miércoles, agosto 18, 2010

Cerrando puertas


Una playa del norte. Pasan ya de las ocho y comienza la retirada de bañistas y veraneantes. Sopla el nordeste y refresca invitando a recoger las toallas. Se nota el declive del verano. Aquí siempre dicen que el otoño comienza en la segunda quincena de agosto, que los días comienzan a ser más cortos y las noches más frías. Puede que sea cierto, aunque yo me quedo. Cuando más me gusta la playa es ahora, vaciándose; cuando el juego de luces y sombras inicia su baile.

Leo ajena a todo, los pies enterrados en la arena, ya no tan caliente. Abducida por la historia de Hortense y Gilbert, los dos orgullosos jamaicanos que a duras penas comprenden que en la madre patria de 1948, en la gran isla, adonde Helene Hanff enviaba latas de carne y medias de nylon, no tiene cabida el color de su piel (por momentos este libro, "Small island "(Pequeña isla), de Andrea Levy, me recuerda a Zadie Smith y su "Dientes blancos". Salvando las distancias y las pretensiones).

A mi lado Carol y Sal dormitan o miran la vida pasar, medio enrrolladas en sus toallas, envueltas en el silencio; roto por el romper de las olas o por los gritos airados de alguna madre cuyo hijo no quiere quitarse el bañador mojado o limpiarse la arena de los pies.

A escasos metros de nosotras, una madre, que lleva exactamente cuatro horas en la misma posición tostándose al sol, mientras sus dos criaturas, de edad incierta, juegan peligrosamente entre las olas. Y de repente, hágase la luz. O lo que es lo mismo, tres cabezas giran para contemplar al apolíneo Adonis; bermudas, camiseta y foulard del color de las turquesas al cuello; que parece, sólo parece, camina hacia nosotras con una enorme sonrisa.

No es vanidad la nuestra. No somos tan ilusas para pensar que tan ilustre y bello desconocido nos elija a nosotras, tres mujeres de treintaytantos, rebozadas en arena; entre todo un ejército de chicas entre los 15 y los 25 (las de 15 parecen de 30, las de 25 parecen púberes adolescentes). Nos recuerda a alguien, aunque yo juraría que éste no es él.

Lobezno no era tan alto. Pero no digo nada, no quiero romper los breves instantes de ilusión; porque parece, sólo parece; a medida que el acercamiento se torna en realidad desvía el paso y se dirige a la que suponemos es su mujer, que por fin parece salir de su letargo; y a sus presuntos hijos, los infantes que peligrosamente chapotean entre las olas y a los que inmediatamente reclama que salgan del agua.

No, no es él. Es más alto, definitivamente. Aunque tiene el mismo pelo, negro, salpicado, si se mira con mucha atención, de alguna cana bien disimulada; los cuarenta no perdonan. Tiene la misma forma indolente de andar, el tumbao que llevan los guapos al caminar, que bien dijo Rubén Blades. Esa indolencia del que se sabe admirado.

Cuántas noches soñé que nos cruzábamos en el Escocia o El escondite, esos bares que hace mucho dejaron de estar de moda, si es que alguna vez lo estuvieron. O en cualquier tugurio de Cimadevilla que jamás estuvo de moda y donde aún se puede escuchar a los Burning y los litros de alcohol nunca dejaron de correr por nuestras venas. O en un concierto de Bruce con su chaqueta de cuero moviendo las caderas al ritmo de 'Dancing in the dark'.

Pero no es él y yo vuelvo a mi libro; y Carol se enrrolla de nuevo en su toalla y Sal suspira... lo vuestro es una tragedia griega, dice. Y sin que nadie le pregunte, ella nos explica el por qué.

-"Que os gusten los guapos, a vosotras" -ella no se incluye- "es una tragedia griega. Porque vosotras ya no lo sois; si es que alguna vez lo fuisteis. Si prestaseis atención a los simples mortales seriáis más felices. Tú, Carol, ¿cuántos de tus novios fueron guapos?, ¿cuántos de ellos te hicieron feliz?, ¿cuántos tenían más de 25 ?”

Carol no se digna a contestarla. Si hay dos personas que encarnen a la perfección el concepto de amienemiguismo, son ellas.

-"¿Y tú, Dae? ¿Qué fue del marinero noruego, y del holandés errante y de toda tu colección de los metro noventa, de todos aquellos que ibas a conocer en un concierto de Bruce o en la barra de un bar mientras sonaba el  'Tougher than the rest’? ¿Dónde han quedado cumplidos los 30?"

Y yo no es que no quiera contestarle, es que no tengo respuesta y corro el riesgo de darle la razón y eso es algo que no puedo permitirme. No quiero acabar por creer que mi felicidad pasa por tener un hombre a mi lado (que sea más o menos guapo es lo de menos).

Recuerdo cuando a los 18, en la Escuela de Ingenieros, mayoritariamente masculina; los chicos se sentaban en lo alto de las escaleras y a viva voz iban puntuando a las chicas que subíamos. A ésta un ocho, a ésta un tres, a ésta un aprobado raspado. Era algo tan habitual como escaparse a la cafetería de la Escuela de Marina Civil a aprender a jugar al mus, que acabó por resultarnos completamente indiferente. Y muchos años después, me decía D., uno de mis metro noventa, ingeniero que también había pasado por esa escuela aunque él juraba que nunca había formado parte de tan popular jurado, que un ocho nunca saldría con una cuatro, o que una nueve nunca le gustaría un seis. Que era ley de vida y que cuanto antes lo aceptáramos más felices seríamos todos. Otro que se apuntaba a la teoría de la tragedia griega. Nunca le pregunté qué puntuación consideraba que tenía (ni él, ni yo).

