miércoles, mayo 09, 2012

No hemos venido al mundo a ser felices



Leo... leía. Leí, "Yo confieso", de Jaume Cabré. Alguien me lo recomienda entusiasmadamente. Hacía mucho tiempo que no oía hablar con tanta vehemencia de un libro. No le ha cambiado la vida al modo de Paulo Coelho, pero le ha descubierto, vayan ustedes a saber en base a qué, a Anne Sophie Mutter y a Karajan, que tanto le recuerda, que tanto me recordaba a mí, al otro von.

No digo que ya conozco a Jaume Cabré. No quiero romper la ilusión de su "descubrimiento". Un tipo, reitera sin tregua, que merece todo el reconocimiento del mundo; el que no tiene a cambio de que otros sí lo posean. Los Ruiz Zafón, los Vila Matas, los Rivas y hasta el joven Marías.

Yo había leído "Las voces del Pamano" hacía tiempo, tal vez dos años atrás. Unas Navidades cualquiera en familia cuando el que más o el que menos había incluido en su equipaje no menos de dos libros, tal vez para tener excusa para ausentarse de las largas sobremesas con el cuñado divagando sobre música escandinava contemporánea (me acordé de él esta mañana leyendo en el periódico que Arvo Pärt es posible, no sé si probable, candidato a los premios Príncipe).

Me lo encontré reposando sobre el brazo de una butaca. Iba a sentarme y lo aparté sin fijarme demasiado en el título, "Die Stimmen des Flusses"; aunque me llamó la atención el autor, un nombre catalán. Así que comencé a hojearlo y acabé leyéndolo quedándome con la duda, a la manera de Joan Sebastian, o con la curiosidad o la intriga, por su éxito y reconocimiento en Alemania. De hecho la publicación de su siguiente novela, “Yo confieso”, fue un auténtico fenómeno editorial y mientras aquí se vivía entre mayor o menor indiferencia allá se formaban grandes colas en las librerías y hasta se organizaron sesiones de lectura a cargo de actores consagrados. Puede que al público alemán le conmuevan tanto las españolas novelas guerracivilistas como a mí las que versan sobre la Gran Guerra sean de la nacionalidad que sean.

Debo confesar que no me gustó demasiado. Tal vez poco, nada. Un autor español más que salda su deuda de escribir sobre la guerra civil, supongo. Me divirtió al principio y me aburrió al final. No despertó en mí la curiosidad por seguir leyendo a Cabré y acabé meciéndome “En el nombre del viento” de Patrick Rothfuss. Novela que se suponía debía de subyugar a una pertinaz seguidora de “Canción de hielo y fuego” como, yo pero que acabó aburriéndome aún más que la anterior.

Con “Yo confieso” me ocurrió algo parecido a con “Las voces del Pamano”.  Me gustó al principio. La otra simplemente me había divertido las primeras doscientas páginas. Me enterneció, y mucho, el pequeño Adrià Ardèvol con su jersey de canalé color Burdeos, el que quería aprender alemán y hablar arameo. Me gustó la Trullols y la señorita Cecilia a la que imaginaba en sus años mozos como una Verónica Lake venida a menos. El valeroso y astuto jefe arapaho Águila Negra y el sheriff Carson, la Universidad Gregoriana y Túbingen me trajeron ecos de otras vidas, aunque fueran mías.

Pero Adrià Ardèvol crece y conoce a Sara Voltes.Epstein en París, y Bernat Plensa se casa con Tecla (qué nombre tan absurdo para una pianista)  y Lola Xica deja de serlo. Y yo comienzo a odiar al ya no tan pequeño Adrià que ya no usa jerseys de canalé color burdeos, que es un violinista mediocre y un coleccionista obsesivo. Tengo que llegar a la página 757 para darme cuenta de que no puedo disfrutar de la que sin duda es una gran novela porque hace un puñado de cientos de páginas en las que no se habla de Adrià Ardévol i Bosch, se habla de ti.

No me había dado cuenta hasta ahora y tenía que decírtelo.


viernes, abril 20, 2012

En la vida hay tinieblas... tan cierto como la luz las disipa.





Siempre se dijo que "Drácula" de Bram Stoker era una mala novela (de un mal escritor que creó un gran personaje). Yo siempre sostuve que era una de mis novelas preferidas (la otra sería la "La isla del tesoro" de Stevenson).

