánto tiempo de excedencia, cuántas ciudades y cuánta gente, cuántos lugares, cuánto arrojo del que echar mano.

Para la gran mayoría de la gente de mi entorno un viaje, que no unas vacaciones, significa pasar siete noches y ocho días en la Riviera Maya o en Varadero, las vacaciones por su parte implican irse al pueblo (de los abuelos) o al apartamento de la playa (generalmente en el Levante español). Los más osados tal vez hicieron uso del Interrail en sus años mozos y ahora lo reviven en un camping, en autocaravana, of course, que los huesos y la edad se resienten con la humedad de las tiendas de campaña. Algunos, los menos, se aventuran en Túnez o Egipto en viajes y circuitos organizados y mi colega, la viudita alegre, que se considera viajera por excelencia se muestra orgullosa de sus últimas vacaciones en autobús que la llevaron a la Bretaña (coincidiendo con el Intercéltico de Lorient, todo hay que decirlo). Así que cuando alguien me dice que planea dar la vuelta al mundo (o casi) no puedo dejar de mostrar cierta incredulidad y decir, más quisieras (más quisiera él... y yo, para que negarlo).

Porque viajar no significa llegar por ejemplo a Florencia y pasarse tres maratonianos días visitando todo tipo de torres, galerías y museos (exceptuando al David, que es irrenunciable), fotografiando a diestro y siniestro y poniendo cruces en esos planos que dan a los turistas marcando todo lo visitado y lo que queda por visitar para regresar a casa contando lo mucho que se ha visto y habiéndose olvidado por completo de tomarle el pulso a la ciudad y a sus gentes. Viajar, se me antoja, debe ser algo parecido a lo que están haciendo Isabel y Jose, que seguro visitarán monumentos y lugares de interés, fotos y comentarios, incluso vídeos que lo atestiguën no faltan. Pero al final, el poso que te queda cuando terminas de leer sus historias no es el de haber descubierto un fascinante templo en Laos o Vietnam que sin duda tendrás que visitar cuando viajes al sudeste asiático, si es que lo haces, sino la sensación arraigada en lo más profundo de tus tripas, de que la vida, más allá de tu calle o el bar de la esquina late a un ritmo diferente en personas que tienen algo que contarte si tú quieres escucharles.

Él y ella on the trail... Dos en la carretera

Por cierto, Ella escribe mucho mejor que Él, pero seguro que eso Él ya lo sabe…

Daniel vs. Jorge (Drexler)




No he encontrado nada mejor y de ser sincera me daba bastante pereza rebuscar, encontrar y subir entre mis discos.

Los hermanísimos en un vídeo pelín cutre y de escasa visibilidad. Para vos
Monsieur Lenguaraz.

Más adelante ya le contaré otras cosas, si es que le interesan, del insigne Daniel Drexler.

sábado, agosto 11, 2007

Volviendo a casa



Hace un escaso par de horas que ceremoniosamente te despediste en el pequeño aeropuerto rumbo al Sur, hacia el invierno, entre maletas y las mal disimuladas lágrimas de Sal que se agarraba a tu tabla de surf como si a punto de naufragar estuviera.

Por mi parte no tenía ninguna intención de ir. No me gustan las despedidas, bien sé que a ti tampoco y que probablemente te incomodó la procesión de manos que atender y besos que repartir en la que se convirtió tu partida. Demasiada gente a la que decir adiós y tan poca a la que recordar, no digamos añorar.

Pese a todo fui. Con mi más elegante vestido, mi última cara y negra adquisición, disimulando el luto que esta vez si iba por dentro. Tacones que me elevaron al menos nueve centímetros de las lágrimas, abrazos, besos y buenos deseos del resto de los presentes.

No quería estar, pero estuve con la mejor de mis sonrisas y mi displicencia…

Siempre dijiste:

-“Si me pierdo y queréis encontrarme… buscadme en Montevideo”.

Yo no conozco Montevideo y no tengo muy claro que el haberlo hecho a través de tus ojos, el haberlo percibido a través de tus sentidos sea una forma de hacerlo pese a que tú así firmemente lo creas. Tal vez por tanto no me resulte difícil encontrarte.

Yo también me voy, pero a mi Norte en busca del otoño… Nos vemos en La Paloma. Te buscaré.

viernes, agosto 10, 2007

Blues para un hombre perdido




Jorge siempre dice que la vida es una autopista donde los hombres son los coches que van en una dirección y las mujeres los que vienen en sentido contrario. Eternamente condenados a cruzarnos para coincidir tan sólo en ese breve intervalo de tiempo que paramos en una gasolinera para repostar.


