viernes, noviembre 11, 2011

La vida sin usar




Hasta hace no demasiado tiempo, aunque ahora éste parezca tan lejano que incluso a veces dudo de su existencia, cuando aún amanecía en las barras de los bares y las esquinas se quedaban desiertas, jugábamos a ser otras e imaginar nuevas vidas. Fantaseábamos, que no soñábamos, y es que no, no es lo mismo; porque deseos más o menos irreales tenemos todos y hasta llegamos a rozar con los dedos algún que otro sueño chiquito o nos dormimos pensando en lo bueno que sería que se hicieran realidad... que sonase ese teléfono que hace tiempo dejó de soñar, que el que fuera el amor de tu vida lo recordara o que no se dibujasen más horizontes y fronteras, que cada uno ya tenga los suyos...


Y no, tampoco valía eso de si nos tocase la lotería qué haríamos, entre otras cosas porque por ejemplo yo no juego, ni siquiera en Navidad. Pero abríamos el Hola, que puntualmente compraba todos los miércoles la madre de Sal, y hojeándolo, que nunca leyéndolo (como si nos importasen las declaraciones exclusivas de la señá Duquesa y su funcionario o las de la Genoboba de turno), en esas primeras páginas donde el aristócrata correspondiente, imagino que venido a menos y por consiguiente previo pago, mostraba su mansión de la nieve en Saint Moritz, su residencia de invierno en Martinica, su casa a orillas del Garda, en Kenia o en la costa de Amalfi; fantaseábamos con la idea de que eran nuestras y con el tipo de vida que elegiríamos.


Hay quién decía ser una Carrie Bradshaw, armario incluido, un Mr. Big a medida y su apartamento en el 66 de Perry St. Una escritora de frívolo éxito en un New York que nunca duerme. Otra, en cambio, prefería ser Samantha por motivos obvios, o ser una fotógrafa de moda free-lance con apartamento en la calle du Four y un amante no menos de 30 años mayor, con acento francés, obvio.


Yo, como imaginarán, nunca tuve problemas para inventarme otras vidas. Pirata en los mares del sur o concubina de un corsario. Corresponsal de guerra en la guerra de los Siete días o entre los cedros del Líbano. Expatriada rusa en el París de los años 20 o rica heredera norteamericana en el Sorrento de los 50. Scarlett O'Hara en los brazos de Rhet Buttler o si me apuran hasta la sosainas de Melanie Hamilton. Judía amante de un general nazi en el ghetto de Cracovia o hija de emigrantes de Galitzia en el Nueva York de principios de siglo y fundadora de los grandes almacenes Menken, Eleanor Parker en "Cuando ruge la marabunta" o Ava Gardner en "Mogambo", Ninotchka o Mrs. Muir, Rebeca o Mrs. Winter. Dueña de una plantación en la Indochina colonial o activista en la Sudáfrica del apartheid, antagonista en telenovelas venezolanas o estrella de rock con portada en la "Rolling Stone". Top-model en los años dorados, de las que no se levantaban de la cama por menos de 10.000 dólares diarios o descubridora de la penicilina. Amante circunstancial de Don Draper o de Sherlock Holmes en "El perro de los Baskerville", la Luisa de las novelas del joven Marías o protagonista de una novela de Antonio Gala. Sissi Emperatriz de Austria y Reina de Hungría o Erzsébet Báthory, la condesa sangrienta; buscadora de oro en California o pionera en Alaska... y de este modo un largo etc, desde premio Nobel de la Paz a Illsa Lazlo, Tamara de Lempicka, Cersei Lannister, trasunto de Barbra Cartland, Anna Karenina, personaje en "El gran Gastby", la mujer del cuadro, sobrina de Joseph Cotten, Ellen Ripley, superheroína de cómic o señorita de compañía novelada por Jane Austen...


De este modo cuando hace unos días me llama alguien muy entrada la madrugada, para leerme en voz alta una lista puesto que cree firmamente en el poder sanador de éstas y les tiene tanta fe como yo a mi santo Malverde... no puedo evitar recordar cuando jugábamos a otras vidas y descartando que jamás seríamos el objeto de deseo de Marlon Brando, bailarinas del Bolshoi tras el telón de acero, Leonor de Aquitania o Margo Channing; que ya nunca nos amotinaríamos en el Bounty o descubriríamos las Galápagos o bailaríamos como Silvana Mangano, que ya nunca Jacques Brel cantaría para nosotras, ni Mikjail Baryshnikov crecería unos centímetros; volvíamos a nuestras irrealidades preferidas y a nuestros sueños chiquitos, ésos que nos decían que vistiéndonos de azul o esbozando una sonrisa o tendiendo una mano, cambiarían nuestras vidas.


Porque hace mucho que no fantaseo cerrando los ojos viviendo vidas paras las que no nací ni jamás estuve predestinada, y en cambio vivo sin vivir en mí soñando con que soy yo, siendo otra, aunque sea la misma y ya ni siquiera me pongo centímetros, ni me cambio el nombre o el lugar de residencia. Sí podría ser un poco más rubia o tal vez pelirroja, sí, esto último mejor, y quitar un poco de aquí y poner allá y una buen chute de autoestima y de seguridad en mí misma, y librarme de parte de mis miedos y haber leído ese par de libros que se me resisten y esa película de Bergman que nunca consigo terminar, y tener talento y un blog en el que escribiera deliciosos relatos cortos de pura ficción, y una casa dos habitaciones de más con estanterías de suelo a techo llenas de libros y discos, y posters en las paredes, llena de instrumentos, incluido un cello, porque sin llegar a ser una virtuosa yo sabría tocar el cello, y un piano de pared, y un nuevo ordenador...


Pero a mí ya no me urge hacer esa lista... sé que la cara B se va a quedar vacía.














P.D. Hope Lange y Natalie Wood

4 perdidos en el laberinto:

Aldabra dijo...

yo tampoco hago listas... pero las hacía... ahora dejo que la vida me vaya sorprendiendo sin aspavientos.

y soy más feliz.

biquiños,

Nebroa dijo...

a veces pienso que quizá, no sé dónde, una tarde de no sé cuándo, mi vida, la de ahora, estaba en un guión de esa lista. Una delineante en el sur de España que se moría por amor y que en sus ratos libres escribía de forma mediocre...
Para inyectarme autoestima imagino que sí, que la imaginación de aquella que creaba el guión de esa lista era pobre y que por eso salí yo. Pero que llegué a ser el sueño de alguien (que era yo misma)

Casi siempre me empujas a crear nuevas entradas en mi blog, me voy de aquí con la sensación de querer escribir algo más...

Blackrose dijo...

Y si algún día dejara de encontrar en tu blog lo que yo siento, sentí o sentiré, seguramente deje de pasarme por él.

Yo antes también hacía listas... ahora me dedico a ponerles asteriscos a todas aquellas cosas que sé que no haré... las hechas se van borrando solas.

Un abrazo.

Daeddalus dijo...

- Aldraba: Supongo que hay personas que hace mucho desterraron la espontaneidad de sus vidas y que no permiten que les pase nada que se salga del camino trazado. Supongo que ellas se lo pierden, aunque por otro lado, los disgustos que se ahorran.

- Nebroa: Por amor no se muere, en todo caso se mata. Y si algo no hay en ti, sea donde sea, es mediocridad.

- Blackrose: Un día de estos tendré que asumir que las cosas que sé que no haré son exactamente eso, cosas que nunca haré. A lo mejor dejaría de perder el tiempo haciendo planes que nunca se van a realizar y me dedicaría más a ésas que se van borrando solas.

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