Hoy se cumplen 100 años de la muerte de Stoker. Una excusa tan buena como otra cualquiera para recordarle. A él, a Mina, al Conde, a Jonathan Harker... Para cocinar un "Paprika-Hendl". Para entrar libremente y por mi propia voluntad en una casa ajena que tal vez algún día sea la mía, que tal vez me aporte parte de la felicidad que hoy ofrezco.


P.D. Bela Lugosi

jueves, abril 19, 2012

El traje nuevo del emperador






- ¡París! Nosotros tenemos los ideales, pero ellos tienen el clima...

Ninotchka 


Una, que es ciertamente republicana desde que tiene uso de razón, y lo será mientras siga convencida de que el linaje y la sangre no son méritos para alcanzar la jefatura de un estado, de cualquier estado; se pasea estupefacta estos días entre indignados patriotas, portadas de periódicos, tertulias de café y princesas alemanas zu Sayn-Wittgenstein que ni son princesas ni son alemanas. Qué admirables y fabulosas, por cierto, estas mujeres que acumulan matrimonios y por tanto divorcios sin desprenderse de los títulos más o menos nobles o pretenciosos de los que fueran sus maridos a la manera de Carolina de Mónaco o de Rosario Nadal. Aunque sea altamente comprensible que si una puede ser princesa de Hannover o de Preslav, si una puede apellidarse Saxe-Coburg o zu Sayn-Wittgenstein; no va a quedarse con un vulgar Grimaldi heredado de un pirata o un Larsen más propio de escritor sueco de novela negra. Ya lo escribía hace un par de días el sin par Salvador Sostres en el periódico de Pedro Jota, sólo el servicio da explicaciones... sólo el servicio, añado yo, se divorcia como Dios manda y te devuelve los apellidos y el rosario de tu madre.

Pues eso, que asombrada me hallo de tanto republicanismo de nuevo cuño. De tanto asombro porque alguien se asombre de que Don Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias borbonee, que para eso es doblemente Borbón, digo.

Larga vida al rey en este país juancarlista y de prensa sumisa y cortesana más que merecida. Larga vida a la Reina, esa gran profesional, tan culta,  vegetariana y melómana, la que tras más de 40 años de consorte en un país que no es el suyo no es capaz de mantener una conversación de 15 minutos en ese idioma que no es el suyo.

Y larga vida a los españolitos de a pie que se acaban de despertar de un largo sueño en el que eran prósperos y ricos y los bancos concedían hipotecas del 110% del valor de un piso en el extrarradio de 60 metros cuadrados, y préstamos para coches de alta gama y vacaciones en Punta Cana; y obvio, tenían un Rey que reinaba pero no gobernaba tan campechano él que rivalizaba con la señá Duquesa (de Alba, of course).

Ya lo dijo la infanta Elena de Borbón y Grecia:

- "Yo no sé nada. Estaba con su padre".
- "Yo no oí nada. Estaba trabajando".

Más vale tarde que nunca... supongo.



P.D. Greta Garbo

miércoles, abril 18, 2012

Lección de gramática




"¿Cómo se diz en uolof la palabra frontera, la palabra
patria? ¿Y en soniké? ¿Cómo-y llamáis al desamparu?
Si queréis dicir en bereber, por exemplu, “yo tuvi una casa
nun arrabal de Rabat” ¿ponéis nesti orde la frase? ¿Cómo
se conxuguen en bambara los verbos que lleven al norte,
qué axetivos-y cuadren a la palabra mar, a la palabra muerte?
Si tenéis que marchar, ¿ye la palabra adiós un sustantivu?
¿Cómo se pronuncia en diakhanké la palabra exiliu? ¿Hai que
xuntar los llabios? ¿Duelen? ¿Qué pronomes usáis pal qu’espera
na playa, pal que regresa ensin nada? Cuando señaláis p’allá, 
pa  contra casa, qué alverbiu escoyéis?
 ¿Cómo se diz na vuestra, na nuestra llingua
la palabra futuru?"

Berta Piñán













P.D. Irene Dunne y Cary Grant en "Penny Serenade".

viernes, marzo 23, 2012

Días extraños




Recuerdo estas palabras de Ray Loriga, de 'Tokio ya no nos quiere':  "Los días son a veces tan tristes que sencillamente no merecen la pena. No merece la pena correr, ni esperar, ni vigilar. Días tan tristes que no merecen ni un esfuerzo, ni el más pequeño movimiento. Los días así hay que dejarlos correr, como los trenes nocturnos..."