Jorge nunca ha sido un tipo demasiado original, pero es mi amigo desde hace un buen montón de años, y precisamente al principio de esa cierta cantidad de años que nos conocemos estuve enamorada de él (platónica, afortunadamente). Debía de tener unos doce años cuando le vi por vez primera, melena rubia al viento y violonchelo al hombro, saliendo del Conservatorio. No tardé en averiguar a través de Lorena, una amiga que estaba unos cuantos grados (y años) por debajo de él, su nombre y poco más. Datos más que suficientes para que una preadolescente soñara con un príncipe azul rubio y de ojos azules (algún día deberé consultar con mi "psicoanalista" si mi rechazo a los hombres rubios y de ojos azules proviene de ahí). Pero la vida da muchas vuelta, Asturias y más Oviedo, es un pañuelo, y al cabo de algo más de dos años acabamos siendo parientes, ironías de la vida. Claro que para entonces a mí ya se me había pasado la tontería, y eso que acababa de cumplir los quince, y él que ya andaba en los veinte acababa de conocer a una argentina que le robaría el corazón y la cartera.


Jorge era experto en darme los consejos que él nunca se aplicaba, ya fueran de índole sentimental o estudiantil, pues ese era mi oficio por aquel entonces. Fueron pasando los años, y la amistad se fue consolidando entre distancias, ausencias y reuniones familiares y cuando yo ya había entrado en la veintena y él estaba a punto de abandonarla, lamiéndome las heridas yo de mi enésimo fracaso sentimental y a punto de nacer el segundo hijo de su idílico, al menos aparentemente, matrimonio con la argentina, decidió tomar las riendas de mi vida, al menos en el plano sentimental y ponerle orden. Estaba empeñado en que él sería capaz de encontrar lo que yo en veintimuchos años no había encontrado, a saber, mi media naranja, al hombre de mi vida. Y me apuraba para que sentara la cabeza, me casara y tuviera hijos, y pudiera unirme con todos los honores de miembro al selecto club que cada domingo por la tarde se reunía en su familiar adosado para hacer una barbacoa. Un par de matrimonios amigos, su hermana y cuñado y algún que otro vecino indiscreto.


Comenzó a presentarme compañeros de trabajo, desempolvó sus viejas agendas rebuscando números de telefóno para encontrar viejos amigos o compañeros de universidad, incluso cuando paseábamos por la calle y nos cruzábamos con algún tipo aparente sobre el que yo posaba mi mirada insistía en pararnos e interpelarle.


Pero el "producto estrella" eran los primos de su mujer, ya he olvidado el número, pero creo que no eran menos de 20, supongo que muchos de ellos no eran exactamente primos.

Nacha, la esposa argentina, era de Mendoza, a los pies del Aconcagua y situada a no se cuantos miles de kilómetros de Buenos Aires, pero no se por qué razón, tal vez porque pensaban que sonaba más "cool", todos sus primos me eran presentados como bonaerenses, y una no va a negarlo, pero siempre ha sentido cierta debilidad por el acento porteño... Ni que decir tiene que las citas eran fracaso tras fracaso, pero Jorge no cejaba en su intento.


El último chico que me presentó se llamaba (o le llamaban) Nino, también era "primo" de su mujer, aunque era uruguayo, que para mí era lo mismo. No sé por qué acepté, supongo que Jorge se puso más que insistente francamente pesado. Me dijo algo que me convenció, "no te conviene del todo, pero...., es un último recurso". No sé si lo qué me convenció era lo de que no me convenía, siempre a contracorriente, o que era el último recurso, tal vez si aceptaba él se plantaría y a partir de ese momento sería yo la que me buscara mis propias equivocaciones.


Quedamos un viernes por la tarde, recuerdo que era viernes porque por aquel entonces tenía esas tardes libres, y porque ante tal avalancha de citas había decidido instaurar los viernes tarde como el horario oficial para mis citas a ciegas. Tenía sus ventajas sobre otros momentos de la semana, si salía bien, caso harto improbable, siempre se podía extender la cita al resto del fin de semana, si era un fracaso, lo más habitual, aún quedaba sábado y domingo para resarcirse.