El padre de familia con un foulard del color de las turquesas al cuello comienza a pasearse delante de nosotras hablando a su teléfono móvil con un tono de voz ligeramente elevado, lo suficiente para reclamar la atención no sólo por su aparente presencia. Sí, si que se le parece, dice Carol… Y Sal, supongo que para reafirmar que a ella no le interesan los guapos, deja de mirarle y pregunta con displicencia qué fue de Lobezno. Las dos me miran esperando una respuesta, como si les interesara o yo la tuviera…
-"Lo último que supe de él es que estaba en un instituto de la cuenca, que seguía volviendo locas a sus alumnas y siendo tan guapo y distante como entonces."

-“¿Sigue siendo interino?"

-“No tengo ni idea”… el padre de familia con el foulard al cuello del color de las turquesas sigue pavoneándose como un pavo real y nosotras aterrizamos en la realidad y comenzamos a hablar de concursos de traslados, oposiciones, interinidades y hombres quizás no tan guapos, pero reales...

Y conciertos de Bruce Springsteen mientras suena 'Tougher than the rest'.



P.D. Lola Lane y Rochelle Hudson

16 perdidos en el laberinto:

Sonix dijo...

Increíble el relato de una tarde de playa en la que empieza ya a notarse el frío!
Aparte de eso, yo no creo que nadie sea demasiado guapo como para estar con otro alguien. Me niego a pensarlo.

guille dijo...

Lo primero decir que el escrito me parece fantastico.

Una situacion cotidiana, una reflexion universal.

Yo si creo en que los ocho buscan ochos y demas.
Aunque hay algunas excepciones.
Pail Newman fue una,
Yo otra. No debo pasar de dos y mis chicas (mas de las que merezco, muchas menos de las que me hubiera gustado)no bajaban de siete.

Quizas porque, como yo, buscaban ese algo mas que nos hace individuos.

,,,y que una persona que escribe tan bien como tu, posee.

Me gustan las playas vacias. Mas en invierno.

Susana Terrados Sánchez dijo...

Buenísimo tu relato. Me veía allí tumbada, en el atardecer de este verano, viéndole venir y esperando. Sin duda a todos nos gusta la belleza, la disfrutamos aunque más no sea visualmente, después lo que queda puede ir o no acompañado de "nota".
Yo disfruto al ver parejas "dispares" porque algo más habrá que lo externo, ¿verdad?.
BEsotes y sigue disfrutando.

Reinadelmango dijo...

Definitivamente, el paraíso es una playa del norte al atardecer, con Hugh Jackman y sin cobertura.

Anónimo dijo...

Yo también me uno a la felicitación, me encanta este escrito.

Yo decidí hace unos meses que iba a alejarme de los hombres guapos, dan demasiadas preocupaciones. Poco después volví con mi exnovio guaperas, pero aún no me convence mi movimiento... Demasiados disgustos, demasiadas preocupaciones.

C.

Nebroa dijo...

Los nueves sí que aman a las tres. Es sólo que ocurre muy de vez en cuando... La otra cuestión sería qué número me pongo yo al mirarme y por consiguiente qué número buscaré entre el infinito

Daeddalus dijo...

Gracias Sonix. Yo estoy contigo, fíjate que hasta me he creído eso de que la belleza está en el interior.

Daeddalus dijo...

Gracias, Guille, no pretendía convertir en universal una reflexión personal. Mis aspiraciones son más escasas.

Puede que para mucha gente esa sea una regla a seguir, pero afortunadamente el criterio está muy bien, o muy mal, según se mire, repartido. Y a lo mejor ese ocho, que se cree un ocho y busca un ocho, para mí no sube del dos.

Aunque a veces lo parezca no estamos expuestos en una vitrina con un precio colgando.

Daeddalus dijo...

Susana, soy la primera en valorar la belleza, pero la belleza que yo aprecio, que no necesariamente, o no siempre, es la que está a la vista; que también.

Daeddalus dijo...

El paraíso ha comenzado a resultar casi cualquier lugar sin cobertura, me temo.

Daeddalus dijo...

Gracias C. Creo que los hombres en general dan preocupaciones (de lo contrario, mal asunto). Que si son guapos, se incrementan, puede ser, pero si el envoltorio es bello, eso que te distraes.

Daeddalus dijo...

Pues hecha la excepción, hecha la norma. Y ni te pongas un número ni permitas que te lo pongan, eso sí, no dejes de mirar y/o mirar hacia el infinito.

k dijo...

Yo descarto a un hombre por mucho menos que un fular turquesa. Por un fular turquesa, lo entierro en la arena forever. Qué mal. Así me va.

Poco a poco, en cualquier caso, estoy empezando a darme cuenta de que mi verdadera felicidad consiste en desear, esperar y saber que puedo.

(Aunque no pueda.)

Alphonse dijo...

Pensaba como tú... hasta que la playa me ha redescubierto un mundo habitado mayoritariamente por ochos-doses (ellos-ellas) y muchos dieces (ellas) solas.

Daeddalus dijo...

A mí el foulard turquesa me gustaba. En realidad el hombre me gustaba, dejó de hcaerlo cuando él dió por aludido y se puso a desplegar sus encantos. No soporto a los pretenciosos.

Daeddalus dijo...

No Alphonse, o no me has entendido o me he explicado mal, yo no le pongo notas a nadie, no creo que haya nueves y tres y cinco o sietes. Creo que hay personas y lo que a mí me parezca repulsivo o atractivo puede que no tenga nada que ver con lo que te guste o no a ti.

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