Siempre me gustó Ray Loriga. Siempre pensé que era guapo. Y me gustaba más por guapo que por escritor.

P.D. Natalie Wood

martes, marzo 20, 2012

Tu hiciste de mi vida un cuento para niños en donde naufragios y muertes son pretextos de ceremonias adorables, escribió Alejandra Pizarnik





Siempre bromeo y digo que la semana que explicaron esa lección vital en el colegio yo debía de estar en la cama con escarlatina; y que por tanto, falta de tan básica educación, no pude o no quise (o no supe) desarrollar la habilidad o capacidad de decir sin querer decir, de callar queriendo hablar, de hablar por no callar o de contar lo que se intuye el otro quiere escuchar.

Desde bien chica me gané, probablemente bien ganada, la fama de soberbia, de ingrata, de desagradecida, de sobrada, de antipática... por decir cuando lo conveniente era callar, por no ser amiga de mis amigos si la ocasión no lo merecía; por exigir explicaciones y respuestas cuando yo en ese lugar las daría; por no conformarme con las palabras si yo quería hechos, si yo quería y exigía la verdad por amarga que fuera, la misma que estaba dispuesta a ofrecer. Que vale mil veces más un golpe certero al corazón que una programada agonía.

Sal siempre me decía (y me dice), ayer me lo repetía, que ése es el camino que conduce al abismo. Que a nadie le importa la verdad o las certezas. Que uno quiere escuchar lo que quiere escuchar (y punto). Que desde que el mundo es mundo y el hombre es hombre, se ha dado un juego de reglas tácitas no escritas aceptadas por todos excepto por mí. Empeñada en cambiar las normas, en jugar a mi modo por mi cuenta y riesgo. Condenada siempre y sin remedio a perder.

Me pone ejemplos. ¿Te acuerdas del de la teoría de los conjuntos?... ¿Cuál de ellos?... Aquél, bueno, no importa, se repite el mismo patrón, pero sí, aquél, el que se fue buscando su espacio. Otro, y son legión, abonado a la teoría del "no eres tú, soy yo"; pero que se fue sin desaparecer del todo dejando una puerta abierta. Todos lo hacen. Que aparecía de cuando en cuando asomando la patita por debajo de la puerta para decir que seguía on the road. buscando su lugar. Como si a mí me importase, como si fuese necesario. Cuando lo único que hubiese estado de recibo era haberse despedido, haber dicho que se iba y no pensado volver.

No, así no, reniega Sal; aunque sabe que no va a convencerme. ¿Cómo es esa frase tuya?... Todo un clásico, "no te digo hasta luego porque no pienso volver a verte". ¿Cómo te crees que se siente el romano que escucha eso mientras le lanzas un beso al aire y cierras la puerta del ascensor?... ¿Acaso tiene que importarme cómo se sienta? ¿Tengo que preocuparme de los sentimientos de alguien que no sea yo? ¿Tengo que pensar que le estoy haciendo daño o hiriendo o menoscabando? No, ni modo, que en realidad le hago el favorcito de ser yo, no él. Le indico el camino de salida, le dejo libre, le hago víctima, que siempre da más juego y le brindo no más de cinco minutos de mal entendido orgullo regalándole una anécdota para contar una noche cualquiera en un bar cualquiera. ¿Sabéis lo que me dijo esa chica tan rara? Y alguien dirá que yo ya apuntaba maneras.

¿Me convertía eso en una mala persona? Puede... pero no voy a decir que seremos amigos cuando ambos sabemos que me olvidará una vez cruce esa puerta. No, no tomaremos café de cuando en cuando, ni nos llamaremos por nuestro cumpleaños. No vamos a fingir que nos importa lo que nos suceda a partir de ahora porque bien cierto es que no nos preocupa.

No puedo evitar preguntarme por qué a la gente le cuesta tanto decir la verdad, que tampoco se trata de ser un libro abierto, yo no lo soy y tampoco lo intento; pero decir lo cierto es casi tan o más simple que murmurar una disculpa.