Nos vimos a eso de las cinco en uno de esos cafés llenos de viejecitas tomando Schwarzwäldertorte y capuccino. La elección debió ser mía dado que siempre me gustó la elegante decadencia de esos locales. Cuando llegué él ya estaba sentado ante una taza de té y leyendo, no recuerdo si era un periódico o una revista. No me resultó difícil reconocerlo, pues la descripción que tanto Jorge como Nacha habían hecho de él era exhaustiva. Pelo largo y moreno, ojos y manos inquietas, chaleco... hasta me habían descrito el tipo de calzado que solía usar, conocedores como eran de una de mis muchas manías a la hora de analizar a una persona, sus zapatos.


No estaba del todo mal. Pasaba ampliamente de los treinta (le pregunté la edad) y no esperaba nada de la vida. Me resultó simpático, era un estupendo orador y creo que nos caímos bien. Pasamos un rato agradable y decidimos continuar viéndonos. Podría decirse que comenzamos a salir, que es lo que según Jorge, hacen un hombre y una mujer cuando se aburren. Luego se aburren de no aburrirse y la relación se rompe con la esperanza de encontrar otra persona con la que aburrirse, tal vez más, tal vez menos. Y eso, creo que fue lo que nos sucedió a nosotros. No hubo una ruptura oficial ni definitiva, simplemente dejamos de vernos. Solíamos hacerlo casi a diario, él me esperaba en la estación de metro a la salida de mi trabajo (a él durante aquellos meses nunca le conocí oficio, siempre decía que vivía de los que ahorraba durante el invierno, que pasaba en su país natal, trabajando en un chiringuito playero en Punta del Este; de esta forma, bromeaba, vivía en un eterno verano). Y un buen día él no me llamó, y yo tampoco le llamé para concertar nuestra cita habitual. Me gustaría pensar que dejó pasar los días esperando que yo le demostrara hasta qué punto tenía interés por él. Y se lo demostré al cabo de más de cinco meses, cuando estando de mudanza eché en falta unos cd´s de Brassens que juraría un día había olvidado en su casa. Francamente no tenía interés especial en verle, pero quería recuperar los discos, que en realidad ni me pertenecían, me los había prestado hacía cierto tiempo una amiga con la que había tenido un fuerte enfrentamiento hacía meses, poseer aquellos discos que sé ella echaría en falta era una especie de victoria en nuestra guerra particular.

Quedamos, él apareció con los discos, tomamos un café y fuimos a su apartamento... Nos despedimos con la promesa de llamarnos al día siguiente, de eso hace casi dos años.

Me caía bien, nos caíamos bien, y yo le tenía un inmenso cariño. Pero no discutíamos nunca, no nos peleábamos ni nos acostábamos con otra gente (y creo que él no estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones).


Pero volviendo a Jorge... por fin le llegó el tan merecido y deseado ascenso, que suponía un traslado a Frankfurt con la familia y la promesa de que en no más de dos años podría instalarse en España, tal vez en Madrid.


Solíamos hablar telefónicamente todas las semanas, desde nuestros respectivos trabajos, por supuesto, y teníamos largas conversaciones poniéndonos al día de nuestras cada vez más aburridas vidas. Él me hablaba de los progresos de sus hijas y yo de mis no progresos. Poco a poco las llamadas se fueron espaciando en el tiempo, y a los cinco o seis meses dejó de llamarme. No le dí importancia porque suponía que estaría ocupado, el trabajo sé que le absorbía mucho tiempo, demasiados viajes, y por mi parte mi vida también se había complicado un poco con nuevos horizontes a los que enfrentarme.


Tan sólo hace un par de días recibo una llamada suya, acaba de llegar a Oviedo, a pasar unos días de vacaciones con la familia, y quedamos para vernos y charlar. Las negociaciones para elegir en qué lugar vernos fueron duras, pues poco queda del Oviedo nocturno que él conoció, pero al final logramos ponernos de acuerdo y nos encontramos ante una guinness en el Ca Beleño. Hacía muchos meses que no le veía, y más bien parecía que hubieran sido años. Parecía haber envejecido de repente, su mirada era gris, y tras no más veinte minutos de charla me di cuenta de que sólo era yo la que hablaba y que el único tema de conversación era mi mismidad. Ningún comentario sobre su mujer, sus hijas, su adosado o la niñera.


