miércoles, abril 27, 2011

Tal vez entonces no... pero ahora si tenga un pedacito de alma



Supongo que es lo que tiene haber visto demasiadas películas, que acabas creyendo en los happy endings, en los reencuentros imposibles en lo alto del Empire State o justo en la mitad del puente de Brooklyn. En los encuentros casuales en los que nada hay que decirse porque las miradas lo dicen todo y en los yopasabaporaquí y qué casualidad que tú hicieras lo mismo.

Siempre imaginé, por tanto, cuando aún imaginaba, que si algún día nos encontrábamos, sonarían violines y habría ramos de peonías y disculpas, y cuánto te he echado de menos y no ha habido una sola noche en la que no me acordara de ti, en la que no maldijera la cobardía de no buscarte, de no llamarte, de no reclamarte... Bueno, en realidad tiempo después de aquel portazo hubo un reencuentro casual y no premeditado, pero como mi memoria es selectiva y a la carta, ese reencuentro no cuenta, porque en lugar de disculpas, buenas palabras y arrepentimientos varios, sólo hubo reproches; unidireccionales, todo hay que decirlo. Y fíjense ustedes lo poco o nada que pudo gustarme a mí que meses después viniera un romano a reprocharme lo dura que fui con él, lo desconsiderada al abandonarlo a su suerte. Pues vaya que sí, si lo único que hice fue adelantarme a los acontecimientos y antes de que él me dijera adiós, le dije yo no te digo hasta luego porque no pienso volver a verte nunca.

Así que en un ejercicio portentoso de desmemoria olvidé aquel encuentro en el Escocia y olvidé los SMS reiterados y repetitivos en el transcurso de los meses con ese tenemos que vernos cuando te pases por aquí, que no sé nada de tu vida. Y que yo en un alarde de dignidad probablemente mal entendida borraba de inmediato, no fuera a convertirme en estatua de sal. Y pasaron los meses, y hasta los años, tal vez más de tres, y de cuando en cuando me acordaba de él cuando me encontraba con algún chico guapo que me lo recordaba, e iba olvidando poco a poco, día a día, e imaginando que un día cualquiera volveríamos a vernos y que sería como la primera, donde ninguno de los dos tuvo duda alguna de como acabaría aquella noche y las siguientes, mientras nos preguntábamos de qué color eran las madrugadas.

No, en mis planes no entraba una tarde-noche de domingo bajo la lluvia en un campo de tercera división, ni que yo hubiera ejercido tanto la desmemoria que necesitara no menos de un cuarto de hora en entender que aquel chico tan aparente rodeado de cables y paraguas, tres años después, era el mismo. Aquél que tuvo en suerte ser el Holandés Errante, naufragando en las orillas ajenas, justo ahora cuando el barco ya ha zarpado del puerto.


P.D. Irene Dunne

2 perdidos en el laberinto:

Vicko dijo...

Sencillamente hermoso y bien descrito lo que nos imaginamos quienes vemos demasiadas películas, tal vez soñando con nuestro propio encuentro en Rick’s Café, pero sin pensar en un final tan inesperado.
Nos vemos en el camino.
Tchau

La Abela dijo...

Bueno...es lo que tiene ver muchas pelis, siempre te quedas con el final...Saludos

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