Supongo que por eso me gusta. Porque nunca da explicaciones, ni tampoco las pide. Se tienen simplemente razones o motivos. Y ya sabes, honey, si no te gustan, lo siento, porque no tengo otros. Suele ser fácil estar a su lado porque lo único que pide es honestidad, que tan cara se vende, la misma que él ofrece. Esto es lo que soy, esto es lo que ofrezco, lo que tengo, lo que no está en venta, lo que ves... y lo que no se ve carece de importancia, eso ya sólo es mío, ya no ve la luz. Sí, era y es fácil, no hace falta fingir, ni sonreír sin ganas antes los malos chistes ajenos. Y somos amigos porque nunca nos prometimos que lo seríamos. No, no siempre se necesita prometer y jurar en falso para que ciertas promesas se cumplan; porqué él aceptó y entendió mis ritmos lentos; mi pretendida ingenuidad, un arma como otra cualquiera, una sentencia como otra cualquiera; inequívoca condena al modo espera.


Feliz día...




P.D. Jane Greer y Lizabeth Scott





viernes, marzo 16, 2012

Lou Reed dice que si cierras la puerta tal vez la noche (el sueño) dure para siempre




Estoy con C., que tiene muchos menos años que yo y casi tantas ilusiones como sueños. Estamos sentadas en una de esas confiterías con mantelitos blancos que tanto me gustan, cuyo gusto comparte conmigo, y donde la media de edad supera la edad de jubilación. Se nos había antojado comer pancakes con jarabe de arce, que no tortitas con nata y caramelo, que aunque sea lo mismo, no lo es, y no sólo por el sirope y tampoco porque en realidad C. diga panqueques y a mí no me guste la nata (no soporto la leche, ni sus derivados, ni nada que se le parezca en olor, apariencia o gusto aunque poco o nada tenga de producto lácteo; léase la horchata).

Y hablamos de chicos, que no de hombres... aunque es ella la que habla más bien. Y en un determinado momento me pregunta qué es eso de mantener una relación abierta, que lo ha visto en el Facebook o en el Lokalisten, ya no recuerdo. Y a mí estas cosas se me dan mal, pero lo intento pese a todo, y ella me contesta que sí, que ya le parecía, que los adultos somos muy raros.

Y hablamos de libros, de Cornelia Funke y el Capitán Alatriste; y me recuerda que yo les regalé toda la saga, pero que ella aún no los ha leído, piensa que igual no le gusta Reverte, que igual es de chicos, aunque esas distinciones le parezcan absurdas, que la saga Crepúsculo, aunque sea de chicas no va con ella.

Y hablamos de música, de Hannah Montana, aunque ella sea más de Ashley Tisdale y acabamos tarareando el 'Achy breaky heart' del padre de la artista, canción que ella no conoce pero que enseguida entona, y yo le cuento la historia de esa canción, todo un hit hace tantos años que yo probablemente tendría entonces los que ella tiene ahora. Y me pregunta qué música escucho ahora, tantos años después; qué músicos me gustan, así, que sean guapos, y no lo dudo ni un momento cuando me pide que le nombre a tres, aunque los tres a ella le parezcan unos viejunos: Bruce, Jorge y Andrés, que sobran las presentaciones. Y me dice que esos no valen, que no son guapos... y yo le digo que no es cierto y que no, que no son cosas de la edad, que yo a los catorce ya estaba enamorada de Bruce... pero ni modo, tengo que buscarme otros, pero que sean guapos de verdad de la buena, y no tan viejos, que yo no lo soy tanto... Pero no tengo otros, porque para mí eso es belleza... Aunque no la convenzo, o no del todo, y piensa que mis gustos son raros, o que no sé apreciar lo bonito, y yo digo que es como el que va repeinado con su raya al lado y sus zapatos relucientes, que las fachadas son sólo eso, fachadas, y no, no caigo en el absurdo tópico de que la belleza está en el interior, que puede ser cierto, o no, quién sabe... pero es que a mí me gustan los hombres así, que puede que no sean guapos, no sé, tal vez... pero a mí me lo parece, y eso, hasta el momento, me resulta suficiente, you know.