No tenía demasiadas ganas de hablar, pero era obvio que algo le ocurría, y cuando íbamos por la tercera cerveza me contó que él y Nacha estaban en trámites de separación y sin vuelta atrás. Había una tercera persona. Alguien conocido, un amigo, uno de sus mejores amigos, también casado con una amiga. Una de esos matrimonios con los que compartían barbacoa los domingos. Ella se quedaba con la casa, que ya compartía con su nuevo compañero, con las niñas, con el coche, y a él lo enviaban a Madrid, que había sido su destino soñado y se había convertido en lo más parecido a un destierro.


Me sentí tan mal, creo que incluso más de lo que me hubiera sentido si me viera en semejante situación. Porque Jorge es de esas personas que no han nacido para tener desengaños amorosos, no se lo merece. No es como yo, acostumbrada a los fracasos, que hace tiempo asumí que soy incompatible con una pareja estable. Y precisamente cuando veo que alguien tan extraordinario como Jorge fracasa en su matrimonio no puedo evitar preguntarme a qué puede aspirar alguien como yo.

Eco en el laberinto


Esta mañana Boccherini también a mí me hizo sonreir...

viernes, agosto 03, 2007

Volveré... supongo.








Me voy de vacaciones...

jueves, agosto 02, 2007

Envenenándome de azules


No sé en qué momento mi victoria pasó a convertirse en tu derrota, y mi derrota en tu victoria.

Cuándo dejamos de reconocernos y mal disimular nuestros instintos y nuestras cicatrices. Cuándo descubrimos que nuestras sonrisas eran de archivo, apolillados nuestros abrigos en una entrada que nunca cruzábamos.
Cuándo nos traicionó el futuro.

En todo caso, el día que perdamos que no sea por cobardía… y mucho menos por miedo.

miércoles, agosto 01, 2007

Y Bardem se hizo hombre



Nunca me había fijado en Javier Bardem. Me parecía un buen actor y un tipo inteligente, pero no excesivamente atractivo. Le recuerdo especialmente en las “luneras” Huevos de oro y Jamón, jamón… y no, como que no.

Pero hace un par de días me lo encontré, sentado él con unos supongo amigos o gente del equipo de la película (españoles en todo caso, especialmente una guapa morena con la que no dejaba de reírse). Directamente me quedé con la boca abierta mirándole y escuchándole mientras le decía a la persona que me acompañaba que ni se le ocurriera sacar el móvil para hacer fotografías o pedirle un autógrafo, que eso es de horteras, y una puede ser muchas cosas, pero el “horterismo” no está entre ellas. En todo caso de pedirle algo al Bardem no sería precisamente un autógrafo.

Por cierto, ha sido llegar la Pe y el ostracismo ha caído sobre la ciudad. Que la Escarlata y no digamos el de la china (como ya le llaman por aquí) se pasean alegremente por toda la ciudad, posan con la gente y responden a los saludos.


Monísimas las niñas de la china (que es coreana, creo) y no digamos la Escarlata, tan rubia (casi blanco su pelo), tan nívea, con esas curvas… aunque aún no conozcamos su sonrisa. Que diferencia, dice mi amigo P. que trabaja en La corrada del obispo, con la Pe, que sin maquillaje (él la vió anoche) no vale nada. Claro que hace tiempo dijo que Catherine Zeta Jones (divina como pocas) al natural era del montón… qué sabrá él, aunque crea saber…

lunes, julio 30, 2007

Los amigos de mis amigas son mis amigos


En aquellos tiempos Mar aún conocía la palabra remordimiento, y la ponía en práctica. De este modo, cuando conoció al mexicanito lindo se sintió embargada por un mar de dudas, no sé si existenciales, y estableció una guerra a muerte entre el querer y el deber. Entre el presente, el mexicanito lindo, y el futuro (pasado) que esperaba su vuelta. Ganó la sensatez, sin tener nada claro si ésa era la mejor victoria. Lo cierto es que acabada la tesis y su año doctoral volvió a casa y nunca más volvieron a verse.

Cuando irrumpió en su vida yo estaba presente. Éramos inseparables y además de compartir cuarto, clases y biblioteca también pasábamos juntas nuestro tiempo de ocio. Fue en una fiesta. Todo lo que nos pasaba en aquel tiempo siempre era en una fiesta en la casa de alguien, y en este caso fue en casa de Rocío. Inauguraba su nueva casa, o lo que es lo mismo, su nueva habitación de alquiler, y como era costumbre invitó a todo el mundo y organizó la mayor fiesta que con su presupuesto y posibilidades pudo montar.