P.D. Helen Broderick y Constance Bennett

jueves, marzo 15, 2012

Life is the fast lane




Creo recordar... no, creo, no... lo recuerdo a la perfección. Fue en uno de mis fines de semana madrileños. Mañana de sábado de compras con C. en la calle Fuencarral. Estaba apoyada en el escaparate de... bueno, me importa poco hacer publicidad... de Desigual. C. es fan absoluta de esta marca (y de Custo, obvio), a mí no me gusta; poco, nada; o en realidad no me disgusta en otros y me disgusta en mí. Ahora en realidad la moda me la trae al pairo; las modas, los colores, los estilos; acabo siempre poniéndome casi cualquier cosa... pero cuando aún iba de compras, leía el Vogue y hasta me compraba el Cosmopolitan; me apuntaba a todas las tendencias, que no modas, cuando ni siquiera existían las tendencias, y decidí que no me gustaban los estampados igual que no me gustan los cacahuetes, las joyas de oro (amarillo) o los tipos que van de graciosos haciendo un chiste a cada frase pronunciada.

Los estampados (y los cuadros) no son para las chicas tímidas. Y yo, no lo olviden, soy de las tímidas. Tampoco para las chicas altas, y yo estoy por encima de la media. Me costó mucho aceptar, por cierto, que yo nunca sería una de esas chicas pequeñitas, de huesos frágiles, que inspiran ternura y afán de protección, que impulsan a abrazarlas.

Pero estaba yo allí, apoyada, fingiendo mirar el escaparate y debatiendo conmigo misma la oportunidad o no de comprarme una cazadora de cuero de color verde oliva que no necesitaba para nada con un dinero que no me sobraba... Y allí estaba él, en medio de esa situación absurda que tantas veces se da y que yo nunca he acabado de entender, su chica (doy por sentado que eran pareja), comprando compulsivamente y él aguantando estoicamente a a la entrada de la tienda, cargado con las bolsas, haciendo equilibrios entre éstas y su cigarro apurado. Le sonrío casi involuntariamente con gesto de comprensión, tira la colilla y me envía una sonrisa de vuelta, intuyo que a modo de despedida, que regresará al interior de la tienda a decirle a su chica lo bien que le sienta el color morado. Pero no, sigue fuera con las bolsas en la mano, con un vago gesto de acercamiento me ofrece un cigarro y un par de sonrisas de más. Rechazo el ofrecimiento, no fumo, gracias. Y él guarda el tabaco y tampoco fuma, y sonríe de nuevo titubeando, parece que quiere decir, pero no dice... y yo, qué vamos a hacerle, no soy yo de las que liga en las puertas de las tiendas de la calle Fuencarral con desconocidos que me ofrecen cigarros mientras sus novias se prueban ropa con dos tallas de más. Además aparece C. con sus compras y me salva del Averno ofreciéndome unas cañas y presentarme al amigo del primo del hermano mayor de no sé quién, que me va a encantar, que estudió en la Sorbona y es más alto que yo, y obvio, habla francés y no cuenta chistes malos, y le gustan los pistachos y conducir en carreteras sin rumbo. Así que con una media sonrisa nos despedimos y una parte de mí que no controlo le dice "Hasta la próxima. Suerte"...

Y como yo soy de las que olvida hasta mi nombre pero jamás una cara, sentada ayer en una terraza al sol de marzo, creo reconocerle dos mesas más allás tras mis gafas de sol. Han pasado probablemente más de dos años, y la chica que le acompaña no es la misma de aquel entonces. Aunque también sea morena, de uno sesenta, de huesos frágiles y apariencia dulce. Él la mira embobado sin percatarse de nada de lo que ocurre alrededor. Ella viste una falda rosa de estampado de leopardo, los estampados de leopardo tampoco son para las chicas tímidas. Están bebiendo café (yo coca-cola light) en una de esas tazas grandes para el café con leche, no para los cafés solos ni para los cortados. Él acerca la taza a sus labios, la abraza con la mano, la izquierda, y pienso que me gustan los hombres que acarician la taza cuando beben y no puedo evitar darme cuenta de que nunca me he fijado en cómo coges tú la taza del café.


miércoles, marzo 14, 2012

By(e) the way



Hace muchas lunas, cuando aún vivía en las tardes de verano, sentados al sol, perdíamos el tiempo de la mejor forma que conocíamos... juntos. Y hablábamos recorriendo las rutas que un no tan lejano dia subidos a una Harley hollaríamos, prometiéndonos inciertas querencias, dibujando los mapas de un futuro que ambos sabíamos no sería en común. La tela de araña que tejíamos no estaba destinada a atraparnos a nosotros.

Decía Carrie "Sex and the city" Bradshaw (y mucho antes que ella lo dije yo) que en el mundo había dos tipos de mujeres, las mujeres de pelo liso, y las mujeres de pelo rizado. Las primeras eran las que acababan por ser felices con tipos como Hubbel (Robert Redford en 'The way we were'-Tal como éramos). Él sólo quería ser feliz y encontrar a alguien que se sentase a su lado a ver 'Friends' y se ríese de los mismos chistes. Y yo, en fin, yo era (soy) una chica de pelo rizado.

Se me ocurrió entonces, a mí, enemiga a muerte de etiquetas y valores, siempre contradiciéndome, una nueva clasificación. Las personas a las que les gusta 'Friends' y quién dice 'Friends' dice 'Seinfeld' o 'Frasier'; y las personas a las que les gustan 'Six feet under', 'Deadwood' o 'The wire'. Por poner unos ejemplos tontos y probablemente no válidos, que en el mundo mundial ha habido y habrá telespectadores que disfruten de todo a la vez. Pero yo no.

No, a mí no. A mí no me gustan las comedias de situación de media hora de duración y con risas enlatadas; por grandioso que fuera el psiquiatra Frasier, corrosivo el humorista Seinfeld o delirante la entrañable Phoebe. Él negaba con la cabeza, diciendo que yo era demasiado inteligente para preferir los culebrones mexicanos, no tanto los venezolanos, tiempo atrás confesé mi vergonzosa adicción en este mismo lugar; a las ilustres divagaciones de Chandler. Pero ni modo, me dejaban fría. Y no sería por no intentarlo, allá donde iba encendía la tele y siempre aparecían Rachel y Ross tirándose los trastos. Tendría que haber una motivación oculta, una traición de mi subconsciente. ¿Por qué yo no era como los demás veinteañeros? ¿Por qué yo no era como los demás pseudointelectuales que se postraban ante Frasier y familia?

Lo intenté, juro que lo intenté. Vaya si lo intenté. Pero siempre se me cruzaba Lorelai Gilmore o me perdía en el ala oeste. Me disperso fácilmente, lo admito y lo intenté, casi tanto como intenté quererle a él. Pero sólo conseguí quererme a mí cuando estaba a su lado. Llegué a admirar a la mujer que yo era cuando él estaba aquí. Más fuerte, más serena, más valiente. Pero eso nunca fue suficiente.

Él me mira muy serio y me dice... ¿por qué eres tan triste?... y a mí sólo se me ocurre pensar que eso ya lo cantaba Enrique Urquijo, y que hay mucha gente que no soporta a Los Secretos (yo tampoco desde su muerte). Aunque esté Quique González, para remediarlo, en parte. Y él vuelve a mirarme, e insiste... como si yo nunca riese, que bueno, sí, río poco (que salen arrugas), pero le sonrío todos los días al espejo.

A lo mejor es sólo un disfraz. El de una chica triste y solitaria (ahora que no está Antonio Vega para disputarme el trono), que prefiere las penas ajenas para no tener que enfrentarse a las propias.

O tal vez por primera vez en mi vida he sido más rápido que ellas...



P.D.1 Clara Bow

viernes, marzo 02, 2012

Niebla y silencio. Tiempo y nada.



Iba a hablar de decepciones y  desconfianza ajena, amores truncados, amistades vacías y soledad. Pero suena el Nessum dorma de Puccini y una es chica fácil y no solamente de lágrima. 
Se me han quitado las ganas, de momento, de poner los puntos sobre las íes. De decir aquí no lo que ni dije/diré frente a frente. Probablemente mejor así, a perro flaco todo son pulgas. Llegar a tiempo con la palabra precisa nunca ha sido lo mío.

Algunos dicen que la esperanza se viste de verde... Creo que me sienta bien ese color.



"Get ready for me love, 'cause I'm a "comer"
I simply gotta march, my heart's a drummer
Don't bring around the cloud to rain on my parade..."

Don't rain on my parade



viernes, febrero 24, 2012

Down at the twist ans shout



"We can't speak like lovers we used to be.
We can't change ancient history
and love wounds with such simplicity
and I threw it down, down down down, down..."