Llegamos tarde, como siempre. La culpable fue Goizi, la única que conocía la dirección y a la que Rocío había dado detalladas indicaciones de cómo llegar. Pero las indicaciones no debieron del ser del todo correctas o la portentosa memoria de Goizi, que sin duda lo era, ese día debió de declararse en huelga. Cogimos la línea 2 del metro pero en realidad era la del tranvía, dimos vueltas y más vueltas por el mismo barrio sin que ella pudiera identificar el edificio y tres cuartos de hora más tarde de lo previsto y sin incluir el cuarto de hora de rigor llamábamos a la puerta (nos habíamos encontrado con un despistado que también llegaba tarde pero que al menos si conocía la ubicación exacta). Que diferente hubiera sido todo si por aquel entonces hubiese estado popularizado el uso de los teléfonos móviles.

El mexicanito lindo de los ojos azules (así le llamaba Goizi) o el mexicanito lindo a secas (para Mar y para mí) entró por la puerta a los escasos cinco minutos de que llegáramos nosotras (alguien llegaba aún más tarde). Lo divisamos al instante, las tres estratégicamente situadas en una mesa que enfocaba la puerta de entrada, con cervezas ante nosotras y presintiendo el aburrimiento que íbamos a pasar. La presencia en la fiesta era abrumadoramente femenina, y excepto nosotras, algún que otro compañero de piso o de trabajo de Rocío, muy poco atrayentes en términos generales y Mercedes Benz y su trouppe, el resto eran novias, exnovias o futuras novias de la anfitriona y agregadas.

Como era de esperar tres pares (al menos) de ojos femeninos escrutadores se clavaron en él y le dieron el visto bueno, y dado que la anfitriona estaba muy ocupada en ese momento, en calidad de sus mejores amigas decidimos abortar sus pasos que ya se dirigían hacia el meollo de la fiesta e invitarle a sentarse entre nosotras. Aceptó gustosamente, o no tan gustosamente, pero probablemente no alcanzó a ver ninguna otra alternativa, y tras presentaciones varias, más bien un interrogatorio en toda regla por parte de Goizi, quedó claro que el mexicano nos caía bien y que con diferencia era lo mejor de la fiesta. La vaina de que fuéramos tres y él sólo uno lo dejaríamos para más tarde.

domingo, julio 29, 2007

¿Los libros son para el verano?



Sentada en la penumbra bien hallada de un bar cualquiera (a pesar de ser las once de la mañana ya lucía un esplendoroso sol en la terraza y yo huyo del sol como los vampiros… la resaca influye, supongo) esperaba entre bostezos la llegada de unos amigos.

El local estaba prácticamente vacío, un par de parroquianos apoyados en la barra discutiendo sobre la conveniencia de la prohibición de subir a los lagos (de Covadonga) y un camarero tras ella, deambulando, también entre bostezos y a la espera de alguno de esos turistas que con la llegada de agosto comenzarán a invadir la ciudad fotografiándose, sin olvidarse ninguna, con todas y cada una de las estatuas que adornan los rincones más insospechados de ésta. Y es que si uno va despistado y sin mirar (lo que yo hago habitualmente), corre el peligro de estrellarse sin alevosía con el aún más despistado Woody Allen, con la exultante orondidad de Botero o la decimonónica Ana Ozores; por no hablar de mi preferido, el insigne viajero Willians B. Arrensberg o el monumental culo del mismo Úrculo.

Yo estoy enfrascada en la contemplación del periódico sobre mi mesa, sin leerlo y de repente el camarero enciende el televisor. Aparece sintonizada una emisora autonómica y el volumen es tan elevado que es imposible no dejar de dirigir la vista en busca del aparato. Sale en pantalla una jovencita, supongo que de veintitantos. Parece ser, por sus palabras, que es una de las presentadoras “del tiempo” de la cadena y que el espacio en el que ahora aparece es “un especial de verano” por el que pasan todos los trabajadores de la emisora recomendado la lectura de un libro. Debe ser una campaña de promoción de la lectura o algo así.