Regreso de la biblioteca. Me gusta ir a tratar de estudiar allí, a perder el tiempo entre libros y leerme las páginas finales de novelas que nunca leeré. El piloto del contestador parpadea, pero sólo le sigue un pitido intermitente. Saludo al portero con un lacónico buenas tardes y recuerdo que anoche tuve un extraño sueño con él, pero sin ser él; tenía otra voz, un acento uruguayo, como aquel de mis viejos amores. Escucho a Mary Chapin Carpenter mientras me descalzo y me hago reverencias a mí misma a lo largo del pasillo al quitarme la ropa. Ya llego tarde y aún tengo que vestirme de señorita bien ubicada.

Y te vi. Esta tarde, hace un rato. Cruzando la plaza de la Gesta. Tal vez salías de la cafetería del Auditorio, donde casi siempre nos citábamos. A ambos nos gustaban los lugares impropios.

No sabía ni imaginaba que estuvieras aquí. Te sabía lejos, en la distancia y aún más en el tiempo. Te observé, dudé si acercarme y saludarte, hey, babe, here I am... Pero no lo hice. No hubiera sabido qué decirte, y cuando levanté la vista de nuevo, habías desaparecido en el subsuelo del parking.

Estabas guapo. Aunque tú no hubieses estado de acuerdo, siempre afirmabas sentirte ajeno a ti mismo con traje y corbata. Pero lo estabas, con tu gesto serio y adusto concentrado en tu Blackberry y tu nudo Windsor a medio deshacer (no me dio tiempo a aprender). Decías sentirte disfrazado cuando tocaba ponerse el saco gris, y yo no podía evitar sonreír y pensaba lo mucho que me enternecía veros desubicados entre patrones y solapas.

Nunca imaginé que fuera a ser así, un visto y no visto, un saludo abortado, unas palabras que no llegaron a salir, besos dados al aire. Siempre pensé que si alguna vez volvíamos a encontrarnos nos perseguirían un reguero de reproches y promesas incumplidas. No llegamos a ser amigos, no nos llamamos por nuestro cumpleaños ni nos felicitamos el nuevo año. No volvimos a contar el uno con el otro; y yo imaginaba palabras de más y explicaciones de menos. Llas que tú nunca dabas y por tanto nunca pedías; y yo, obvio, por tanto no contaba. Si tú no querías saber o no sabías preguntar, ni modo, no iba a ser yo. De atrofiada emocionalmente a atrofiado socialmente, hablar de lo que sentíamos nunca fue lo nuestro y de tanto que nos callamos, nos callamos hasta el final.

Recuerdo que una vez sí nos vimos. Como tantas otras noches, aunque esta vez por separado, en el Ca Beleño. Estaba acompañada de los madrileños y te vi de pasada al acercarme a la barra a pedir mi segunda Guinness. Estabais ambos sentados en una mesa del fondo, al final del humo y las conversaciones y supe que no me habíais visto. Podía haber vuelto a mi sitio y ciertamente estuve tentada de hacerlo, pero me dije que ya era hora de comportarme como una mujer adulta y que no podía pretender esconderme cada vez que fuera a encontrarme contigo. Así que con la mejor de mis sonrisas y uno de esos, mis chistes malos, en mis labios, me acerqué a vuestra mesa, os planté un par de besos a cada uno y supongo que hablé mucho y demasiado deprisa soltando una buena sarta de tonterías. Volví con los míos con la satisfacción del deber cumplido y pasados no más de cinco minutos, a pesar de que juraría que vuestras respectivas cervezas estaban intactas, pasasteis a mi lado con un vago gesto de despedida en dirección a la puerta. Dos semanas después me preguntabas vía correo electrónico qué habías hecho mal. No supe contestarte.

Y hoy, esta tarde, al verte, no sentí nada.




En mi habitación siempre son las cuatro y diez



Una vez quise que vieras "Los gozos y la sombras", la serie de TVE, que del libro de Torrente Ballester ni hablamos. Intenté convencerte con todo tipo de argumentos que empezaban y acababan en Charo López. No lo conseguí. No recuerdo el por qué de mi empeño, nunca he pensado que haya que compartir las mismas filias, aunque tú y yo ya no compartiéramos nada.