Pues bien, el libro que recomienda la chica es “Los miserables” (de Victor Hugo). Evidentemente debe argumentar su elección:

-“Bueno… esto… es que cuando estaba en la facultad (Ciencias de la Información), en tercero, un profesor nos ordenó leerlo, como trabajo de clase. Y bueno, ufff… al principio me costó y tal... También tuvimos que leer “La tregua” de Primo Levi… y ése… uff… me gustó más el otro… además hay una película (y un musical)… más ameno (del otro también hay película)…

Pues ya lo saben, señores, a leer “Los miserables” este verano y si no lo hacen no se preocupen, basta esperar a llegar a tercero de carrera para que un infame profesor os lo ordene. Dará pereza claro, pero al menos aprenderéis algo nuevo, que hubo un escritor francés que escribió esa novela y que no es sólo una película y demás...

Al otro, a Primo Levi, mejor lo dejamos para cuarto.



sábado, julio 28, 2007

Discurso de Eva


Hoy te saludo brutalmente:

con un golpe de tos

o una patada.

¿Dónde te metes,

a dónde huyes con tu caja loca

de corazones,

con el reguero de pólvora que tienes?

¿Dónde vives:

en la fosa en que caen todos los sueños

o en esa telaraña donde cuelgan

los huérfanos de padre?


Te extraño,

¿sabes?

como a mí misma

o a los milagros que no pasan.

Te extraño,

¿sabes?

Quisiera persuadirte no sé de qué alegría,

de qué cosa imprudente.


¿Cuándo vas a venir?

Tengo una prisa por jugar a nada,

por decirte: «mi vida»

y que los truenos nos humillen

y las naranjas palidezcan en tu mano.

Tengo unas ganas locas de mirarte al fondo

y hallar velos

y humo,

que, al fin, parece en llama.


De verdad que te quiero,

pero inocentemente,

como la bruja clara donde pienso.

De verdad que no te quiero,

pero inocentemente,

como el ángel embaucado que soy.

Te quiero,

no te quiero.

Sortearemos estas palabras

y una que triunfe será la mentirosa.

Amor...

( ¿Qué digo? estoy equivocada,

aquí quise decir que ya te odio. )

¿Por qué no vienes?

¿Cómo es posible

que me dejes pasar sin compromiso con el fuego?

¿Cómo es posible que seas austral

y paranoico

y renuncies a mí?


Estarás leyendo los periódicoso cruzando

por la muerte

y la vida.

Estarás con tus problemas de acústica y de ingle,

inerte,

desgraciado,

entreteniéndote en una aspiración del luto.

Y yo que te deshielo,

que te insulto,

que te traigo un jacinto desplomado;

yo que te apruebo la melancolía;

yo que te convoco

a las sales del cielo,

yo que te zurzo:

¿qué?

¿Cuándo vas a matarme a salivazos,

héroe?

¿Cuándo vas a molerme otra vez bajo la lluvia?

¿Cuándo?

¿Cuándo vas a llamarme pajarito

y puta?

¿Cuándo vas a maldecirme?

¿Cuándo?

Mira que pasa el tiempo,

el tiempo,

el tiempo,

y ya no se me aparecen ni los duendes,

y ya no entiendo los paraguas,

y cada vez soy más sincera,

augusta...


Si te demoras,

si se te hace un nudo y no me encuentras,

vas a quedarte ciego;

si no vuelves ahora: infame, imbécil, torpe, idiota,

voy a llamarme nunca.


Ayer soñé que mientras nos besábamos

había sonado un tiro

y que ninguno de los dos soltamos la esperanza.

Este es un amorde nadie;

lo encontramos perdido,

náufrago,en la calle.

Entre tú y yo lo recogimos para ampararlo.

Por eso, cuando nos mordemos,

de noche,

tengo como un miedo de madre a quien dejaste sola.

Pero no importa,

bésame,

otra vez y otra vez

para encontrarme.

Ajústate a mi cintura,

vuelve;

sé mi animal,

muéveme.

Destilaré la vida que me sobra,

los niños condenados.

Dormiremos como homicidas que se salvan

atados por una flor incomparable.

Ya la mañana siguiente cuando cante el gallo

seremos la naturaleza

y me pareceré a tus hijos en la cama.


Vuelve, vuelve.

Atraviésame a rayos.

Hazme otra vez una llave turca.

Pondremos el tocadiscos para sIempre.

Ven con tu nuca de infiel,

con tu pedrada.

Júrame que no estoy muerta.

Te prometo, amor mío, la manzana.


de Carilda Oliver

viernes, julio 27, 2007

Noches de mensajes incendiarios


A veces... de cuando en cuando... estas últimas noches... hago creer que creo lo que me dicen...

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