Yo habia visto la serie muchos años atrás, en vídeo, en aquellos temibles meses del que fue el peor de los inviernos. Leo y yo secuestrábamos el reproductor de VHS y la televisión y cada día visionábamos un capítulo ante las quejas del respetable. Aquel ambiente opresivo en el que siempre estaba lloviendo y que a mí tanto me recordaba a mi norte, era cambiado, a su fin, por el paisaje nevado que nos rodeaba. No paró de nevar aquel año... Aunque éramos jóvenes y el frío no nos daba miedo. Temíamos a aquel pueblo en medio de la nada, a sus gentes y ese improbable acento que nunca llegamos a dominar del todo... Y nos dabas miedo tú, la única luz de aquellos días. Sabíamos que un buen día tendrías que elegir. No te dio tiempo, llegó la primavera y con ella, el deshielo.

De aquellos días recuerdo poco. La nevera improvisada en el alféizar de la ventana. Los viajes en tren entre paisajes helados, ¿alguna vez han visto la desolación de una llanura envuelta en hielo? La calidez de Grönemeyer mostrándonos que siempre hay un camino... nunca, nunca, nunca, me olvidaré de esa canción. El frío comiéndose nuestras uñas moradas. Nuestra colección de boinas y la honestidad brutal de Calamaro que nos brindó banda sonora sin pedir nada a cambio.

Y recuerdo a Eusebio Poncela recién llegado de Viena, que día tras día se colaba en nuestras vidas... hasta que llegó esa película... Cuando no sabíamos que hacer, siempre nos decíamos, vamos a ver "Martín H", aunque al final siempre dejáramos de lado la pantalla. Ése se convirtió en nuestro grito de guerra. Pero que mal estandarte hicimos de él.

Sigo escuchando a Grönemeyer, suena ahora la canción... Sigo viendo "Martín H" cuando no sé, ni tengo nada mejor que hacer. Sigo pensando que hay que follarse a las mentes. Sigo queriendo que alguien me permita colarme en sus sueños aunque ya  no busque a alguien a quién contarle que aquél fue el peor de los inviernos.


jueves, febrero 09, 2012

Es wäre auch zu früh, weil immer was geht...



Me gusta Berlín porque es una ciudad de la que uno no espera nada. Nadie llega a ella en busca de la modernidad o de las ofertas en los almacenes Harrods. No es la ciudad del amor como Venecia, pese a sus sucios canales, ni se pretende vivir la llegada de la primavera, nunca fue una fiesta. No es Roma con su caótico tráfico cotidiano, ni sus romanos enfundados en trajes a medida y miradas lascivas. Ni siquiera Amsterdam con ese viciado aire de libertad que bruscamente desaparece cuando uno se adentra en el Rosse Buurt. Si acaso, lo único que le urge al turista despistado, que no quiere ser turista en tiempos políticamente correctos, es hacerse una foto ante los escasos restos de aquel famoso muro o buscar y encontrar, si la suerte está de su lado pese a la desaforada construcción y especulación inmobiliaria, algún vestigio del pasado comunista, no tan lejano, en forma de gris edificio de viviendas.

Me gustan sus inviernos con noches que rozan la eternidad y días tenuamente iluminados por farolas de escasa luz amarillenta. Los paseos helados entre la bruma y los sauces a orillas del Spree esquivando las sombras de un pasado decadente en una ciudad que nunca se ha creído su historia. Los cafés donde las damas, siempre vestidas de domingo, apuran sus tazas de café entre galanterías.  Las panaderías con sus Krapfen humeantes rellenos de mermelada de frambuesa. Glühwine, que siempre desecho, para calentar las manos; uñas moradas por el frío, sorteando a los escasos peatones. Y Alexanderplatz como punto de encuentro, promesa de una primavera que aún tardará en llegar. Para entonces yo ya no estaré en Berlín.

jueves, febrero 02, 2012

Para que veas que no te guardo rincón*




                                      No es que me conforme, ni me basten unos pocos minutos o apenas media hora; tampoco que me sobren los días...


       Que yo siempre he necesitado tiempo para ser certidumbre y evidencia,
para ser vaivén de palabras y silencios.


 Y como decía el poeta, 'qué pena, amor, que tu presencia dependa tanto de tu cuerpo'.







P.D. Audrey Hepburn


*Nicanor Parra

La importancia de ser bellas


Pues va a ser que sí, aunque sea políticamente incorrecto decirlo, o precisamente por eso.

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/01/31/actualidad/1328026312_166358.html


P.D. Hildegard Knef

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